1. Capítulo 1 #2
—Espera, no es...
Pero ya se había ido, con la capa de vampiro ondeando tras él. En cuanto se cerró la puerta de entrada, todo quedó inmóvil. Las luces dejaron de parpadear. La temperatura volvió a la normalidad. La puerta de mi dormitorio se abrió con un chirrido alegre.
Me quedé de pie en el pasillo, de repente apacible, con la polla todavía dura y dolorida dentro de los vaqueros, mientras la rabia sustituía a la excitación.
—¿En serio? —le dije al aire vacío—. ¿También vas a fastidiarme Halloween? ¿Qué coño te pasa?
Ninguna respuesta. Nunca la había. Solo esa sensación de que me observaban a la que ya me había acostumbrado tanto que apenas la notaba. Como si siempre hubiera alguien justo detrás de mi hombro, lo bastante cerca para echarme el aliento en el cuello si tuviera aliento.
Muy bien. Si no podía tener compañía, me ocuparía yo mismo del asunto. Otra vez.
Me quité el disfraz despacio, sabiendo que me observaban, montando un espectáculo por pura rabia.
La rebeca cayó al suelo. Después, la camiseta, dejando al descubierto mi pecho y el rastro de vello oscuro que descendía hasta los vaqueros.
Desabroché el botón con lentitud y bajé la cremallera diente a diente, dejando que mi polla saltara libre: no llevaba calzoncillos, con la esperanza de acabar follando.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté a la habitación vacía mientras me rodeaba el miembro con la mano, ya húmedo de líquido preseminal—. Esto es lo que no me dejas compartir. ¿Contento?
El aire se volvió más cálido, más denso. Cargado de algo que parecía excitación.
Fui hacia la ducha, dejando la ropa desperdigada por el suelo. El baño era la única habitación que habían renovado en la última década y tenía una alcachofa de ducha efecto lluvia que me había convencido para alquilar el piso pese a los disparatados precios de Austin.
El agua caliente me recorrió el cuerpo y el vapor ya empañaba el espejo. No perdí el tiempo. Tenía la polla medio dura por la anticipación; años de aquella rutina habían enseñado a mi cuerpo a reaccionar. Solo. Observado. Deseado de una forma que no podía ver, pero que siempre podía sentir.
Cogí el acondicionador y me eché una cantidad generosa en la palma.
Su textura espesa y resbaladiza iba mejor que el lubricante para aquello y aguantaba más bajo el chorro.
Cerré la mano alrededor de mi miembro; el frío del acondicionador me arrancó un jadeo antes de calentarse con la fricción y el agua.
—Sé que estás ahí —le dije al aire empañado, empezando con movimientos largos y lentos desde la base hasta la punta. Ya me goteaba la polla—. Siempre estás.
Giré la muñeca al llegar al glande como me gustaba: esa rotación extra que me cortaba la respiración y me hacía embestir contra mi puño. El acondicionador lo volvía todo suave como la seda; mi mano se deslizaba sin esfuerzo mientras aceleraba el ritmo.
Bajé la mano libre para ahuecarla alrededor de mis huevos y juguetear con ellos, mientras la polla seguía goteando sobre mis nudillos. La presión del agua palpitaba contra mi espalda al ritmo de mis movimientos, como si algo estuviera aprendiendo mi cadencia y siguiéndome.
—Esto te pone, ¿verdad? —jadeé. Mi mano se movía cada vez más deprisa y añadía una ligera torsión en la base antes de subir hasta el glande sensible—. ¿Mirarme mientras me follo el puño porque no me dejas follar con nadie más?
La temperatura cambió: hacía más calor allí por donde se movía mi mano, como si unos dedos invisibles siguieran el recorrido de mis caricias. Seguían mis movimientos. Aprendían a conocer mi cuerpo.
Dejé caer la cabeza hacia atrás contra los azulejos, con el agua resbalándome por la cara mientras me masturbaba.
Tenía la polla durísima, oscura de tan congestionada y palpitante dentro de mi mano.
Notaba que el líquido preseminal seguía brotando de la punta y que esa tensión familiar se acumulaba en mis huevos.
—Ojalá pudieras tocarme de verdad —resollé, con la mano volando ya por mi miembro en busca del orgasmo. El sonido húmedo de mi puño era obsceno y rebotaba contra los azulejos—. Ojalá pudieras rodearme la polla con la mano. Notar lo dura que se me pone. Notar cuánto goteo cuando estoy a punto.
Las sensaciones fantasmales se intensificaron: algo parecido a un aliento contra mi cuello, caricias que casi llegaban a tocarme y descendían por mi columna. El vapor de la ducha se arremolinaba en formas que podían ser dedos, podían ser manos.
—Te encantaría, ¿a que sí? —Tenía la voz rota, desesperada—. ¿Mirarme mientras me meto tu polla? ¿Notar lo estrecho que estoy? ¿Lo desesperado que estaría mi culo después de tanto tiempo?
Aparté la mano libre de mis huevos y la llevé hacia atrás, con los dedos trazando círculos alrededor de mi agujero. Introduje un dedo, luego dos, y empecé a follarme con ellos mientras la otra mano me trabajaba la polla.
La dilatación resultaba placentera, pero no bastaba.
Nunca bastaba. Necesitaba algo más, más grueso, más largo, el peso del cuerpo de otro hombre apretándome contra los azulejos.
Pero solo tenía mis dedos, mi imaginación y al fantasma que fuera que se estuviera poniendo a tono viéndome perder el control.
—Joder, lo necesito —jadeé, añadiendo un tercer dedo—. Necesito que me llenen. Necesito tener a alguien dentro. Necesito... ¡Joder!
Encontré ese punto, la próstata, y casi grité. La polla me dio una sacudida en la mano mientras presionaba con fuerza aquel manojo de nervios, y mi otra mano volaba sobre el miembro: rápida, desesperada, persiguiendo el orgasmo que se acumulaba en mi columna.
—Voy a correrme —avisé a nadie y a todo el mundo. El aire era pura electricidad, cargado de una excitación sobrenatural que alimentaba la mía—. Voy a correrme que te cagas. Ojalá pudieras notarlo. Ojalá pudieras probarlo. Ojalá...
El orgasmo me atravesó como un rayo. Me corrí con un grito, con la polla palpitando entre mis dedos mientras pintaba la pared de azulejos con gruesos chorros de semen. Una oleada tras otra, el culo contrayéndose rítmicamente alrededor de mis dedos y la próstata latiendo con cada espasmo.
Todas las luces del baño parpadearon en respuesta, como un aplauso sobrenatural. La presión del agua aumentó de golpe y luego se estabilizó. Y, cuando se me aclaró la vista, vi que el espejo estaba completamente empañado salvo por una zona transparente con forma de mano y los dedos muy abiertos.
Alguien había apoyado la mano contra el cristal mientras observaba. Lo bastante cerca para tocarme si hubiera sido sólido.
—Gracias por venir a la función —resollé, desplomándome contra los azulejos con las piernas temblorosas. Saqué los dedos del culo, sintiéndome vacío y deseando ya más—. Ya sabes, podríamos llegar a un acuerdo si aprendieras a compartir. O si hablaras conmigo de verdad en vez de montar pataletas.
La puerta del baño se abrió y se cerró con suavidad: habla fantasmal para decir «se acabó la conversación».
Pero había algo más en aquel movimiento.
Algo casi parecido al anhelo.
Estaba tumbado en la cama, pasando perfiles en aplicaciones de ligue e intentando no sentirme patético, cuando apareció la notificación.
Eli, 29 años, a 0,3 millas
En la foto de perfil salía él en Pike Place Market, con aquel chaleco morado y aquella sonrisa de quien sabe algo.
Tarotista, médium, limpiezas de casas. También busco diversión
Un momento. ¿Médium? ¿Limpiezas de casas?
Me incorporé tan deprisa que casi se me cayó el móvil. Era el tío de la fiesta. El de los dedos que quería tener dentro de mí.
Pero, si era un médium de verdad...
Antes de que pudiera darle demasiadas vueltas, deslicé el dedo hacia la derecha.
¡Habéis hecho match!
Mis dedos volaron sobre el teclado:
Sé que parece una locura, pero creo que mi fantasma no me deja echar un polvo y es Halloween. ¿Puedes ayudarme de verdad?
Aparecieron tres puntos de inmediato. Después:
¡Eres el barista guapo de Fifth Street Coffee! Acabo de terminar una lectura a dos manzanas, en Hyde Park. ¿Me pasas tu dirección?
Sabía quién era. Se había fijado en mí. Y estaba a dos manzanas.
Le envié mi dirección y añadí: Te aviso: mi fantasma acaba de ahuyentar literalmente a un vampiro.
Menos mal que no me asusto fácilmente. Estoy ahí en 10 minutos. Por cierto, tus cortados son perfectos. Sea lo que sea lo que te ayuda a prepararlos, tiene mi aprobación.
Un libro se cayó de la estantería. Luego otro. Luego todos, en una cascada que dejaba clarísima la desaprobación fantasmal.
—Pues haberlo pensado antes de arruinarme la cita —le dije a la habitación vacía—. Ha llegado la hora de conocer a alguien que pueda oírte.
Las luces parpadearon frenéticamente. Mi fantasma estaba montando una pataleta en toda regla y, por primera vez en años, me daba igual.
La ayuda estaba en camino. Una ayuda profesional, buenorra y, supuestamente, dispuesta a follarme hasta dejarme sin sentido.
Aquel Halloween estaba a punto de ponerse mucho más interesante.