CAPÍTULO 5
Mi sala estaba situada en la parte trasera de la discoteca. Las paredes estaban revestidas de cristales espejados y la iluminación era tenue y rojiza, como si el pecado mismo tuviera allí una dirección permanente.
Sofás de cuero negro rodeaban el espacio, amplios, profundos, hechos a medida para la lujuria. En el centro, una tarima elevada con una barra de pole dance, cromada, reluciente, lista para provocar.
El suelo de madera oscura reflejaba las luces suaves que palpitaban al ritmo de la música ambiental. En un rincón, un bar privado, abastecido con lo mejor. Y en las ventanas, cristales oscurecidos: espejados por fuera, invisibles desde dentro.
Nada entraba, nada salía.
Allí, el mundo era mío. Y la única voluntad que existía era la mía.
Entré sin prisa. La puerta se cerró detrás de mí con un chasquido sordo, dejando al otro lado el ruido amortiguado de la discoteca.
Allí dentro reinaba el silencio, y respiré hondo.
Una parte de mí ya anticipaba lo que vendría después. Al fin y al cabo, siempre era la misma secuencia.
Llegar. Sentarme. Ser atendido.
Una mujer distinta. Un cuerpo diferente. Pero, al final, todo era igual.
Ninguna dejaba huella en mí, ninguna aportaba nada significativo. Solo carne y aburrimiento.
Pero aquella noche hablaban de algo nuevo. Carne rara. Lo decían con tanta convicción que, aunque no les creyera, decidí ir.
Porque, en el fondo, había una parte de mí, la más cínica, que quería comprobar si esta vez algo sería diferente.
Encendí un cigarrillo. Me desabroché algunos botones de la camisa. Me dejé caer sobre el sofá de cuero y permití que el coñac, que ya me esperaba, me quemara la garganta.
Un minuto. Siempre un minuto después de que me quedara solo, la puerta se abría. No era una coincidencia. Era una norma. Miedo. Porque sabían que yo era la clase de hombre que no toleraba los retrasos.
Y, como de costumbre, ella entró. Sin llamar, sin vacilar.
Pasos suaves. Perfume dulce. Ni una palabra.
Las luces estaban apagadas, como exigía el ritual. Pero sabía exactamente dónde se encontraba: de pie junto a la barra de pole dance, esperando a que comenzara la música.
Y entonces empezó.
El ritmo era lento y marcado, ideal para envolver la sala en tensión. Las luces se encendieron apenas lo suficiente para iluminar el centro del escenario.
Fue entonces cuando la vi.
Primero, el cuerpo: curvas bien definidas, muslos firmes, cintura estrecha. Cabello largo y negro que caía por su espalda desnuda. Un vestido rojo, ajustado y corto. La clase de ropa que siempre utilizaban en aquella primera presentación.
No era para bailar de verdad. Era para seducir. Para provocar. Para mostrar lo que tenían sin quitárselo todo. Un cuerpo hecho para capturar la atención, para dominar la mirada.
A cualquier hombre se le habría puesto dura con solo observarla. Pero yo me fijé en otra cosa.
En sus ojos.
Cuando se volvió y nuestras miradas se encontraron, no había encanto ni provocación. Había dolor. Un dolor que no se puede fingir.
Sus ojos parecían muertos, apagados, como si los hubieran arrancado de otro mundo y arrojado allí, sobre aquel escenario.
Hermosa. Jodidamente hermosa, pero vacía.
Y aquello no era habitual. Al menos, no para mí.
Comenzó a moverse lentamente. La música guiaba sus pasos, pero su cuerpo vacilaba. Era como si bailara por obligación, no para seducir. Sus movimientos eran contenidos, inseguros. Movía las caderas, alzaba los brazos, pero no había deseo en ella, ninguna lascivia. Solo un intento.
Intentó seducirme porque eso era lo que se esperaba de ella. Sin embargo, lo único que yo lograba ver era la desesperación escondida en sus ojos, la tensión de su mandíbula, sus dedos presionando su propio cuerpo como si deseara desaparecer de allí.
Y entonces, en mitad de un giro, se detuvo.
Simplemente se detuvo.
El silencio se instaló entre un compás y el siguiente. La música continuaba sonando. Pero ella se quedó paralizada.
Fue entonces cuando la vi.
La lágrima.
Lenta, silenciosa, deslizándose por su rostro con una delicadeza que ninguna danza podría tener. Aquello era más sincero que cualquier espectáculo.
—Acércate —ordené con voz baja y firme.
Ella vaciló.
Cruzó los brazos frente al cuerpo, como si intentara ocultar una piel que ya estaba demasiado expuesta. La cabeza gacha, los pasos cortos. Parecía un animal acorralado.
—Por favor, perdóneme, señor —murmuró antes incluso de acercarse.
—Te he ordenado que vengas —repetí sin alterar el tono.
Un paso más. Después otro.
Cuando se detuvo frente a mí, todavía con los ojos bajos, lo vi. Las lágrimas continuaban deslizándose. En silencio. Sin dramatismo. Sin fingimientos. Simplemente caían. Porque llevaban demasiado tiempo contenidas. Porque allí ya no era capaz de detenerlas.
Y lo comprendí. Aquello era real. El dolor. La entrega forzada. El miedo.
Era hermosa. Mucho más que cualquier otra mujer que hubiera pasado por aquella sala. Pero no era eso lo que me mantenía cautivado.
Era la verdad.
La clase de verdad que no se compra. Que no se entrena. Que no se finge.
¿Y lo peor?
Ella ni siquiera era consciente del efecto que causaba.
—¿Por qué estás llorando?
La pregunta salió baja y directa, como solía ocurrir con mis palabras.
Alzó una mano, se secó rápidamente el rostro y mantuvo la mirada baja.
—Perdóneme, señor. No volverá a ocurrir, se lo prometo.
—Te he preguntado por qué estás llorando.
Vaciló. Su respiración se interrumpió durante un instante. Intenté descifrar su expresión, pero estaba entrenada, aunque ni siquiera lo supiera.
—No es nada importante, señor —intentó evadir la pregunta.
Mi tono cambió, volviéndose más firme y frío.
—Es la segunda vez que te lo pregunto. Y será la última. Ahora respóndeme.
Tragó saliva. Sus manos se aferraron al vestido como si buscaran algo a lo que sostenerse.
—Todo esto es muy nuevo para mí, señor —susurró—. Acabo de llegar. Todavía intento entender cómo funciona todo.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
Alzó la mirada, confundida por mi pregunta.
—¿Qué?
—¿Cómo llegaste aquí? —pregunté sin apartar los ojos de ella.
Vaciló.
—Me vendieron —respondió, con la voz arrastrándose en un susurro—. El hombre que decía ser mi padre.
La observé con seriedad.
—¿Tu propio padre?
Asintió con un movimiento casi imperceptible.
Negué lentamente con la cabeza y me llevé el coñac a los labios. El líquido quemó menos que aquella respuesta. El puto mundo estaba realmente podrido, más de lo que recordaba.
Volvió a bajar el rostro. Le temblaban las manos.
—Lo siento, señor. Por favor, deme otra oportunidad. Le prometo que puedo hacerlo mejor. Déjeme intentarlo de nuevo.
No respondí. Me limité a observarla.
Ahora, sin el humo del cigarrillo, sin la distancia del escenario, sin la música ahogando lo que de verdad importaba. Solo ella, yo y la verdad frente a mis ojos.
[...]
La tenue iluminación de la sala incidía de lado sobre su rostro, revelando más de lo que debería. Su piel no estaba únicamente enrojecida por el baile o la vergüenza. Estaba marcada. El tono violáceo delataba la fuerza de una bofetada. Quizá de más de una.
Me levanté despacio. Di dos pasos y me acerqué hasta que ella retrocedió por puro instinto.
Su cuerpo se puso rígido, como si esperara lo peor.
Extendí la mano y le sujeté el rostro con firmeza, sin violencia, pero con la clase de autoridad que no admitía rechazo.
Le incliné la barbilla hacia arriba, obligándola a mirarme a los ojos.
—¿Quién te hizo esto? —pregunté con voz baja y contenida, pero tan cortante como una hoja fría contra la piel.
Se quedó paralizada. La respiración se le detuvo a mitad del pecho. Sus ojos temblaban, desorientados, pero aun así no apartó la mirada.
No respondió.
Permaneció allí, con el rostro entre mis manos, respirando agitadamente. Su mirada seguía perdida, una mezcla de miedo y vergüenza.
—Muy bien —murmuré, retrocediendo medio paso—. ¿No quieres decirme quién fue?
Solté una risa seca. Me volví, tomé el arma que descansaba sobre el sofá y la amartillé.
—Entonces los mataré uno por uno hasta descubrirlo.
Se enderezó de inmediato.
—¡No! —gritó, desesperada—. ¡Por favor, no fue nadie de aquí!
Apunté el arma hacia la puerta.
—Empezaré por los dos guardias que están ahí fuera.
—¡No! —repitió, avanzando un paso con las manos levantadas—. Se lo juro, no fueron ellos. Quien me hizo esto fue el hombre al que llamaba padre. Nadie de aquí.
El arma permanecía firme en mi mano y mis ojos, clavados en ella.
—¿Estás intentando encubrir a alguien? Porque, si es así, la situación empeorará.
—¡No! —Su voz se quebró—. Solo le estoy diciendo la verdad, señor. Se lo juro, nadie de aquí me ha golpeado.
Silencio.
La clase de silencio que pesa.
—¿Dónde está?
Tragó saliva y bajó la mirada.
—No lo sé. Me vendió. Ya no sé nada de ese hombre, señor.
Bajé el arma lentamente. No porque la ira hubiera desaparecido, sino porque, por primera vez, no era a la persona que tenía delante a quien deseaba hacer daño.
—Ya no es mi padre —murmuró—. Nunca lo fue.
Permanecí inmóvil, limitándome a observarla. Cada línea de su rostro. Las marcas que comenzaban a revelarse bajo el maquillaje. El cuerpo tenso. El alma herida.
Y algo se movió dentro de mí.
No era solo compasión.
Era odio hacia quien la había destrozado.
—Nadie volverá a tocarte sin mi autorización —le aseguré—. Si alguien lo hace, no quedará nada de él para contarlo.
Me miró, confundida.
Me alejé en silencio. Me dirigí al bar y me serví una generosa cantidad de coñac. Bebí un largo trago. El líquido descendió quemándome por dentro, pero ni siquiera así ardía más que el deseo de arrancarle la cabeza a alguien mientras contemplaba la tristeza en los ojos de aquella mujer.
Regresé al sofá con pasos firmes. Di otra calada al cigarrillo y dejé que el silencio se apoderara de la sala, denso como el humo.
Ella continuaba allí. De pie. Una estatua viviente de una pesadilla que no había elegido vivir. La cabeza gacha, la postura tensa. Un cuerpo hecho para seducir, pero que en aquel momento solo clamaba por ayuda.
Demasiado hermosa para estar tan rota.
Allí, en aquel instante, lo supe. A partir de ese momento, ella era mi responsabilidad.
Y, aunque no entendiera una puta mierda del motivo, ya quería matar por ella.
Matar a cualquier hijo de puta que se atreviera a tocarla, mirarla o siquiera pensar en ella de la manera equivocada.