CAPÍTULO 34
EL LEGADO
POV: IVY
El dolor es un color.
Comienza como un violeta pálido y desvaído en la base de mi columna, que se tensa como el cordón de un corsé. Luego se intensifica. Se transforma en índigo, después en un púrpura violento y amoratado que me envuelve las caderas y aprieta hasta que no puedo respirar.
Me agarro al borde de la encimera de mármol del baño principal.
—Respira —me susurro a mí misma—. Inhala en cuatro. Exhala en cuatro.
Es demasiado pronto. Estoy de treinta y seis semanas. La habitación del bebé está lista —un refugio de terciopelo gris suave y murales de bosques que pinté a mano cuando Silas por fin abrió la puerta del estudio—, pero yo no estoy lista.
Otra ola me golpea. Esta no es púrpura. Es negra.
Jadeo y se me cae el cepillo que sostenía. Golpea el suelo con estrépito.
—¿Ivy?
La voz de Silas llega desde el dormitorio. Suena alerta. Siempre suena alerta, incluso a las seis de la mañana de un domingo.
Intento responder, pero la contracción me roba la voz. Me doblo sobre mí misma y me agarro el vientre.
Silas aparece en un segundo.
No pregunta qué pasa. Lo ve. Ve el sudor en mi frente, mis nudillos blancos contra el mármol, el charco de líquido transparente que se extiende por el suelo entre mis pies.
He roto aguas.
—De acuerdo —dice. Su voz es calmada, pero siento la tensión que emana de él como el calor de un horno—. Ha llegado el momento.
No entra en pánico. No llama a gritos a los guardias. Me coge en brazos.
—Puedo caminar —protesto débilmente.
—Hoy no —dice.
Me lleva fuera del dormitorio, por el pasillo hasta el ala médica. El ático está en silencio. La luz de la mañana se filtra a través de las cortinas, suave y dorada. Resulta demasiado apacible para la violencia que está ocurriendo dentro de mi cuerpo.
—¡Dr. Aris! —grita Silas.
La puerta de la suite médica se abre de golpe. Aris y la enfermera de noche, Elena, aparecen al instante. Llevan dos meses viviendo en las habitaciones del personal, a la espera de este momento.
Silas me deposita en la cama. Las sábanas son estériles, blancas, impolutas.
—Tiene contracciones —informa Silas, con los ojos fijos en Aris—. Ha roto aguas. El líquido es transparente.
Aris asiente y se mueve con rapidez para lavarse las manos.
—¿Frecuencia cardíaca?
—Elevada —dice Silas, consultando el teléfono por instinto—. Ciento diez latidos por minuto.
—Es normal en el parto —le asegura Aris. Se pone los guantes de látex—. Silas, necesito que te apartes. Tengo que examinarla.
Silas duda. Me mira a mí. Mira al doctor. El viejo instinto de controlar, de dominar el espacio, lucha contra la aterradora realidad de que no puede combatir a este enemigo con un arma.
—Silas —susurro mientras extiendo la mano hacia él.
Él la agarra. Su agarre es aplastante.
—Quédate —digo—. Solo... abrázame.
Asiente. No se aparta. Se queda junto a mi cabeza, como un ancla.
Aris me examina. Tiene el rostro serio.
—Está completamente borrada —dice Aris—. Cinco centímetros de dilatación. Va muy rápido, Silas. El bebé viene ya.
—¿Está a salvo? —exige Silas—. ¿El bebé está a salvo?
—Todo tiene buena pinta —dice Aris—. Pero tenemos que vigilar la tensión arterial. Ivy, necesito que te concentres en la respiración.
Otra contracción me golpea.
Me atraviesa como un cuchillo dentado. Grito. Es un sonido crudo, animal, que me desgarra la garganta.
Silas se estremece. Siento su mano temblar en la mía. Está pálido, con los ojos muy abiertos por un terror que nunca he visto en él. Ha visto morir a hombres. Ha torturado a gente. Pero verme sufrir así, un dolor que él no causó y no puede detener, lo está destrozando.
—Arréglalo —le gruñe a Aris—. Dale algo. Quítale el dolor.
—Podemos ponerle la epidural —sugiere Aris.
—No —jadeo mientras niego con la cabeza—. Nada de agujas. Quiero sentirlo. Quiero saber cuándo empujar.
—Ivy —suplica Silas mientras me aparta el pelo húmedo de la frente—. No tienes que hacerte la mártir.
—No soy ninguna mártir —digo entre dientes—. Soy madre.
POV: SILAS
Las horas se funden unas con otras, una mezcla borrosa de gritos, pitidos de monitores y el olor metálico de la sangre.
Soy inútil.
Soy el Rey de Nueva York. Controlo los puertos, los sindicatos, las calles. Puedo acabar con una vida con una llamada telefónica.
Pero aquí, en esta habitación blanca, no soy nada. Soy un espectador de la agonía de mi esposa.
Ivy está librando una guerra a la que no puedo unirme. Suda, se retuerce, maldice. Parece salvaje. Parece magnífica.
—¡No puedo! —solloza mientras deja caer la cabeza hacia atrás contra la almohada—. Silas, ya no puedo más.
—Sí puedes —la animo mientras le aprieto la mano—. Eres lo más fuerte que conozco. Mataste a un rey, Ivy. Puedes con esto.
—Duele —gime.
Beso sus nudillos. Quiero cargar con su dolor. Me cortaría el brazo si con eso pudiera aliviarle aunque fuera una fracción de esta carga.
—Estoy aquí —le prometo—. Aquí mismo.
—La tensión está subiendo —advierte Aris, mirando el monitor—. 160 sobre 100. Silas, que no se altere.
—¿Y cómo coño quieres que la calme? —rujo—. ¡La están destrozando!
—¡Silas! —espeta Ivy—. ¡Deja de gritarle! ¡Mírame!
La miro. Sus ojos son pozos oscuros de agotamiento, pero el fuego sigue ahí.
—Respira conmigo —ordena.
Lo hago. Me acompaso a su ritmo. Inhalar. Exhalar. Estamos conectados, un circuito cerrado de pánico y determinación.
—Está coronando —anuncia Aris—. Ivy, en la siguiente, necesito que empujes con todo lo que tengas.
—Estoy cansada —susurra.
—Una más —digo, acercándome a su oído—. Solo una batalla más, pajarito. Y entonces ganamos.
Asiente. Me aprieta la mano tan fuerte que siento los huesos crujir.
Llega la contracción.
Empuja. Grita, un sonido que vibra en mi propio pecho.
Observo. Veo asomar la cabeza. Pelo oscuro, empapado de sangre y vérnix.
—Los hombros —dice Aris—. Una más.
Ivy da un último grito gutural.
Y entonces... silencio.
Seguido de un sonido húmedo, un gorgoteo.
Y luego, un llanto.
Es el sonido más fuerte que he oído en mi vida. Atraviesa la habitación y destroza la tensión.
Aris levanta a la bebé.
Es pequeña. Roja. Cubierta de los fluidos del parto.
Es lo más aterrador que he visto en mi vida.
—Es una niña —dice Aris, sonriendo.
Una niña.
Casi se me doblan las rodillas. Una hija. Una princesa para el reino de cenizas que construí.
Aris la coloca sobre el pecho de Ivy.
El llanto cesa al instante. La bebé se acurruca contra la piel de Ivy, buscando calor, buscando el latido que conoce.
Ivy solloza. Rodea con los brazos el cuerpecito resbaladizo. Besa la cabeza de la bebé, indiferente a la sangre.
—Es hermosa —susurra Ivy—. Silas, mira.
Miro.
Miro a mi esposa, destrozada y radiante. Miro a mi hija, frágil y nueva.
Extiendo la mano. Me tiembla. La mano que ha empuñado armas, cuchillos, y ha apretado las gargantas de mis enemigos.
Toco la mano de la bebé. Es imposiblemente pequeña. Sus deditos se cierran en torno a mi índice.
Me agarra.
Y en ese momento, el último trozo de hielo en mi pecho se derrite.
Ya no soy solo un monstruo. Soy un padre.
—Silas —dice Ivy con suavidad—. ¿Quieres cogerla?
—Estoy... estoy sucio —digo, mirando mi camisa, manchada de sudor y la sangre de Ivy—. Soy demasiado brusco.
—Eres su padre —dice Ivy—. Cógela.
Me entrega el bulto.
La cojo. No pesa nada. Es como tener en brazos una granada sin seguro: potencial explosivo envuelto en piel delicada.
La aprieto contra mi pecho. Huele a hierro y a leche. Abre los ojos. Son azul oscuro. Mis ojos.
—Hola —susurro.
Parpadea. No llora. Solo me mira. Me está juzgando.
Quemaré el mundo por ti, juro en silencio. Construiré muros tan altos que nunca tendrás que ver la fealdad de ahí fuera. Mataré a cualquiera que te haga llorar.
Pero entonces miro a Ivy. Me observa con una sonrisa cansada y dulce en los labios.
—Sin muros —me corrijo. Sin jaulas.
—¿Cómo la llamamos? —pregunta Ivy.
Miro a la bebé. Pienso en la oscuridad de la que venimos. Pienso en la luz que ella trae.
—Elena —digo—. Significa luz brillante.
—Elena —repite Ivy—. Elena Vane.
—La Reina de Nueva York —añado.
Ivy se ríe. —Empecemos con Princesa.
Me siento en el borde de la cama con mi hija en brazos, junto a mi esposa.
El rastreador en el tobillo de Ivy emite un pitido suave. Miro mi teléfono.
FRECUENCIA CARDÍACA: 70 LPM.
Paz.
Por primera vez desde que me la llevé, su corazón está en paz.
Y mirando a las dos mujeres que poseen mi alma, me doy cuenta de que la guerra por fin ha terminado.
No solo conquisté la ciudad.
Conquisté la maldición.