CAPÍTULO 17
EL FANTASMA EN LA MÁQUINA
POV: IVY
El silencio de la Finca es diferente cuando él no está.
Cuando Silas está aquí, el silencio es denso, cargado de su presencia como el aire antes de un relámpago.
Es un silencio depredador, al acecho. Pero ahora que los todoterrenos blindados han desaparecido por el camino serpenteante, engullendo el crujido de la grava a su paso, el silencio parece. .. hueco.
Sabe a abandono.
Permanezco junto a la ventana del dormitorio principal, observando cómo el polvo se asienta en el camino. Las puertas de hierro se han cerrado de golpe, con un chasquido mecánico y definitivo que vibra bajo mis pies.
Estoy sola.
Bueno, no del todo. Hay guardias patrullando el perímetro: hombres sin rostro con equipo táctico y rifles que parecen insectos desde esta altura. Y luego está Marta, en algún lugar de las entrañas de la casa, probablemente puliendo plata o afilando cuchillos.
Pero a efectos prácticos, soy el único ser vivo en esta fortaleza de cristal y piedra.
Bajo la vista hacia mi tobillo izquierdo. La banda de platino brilla inocentemente bajo el sol de la tarde. Parece una joya. Pero es un grillete.
110 latidos por minuto.
Eso es lo que dijo antes. Mi corazón latía desbocado entonces.
Me llevo una mano al pecho. Pum. Pum. Pum. Ahora va más lento. Quizás 80. ¿Estará mirando? ¿Estará sentado en la parte trasera de esa máquina de guerra, con los ojos clavados en una pantalla, controlando el ritmo de mi vida mientras va a acabar con la de otro?
—Compruébalo —susurro a la habitación vacía—. Mírame.
Empiezo a dar vueltas.
La casa parece demasiado grande. Los techos, demasiado altos. Sin la gravedad oscura de Silas para anclar el espacio, siento que podría salir flotando, a la deriva.
Salgo del dormitorio. El pasillo se extiende ante mí, un túnel de sombras y retratos. Paso junto a las habitaciones de invitados, junto al armario de la ropa blanca. Me detengo en lo alto de las escaleras.
Allá abajo, a la izquierda, está la biblioteca. A la derecha, el comedor.
Y al fondo del corredor este... su despacho.
La Sala de Guerra, así llama al sótano. Pero tiene un estudio en la planta baja. Lo he visto retirarse allí por las tardes. Es donde guarda el whisky. Es donde guarda los secretos que no entierra.
La curiosidad me pica bajo la piel, un sarpullido enloquecedor.
Ve a tu habitación, me ordenó. Cierra con llave.
La desobediencia me excita. Es el único poder que me queda. Si va a rastrearme como a un perro, al menos puedo escarbar en el jardín.
Bajo las escaleras. Mis pies descalzos no hacen ruido sobre el mármol. Soy un fantasma que ronda su propia prisión.
Reviso las esquinas. Ni rastro de Marta. Oigo el zumbido tenue de una aspiradora en el ala oeste. Está ocupada.
Me deslizo por el corredor este. El aire aquí es más fresco, huele a papel viejo y a cedro.
La puerta del despacho es alta, de roble oscuro.
Agarro el pomo, convencida de que estará cerrada con llave. Silas es paranoico. Silas es meticuloso.
Pero Silas se fue con prisa. Se fue por una amenaza de nivel uno. Se fue a salvar a mi padre.
Giro el pomo.
Se resiste. Cerrada.
Cómo no.
Apoyo la frente contra la madera mientras la frustración me hierve por dentro. No sé por qué pensé que estaría abierta. Ni siquiera sé qué busco. ¿Un teléfono? ¿Un arma? ¿Una salida?
No. Busco respuestas.
Me doy la vuelta para irme, pero algo me llama la atención en la pequeña consola junto a la puerta. Un cuenco de plata, normalmente vacío. Hoy hay una pequeña llave de latón en su interior.
Parece olvidada. O...
Te dejé la llave, había dicho sobre el despacho del ático. Quería ver si tenías agallas.
¿Es otra prueba? ¿Me estará observando ahora mismo, a ver si muerdo el anzuelo?
Miro hacia las esquinas del techo. No hay cámaras aquí. El pasillo es un punto ciego, diseñado para la privacidad.
Agarro la llave.
El corazón se me dispara. Lo noto. Pum-pum-pum.
¿Estás viendo esto, Silas? ¿Te preguntas por qué mi pulso acaba de dispararse a 120?
Meto la llave en la cerradura. Gira con un chasquido pesado y satisfactorio.
Empujo la puerta, me cuelo dentro y la cierro con suavidad a mi espalda.
El despacho es masculino, imponente. Estanterías de suelo a techo forradas de volúmenes encuadernados en cuero. Un escritorio descomunal que parece tallado del casco de un barco. Las cortinas están echadas y sumen la habitación en un crepúsculo perpetuo.
Huele a él. Sándalo, tabaco y ese aroma de fondo a aire frío de invierno. Se me aflojan las rodillas.
Me acerco al escritorio. Está lleno de papeles: raro en él. Debía de estar trabajando cuando llegó la llamada.
Repaso los documentos. Manifiestos de carga. Sobornos a la autoridad portuaria. Transferencias bancarias a empresas fantasma en las Caimán. Pruebas de un imperio criminal tan vasto que me marea.
Pero el dinero me da igual.
Abro el cajón de arriba. Bolígrafos. Un cargador de repuesto para su Glock. Un mechero.
Abro el cajón de abajo. Cerrado con llave.
Pruebo la llave de latón. No encaja.
Miro a mi alrededor. Piensa, Ivy. ¿Dónde escondería lo que de verdad importa?
Mi mirada se detiene en un archivador en la esquina. Anticuado, acero disimulado con chapa de madera.
Me acerco. Sin cerrar.
Abro el cajón de arriba. Expedientes. Cientos. Organizados alfabéticamente.
A... B... C...
Los reviso con los dedos temblorosos.
R.
Ross.
Hay dos expedientes con el nombre Ross.
Uno pone ROSS, MARCUS. El otro, ROSS, IVY.
Saco los dos. Me tiemblan tanto las manos que casi se me caen. Me siento en la alfombra persa y extiendo los expedientes en el círculo de luz de la lámpara.
Abro primero el expediente de mi padre.
Es un catálogo de fracasos. Deudas de juego que se remontan veinte años. Acuerdos con usureros. Historiales médicos con daño hepático. Informes policiales por conducir borracho que desaparecieron misteriosamente.
Y luego, una sección titulada INTENTOS DE LIQUIDACIÓN.
Frunzo el ceño. ¿Liquidación?
Leo la primera entrada.
Fecha: 12 de mayo de 2022. Acreedor: El Cártel Albanés. Deuda: 45.000 $. Pago propuesto: Una persona a cargo, sexo femenino. Edad: 18.
Se me cae el alma a los pies. La fecha... fue mi baile de graduación. Recuerdo que mi padre estuvo raro esa semana. Me compró un vestido. Me dijo que me pusiera guapa.
Leo la resolución.
Intervención: S.V. Acción: Deuda pagada en su totalidad mediante empresa fantasma. Advertencia emitida a los albaneses. El activo permanece con el padre.
Parpadeo y releo la línea. Intervención: S.V.
Silas Vane.
Pagó cuarenta y cinco mil dólares para que los albaneses no me llevaran. Hace cuatro años.
Paso la página.
Fecha: 4 de agosto de 2023. Acreedor: Corredor de apuestas local (vínculos con los Gambino). Deuda: 12.000 $. Pago propuesto: Transferencia de activo (Ivy Ross). Intervención: S.V. Deuda saldada. Corredor hospitalizado.
Hay cinco entradas. Cinco veces mi padre intentó venderme. Cinco veces Silas intervino, pagó la deuda y me mantuvo a salvo.
No lo conocía entonces. Era solo una estudiante, preocupada por las notas y la pintura, sin saber que me intercambiaban como ganado en el submundo.
Y sin saber que una sombra velaba por mí.
¿Por qué?
¿Por qué pagaría miles de dólares por una chica que no conocía?
Abro el segundo expediente. ROSS, IVY.
La primera página no es un registro de deudas. Es una foto.
Antigua. Con grano.
Soy yo a los dieciséis. Estoy sentada en las escaleras del Met, dibujando. Llevo un abrigo raído y como un pretzel. Parezco joven. Triste.
Hay una nota sujeta a la foto, con la letra afilada de Silas.
El sujeto muestra potencial. Talento en bruto. Desprotegida. El padre es un lastre. Vigilar.
Lleva vigilándome desde que tenía dieciséis años.
Paso las páginas. Es una cronología de mi vida.
Boletines de notas. Inscripciones a concursos de arte.
Una copia de mi carta de aceptación en Parsons.
(¿Cómo consiguió esto? Nunca se la enseñé a nadie).
Recibos de material de arte que «misteriosamente» aparecieron en mi puerta cuando no tenía un duro.
Siempre pensé que era un error de envío.
Era él.
Compró mis pinturas. Pagó mis deudas. Mantuvo a raya a los lobos durante cuatro años.
Una lágrima me resbala por la mejilla.
No es solo mi captor. Es mi mecenas. Mi guardián.
Pero ¿por qué esperar? ¿Por qué dejarme sufrir? ¿Por qué secuestrarme ahora?
Encuentro un memorándum de hace seis meses.
Actualización de estado: Marcus Ross en escalada. Deudas por encima de niveles manejables. Contacto con la Bratva Sokolov confirmado. Riesgo de pérdida del activo: CRÍTICO. Decisión: Extracción inminente. El padre no es de fiar. El activo debe asegurarse.
Intentó salvarme.
No me secuestró para hacerme daño. Me secuestró porque mi padre hizo por fin un trato que Silas no podía pagar en la sombra. Los Sokolov no quieren dinero; quieren carne.
Silas me llevó para que Nikolai no me pusiera las manos encima.
Me echo hacia atrás sobre los talones; los papeles se esparcen a mi alrededor.
Todo da un vuelco. La ira, el miedo, el odio... todo se retuerce en algo confuso y doloroso.
Es un monstruo, sí. Ha matado. Me encadenó a una cama.
Pero es mi monstruo.
Lleva protegiéndome de la oscuridad desde antes de que yo supiera siquiera que existía.
Te diste cuenta de que necesitas al lobo para mantener a raya a las otras bestias.
Tenía razón.
Toco la tobillera de platino. Ya no parece un grillete. Parece una promesa.
De repente, las luces de la oficina parpadean.
Me quedo inmóvil.
El zumbido del ordenador sobre el escritorio se apaga. La lámpara se apaga. La habitación se sume en una penumbra grisácea, iluminada solo por la rendija de luz que entra desde el pasillo.
¿Un corte de luz?
No. Los generadores de emergencia deberían activarse al instante. Silas lo dijo.
Espero.
Un segundo. Dos segundos. Tres.
Silencio.
El generador no arranca.
El ritmo cardíaco se me dispara de nuevo. Siento el rastreador latir contra la piel, enviando datos frenéticos a un hombre que no está aquí.
Entonces lo oigo.
Un sonido que no pertenece a esta casa.
Crac. Crac.
Cristales que se rompen.
Viene del ala oeste. Del invernadero.
¿Marta?
No. Marta tiene llaves. Marta no rompe cristales.
Hay alguien aquí.
Me levanto de un salto y aprieto el archivo contra el pecho.
Nikolai.
No solo quería a mi padre. Quería el activo. Y sabía que Silas se había ido. El dron... no solo estaba explorando. Estaba esperando a que el Rey abandonara el castillo.
Corro hacia la puerta. Necesito esconderme. Necesito volver al dormitorio, a la habitación de seguridad, a cualquier lugar con cerradura.
Salgo al pasillo.
Está oscuro. Las luces de emergencia no se han activado. Las cerraduras electrónicas podrían estar muertas.
Oigo pasos. Pesados. Rápidos. Varias personas.
Avanzan por el vestíbulo de mármol hacia las escaleras.
—Revisad las habitaciones —gruñe una voz. Es grave, con acento. Ruso—. Encontrad a la chica. Dejad a la vieja.
Están aquí.
Retrocedo y me refugio en la oficina. Cierro la puerta con la llave de latón; las manos me tiemblan tanto que casi la dejo caer.
Es una cerradura endeble. No los detendrá.
Necesito un arma.
Corro hacia el escritorio. Abro el cajón.
La Glock.
La agarro. Es pesada, fría. Igual que la Sig Sauer que Silas me hizo sostener ayer.
Aprieta, no tires.
Reviso la recámara. Cargada.
Me agacho detrás del enorme escritorio de madera. Agarro el arma con ambas manos y apunto hacia la puerta.
El corazón me retumba en los oídos. 150 ppm. 160.
Silas, por favor. Por favor, mira el teléfono. Por favor, ve que el corazón me está intentando escapar del pecho.
Oigo los pasos en el pasillo. Se acercan. Están revisando las puertas.
Patada. Estruendo. (Comedor). Patada. Estruendo. (Biblioteca).
Están despejando la planta metódicamente.
Se detienen frente a la oficina.
El pomo traquetea.
Cerrado.
—Esta —dice la voz—. Derríbala.
Me preparo. Separo los pies, tal como él me enseñó. Apunto al centro de la puerta.
No soy el ciervo, me digo. Soy la esposa del lobo.
CRAC.
La madera se astilla alrededor de la cerradura.
La puerta se abre de golpe.
Una silueta llena el marco. Enorme. Con un rifle de asalto en las manos.
No dudo.
Aprieto.