CAPÍTULO 14
EL OJO MECÁNICO
PDV: SILAS
La paz es una mentira. No es más que el aliento antes del grito.
Durante tres días, la Finca ha estado en calma. La tormenta pasó, dejando tras de sí un cielo azul brillante y límpido, y un océano que lame perezosamente los acantilados. Dentro de la casa, un ritmo frágil ha tomado forma.
Trabajo en mi despacho, vigilando las rutas marítimas y las operaciones de blanqueo de dinero que mantienen a Vane Enterprises en la cima de la cadena alimentaria.
Ivy pinta en el invernadero. Cenamos juntos.
Duerme en mi cama, acurrucada contra mi costado, robándome el calor del cuerpo mientras finge que odia que la toque.
Es un purgatorio doméstico. Y soy adicto a él.
Estoy en el balcón de la suite principal, contemplando los terrenos.
Es media tarde. El aire es fresco, cargado de aroma a pino y sal.
Desde aquí veo el techo de cristal del invernadero brillando bajo el sol.
Sé que está ahí dentro. Comprobé las cámaras hace cinco minutos.
Trabaja en un nuevo lienzo, el rostro manchado de carboncillo, la lengua asomando entre los dientes por la concentración.
Está pintando los acantilados. Pero en las sombras de las rocas, oculta monstruos. Vi el contorno de un lobo en los trazos de carboncillo.
Sonrío y doy un sorbo a mi expreso. Está procesando su trauma a través del arte. Está encontrándole sentido a su jaula.
Entonces lo oigo.
Es un sonido tan tenue, tan fuera de lugar en la sinfonía natural del bosque, que cualquier otro lo habría pasado por alto.
Whirrrrrr.
Suena como un avispón cabreado. Pero los avispones no mantienen una frecuencia mecánica constante.
Me quedo inmóvil. Mis sentidos pasan instantáneamente de relajados a letales. Recorro con la mirada la línea de árboles, entornando los ojos contra el resplandor del sol.
Ahí.
Suspendido a quince metros sobre la valla del perímetro norte, justo bajo el dosel arbóreo. Una mota negra.
Es un dron.
Un cuadricóptero. De uso militar, a juzgar por la estabilización. No se mueve erráticamente como un juguete pilotado por un turista. Mantiene un vuelo estacionario perfecto y estable. El objetivo de su cámara apunta directamente al invernadero.
La taza de cerámica se hace añicos en mi mano.
El café caliente me abrasa la mano y gotea sobre el balcón de piedra, pero no lo siento. Solo siento la rabia fría y ardiente que me inunda las venas.
La está mirando a ella.
Alguien está observando a mi esposa. Alguien viola la santidad de mis muros, se asoma a la caja de cristal donde guardo mi posesión más preciada.
—Nikolai —susurro. El nombre me sabe a bilis.
No corro. Correr atrae la atención. Me doy la vuelta y camino de regreso al dormitorio con velocidad deliberada y letal.
Voy a la caja fuerte de la pared. Marco el código. Bip. Bip. Bip. Clic.
Paso de largo las pistolas. Esto requiere alcance. Saco el rifle de asalto HK416. Compruebo el cargador. Lleno. Cojo un supresor y lo enrosco en el cañón.
Cojo la tableta del escritorio. La sincronizo con el sistema de guerra electrónica de la Finca. Toco la pantalla y aíslo la frecuencia que usa el dron para transmitir.
Origen de la señal: 1,9 kilómetros al nor-noroeste. Posición estática.
El operador está cerca. Sentado en un coche, o agachado en los arbustos justo más allá del límite de mi propiedad, creyéndose listo. Creyéndose a salvo.
Se equivoca.
Me coloco una Glock 19 en la cadera y engancho un cuchillo de caza al cinturón. Paso el rifle por la correa y lo dejo colgar sobre el pecho.
Miro el monitor. El dron sigue ahí, observando.
Tengo que moverme. Tengo que cazar.
Pero primero tengo que asegurar el activo.
No puedo dejar a Ivy en el invernadero. Es una casa de cristal. Si el dron hace de observador para un equipo de francotiradores...
Solo pensarlo me envía una descarga de adrenalina que casi me pone de rodillas.
Salgo de la habitación y bajo las escaleras de dos en dos. No llamo a los guardias. Los quiero en el perímetro. Esto es personal.
Irrumpo en el invernadero.
Ivy da un respingo y se le cae la barra de carboncillo. Golpea el suelo de piedra y se hace añicos en polvo negro.
—¿Silas? —Se da la vuelta y abre mucho los ojos al ver el rifle cruzado sobre mi pecho. Observa la ropa oscura, la tensión que emana de mí en oleadas, la mirada en mis ojos que promete muerte.
—¿Qué pasa? —susurra, retrocediendo hasta chocar con el caballete—. ¿Es... es la tormenta otra vez?
—No —digo mientras acorto la distancia entre nosotros—. Es otra clase de tormenta.
La agarro del brazo. Con fuerza suficiente para dejar marca. No tengo tiempo para delicadezas.
—Nos vamos. Ahora.
—¡Silas, me haces daño! ¿Qué pasa?
—Alguien nos observa —gruño mientras tiro de ella hacia la puerta—. Hay un dron sobre el muro norte. Te están mirando a ti.
Jadea y alza la vista hacia el techo de cristal, consciente de pronto de lo expuesta que está.
—¿Un dron? ¿Es... es él? ¿El ruso?
—Nikolai no juega con juguetes —digo con gravedad—. Pero contrata a hombres que sí.
La arrastro fuera del invernadero, cruzamos el césped y entramos en la casa principal. Cierro las pesadas puertas traseras y activo las persianas de acero. La luz del día desaparece cuando las láminas de metal descienden sobre las ventanas con un gruñido mecánico y pesado.
—¿Adónde vamos? —pregunta Ivy, esforzándose por seguir el ritmo de mis largas zancadas.
—Arriba.
—¿Nos escondemos?
—Tú te escondes —la corrijo—. Yo voy a cazar.
Llegamos al dormitorio principal. Cierro la puerta de una patada y echo el cerrojo. La llevo hasta la cama: la enorme cama de caoba con dosel que ha sido nuestro campo de batalla silencioso durante tres noches.
—Siéntate —ordeno.
Se sienta, temblando.
—Silas, por favor, no me dejes aquí sola. Si hay alguien ahí fuera...
—Por eso precisamente me voy —digo—. Voy a encontrar al hombre del mando a distancia y voy a pedirle educadamente que pare.
—Vas a matarlo —dice con voz inexpresiva.
—Voy a despedazarlo.
Camino hacia la mesita de noche. Abro el cajón de arriba.
Saco unas esposas.
Son de acero macizo, las reglamentarias de la policía. No de las mullidas para juegos. Estas son para inmovilizar. Para retener.
Ivy las ve. Se le corta la respiración. Retrocede a rastras por el colchón y pega la espalda contra el cabecero.
—No —dice, negando con la cabeza—. Silas, no. No puedes.
—Tengo que hacerlo —digo con voz serena, razonable, aterradora.
Me subo a la cama. Intenta darme una patada, pero le atrapo el tobillo sin esfuerzo. Me deslizo sobre ella e inmovilizo sus piernas con mi peso.
—No puedo dejarte vagando por la casa, Ivy. Si traspasan el perímetro mientras estoy fuera, necesito saber exactamente dónde estás. Necesito saber que estás a salvo.
—¡Me quedaré aquí! —grita mientras las lágrimas le resbalan por las mejillas—. ¡Lo prometo! ¡Cerraré la puerta con llave! Por favor, no me ates. Por favor, Silas. Es que... soy claustrofóbica. ¡Lo sabes!
—Lo sé —la tranquilizo mientras le aparto un mechón de pelo de la frente—. Pero el miedo es mejor que la muerte.
Le agarro la muñeca izquierda.
—Dámela.
—¡No! —Se resiste. Me araña el brazo; sus uñas me dejan marcas rojas en la piel—. ¡No soy un animal! ¡No puedes encadenarme!
—Puedo hacer lo que haga falta para que sigas respirando —gruño.
Le inmovilizo la muñeca contra el grueso poste de caoba del cabecero. La madera tiene enredaderas talladas. Es sólida como una roca.
Clic.
El metal frío le muerde la piel. Jadea, un sonido de pura derrota.
Cierro la otra esposa en torno al poste de la cama.
Tira de inmediato. La cadena traquetea. Aguanta. Está atada. Tiene quizás quince centímetros de margen. Suficiente para sentarse, suficiente para tumbarse, pero no para salir de la cama.
Me mira con el pecho agitado, el odio y el terror batallando en sus ojos.
—Te odio —escupe—. Estás enfermo.
—Soy meticuloso —la corrijo.
Compruebo el ajuste de la esposa. Bastante apretada para que no pueda sacar la mano, bastante suelta para no cortarle la circulación a menos que forcejee con violencia.
—Deja de resistirte —aconsejo en voz baja—. Solo conseguirás hacerte daño.
Me pongo de pie y me ajusto el rifle.
—Volveré —prometo—. La casa está sellada. Marta está en el cuarto de seguridad del sótano. Los guardias tienen orden de disparar a matar a cualquiera que se acerque a la casa.
—¿Y si no vuelves? —susurra. La pregunta queda suspendida en el aire, frágil y aterradora.
Si no vuelvo, muere aquí. Encadenada a esta cama. De hambre. O peor: Nikolai la encuentra así.
Solo pensarlo me hiela la sangre.
Me inclino. Le agarro la barbilla y la obligo a mirarme.
—Siempre vuelvo —juro—. Soy lo que acecha en la oscuridad, Ivy. Nada de ahí fuera da más miedo que yo.
La beso con fuerza. Es un beso de posesión, una marca a fuego. Saboreo su miedo, su sal.
—Espérame.
Me doy la vuelta y camino hacia la puerta.
—¡Silas! —grita, y el sonido me desgarra las entrañas.
No miro atrás. No puedo. Si la miro —encadenada, vulnerable, hermosa—, no me iré. Y si no me voy, la amenaza sigue ahí.
Salgo. Cierro con llave la puerta del dormitorio desde fuera. Clic.
Activo la radio que llevo al hombro.
—Luca —digo con voz desprovista de humanidad—. Intrusión en el perímetro, Sector Norte. Voy a interceptar. Empújalos hacia mí.
—Recibido, jefe. La partida de caza está activa.
Me muevo por la casa silenciosa, un fantasma en mi propio castillo. Salgo por la puerta lateral y me fundo con las sombras del bosque.
El aire está quieto. Los pájaros vuelven a cantar, ajenos a la violencia que está a punto de desatarse.
Me muevo rápido, con las botas silenciosas sobre las agujas de pino. Sigo la señal en la tableta. El punto está inmóvil.
Está cerca.
La rabia de antes se ha destilado en una concentración fría y afilada. Ya no estoy furioso. Soy eficiente.
Alcanzo el límite de la propiedad. La valla de casi cuatro metros se alza ante mí. Más allá, una espesa maleza de chaparros y caminos de acceso.
Veo un coche. Un sedán gris anodino aparcado en un viejo camino maderero. La ventanilla está bajada. Lleva una antena en el techo.