Sanguinaria (El Corazón 1) 39. Esto es lo que hace la esperanza #3
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39. Esto es lo que hace la esperanza #3

—El contrato era la única forma de hacer que los líderes rebeldes confiaran de verdad en que yo era un desertor —continuó Brooker con un tono demasiado parecido al de su padre—.

Que mi lealtad estaba con los anillos. Fueron años de planificación, de construir mi tapadera, de acostarme con chusma del Cardinal y de ayudar a la escoria de los anillos.

—Algo parecido al orgullo se le reflejó en los labios—.

Pero todo ha valido la pena por este momento.

Sus palabras eran como cuchillos. Aquello que creía saber Greyson sobre su familia, sobre su hermano, sobre su lugar en el mundo…

se desmoronó. El hombre que estaba ante él era un desconocido con el rostro de su hermano.

Un monstruo que había orquestado sufrimiento y muerte con la misma crueldad despreocupada que su padre.

—Descubrimos muchas cosas sobre Shadera gracias a los rumores —prosiguió, y desvió la mirada hacia ella con una frialdad que le puso la piel de gallina—. Sabíamos lo importante que era para Jaeger, para Vine. Sabíamos que harían casi cualquier cosa por recuperarla.

Maximus se colocó a su lado, formando ambos un frente unido que le revolvió el estómago. Padre e hijo, poder y astucia juntos.

—Papá y yo planeábamos convertirla en nuestra prisionera, pero tuviste que meter la pata al quitarte la máscara delante de todos.

Fue entonces cuando Elara propuso lo de los votos.

—Brooker señaló a su madre, quien permanecía de pie al fondo del cadalso con los hombros encorvados—.

Ahí fue cuando empezamos a elaborar el plan definitivo.

Y, aunque está feo que lo diga yo, era brillante.

Brooker soltó una risita antes de darle un apretón en el hombro a Callum.

—Le comenté a Farrow que la ceremonia sería el momento perfecto para atacar —continuó—, y la semilla que había plantado empezó a florecer.

Papá y yo no tuvimos que hacer nada, solo esperar y dejar que todos los líderes rebeldes acudieran a nosotros.

—Se rio de nuevo, y el sonido resultaba inquietante—. Y así fue.

Callum emitió un gruñido y se retorció bajo el agarre de Brooker.

—No os saldréis con la vuestra —dijo; aún le manaba sangre del labio partido—. La gente ya lo sabe. Han visto…

Brooker le presionó la pistola contra la sien con más fuerza.

—Han visto lo que queríamos que vieran. Un espectáculo. Una distracción. Mientras nos ocupábamos de la verdadera amenaza. —Su sonrisa era ahora afilada como una navaja—. Y, sin líderes que se nos opongan, podremos eliminar fácilmente los anillos por una buena causa.

—¿Una buena causa? —repitió Greyson, incapaz de ocultar el asco que sentía—. ¿El asesinato en masa es vuestra buena causa?

—Progreso —intervino Maximus, con un tono razonable, casi paternal—. La expansión del Corazón. La preservación de la civilización en un mundo que aún se recupera del colapso.

—Eres el mismísimo diablo —susurró Greyson, pero Brooker se echó a reír.

—Siempre fuiste el hermano débil —dijo, negando con la cabeza—. Menudo llorica. No me extraña que seas de otro padre. Esa debilidad no podría venir de Maximus.

Las palabras golpearon a Greyson con una fuerza asombrosa y le arrancaron el aire de los pulmones.

¿Otro padre?

Vio cómo su madre se ponía recta, cómo a Mikel se le tensaba la mano alrededor de la pistola.

—¿De qué está hablando? —exigió saber, recorriendo los rostros presentes en busca de respuestas.

Maximus se acercó aún más y le apoyó una mano en el brazo con un falso afecto mientras el arma de Greyson le presionaba el pecho.

—Así es —exclamó con la voz rebosante de desprecio—. Tu madre es una puta, se abrió de piernas para Mikel, y la debilidad es el fruto de ese encuentro.

El mundo se detuvo. Se expandió. Se contrajo. Greyson sintió que abandonaba su propio cuerpo, que observaba la escena desde la distancia. Mikel. Su padre. No Maximus. La confesión debería haber sido devastadora, debería haber reescrito todo lo que creía saber sobre sí mismo.

En cambio, fue como la confirmación de algo que siempre había intuido: lo fuera de lugar que estaba en la familia Serel, la desconexión entre él y el hombre al que había llamado padre.

Mikel por fin se quitó el casco y lo dejó caer sobre el cadalso con un estrépito que resonó por toda la plaza. Tenía el rostro —un rostro que Greyson había conocido toda su vida sin llegar a verlo de verdad— deformado por la rabia, con los ojos clavados en Maximus con una intención asesina.

—Quítale las manos de encima —gruñó mientras alzaba más la pistola.

Algo dentro de Greyson se rompió. Toda la rabia, todo el dolor, toda la traición de los últimos días, años, de toda una vida, se concentró en un único punto de claridad.

«Ahora o nunca».

Tensó el dedo en el gatillo, listo para pegarle un tiro a la máscara dorada que había atormentado sus pesadillas desde la infancia.

Pero los Veyra fueron más rápidos.