Sanguinaria (El Corazón 1) 39. Esto es lo que hace la esperanza #2
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39. Esto es lo que hace la esperanza #2

—¿Los sanguinarios? —Maximus soltó una carcajada y volvió su rostro enmascarado hacia Shadera—. Cayeron como ratas en una trampa.

Cada palabra era un cuchillo que le atravesaba la piel para después retorcerse.

—Y Jaeger Nolan, el Lobo —prosiguió, saboreando el nombre—. Tu líder. Tu figura paterna. Tengo algo especial planeado para él. Algo que hará que lo que sufriste en esa celda parezca la caricia de un amante.

«No. No, no, no».

A Shadera se le nubló la vista, el corazón le dio un vuelco.

«Jaeger no. Él no debía salir del Perímetro».

—Kestrel Farrow. —Pronunció su nombre con tal suavidad que a Shadera se le erizó la piel—. Oh, es exquisita, ¿verdad? Menudo fuego. Menuda inteligencia. Sería una lástima desperdiciarla. No, creo que me la quedaré. Algún uso encontraré para sus talentos. Después de romperla, claro está.

Maximus hizo una pausa de apenas un aliento para dejar que sus palabras se asentaran, que fermentaran.

—Y Callum… —Se volvió hacia Lira, cuyo rostro era ahora de un blanco fantasmal—.

Tu amante. —Shadera pudo percibir cómo Greyson se tensaba a su lado—.

Tu cómplice. Me tomaré mi tiempo con él.

Quizá hasta te deje mirar mientras lo desmenuzo, capa a capa.

Mientras le extraigo cada secreto, cada plan, cada pensamiento que haya tenido sobre ti.

Shadera observó los engranajes girando en la mente de Lira mientras decidía cómo responder, si elegir entre suplicar por su vida o no darle a su padre la satisfacción de verla flaquear.

Eligió lo segundo y, cuando habló, lo hizo con voz firme, fría como el acero.

—¿Y Brooker? —preguntó—. ¿Qué vas a hacerle esta vez?

A Greyson se le nubló la vista. De repente, la pistola le pesaba una tonelada.

—¿Qué? —susurró. La pregunta iba dirigida a Lira, cuyo rostro permanecía firme a pesar de la palidez que se había apoderado de su piel.

«No. Es imposible».

Maximus se rio, y el sonido le raspó los tímpanos a Greyson como metal contra cristal. La diversión de su padre, la despreocupada indiferencia ante el dolor que le había causado, encendió su furia.

—¿Sorprendido, hijo? —preguntó Maximus proyectando la voz por todo el cadalso—. Pues no deberías. La muerte siempre ha sido… negociable en nuestra familia, como bien sabes.

Algo en sus palabras hizo que los Veyra que los rodeaban levantaran más las armas.

Los Veyra leales a Maximus formaron un perímetro, armas en alto, mientras que aquellos que estaban del lado de Mikel se mantenían firmes, creando una formación protectora alrededor de Greyson, Shadera, Lira y Elara.

Los superaban en número al menos tres a uno, pero eran inquebrantables.

La tensión en el aire era ya algo físico; le presionaba la piel a Greyson, le inundaba los pulmones con cada inspiración trabajosa. Un solo movimiento en falso, un tic en el dedo, y la plataforma estallaría en sangre y balas.

Maximus levantó las manos casi como si impartiera una bendición mientras se dirigía a la multitud dispersa.

—Ciudadanos del Corazón. —Su voz resonó por toda la plaza—. Regresad a vuestros hogares inmediatamente.

La multitud dudó; la incertidumbre se extendía entre las masas reunidas. Algunos comenzaron a retirarse, dirigiéndose hacia las salidas, mientras que otros permanecían quietos en su sitio, con los ojos clavados en el drama que se desarrollaba ante ellos.

— Ahora —añadió Maximus, una sola palabra que cargaba con todo el peso de su autoridad.

El éxodo se aceleró; cada vez más gente se dirigía hacia las salidas, desesperada por escapar de la violencia que percibían como inminente.

Pero no todos huyeron. Las mujeres que se habían quitado las máscaras —cientos de ellas— se mantuvieron firmes, formando un grupo desafiante en la base del cadalso.

Maximus las observó con un aire de diversión distante.

—Interesante —murmuró, lo bastante alto como para que los que se encontraban en el cadalso lo oyeran—. Tu pequeña rebelión tiene más agallas de las que me imaginaba, Lira.

Hizo una señal a un escuadrón de Veyra, que se movió de inmediato hacia las mujeres.

—Encargaos de ellas —ordenó—. Me ocuparé de su… deso­bediencia más tarde.

Los Veyra se abalanzaron sobre las mujeres sin máscara, arreándolas como ganado.

Algunas se sometieron en silencio. Otras lucharon; su resistencia fue sofocada rápidamente con una brutalidad bien ensayada.

Greyson se obligó a mirar, a ser testigo de la valentía que mostraban, a memorizar cada rostro, cada acto de desafío.

Maximus esperó a que la plaza se vaciara antes de volver a centrar su atención en ellos y dejar escapar una ligera risita.

—¿A qué se refiere con lo de Brooker? —le gruñó Greyson a su padre.

—Mi pobre hijo —dijo al girarse hacia Greyson—. Esto es lo que hace la esperanza. Lo que hace el amor. —Negó con la cabeza, decepcionado—. Te vuelve ingenuo. Te vuelve torpe, ciego y débil.

A Greyson se le tensó el dedo sobre el gatillo; el impulso de terminar con aquello —de atravesar con una bala la máscara dorada y cualquier expresión retorcida que hubiera debajo— casi lo dominó. Pero algo lo detuvo. La necesidad de saber. De entender.

—Tu hermano está, en efecto, vivo —continuó Maximus con una voz casi suave, como si le estuviera explicando un concepto difícil a un niño—. Y te ha manipulado de maravilla. Os ha manipulado a todos, en realidad.

—No —dijo Greyson; la negación fue automática, instintiva—. Brooker no haría…

—¿No haría qué? —lo interrumpió Maximus—. ¿No serviría a su padre? ¿No protegería al Corazón? ¿No cumpliría con su deber? —Se le escapó una risa seca—. Nunca entendiste a tu hermano, Greyson. Nunca viste su verdadera naturaleza bajo esa fachada de compasión.

Por el rabillo del ojo, Greyson percibió cómo Lira inspiraba de forma brusca, cómo Mikel se enderezaba como si lo hubieran golpeado. Sus reacciones no tenían sentido.

—¿Qué está pasando? —les exigió Greyson a ambos—. ¿Qué me estáis ocultando?

—Cuántos secretos —respondió Maximus mientras disfrutaba de su confusión—. Cuántas mentiras. Debe de ser agotador intentar no meter la pata.

Dio un paso adelante, sin preocuparse por las armas que todavía lo apuntaban.

—Me divertí mucho jugando contigo, rompiéndote —continuó—.

Y me lo pusiste muy fácil cuando te creíste que la sanguinaria mató a tu hermano.

—Señaló a Shadera—. Ni siquiera tuve que hablarte de Brooker; podría haber esperado a que lo descubrieras por ti mismo, pero disfruté viendo cómo te venías abajo.

Cómo te replanteabas tus sentimientos al saber que esa escoria del Perímetro era la responsable de la muerte de tu héroe.

—Maximus se encogió de hombros—. Supongo que fue una prueba de confianza, y la superaste.

A pesar de todas las mentiras que te he contado, seguías confiando en mí. En que te decía la verdad.

A Greyson se le revolvió el estómago; la bilis le subió por la garganta mientras asimilaba sus palabras.

Un movimiento captó su atención. Una figura emergía del perímetro de la plaza, caminando con paso seguro hacia el cadalso. Greyson clavó la mirada en ese hombre y su mundo se tambaleó.

«Brooker».

Su hermano. Vivo y sin un rasguño, con una pistola en la mano y una sonrisa en el rostro que Greyson nunca antes había visto: fría, cruel, triunfante. Y, a su lado, tropezándose mientras Brooker lo arrastraba con el arma contra la sien…

—Callum —susurró Lira. Después lo repitió con más fuerza; un grito y un sollozo le desgarraron la garganta al mismo tiempo—. ¡Callum!

Brooker se rio. Se le erizó la piel ante ese sonido familiar y desconcertante.

—Grey —dijo su hermano, y su voz resonó por toda la plaza—. Te he echado de menos.

A Greyson se le encogió el estómago. Una sensación hueca lo atravesó, como si todo lo que lo mantenía anclado al mundo se hubiera disuelto de golpe.

Su hermano .

Su hermano, que lo había abrazado cuando tenía pesadillas, que le había enseñado a luchar, a sobrevivir a la crueldad de su padre.

—Lo maté —dijo Shadera a su lado, con la voz rota por la incredulidad—. Lo maté. Debería estar muerto.

—Por desgracia para ti, no lo hiciste —respondió Brooker.

Les dedicó una sonrisa de oreja a oreja sin soltar a Callum, quien no dejaba de forcejear mientras la sangre le manaba de un corte por encima del ojo y desde los labios—.

Aunque no será porque no lo intentaste. Tienes bien merecida tu fama, Shade.

Brooker se bajó el cuello de la camisa para mostrar una gruesa cicatriz en la base de la garganta mientras seguía avanzando hacia el cadalso.

—Algún día tendré que devolvértela. Me dolió un huevo.

Llegaron a la base, y Brooker obligó a Callum a subir los escalones delante de él, sin apartar la pistola de su cabeza.

De cerca, Greyson pudo ver los cambios en su hermano: la mandíbula marcada, la frialdad en su mirada que nunca antes había estado allí.

O quizá sí y Greyson simplemente había estado demasiado ciego como para verla.

Lira se lanzó hacia Callum, y él hizo amago de correr hacia ella, pero Brooker le pegó un tirón y lo obligó a arrodillarse mientras le presionaba la pistola contra la sien.

Lira jadeó; las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

—Por favor, no. Brooker, por favor, no le hagas daño.

—Has estado vivo todo este tiempo —dijo Greyson. Las palabras le sabían a veneno mientras miraba a Callum a los ojos.

Nunca había visto miedo en ellos, pero ahora estallaba en sus iris. Desvió la mirada hacia Lira y luego de nuevo hacia él. Repitió el gesto varias veces.

—Eso parece —se burló Brooker—. Papá y yo ideamos el plan hace años para infiltrarme en los anillos. Arriesgamos mi vida al contratar el servicio, pero estaba dispuesto a morir por el Corazón. —Su sonrisa no vaciló al mirar a Shadera—. Y casi lo logro gracias a esa zorra.

«Papá».

Greyson se tragó las náuseas. La cabeza le daba vueltas mientras intentaba procesar la traición que se desplegaba ante él. Su hermano —el hombre al que había idolatrado, llorado, intentado emular— había estado trabajando en su contra todo el tiempo.