Sanguinaria (El Corazón 1) 39. Esto es lo que hace la esperanza
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39. Esto es lo que hace la esperanza

El mundo de Callum se vino abajo ante sus ojos.

Lira acababa de firmar su sentencia de muerte.

Maximus la mataría por esto. Y no de forma rápida ni limpia. Haría de ella un ejemplo, de su propia hija.

No hubo vacilación cuando Callum echó a correr.

Salió de su despacho y bajó las escaleras sin pararse a pensar en los demás. Lo único que importaba era Lira.

Tenía que llegar hasta Lira.

Tecleó números en su tablet mientras salía corriendo de su club hacia las calles vacías.

Primero Farrow. Nada. Lo intentó de nuevo. Nada.

Después probó con Jameson. Lo cogería. Tenía que cogerlo, había estado un par de pisos más abajo esperando la señal. Nada.

Nada de nada.

Marcó el número de Jaeger. Esta vez, dio señal. Pero no oyó nada. Nada salvo las interferencias que le rugían contra la oreja.

—Joder. —La palabra le salió arrastrada de los pulmones mientras doblaba una esquina a dos manzanas del puesto de control del distrito del ocio.

Marcó el número de Brooker. Tampoco respondió.

Se le revolvió el estómago; la bilis le subía por la garganta mientras sus pies golpeaban el pavimento. Tenía que llegar hasta ella. Tenía que detener a Maximus antes de que le pusiera las manos encima. Tenía que sacarla de allí.

Se obligó a reducir la velocidad al llegar al puesto de control. Se acercó a los guardias jadeando.

—Necesito pasar —dijo sin molestarse en formalidades—. De inmediato.

El guardia inclinó la cabeza.

—Lo siento, señor. La plaza está bajo confinamiento. Órdenes del presidente. Nadie entra ni sale.

—Soy Callum Thane —respondió con voz firme—. Mi autorización está por encima de cualquier confinamiento.

—No de este, señor. —La postura del guardia cambió sutilmente; deslizó la mano hasta su arma—. El presidente Serel fue muy claro. Sin excepciones.

Algo dentro de Callum se rompió; una fina grieta en el dique que contenía su miedo, su rabia, su desesperación.

—No lo entiendes. Necesito pasar. Ahora.

—Señor, voy a tener que pedirle que dé un paso atrás y regrese a su residencia —le advirtió el Veyra con la mano sobre la funda de su pistola—. La situación de la plaza está siendo controlada.

«Controlada».

La palabra le resonó en la cabeza y evocó imágenes de sangre, dolor y el cuerpo destrozado de Lira.

—Por favor —dijo Callum, y no reconoció su propia voz despojada de orgullo, de apariencia; cruda en una desesperación que nunca se había permitido mostrar—. Por favor, necesito llegar hasta ella.

La voz del guardia se volvió más firme mientras un segundo Veyra aparecía tras él.

—Retroceda, señor. Último aviso.

«Iba a perderla».

Algo dentro de él se rompió.

Su puño impactó contra el casco del guardia antes de que ninguno de los dos se diera cuenta de que se había movido.

El golpe le envió una corriente de dolor por todo el brazo, pero apenas lo sintió bajo el martilleo de la sangre en los oídos.

El guardia se tambaleó hacia atrás, aturdido por el ataque inesperado, y Callum aprovechó el momento para quitarle la pistola de la funda.

El segundo guardia intentó desenfundar su arma, pero Cal­lum fue más rápido. El sonido del disparo estalló en las calles, rebotando contra el cristal y el metal. El Veyra cayó, y de su cuerpo sin vida empezó a brotar un reguero de sangre a causa de la bala que le atravesó el cráneo.

Callum apuntó al primer guardia.

—Déjame pasar —exigió con una firmeza que aterrorizó a una parte lejana de sí mismo.

El guardia dudó. Callum desvió ligeramente el cañón y disparó; la bala le rozó la oreja al hombre. No tanto como para incapacitarlo, pero sí lo bastante como para demostrarle que no se andaba con tonterías.

—La próxima vez no fallaré —prometió.

Lentamente, el guardia bajó la mano a la tarjeta que le colgaba del cinturón.

La desenganchó y retrocedió hasta la barrera del puesto de control.

Callum observó cómo deslizaba la tarjeta por el lector, luego introducía el código y, por último, se escaneaba la palma.

Una luz verde empezó a parpadear cuando el campo eléctrico se desactivó con un zumbido suave.

Callum no iba a correr ningún riesgo.

Apretó el gatillo y el Veyra se desplomó en el suelo mientras él echaba a correr y atravesaba la barrera.

Las torres gemelas en el centro de la plaza se alzaban hacia el cielo. Estaba muy cerca. Dos manzanas más y llegaría hasta ella.

Unos gritos estallaron a su espalda; la llegada de refuerzos, alertados por los disparos. No miró atrás, no podía permitirse perder ni un segundo. Le ardían los pulmones, los músculos le gritaban mientras se exigía más y más.

Tenía que llegar hasta ella. Haría cualquier cosa por llegar hasta ella.

La máscara de Maximus captó la luz del sol cuando se volvió hacia Lira.

Cada uno de sus movimientos era controlado, deliberado, un depredador calculando la muerte.

Shadera reconoció esa quietud. Ella misma la había adoptado antes de arrebatar una vida.

Y aunque el cuerpo le gritaba de dolor por el centenar de heridas que tenía, aunque las costillas rotas amenazaban con perforarle los pulmones con cada bocanada de aire que tomaba, se movió.

Bajó la mano por la abertura del vestido y envolvió los dedos alrededor de la pistola que llevaba sujeta a la parte superior del muslo.

El metal estaba caliente por el calor de su cuerpo, familiar y reconfortante en su agarre mientras la sacaba.

Cada movimiento, por pequeño que fuera, le provocaba corrientes de dolor punzante en el torso, pero mantuvo el rostro inexpresivo, negándose a mostrar dolor.

Se colocó entre Maximus y Lira en tres pasos. Extendió el brazo y apuntó el cañón de la pistola a la máscara dorada. Firme. Perfecto. Incluso rota, seguía siendo la mejor de los sanguinarios.

—Ni un paso más —dijo, y su voz se extendió por todo el cadalso, que de repente se había sumido en el silencio. Las pastillas amortiguaban el dolor, pero agudizaban su concentración, reduciendo su mundo a ese momento, a esa confrontación.

Maximus clavó su mirada en ella.

Inclinó la cabeza ligeramente, como si le divirtiera su desafío.

—¿Te atreves a amenazarme? —Su voz transmitía la confianza de un hombre que nunca había hecho frente a las consecuencias—. ¿En mi Corazón? ¿Rodeada de Veyra?

—Sí. —Sin vacilación. Sin miedo. Solo certeza.

Greyson apareció a su lado con su propia arma desenfundada, apuntando a la cabeza de su padre. Ambos compartían la misma tensión; tirante, lista para saltar. No necesitó mirarlo para sentir su presencia, para saber que estaban juntos en ese momento.

—Se acabó, padre —dijo Greyson—. Tu Corazón está roto.

Shadera captó un ligero movimiento por el rabillo del ojo.

Un Veyra cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro y bajando la mano hacia su arma. Lo miró sin apartar la pistola de Maximus, calculando ángulos, tiempos, prioridades.

Dispararía a Maximus, se volvería hacia el guardia, pero eso dejaría a Greyson expuesto a…

El disparo atravesó el aire antes de que pudiera moverse.

El Veyra cayó, con un agujero limpio atravesándole la visera, y el cuerpo rodó fuera de la superficie pulida del cadalso. Shadera desvío la mirada hacia el origen del estallido mientras la multitud jadeaba con horror.

El capitán Mikel avanzó desde el fondo del cadalso y apuntó su arma hacia la cabeza de Maximus.

—Traidor —siseó este, la palabra impregnada de veneno.

A Shadera se le tensaron los dedos sobre la pistola; el peso le resultaba reconfortante a pesar del temblor que se le extendía por los músculos. Ahora eran tres armas las que apuntaban a Maximus.

El aire entre ellos pareció cristalizarse, tenso, listo para quebrarse con el más mínimo movimiento.

A Shadera le iba el corazón a mil, y cada latido era una nueva explosión de dolor.

Sentía cómo la sangre se le filtraba por las heridas abiertas y manchaba de rojo el vestido, cálida y pegajosa contra la piel.

Maximus inclinó la cabeza y se rio. El sonido era hueco, resonaba de forma extraña tras la máscara. Un sonido desprovisto de alegría o humanidad.

—¿De verdad creéis que habéis ganado? —preguntó con total tranquilidad—. ¿Creéis que lo habéis conseguido? ¿La gran revolución? ¿La caída del Corazón?

Dio un paso adelante, sin prestar atención a las tres armas que le apuntaban. A Shadera se le tensó el dedo en el gatillo, pero contuvo el disparo. Su confianza la hizo dudar.

Maximus se volvió hacia Lira y clavó los ojos en su rostro descubierto.

—He de admitir, hija, que me has impresionado. Esto… —hizo un gesto en dirección a las máscaras esparcidas por el cadalso, a las mujeres sin máscara de debajo— no me lo esperaba. Es la primera vez que no me veo venir uno de tus movimientos.

Sus palabras le provocaron a Shadera un escalofrío.

«¿Qué otros movimientos?».

—De hecho —continuó Maximus con la voz impregnada de un orgullo perverso—, me siento muy satisfecho contigo. Eres la única que ha conseguido trabajar contra mí sin que me diera cuenta.

Shadera se percató de que a Mikel se le tensaba la espalda, de que Lira se estremecía.

«Saben algo».

—¿De verdad pensabais que no me enteraría de lo que os traíais entre manos? ¿Creíais que ocultar a los anillos bajo tierra los salvaría de mis bombas?

A Shadera se le paró el corazón.

«Esto no es solo cosa de Lira. Si el Perímetro está bajo tierra, significa que Jameson forma parte del plan».

—Mientras todo el mundo presenciaba este espectáculo —dijo Maximus, extendiendo los brazos para abarcar la ceremonia, el cadalso—, mis Veyra leales estaban muy ocupados.

Hackearon el sistema de Callum usando las mismas técnicas de las que él tanto se enorgullece.

Le suministraron imágenes falsas mientras nosotros nos movíamos sin ser detectados por toda la ciudad.

Shadera apretó la pistola con más fuerza.

—¿Los rebeldes del distrito del ocio? —continuó con voz alegre—. Neutralizados. Fue sangriento, lo admito. Caótico. Pero logramos mantener a algunos con vida. Para interrogarlos. Para dar ejemplo.

Greyson se puso pálido, y Shadera comprendió que él tampoco estaba al tanto de todo eso.