38. Los votos #2
—Corta la red eléctrica —la interrumpió. Las palabras le salieron atropelladas—. Ahora. Ahora mismo.
—Ese no era el plan…
—Que le den al plan —le espetó—. Algo va mal. Corta la electricidad de los puestos de control ya.
—Lo estoy intentando —respondió Farrow con voz tensa por la concentración—. El acceso no funciona.
—¿Cómo que no funciona? —El pánico le arañó la garganta—. Usa los códigos de respaldo.
—Eso estoy haciendo —dijo ella—. No funcionan. El sistema los rechaza.
A Callum le retumbaba el corazón contra las costillas.
—Inténtalo otra vez.
—Nada. Es como si alguien lo hubiera cambiado todo. Como si alguien supiera lo que planeábamos.
Se le revolvió el estómago.
Si Farrow no podía cortar la electricidad de los puestos de control internos, los equipos de Jameson no podrían avanzar más allá del distrito del ocio. Se quedarían atrapados allí.
Él se quedaría atrapado allí.
—Lira te llamó —dijo Callum—. ¿Qué quería?
—¿Qué? —respondió Farrow. La confusión se mezclaba con su pánico.
—Dime qué maldito plan os traíais entre manos. —Sus palabras eran ahora un gruñido.
—Pensaba hacer públicos documentos sobre la corrupción de su padre al final de la ceremonia de esta noche. Me pidió ayuda para hacer copias sin que el Corazón lo supiera.
Pero Lira no se refería a eso. Era demasiado simple, demasiado fácil.
—¿Qué más?
—Nada más. Callum, ¿qué está pasando? —Hizo una pausa—. Ay, Dios. ¿Va a…?
—No. —Se negó a creerlo. No los traicionaría. No les bloquearía el acceso al sistema. Ansiaba esta rebelión tanto como cualquiera de ellos.
—Cárgatela —dijo Callum—. Fríe toda la puta red eléctrica si es necesario, pero quiero esos puestos de control sin conexión ahora mismo.
Lira sentía que estaba a punto de desmayarse. Su respiración agitada apenas la sostenía mientras permanecía rígida junto a su madre, observando el desarrollo de la ceremonia con la inevitabilidad de una ejecución.
Maximus se volvió hacia Shadera; la inclinación de su máscara dorada transmitía una autoridad benévola mientras le hacía la pregunta que había sellado el destino de innumerables mujeres antes que ella.
—Shadera Kael, ¿aceptas estos votos? ¿Prometes inclinarte ante tu esposo, inclinarte ante el Corazón y ante las leyes de New Found Haven?
Lira observó cómo a Shadera se le hinchaba el pecho al respirar hondo, cómo se enderezaba pese al dolor que la debía de estar atravesando.
—Sí. —La palabra se extendió por la plaza, retransmitida por altavoces que la llevarían a todos los rincones de la ciudad. Una sola sílaba desprovista de emoción.
Lira se clavó las uñas en las palmas.
Su padre se volvió entonces hacia Greyson con una postura ligeramente distinta; de gobernante benevolente a patriarca severo.
—Greyson Serel, ¿aceptas estos votos? ¿Prometes cumplir con tu deber como cabeza de familia e inclinarte ante el Corazón y ante las leyes de New Found Haven?
El «sí» de Greyson fue más firme que el de Shadera, casi desafiante. Incluso a través de su máscara, Lira sentía la rabia que irradiaba de su hermano, la violencia que hervía bajo su exterior.
—Por las sagradas leyes del Corazón —declaró Maximus con las manos en alto en un gesto que sería captado por todas las cámaras, retransmitido en todas las pantallas—, vuestros votos quedan registrados para la historia.
—Se le hinchó la voz con una emoción ensayada—.
Podéis contemplar vuestros rostros como marido y mujer.
A su señal, el velo descendió, y el cilindro dorado empezó a bajar con suavidad alrededor de Greyson y Shadera. Les concedería su minuto de privacidad; el único momento de la ceremonia que no sería retransmitido a la ciudad que los observaba.
Lira se concentró en su respiración y se obligó a mantener un ritmo lento y constante.
Había planeado este momento de forma metódica.
Había movido las piezas del tablero con una paciencia que habría enorgullecido a su padre, de haberlo sabido.
Había creado contingencias y mecanismos de seguridad, planes de respaldo para otros planes de respaldo.
Pero, aun así, la duda seguía ahí. La duda, el miedo y el terrible peso de las consecuencias.
Ahora todo recaía sobre Greyson y Shadera.
El minuto transcurrió en silencio, la multitud aguardó con la respiración contenida. Su padre dio un paso adelante de nuevo, con una postura que irradiaba satisfacción y control.
—Ahora el velo se alzará sobre la pareja recién casada —anunció, y su voz alcanzó cada rincón de la plaza.
El cilindro dorado empezó a elevarse, lentamente, centímetro a centímetro, revelando primero las manos entrelazadas de Greyson y Shadera y luego su atuendo formal—.
Ciudadanos del Corazón, por favor, dad la bienvenida al señor y a la señora Serel.
El Corazón permaneció en silencio. Ningún aplauso. Ningún murmullo de aprobación. Ninguna reacción, salvo una inhalación colectiva que pareció succionar hasta el mismo aire de la plaza.
La confusión recorrió la postura de su padre, una vacilación momentánea que habría resultado imperceptible para cualquier persona que no lo conociera como ella. Maximus se dio la vuelta con una rigidez antinatural para mirar hacia el altar.
Se quedó paralizado.
Lira observó cómo la sorpresa lo atravesaba como una descarga eléctrica. La máscara dorada ocultaba su expresión, pero ella era capaz de leer la incredulidad que sentía en cada línea de su postura, en el leve temblor que le recorría las manos.
Greyson y Shadera permanecían uno al lado del otro, con las manos entrelazadas y los rostros maltrechos expuestos al mundo.
Sin máscaras.
Sin velos.
A Shadera se le resbaló el chal de los hombros; cayó al suelo junto a una nota que se le escapó de entre los dedos y que acabó a los pies de Maximus.
Su padre se agachó para recogerla con movimientos mecánicos, como si su cuerpo funcionara por instinto mientras su mente luchaba por procesar la traición.
Observó cómo leía su letra. Su orden. Su rebelión.
No os las pongáis.
Levantó la cabeza lentamente, volviendo la máscara dorada hacia ella, encontrándose con su mirada desde el otro lado del cadalso.
En ese momento, con los ojos de su padre clavados en los suyos, sintió cómo toda una vida de miedo se desvanecía. Miedo a su desaprobación. Miedo a su ira. Miedo a su castigo. Todo se disipaba como la niebla bajo el sol naciente.
Se había pasado toda la vida siendo su hija perfecta. Su diplomática. Su marioneta. Moviéndose cuando él tiraba de los hilos, pronunciando las palabras que él ponía en su boca. Había sonreído tras la máscara mientras él construía su imperio sobre los cuerpos rotos de los anillos.
Pues se había acabado.
Le aguantó la mirada; se negaba a apartarla, se negaba a ceder. Por primera vez en su vida, se enfrentó a su padre no como su hija, sino como su enemiga.
El silencio que envolvía la plaza se tensó, como un cable a punto de romperse. Los drones de los medios flotaban y capturaban cada instante de aquel quebrantamiento sin precedentes de la ley del Corazón.
Lentamente, Lira alzó la mano para buscar la cremallera de la parte delantera de su vestido y la bajó. El sonido que produjo al deslizarse por los dientes fue el más fuerte que había oído jamás. Se despojó de él, permitiendo que cayera a sus pies, dejando a la vista la enagua blanca de debajo.
Blanco. La marca de pureza requerida para los votos. La pureza que le sería arrebatada a toda mujer que los pronunciara.
Lira no tuvo que esperar a los votos ceremoniales para que su padre se lo arrebatara todo. Solo había tenido que esperar catorce años.
Tragó saliva con dificultad, sin apartar la mirada de su padre mientras alzaba la mano y se quitaba la máscara. Se le escapó de los dedos y cayó sobre el cadalso con un sonido metálico cuyo timbre era casi hermoso.
Entonces, poco a poco, empezó a oír los jadeos que empezaron a surgir de la multitud. Los jadeos se convirtieron en murmullos, y los murmullos cobraron fuerza hasta formar una ola de sonido en aumento mientras las mujeres presentes en la plaza empezaban a moverse.
Primero una a una, después en grupos.
Se despojaron de sus vestidos. Los trajes caros cayeron al suelo, dejando a la vista las enaguas blancas de debajo. Se llevaron las manos a las máscaras, sellando su destino al mostrar sus rostros.
A Lira le latía el corazón con fuerza contra las costillas mientras contemplaba cómo su rebelión tomaba forma.
Había sembrado las semillas días antes, susurrando verdades en los oídos adecuados, pasando mensajes a través de redes de mujeres que habían sufrido en silencio durante generaciones.
Pero presenciar esta desobediencia masiva le robaba el aliento.
Pronto la plaza se llenó del tintineo musical del metal golpeando la piedra mientras las mujeres revelaban sus rostros al mundo.
Algunas estaban marcadas: quemaduras, cortes, desfiguraciones ocultas durante años bajo la ropa, tras las máscaras.
Otras mostraban moratones, pruebas recientes de lo que ocurría a puerta cerrada en las resplandecientes torres del Corazón.
A su padre se le tensó el cuerpo al volverse para contemplar la magnitud de sus actos. Lira sentía su ira; la máscara dorada ya era incapaz de ocultar al monstruo que se escondía debajo.
—¿Qué has hecho? —siseó, sin importarle quién pudiera oírlo.
Lira alzó la barbilla, echó los hombros hacia atrás y dio dos pasos al frente, mirando directamente al ojo de un dron de los medios.
—Nosotras somos el Corazón. Somos su poder. Y lo estamos recuperando.
Sus palabras se extendieron por la multitud.
Las mujeres que se habían pasado sus vidas como adornos, como posesiones, como testigos silenciosos de innumerables atrocidades, alzaron los rostros al cielo.
Aunque había expresiones tanto de terror como de euforia, todos sus rostros compartían un mismo sentimiento.
Libertad.