Sanguinaria (El Corazón 1) 38. Los votos
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38. Los votos

Lira avanzó entre la multitud. El camino hacia el cadalso se abría ante ella como si le perteneciera.

La gente se apartaba sin vacilar, inclinando los rostros enmascarados con respeto a su paso.

El ambiente en la plaza era denso, sofocante.

Miles se habían reunido para los votos que unirían a Greyson y a Shadera.

A Lira se le revolvió el estómago; la bilis le subió por la garganta mientras cerraba los dedos alrededor de la tablet que llevaba en el bolsillo. Faltaban un par de minutos para poner el plan en marcha.

Levantó la mirada hacia el cadalso, donde la esperaba su padre con su máscara dorada brillando más que ninguna, todo el peso de su presencia oprimiendo a la multitud. Su madre se encontraba tras él, con la cabeza inclinada en un gesto de sumisión.

De repente, sintió que se le quedaban pequeños los pulmones y que le faltaba el aire. El pulso le retumbaba en los oídos, ahogando los murmullos de la multitud. Ya estaba. No habría vuelta atrás.

Lira sacó la tablet del bolsillo, se la llevó al oído y se alejó un poco del cadalso. Le temblaban los dedos mientras marcaba; la línea encriptada se conectó casi al instante.

—Te veo en las cámaras. —La voz de Callum era amable, divertida. Estaba intentando calmarla—. Pareces aterrada. Que no se te olvide respirar.

Su despreocupación y su confianza la atravesaron. Él no tenía ni idea de lo que estaba a punto de hacer. De lo que ya había puesto en marcha.

—Lo siento —le dijo, pero apenas alcanzó a oír sus propias palabras por encima del martilleo de su corazón.

Un instante de silencio.

—¿Qué pasa? —La calidez de la voz de Callum se vio reemplazada por la preocupación.

Lira tragó saliva con dificultad sin apartar la mirada del cadalso. El velo cilíndrico colgaba suspendido sobre el altar, listo para descender en el momento crucial. Pronto Greyson y Shadera se encontrarían debajo.

—No puedo permitir que ocurra —respondió al fin—. No puedo dejar que se lleven a Shadera a esa habitación. No tienes ni idea de las cosas que hacen allí.

—Lira… —La preocupación de Callum iba en aumento—. ¿De qué estás hablando?

Miró de nuevo hacia el cadalso.

—Encontré documentos. No lo sabía hasta hace unos días.

Hasta que me puse a investigar. No solo la obligarán a consumar su matrimonio con Greyson.

—Se le cortó la voz—. Después…, después de que Greyson y ella…

Mi padre, sus hombres… Las violan. Las violan y obligan a sus maridos a mirar.

—Empezó a vomitar las palabras sin control—.

No es solo la consumación del matrimonio.

Es la consumación de su lealtad al Corazón y a sus líderes.

Oyó cómo a Callum se le escapaba un grito ahogado. Se lo imaginó en su despacho, rodeado de pantallas, observándola desde una docena de ángulos distintos. Intentando asimilar lo que le estaba contando.

—Tengo un plan —prosiguió Lira, y su voz se volvió más firme a medida que su determinación se endurecía—. Debería habértelo contado, pero sabía que intentarías detenerme. Todos lo habríais hecho. Pero es la única forma.

—¿La única forma de qué? —El pánico se apoderó de él—.

Lira, lo que sea que estés pensando, no lo hagas.

El plan está funcionando. Los equipos de Jameson están en posición.

Farrow está a punto de cortar la electricidad en los puestos de control del Corazón para que puedan entrar en la plaza. Vamos a conseguirlo.

—No puedo esperar hasta esta noche. —Observó cómo los guardias se colocaban en la base del cadalso, aferrados a sus armas—. No permitiré que la lleven a esa habitación. No lo haré.

—Dime qué estás planeando. Déjame ayudarte —insistió Cal­lum, presa del pánico.

—Avisa a los demás de que empieza.

—Lira, por favor…

—Lo siento —susurró al oír la desesperación en su voz, odiándose por ser la causante de ella—. Te quiero.

Cortó la llamada sin darle tiempo a responder y se guardó la tablet en el bolsillo. Le ardían los ojos, las lágrimas clamaban por salir, pero las contuvo. Ahora mismo no había tiempo para la debilidad. No había tiempo para la duda.

Subió los escalones del cadalso; cada uno de ellos la acercaba un poco más al momento que lo cambiaría todo. Su padre se volvió hacia ella cuando se acercó, su máscara dorada captaba la luz y ocultaba cualquier expresión que hubiera debajo.

—¿Va todo bien? —preguntó Maximus en voz baja para que solo ella pudiera oírlo.

Lira asintió y le sostuvo la mirada sin vacilar.

—Sí, padre. Solo me estaba asegurando de que las transmisiones a las pantallas de los anillos funcionan correctamente.

La observó durante unos segundos, como si intentara leer más allá de sus palabras, más allá de su máscara. Entonces asintió, satisfecho.

—Bien. Hoy debe salir todo perfecto.

Lira ocupó su lugar junto a su madre, sintiendo el peso de mil miradas sobre ella.

Elara se mantenía erguida y elegante. Lira siempre se había preguntado qué expresión ocultaría su madre bajo aquella máscara.

Qué pensamientos cruzaban por detrás de esos ojos que observaban el mundo a través de unas rendijas metálicas.

Casi soltó un grito ahogado cuando su madre la tomó de la mano para entrelazar sus dedos y darle un ligero apretón.

—Estoy muy orgullosa de que seas mi hija —susurró Elara con una voz tan suave que apenas era un suspiro.

La cabeza empezó a darle vueltas; su calma cuidadosamente construida empezaba a resquebrajarse. ¿Qué significaba eso? ¿Lo sabía?

Antes de que pudiera procesarlo, antes de que pudiera aferrarse a esas palabras, un murmullo recorrió la multitud. Las cabezas se giraron, los cuerpos se movieron y crearon un camino desde el límite de la plaza hasta el cadalso.

Greyson y Shadera habían llegado.

Avanzaban en perfecta sincronía, uno al lado del otro, pero sin tocarse.

Greyson iba vestido de negro y llevaba puesta su máscara de obsidiana de toda la vida.

Shadera caminaba junto a él, con el chal cubriéndole los hombros, ocultando las pruebas de su sufrimiento.

Pero todavía se le veían los moratones que le recorrían el cuello y que desaparecían bajo la tela para reaparecer en la pierna expuesta a través de la apertura de la falda del vestido.

Le subió la bilis por la garganta mientras se dirigían a los escalones del cadalso. Había llegado la hora. El corazón le retumbaba en el pecho cuando su mirada se cruzó con la de Greyson, quien le dedicó un leve asentimiento.

Shadera permaneció con la vista al frente; respiraba de la misma forma agitada que Lira.

Ocuparon sus posiciones a ambos lados del altar dentro del cilindro dorado, inmóviles como estatuas, apenas respirando. La multitud guardó silencio, la expectación chisporroteaba en el aire como electricidad.

Lira dio un paso al frente, consciente de cómo los drones de los medios se acercaban y captaban cada uno de sus movimientos.

—Ciudadanos de New Found Haven —empezó, su voz proyectándose a través de la transmisión en directo a su espalda—, estamos hoy aquí reunidos para presenciar la fusión de dos mundos.

El Corazón y el Perímetro unidos en unos votos sagrados.

—Las palabras le sabían a ceniza, pero las pronunció con claridad, interpretando su papel una última vez—. La ceremonia ha comenzado.

Los drones se desplazaron para enfocar a su padre mientras este avanzaba hasta colocarse tras el altar. Maximus alzó las manos, un gesto que silenció incluso los susurros que habían empezado a surgir entre la multitud.

—El Corazón perdura —entonó, y guardó silencio mientras miles de voces repetían las palabras—.

Es un día de celebración, una promesa de un futuro más brillante para nuestra gran ciudad.

Unidad entre anillos. Un símbolo que forjará vínculos.

—Su voz se extendió por la plaza, ensayada y poderosa—.

Greyson, Shadera, podéis miraros y unir las manos sobre el altar.

Se volvieron el uno hacia el otro lentamente con las manos extendidas. Lira apenas respiraba, apenas oía nada por encima del sonido de su propio pulso mientras observaba cómo entrelazaban las manos. Desde donde se encontraba, veía la tensión en sus cuerpos, la naturaleza forzada del gesto.

Maximus continuó con el ritual, subiendo y bajando la voz en la cadencia familiar de los votos ceremoniales. Palabras sobre el deber, sobre el honor, sobre las tradiciones sagradas del Corazón.

Era ruido. Todo era ruido.

«¿Qué cojones se trae entre manos?».

A Callum se le pasaban por la cabeza numerosas posibilidades, cada una de ellas más aterradora que la anterior. Le había hablado con voz calmada…, demasiado calmada. La voz de alguien que ya había aceptado las consecuencias de sus actos. Que había hecho las paces con ellas.

Se inclinó hacia las pantallas para examinar cada ángulo de la plaza. Patrones de seguridad normales. Posiciones Veyra sin cambios. Nada fuera de lo normal a simple vista.

Los dedos de Callum volaron sobre el teclado, comprobando el estado de los equipos de Jameson. Seguían en posición. Ni un solo movimiento. Los asesinos de Jaeger permanecían ocultos entre la multitud y apostados en las azoteas a la espera de su señal.

Oía la voz de Maximus resonando en todos los canales a través de las transmisiones. Se obligó a concentrarse, a pensar como el estratega que era en lugar del hombre aterrorizado por la mujer que amaba.

Abrió su panel de control de seguridad, la interfaz digital que controlaba las puertas traseras a los sistemas de vigilancia del Corazón. La contraseña parpadeó en rojo. Acceso denegado.

«Imposible».

Lo intentó de nuevo. El mismo mensaje de error parpadeó en la pantalla, burlándose de él.

—No, no, no —murmuró. Probó otra contraseña a toda velocidad. Otro rechazo. Un tercero.

El sudor frío le cayó por la frente. Alguien había cambiado los protocolos de seguridad. Alguien lo había localizado en el sistema y lo había bloqueado.

Callum cogió su tablet e introdujo el código de emergencia de Farrow con dedos temblorosos. Respondió de inmediato.

—Me pillas un poco liada…