Sanguinaria (El Corazón 1) 37. Doce menos cuarto de la mañana
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37. Doce menos cuarto de la mañana

El agua caliente había aliviado parte del dolor, pero Shadera todavía sentía el cuerpo como un campo de batalla; cada movimiento era una nueva escaramuza contra sus costillas rotas y su carne magullada.

Permanecía de pie en mitad del dormitorio, con el pelo goteando sobre el suelo y la toalla aferrada al pecho.

Cada inspiración era una negociación, superficial y cuidadosa, para no alterar el frágil tratado con su caja torácica.

Clavó la mirada en la cama. No se había percatado al llegar a casa; estaba demasiado sumida en sus pensamientos como para ver algo más que el camino hacia el baño.

Un vestido largo, de seda blanca, con una abertura por el muslo y un escote y una espalda peligrosamente pronunciados.

Junto a él descansaba un chal para cubrirse los brazos y los hombros, y su máscara.

La calavera le devolvía la mirada, casi burlándose de ella.

Recordándole lo que traía a este mundo. Muerte.

Algo más llamó su atención: una pequeña bandeja de plata con una nota doblada y un puñado de pastillas blancas.

Shadera se acercó, y cada paso le envió oleadas de dolor por todo el cuerpo. Los músculos protestaban y le suplicaban descanso, quietud, una misericordia que no podía permitirse concederles. No ese día.

Llegó hasta la cama y cogió la nota con dedos torpes e hinchados. La letra era elegante, fluida, nada que ver con su caligrafía irregular.

Tu vestido para hoy. No escondas el daño que te ha hecho, deja que el mundo vea el monstruo que realmente es cuando llegue el momento. Las pastillas son para el dolor, te harán falta.

Leyó la siguiente línea, completamente inmóvil.

Por si sirve de algo, siempre quise una hermana.

Con cariño,

Li

P. D.: Puedes confiar en el capitán.

Shadera leyó la nota hasta tres veces. Las palabras se hundieron en su conciencia y le provocaron un sentimiento de culpa. Lira no sabía lo que le había hecho a su hermano.

Volvió a leer las palabras.

«Siempre quise una hermana».

Hermana. Familia. Sentimiento de pertenencia. Cosas que Shadera había enterrado tan profundamente dentro de sí misma que casi había olvidado el dolor de su ausencia. Cosas que se había convencido de que no necesitaba, no quería, no podía tener.

Shadera apartó esos pensamientos, recogió la bandeja y se metió las pastillas en la boca.

Se las tragó sin agua, sintiendo cómo su sabor amargo le arañaba la garganta al bajar.

No sabía qué eran —analgésicos, estimulantes, veneno—, pero lo descubriría bastante pronto.

A esas alturas, cualquier forma de alivio era más que bienvenida.

Dejó caer la toalla, el aire fresco contra su piel desnuda, y evitó su reflejo en el espejo mientras se acercaba a la ventana.

La plaza a sus pies se estaba llenando de gente: ciudadanos del Corazón con sus mejores galas y sus máscaras relucientes mientras se reunían para el espectáculo que se avecinaba.

Se le revolvió el estómago ante esa imagen, ante su ansiosa ilusión por la ceremonia que la uniría a Greyson para siempre.

No es que ese «para siempre» fuera a durar mucho para ninguno de los dos. La muerte parecía el desenlace más probable para ambos, sin importar las decisiones que tomaran, las órdenes que eligieran obedecer.

Las pastillas empezaron a hacerle efecto.

Se extendieron por su sistema como miel tibia, suavizando los bordes afilados de su dolor sin nublarle la mente.

El alivio le inundó los músculos y le permitió enderezarse un poco, respirar hondo sin esa sensación de que le clavaban cuchillos en las costillas.

Echó un último vistazo a la plaza, a los depredadores reuniéndose, hambrientos por el sufrimiento ajeno, y luego se apartó y se acercó al vestido.

La tela se le deslizó entre los dedos como agua, fresca y suave contra la piel. Lira había elegido bien; la abertura del muslo le permitía moverse, luchar si era necesario, aunque dudaba que ese hubiera sido el motivo de su elección.

«No escondas el daño que te ha hecho, deja que el mundo vea el monstruo que realmente es cuando llegue momento».

Un sentimiento de comprensión la invadió poco a poco. Esto no era solo un vestido; era una declaración. Un arma. Una prueba.

Shadera se lo pasó por encima de la cabeza como pudo, haciendo una mueca al levantar los brazos para dejarlo caer por el cuerpo.

La seda se le pegó a las curvas; la tela blanca contrastaba con su piel negra.

El escote era tan pronunciado que dejaba a la vista los moratones que le cubrían la clavícula, y la espalda caía lo suficiente como para revelar la constelación de cicatrices y hematomas que la decoraban.

Se enganchó el chal en los brazos mientras se ponía los tacones negros al pie de la cama y, por último, cogió su máscara. La calavera le devolvía la mirada con una sonrisa, como si fuera la promesa de la muerte, un recordatorio de lo que era, de lo que siempre había sido.

Se obligó a respirar hondo para comprobar el efecto de las pastillas y luego exhaló mientras se volvía hacia la puerta.

Había llegado la hora.

Greyson estaba de pie en mitad del salón, con la vista clavada en la nota que sostenía, como si pudiera transformarla en otra cosa si la fulminaba con la mirada el tiempo suficiente. La letra de Lira nadaba ante sus ojos, cada palabra como un peso que se le asentaba en los huesos.

Confía en el capitán. Está con nosotros. Llegado el momento, sigue su liderazgo.

El resto de la nota contenía instrucciones para la ceremonia, detalles que ya había memorizado, pero eran esas cuatro palabras las que no paraba de repetirse.

«Confía en el capitán».

Un sonido suave desvió su atención del papel, el leve repiqueteo de unos tacones contra el mármol. Levantó la mirada y se le escapó un jadeo.

Al borde de la habitación se encontraba la luz hecha forma. El vestido dejaba al descubierto la brutalidad de lo que había sobrevivido en estos últimos días, los moratones florecían sobre su piel como flores violentas.

Y, aun así, pese a todo —pese al mapa de heridas que la cubrían—, estaba impresionante.

A Greyson se le cortó la respiración cuando la realidad lo golpeó. Esa mujer estaba a punto de convertirse en su esposa.

El pensamiento debería haberlo asqueado. Debería haberle provocado rabia, repulsión. En cambio, sintió un nudo extraño y retorcido de emociones que era incapaz de desentrañar: protección, admiración, deseo, culpa… Todos esos sentimientos se enredaban en una única y aterradora verdad.

Quería ser su marido.

—¿A ti también te dejó Lira una? —preguntó Shadera, con una voz más ronca de lo habitual, prueba de los gritos que se había tragado en aquella celda.

Greyson tragó saliva; de repente tenía la garganta muy seca. Se la aclaró con una tos brusca y se obligó a bajar la mirada al papel que sostenía entre los dedos.

—Sí —respondió, y la palabra le rasgó la piel—. Venía con el traje.

Shadera se adentró en la habitación, moviéndose con cuidado.

Él se dio cuenta de que probablemente también le había mandado unas pastillas, pues se mantenía más erguida de lo que debería haber sido posible con sus heridas.

Aun así, notaba lo mucho que le costaba cada movimiento por cómo se le tensaba la boca, por cómo distribuía el peso del cuerpo de forma cuidadosa.

El aire que los rodeaba era denso, cargado e incómodo de una manera que antes no lo había sido. La naturalidad con la que habían coexistido, incluso mientras planeaban la muerte del otro, había desaparecido. Había sido reemplazada por cautela.

—La mía dice que confiemos en el capitán —añadió ella con su ojo sano clavado en su rostro, buscando una reacción.

Greyson le dedicó un leve asentimiento rápido y seco.

—La mía dice lo mismo. —Se volvió hacia la puerta que los separaba de los Veyra antes de volver a mirarla—. Si ese es el caso, deberíamos prepararnos.

La confusión le cruzó el rostro.

—¿A qué te refieres?

Greyson inclinó la cabeza en dirección a su habitación. Al pasar junto a ella, cerró los ojos durante un solo segundo; se le cortó el aliento y su aroma lo envolvió. Se le escapó un gemido mientras se obligaba a seguir caminando.

Ella lo siguió por el pasillo y se detuvo en el umbral de su puerta mientras él entraba. Se acercó a una esquina del fondo y se arrodilló. Buscó el borde de una tabla del suelo y la levantó para revelar un compartimento oculto.

Dentro había un pequeño arsenal: cuatro pistolas, una colección de cuchillos, munición de repuesto…, todo con números de serie que nunca lo vincularían con él, a diferencia de las de su sala de armas.

Observó a Shadera mientras ella se apoyaba en el marco de la puerta para mantenerse de pie. Greyson eligió una de las armas y comprobó la recámara, después se levantó y se la tendió con la empuñadura hacia ella.

—¿Vas a dispararme con esto? —le preguntó para intentar devolverlos a un terreno más cómodo.

Ella miró primero el arma y luego a él. Frunció el ceño, pero se le curvaron las comisuras de los labios ligeramente.

—¿Sí?

Greyson sintió que se le aflojaba algo en el pecho, un nudo de tensión que se deshacía ante esa pequeña señal de que entre ellos no estaba todo roto. Le devolvió la sonrisa, un gesto que le resultaba extraño tras días y días de dolor y rabia.

—Bueno, ¿puedes esperar al menos a que le dispare a mi padre?

Shadera le arrancó el arma de la mano.

—Puedo intentarlo, pero probablemente llegue a él antes que tú.

—¿Quieres apostar? —le preguntó antes de elegir otra pistola para él—. Veinte créditos a que yo le disparo primero.

Shadera se rio, y el sonido casi lo hizo caer de rodillas.

—Mil créditos a que ni siquiera le habrás quitado el seguro antes de que os meta tanto a ti como a él una bala entre ceja y ceja.

Greyson negó con la cabeza, pero sonrió de nuevo.

—Hecho.

A pesar del humor de sus palabras, vio reflejada en su mirada la misma intención asesina que le ardía a él dentro del pecho. En ese momento, se entendieron el uno al otro perfectamente: dos armas apuntando al mismo hombre.

Se giró hacia el escondite de nuevo mientras Shadera daba otro paso dentro de la habitación para elegir una pistola más pequeña que pudiera ocultar en la funda que llevaba en el muslo.

—Coge todas las armas que puedas —le aconsejó él antes de elegir un cuchillo—. No sabemos qué va a pasar, pero…

—Yo, en su lugar, me llevaría todas las que pudiera.

Greyson se volvió de golpe hacia la voz que provenía de la puerta, con la pistola en alto y apuntando antes siquiera de procesar el movimiento. Se colocó delante de Shadera al instante para protegerla de la amenaza con su propio cuerpo.

Mikel se encontraba en la entrada de la habitación; su máscara Veyra mantenía oculta su expresión.

No hizo ademán de sacar su arma, no mostró ninguna reacción ante la pistola que le apuntaba al pecho.

Simplemente se quedó allí, con las manos entrelazadas a la espalda en esa perfecta posición militar que Greyson tantas veces había visto.

—Son las doce menos cuarto, tenemos que irnos. La ceremonia empieza en quince minutos —añadió Mikel antes de señalar hacia la ventana y darse la vuelta—. Les espero en la puerta.

Greyson bajó el arma lentamente y se giró para mirar a Shadera, quien tenía los ojos muy abiertos y lo agarraba del brazo con fuerza.

«Confía en el capitán».