36. Once de la mañana
El despacho de Callum se había transformado en una sala de guerra.
Los mapas cubrían la superficie pulida de su escritorio marcados con entradas, rotaciones de seguridad y rutas de escape.
Las armas estaban dispuestas de forma ordenada sobre una mesa lateral; modelos elegantes y caros que nunca podrían rastrear si el plan salía mal.
Frente a él se encontraban tres dispositivos de comunicación diferentes, cada uno conectado a una línea de comunicación distinta.
Uno para las comunicaciones de los Veyra, otro para sus hombres, y otro para la rebelión.
Respiró hondo para intentar calmarse. El corazón le golpeaba con fuerza las costillas, pero las manos no le temblaban ni un ápice. Años de práctica, de negociar con las personas más peligrosas de New Found Haven, le habían enseñado a ocultar su miedo bajo una fachada de calma.
Clavó la mirada en la pantalla que mostraba la plaza donde tendrían lugar los votos ceremoniales.
Los Veyra patrullaban a intervalos regulares, con las máscaras brillando bajo el sol de la mañana.
En algún lugar, mezclados a la perfección, se encontraban los mercenarios de Jaeger; los sanguinarios iban disfrazados de seguridad, de personal, de transeúntes inocentes.
Eran los depredadores perfectos, ocultos a plena vista.
Estaban cerca de acabar con todo. Tan cerca que casi podía saborearlo. Se llevó la tablet a la oreja y escuchó un solo tono antes de oír la voz de Jaeger.
—Informe de situación —exigió Jaeger sin andarse con rodeos.
—La vigilancia está despejada —confirmó Callum mientras escribía un comando en el teclado que iniciaría el bucle que había programado en el sistema de seguridad del Corazón—. Las cámaras de la plaza están ciegas desde este momento. Diles a los francotiradores que se pongan en posición.
—Entendido —respondió Jaeger sin esperar respuesta mientras la línea se quedaba en silencio.
Callum tragó saliva al imaginarse la escena que tendría lugar en la plaza.
La gente de Jaeger estaría sacando las armas, asegurando posiciones, preparándose para el momento en que llevaran a Greyson y Shadera para la ceremonia.
Nadie notaría nada fuera de lo común…, no hasta que fuera demasiado tarde.
Dejó la tablet sobre la mesa y cogió el transmisor Veyra. Respiró hondo y se aclaró la garganta antes de presionar el botón.
—Comando Central a Unidad de la plaza, se requiere confirmación del estado del verdugo. —Callum moduló la voz para adoptar el tono plano y carente de emoción de un Veyra.
Se produjo una pausa, más larga de lo que debería haber sido.
Callum tensó el agarre alrededor del transmisor. ¿Había cometido un error? ¿Se había equivocado de código?
Pero entonces le llegó la voz serena de Mikel.
—Verdugo asegurado. Iremos a la plaza en cuarenta y cinco minutos con el sujeto.
«Sujeto». Shadera. Una mujer reducida a un objeto.
La culpa le retorció el estómago. Había manipulado a Greyson, no le había contado que sabía que Brooker seguía vivo. Había movido los hilos de su mejor amigo hasta convencerlo de acercarse a ella. Sabía que en algún momento la necesitarían de su lado, y utilizó a Greyson como un peón.
Algunos días sentía que no era mejor que la escoria de esa ciudad.
—Entendido —respondió—. Actuad según el protocolo.
Cortó la transmisión y suspiró. Mikel era la pieza clave, el hombre que tenía acceso directo a ambos prisioneros. Si los traicionaba, si llegaba a un acuerdo con el otro bando…
No. No podía pensar en eso. La confianza era un bien escaso, pero ahora mismo no les quedaba otra opción. Mikel había demostrado ser leal a la causa, había arriesgado todo para proteger a su hijo.
Su hijo.
La verdad todavía dejaba atónito a Callum, aunque ya había tenido días para asimilarla. Era conocedor de la mayoría de los secretos de esa ciudad, pero este… No estaba preparado para él. Greyson Serel, hijo de Mikel. No de Maximus.
Le echó un vistazo a su reloj. Les quedaban treinta minutos para completar la primera fase. Sentía la garganta seca, cerrada. Alcanzó el vaso de agua que se encontraba sobre su escritorio, procurando no mojar los mapas mientras bebía.
Deslizó los dedos por la tablet y marcó los números que le darían el tercer informe de situación.
—Fantasma, ¿cuál es tu posición?
La voz impaciente de Jameson le llegó de inmediato.
—En posición en el punto de entrada. Equipos preparados para el ascenso.
Callum abrió otra pantalla que mostraba el viejo conducto de mantenimiento que llevaba desde el Cardinal hasta el Corazón.
Hasta el sótano de su club. Deberían haber sellado ese punto de acceso años atrás, pero Callum había sobornado a las personas adecuadas y había falsificado los informes correctos. Sobre el papel, ya no existía.
—El conducto está asegurado —le confirmó Callum antes de comprobar la señal por última vez—. Tenéis vía libre para comenzar el ascenso. Recuerda, cuando lleguéis al sótano, no lo abandonéis bajo ninguna circunstancia hasta que recibáis la señal.
—Recibido. —Una pausa, y luego Jameson añadió—: ¿Alguna noticia de Shade?
La preocupación de su voz era más que evidente.
—Está viva —respondió—. Se dirige a la plaza con Greyson. Mikel está con ellos.
A su respuesta le siguió un silencio tenso. Finalmente Jameson dijo:
—Entendido.
Callum se apartó la tablet de la oreja. Sabía lo que estaba pensando Jameson: que más le valía a Mikel haberla protegido; que, si estaba herida, alguien pagaría por ello. El amor que Jameson sentía por Shadera era tan evidente como imposible. Una parte de Callum sentía pena por él.
Tres llamadas hechas.
Sus dedos dudaron antes de marcar el número. Esta era diferente. Sin contar las conversaciones necesarias sobre la rebelión, apenas habían hablado desde la reunión.
Se rascó la ceja, un sentimiento de incomodidad se le asentó en el pecho, y luego marcó su número.
Respondió al primer tono, con voz clara y concentrada.
—¿Sí?
Solo oírla estabilizó algo dentro de él. Lira siempre había sido su constante, su estrella polar. Cinco años de observarla desde la distancia, de amarla en silencio, le habían enseñado a reconocer cada matiz de su voz. Estaba asustada, pero decidida. Preparada.
—¿Los drones están en posición? —preguntó, centrándose primero en la misión.
—Sí —respondió—. Todas las transmisiones de los medios están aseguradas y listas. La transmisión principal empezará dentro de treinta minutos, y las secundarias que muestran a la gente llegando ya están en directo.
Callum asintió. Los medios eran su especialidad; habían reprogramado los canales oficiales a través de los cuales el Corazón difundía su propaganda, por lo que ahora servían a la rebelión. Llegado el momento, emitirían la verdad y nadie sería capaz de apartar la mirada.
—¿Y Brooker?
—Sus Veyra y él están en la base, trabajando para asegurar las bombas.
—Genial —dijo—. Es… genial.
El silencio se instaló entre ellos, cargado de todas las cosas que no se habían dicho, de todos los miedos que no habían manifestado.
Cuando el plan diera comienzo, Lira sería la más expuesta.
Estaría de pie junto a su padre en ese cadalso, interpretando su papel de hija obediente por última vez mientras la rebelión estallaba a su alrededor.
—¿Callum? —Su voz era ahora más suave, más íntima.
—Sigo aquí. —Cerró los ojos y se imaginó su rostro—. Lira…
Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Cinco años ocultando lo que sentía, y ahora, cuando más importaba, volvía a dudar.
No. Esta vez no.
—Te quiero —dijo con la misma intensidad con la que el agua rompe una presa—. Por favor, ten cuidado. Por favor, vuelve conmigo.
Lira dudó un instante.
—Yo también te quiero, Callie. —Tras una pausa, añadió con firmeza—: Te veré esta noche, cuando todo esto termine.
Cortó la llamada antes de que él pudiera responder. Callum miró la tablet, y una extraña mezcla de euforia y miedo se le enroscó en el estómago.
No la había perdido. Puede que murieran hoy.
Ambas verdades coexistían.
Dejó el dispositivo sobre la mesa y se inclinó en la silla para observar de nuevo las pantallas.
El plan avanzaba según lo previsto. Los rebeldes estaban en posición.
Habían manipulado la vigilancia. Habían distribuido las armas.
Estaban trasladando a los prisioneros. Las transmisiones estaban listas.
Todo iba demasiado bien.