Sanguinaria (El Corazón 1) 35. Nueve de la mañana #3
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35. Nueve de la mañana #3

Empezó por la camiseta; deslizó las tijeras bajo el dobladillo y cortó hacia arriba en un movimiento lento y pausado.

La tela se abrió con facilidad, dejando a la vista centímetros de piel cubierta de moratones; algunos recientes, otros ya empezaban a sanar.

La sangre se le acumulaba bajo la piel, lo que indicaba que probablemente tendría una hemorragia interna en algún punto del abdomen.

Pero lo que vio bajo esas heridas fue lo que le cortó la respiración.

Cicatrices. Docenas de ellas. Antiguas, blanquecinas a causa del tiempo.

Le cruzaban el cuerpo en un patrón caótico que reflejaba años de violencia.

Una herida de cuchillo justo debajo de las costillas, abultada.

Una quemadura que le cubría el costado izquierdo, la piel irregular y marcada.

Heridas de bala. Muchas heridas de bala.

Su cuerpo era un campo de batalla, un registro de supervivencia escrito en tejido cicatricial y carne dañada.

Los dedos de Greyson se detuvieron, se le formó un nudo en la garganta. Aquello era la prueba de que había vivido una vida repleta de brutalidad, de dolor soportado y superado una y otra vez. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo había estado tan ciego ante la historia que contaba su cuerpo?

Había visto algunas de esas cicatrices antes, con aquel vestido negro sin espalda, pero, por algún motivo, no había acabado de asimilarlo. Tan cerca, sin nada que la cubriera, se vio obligado a comprender la violencia que su cuerpo había sufrido.

Quería acariciarla, dejar que sus labios siguieran el contorno de sus tatuajes.

—No es nada que no hayas visto antes —murmuró Shadera, su voz apenas audible sobre el sonido del agua corriendo.

Se equivocaba. Se equivocaba muchísimo.

Nunca había visto algo tan desgarrador, tan hermoso y aterrador al mismo tiempo.

Continuó cortando, quitándole la camiseta pieza a pieza con cuidado para no hacerle daño.

La tela se le había adherido a algunas heridas, por lo que tuvo que humedecerla con una toalla para evitar reabrirlas.

Ella permaneció inmóvil, solo alguna que otra inhalación brusca delataba la agonía que le causaba cada movimiento.

Cuando le quedó el torso completamente descubierto, Greyson apretó la mandíbula para no maldecir en voz alta.

Una hendidura antinatural en el costado izquierdo le confirmó sus sospechas: tenía al menos dos fracturas, probablemente más.

Lesiones precisas, diseñadas para causar el máximo dolor posible sin poner en peligro órganos vitales.

Los hombres de su padre tenían la lección bien aprendida.

Sabían cómo hacer daño sin matar. Cómo romper sin destruir.

Entonces pasó a los pantalones. Cortó desde el tobillo hasta la cintura en dos largas líneas que permitieron que la tela cayera sin que ella tuviera que ponerse de pie.

Quedaron a la vista más hematomas, más tatuajes, más cicatrices; una particularmente cruel que le recorría todo el muslo, otra que le rodeaba la rodilla.

La historia de su vida continuaba por sus piernas, una narrativa de dolor y supervivencia que hacía que sus propias cicatrices parecieran insignificantes en comparación.

Cuando terminó, Shadera estaba sentada frente a él, desnuda y temblando.

A pesar de sus heridas, a pesar de la vulnerabilidad de su posición, le sostuvo la mirada con una dignidad que hizo que le doliera el pecho.

Aquella era Shadera, la verdadera Shadera, despojada de máscaras y defensas, de arrogancia y orgullo.

Era la mujer que había sobrevivido a horrores que él ni siquiera podía llegar a imaginarse, moldeada por el dolor igual que él, forjada en el mismo fuego cruel que había templado su propia alma.

Se dio cuenta de que eran iguales. Ambos eran armas creadas por manos ajenas, ambos se habían perdido en los papeles que se habían visto obligados a desempeñar.

Ambos anhelaban algo que apenas podían nombrar; libertad, quizá.

Redención. Una oportunidad de ser algo más que aquello en lo que la violencia los había convertido.

—El agua se está enfriando —dijo él, pero las palabras eran insuficientes frente a la magnitud de lo que sentía.

Shadera asintió, sin dejar de mirarlo con su ojo bueno. Intentó ponerse de pie, pero le temblaron las piernas por el esfuerzo, así que Greyson deslizó un brazo bajo sus rodillas, otro por detrás de su espalda, y la levantó con un cuidado que no sabía que poseía.

Sentía el cuerpo de ella frágil contra su pecho a pesar de la fuerza que sabía que contenía.

Notaba el latido de su corazón, rápido y superficial, su piel fría bajo su tacto.

La metió en el agua con suavidad, sosteniéndole la cabeza mientras ella siseaba ante el contacto inicial en las heridas.

El vapor llenaba la habitación, empañando los espejos, creando un mundo que existía solo en ese momento, separado de los horrores que aguardaban más allá de la puerta del baño.

Durante unos preciosos minutos, no existieron los votos ceremoniales, ni el Corazón, ni el Perímetro. Solo dos personas rotas encontrando un instante de paz en medio del caos.

—¿Está muy caliente? —preguntó Greyson con las manos todavía alrededor de su cuerpo, como si temiera soltarla.

Ella negó ligeramente con la cabeza y cerró los ojos cuando el calor empezó a aliviar parte de la tensión de su cuerpo maltrecho.

—Está perfecta —susurró.

Greyson permaneció arrodillado junto a la bañera, observando cómo el agua se volvía rosa a causa de la sangre, cómo se le suavizaba el rostro ligeramente con el primer alivio real que había sentido en días. Notó una punzada en el pecho ante esa imagen; algo peligrosamente cercano al perdón.

El fantasma de su hermano parecía flotar en la habitación llena de vapor, una presencia imposible de ignorar.

Shadera lo había matado; sin saberlo, sí, pero eso no borraba lo que había hecho.

Tenía las manos manchadas con su sangre.

Greyson debería odiarla. Debería no querer saber nada de ella.

Debería marcharse y dejarla enfrentarse al destino que les aguardaba a ambos.

Pero no podía. El odio que con tanta fuerza había ardido en su celda se había enfriado y se había transformado en algo más complejo, más doloroso.

Ahora la miraba y no veía a la asesina de su hermano, sino a una mujer a la que habían utilizado, igual que a él.

Una ficha en el juego de su padre, manipulada para convertirse en el instrumento de la muerte de Brooker sin saber la verdad.

¿Podía perdonarla? No lo sabía. La herida todavía estaba demasiado abierta, la pérdida era demasiado profunda. Pero sabía que no podía seguir culpándola por ello.

—Debería irme —dijo al retirar la mano a regañadientes de su cuerpo—. Para darte un poco de privacidad.

Shadera abrió el ojo bueno y lo miró con una intensidad que le cortó la respiración. Por un momento, pensó que le pediría que se quedara. Parte de él lo deseaba. Pero simplemente asintió, otro de esos movimientos pequeños y cuidadosos diseñados para minimizar el dolor. Emocional, no físico.

—Gracias —respondió con la voz más firme que antes—. Por ayudarme.

Greyson se puso de pie, le protestaron los músculos tras tanto tiempo en la misma postura.

Se dirigió hacia la puerta, alejándose de ella con cada paso.

Se detuvo al llegar al umbral, con la mano en el pomo, de espaldas.

No podía darse la vuelta, no podía mirarla de nuevo.

Si lo hacía, corría el riesgo de no encontrar la fuerza para marcharse.

—Hoy haré que mueran los Veyra que te tocaron —murmuró—. Y después mataré a mi padre.