35. Nueve de la mañana #2
La vergüenza le quemaba más que el dolor mientras Shadera se obligaba a moverse, destrozada.
Cada célula le gritaba en protesta, cada inspiración era una agonía mientras las costillas rotas se le movían bajo la piel.
Pero no podía quedarse allí, no podía soportar la mirada de Greyson sobre su cuerpo maltrecho ni un segundo más.
Tenía que esconderse. Tenía que alejarse de esos ojos llenos de lástima.
Preferiría soportar otra paliza antes que volver a ver esa expresión en su rostro.
Se levantó del sofá, tragándose el grito que luchaba por escapársele de la garganta.
La cabeza le daba vueltas, la oscuridad devoraba los bordes de su visión.
Un paso. Luego otro. Las piernas le temblaban y amenazaban con ceder con cada movimiento.
La puerta del dormitorio parecía estar a kilómetros de distancia, un trayecto imposible a través del lujoso apartamento que se burlaba de su estado con sus superficies impecables y sus muebles elegantes.
«No lo mires. Que no vea lo que te han hecho».
Greyson dio un paso hacia Shadera con los brazos extendidos, dispuesto a ayudarla. Pero ella dio un paso atrás, y él se quedó inmóvil a mitad del movimiento antes de apretar los puños y dejarlos a ambos lados del cuerpo.
Shadera se arrastró hacia delante, con un brazo alrededor de las costillas rotas a modo de protección. Sentía la mirada de Greyson clavada en la espalda, quemándola, pero no se dio la vuelta. No podía enfrentarse al juicio, al asco, al odio que vería en sus ojos.
La puerta del dormitorio cedió bajo su mano y se abrió para dar paso al único lugar donde de repente se sentía a salvo.
Clavó la mirada en la entrada del baño, al otro lado de la habitación.
Solo un poco más. Unos cuantos pasos más y podría venirse abajo en privado, dejar que las lágrimas salieran sin nadie que presenciara su humillación.
Se tropezó con el borde de la cama y se tambaleó. El dolor le estalló en el pecho cuando las costillas rotas protestaron por el movimiento brusco. Aun así, se tragó el grito y se negó a dar voz a su debilidad.
Llegó al baño, y se aferró al pomo como si fuera un salvavidas. Apoyó su peso en él mientras se arrastraba unos últimos pasos hacia el interior. La puerta se cerró sola cuando la soltó y se sujetó al toallero.
En ese momento se dejó caer contra la pared fría y permitió que las piernas cedieran por fin a la gravedad.
Se deslizó hasta el suelo, cada centímetro un tormento, y se hizo un ovillo con las rodillas encogidas contra el pecho todo lo que su cuerpo maltrecho le permitía, para intentar recuperar el aliento.
Sentía las baldosas de mármol frías contra la piel, una pequeña misericordia en el infierno de dolor en el que se había convertido su existencia.
Observó su reflejo en la mampara de cristal de la ducha; una desconocida le devolvía la mirada.
Una criatura cubierta de moratones y sangre, con un ojo hinchado y cerrado, el otro vacío y atormentado.
Tenía el rostro deformado, el pómulo posiblemente roto, la mandíbula amoratada y sensible.
El pelo le caía en mechones apelmazados y rígidos a causa de la sangre seca.
Eso era lo que quedaba de Shadera Kael, la sanguinaria. Esa cosa rota en el suelo del baño.
Se arrastró hacia la bañera y abrió los grifos con dedos temblorosos.
El agua cayó con fuerza y el vapor se alzó y empañó los espejos, difuminó su reflejo y lo convirtió en algo menos monstruoso.
El ruido camuflaría su llanto, su debilidad; le ocultaría a Greyson que ya no le quedaba nada de la fuerza que él creía que tenía.
Entonces llegaron las lágrimas, calientes y punzantes, y se deslizaron por su rostro maltratado, mezclándose con la sangre fresca allí donde encontraban heridas abiertas.
Le temblaban los hombros con sollozos silenciosos que le enviaban oleadas de dolor por el pecho, pero era incapaz de detenerlos.
Todo lo que se había tragado durante las palizas, durante las interminables horas en aquella celda, brotó de ella en una avalancha incontenible.
El agua seguía cayendo, su estruendo casi lo bastante fuerte como para ahogar el sonido de su respiración entrecortada.
Casi, pero no del todo. Necesitaba meterse dentro, limpiarse la sangre y la suciedad, sentirse limpia de nuevo, aunque fuera solo por un momento.
Pero la idea de quitarse la ropa, de ver la magnitud de lo que le habían hecho, le revolvía el estómago.
Aun así, tenía que intentarlo. Tenía que aferrarse a ese pequeño gesto de dignidad antes de que la obligaran a subirse a ese cadalso para representar su papel en la retorcida ceremonia de Maximus.
Con la poca fuerza que le quedaba, se impulsó en el borde de la bañera con las manos para levantarse.
Agarró el dobladillo de su camiseta desgarrada y se preparó. Entonces, con una rápida inhalación que le clavó cuchillos entre las costillas, intentó quitársela por encima de la cabeza.
El dolor fue inmediato y abrumador. Una agonía punzante le desgarró el torso cuando levantó los brazos y estiró músculos que apenas seguían enteros, piel que le habían abierto y que deberían haberle cosido.
Se le escapó un grito antes de que pudiera detenerlo, primitivo y crudo, resonando contra las paredes de azulejos.
Se le nubló la vista, la oscuridad la devoró y le cedieron las piernas. Se estaba cayendo, apenas era consciente de que estaba a punto de estamparse contra el implacable suelo del baño, de que el impacto sería otra agonía. Pero el golpe nunca llegó.
Unos brazos la atraparon, deteniendo su caída, acunándola contra un pecho firme. Sintió que la bajaban hasta el suelo con suavidad, oyó que alguien pronunciaba su nombre desde lo que parecía una gran distancia.
—Shadera. Shadera, mírame.
Era la voz de Greyson, urgente, tensa y cargada de una emoción que no parecía asco, que no parecía odio. Le sostuvo el rostro entre las manos y le acarició la mejilla herida con el pulgar con una dulzura imposible.
El contacto rompió algo dentro de ella; una última barrera que había estado conteniendo la marea de dolor, vergüenza y desesperación. Un sollozo le brotó del pecho, luego otro, hasta que se echó a llorar sin parar, con sonidos feos que le arañaban la garganta mientras se encogía sobre sí misma.
—Lo siento —jadeó entre sollozos, y las palabras escaparon de entre sus labios en una letanía desesperada—. Lo siento mucho. Por todo. Por Brooker. Por no saberlo. Tenías razón. Soy una asesina. Soy un monstruo.
Su ojo sano buscó el rostro de él a través de las lágrimas tratando de encontrar algún indicio de perdón, de comprensión, pero no conseguía enfocarlo.
A Greyson se le tensaron los brazos a su alrededor, y la atrajo hacia él con más fuerza, sosteniéndole la cabeza con una mano. No intentó callarla ni detener el flujo de su dolor. Simplemente la sostuvo, firme y presente, como un ancla en la tormenta de su desesperación.
No sabía cuánto tiempo permanecieron así; ella rota y llorando, él en silencio y firme.
El tiempo parecía perder significado, estirarse y contraerse con cada bocanada de aire temblorosa.
El agua de la bañera seguía corriendo, llenándola hasta el borde antes de que el desagüe automático se activara para evitar que se desbordara con un suave sonido de burbujeo.
Finalmente, sus sollozos se apagaron y el agotamiento reclamó lo que le quedaba de fuerza. Se desplomó contra él, vacía y sin energía.
Aun así, Greyson no dijo nada. El silencio entre ellos había cambiado, ya no estaba cargado de ira y traición, sino de algo parecido a la aceptación.
Se movió y ajustó el agarre alrededor de su cuerpo sin soltarla.
—Venga, que te ayudo —dijo en voz baja y ronca, como si le hubieran arrancado las palabras de algún lugar profundo—. Déjame ayudarte a meterte en la bañera. Déjame ayudarte a quitarte la ropa.
No era perdón, todavía no. Era un hombre demostrando que aún tenía corazón, que a pesar de su propio dolor el buen hombre que ella había llegado a conocer seguía ahí dentro.
A Greyson le temblaban las manos mientras buscaba las tijeras en el armario del baño. No por debilidad —aunque todavía le dolía todo el cuerpo por el cautiverio—, sino por la tormenta de emociones que rugía bajo su piel.
Ira hacia su padre, hacia los hombres que le habían hecho aquello a Shadera.
Culpa que se le retorcía como un cuchillo en el estómago por cómo la había tratado, por las palabras que le había dicho en caliente.
Y algo más, algo que le aterraba más que cualquiera de esas otras dos cosas: una ternura desesperada que amenazaba con hacer añicos lo que quedaba de sus muros cuidadosamente levantados.
Estaba sentada de espaldas a él, pequeña y rota, una sombra de la mujer que había conocido, y su instinto le pedía protegerla, curarla, no permitir que nadie volviera a hacerle daño.
Se arrodilló de nuevo, tijeras en mano, y observó la ropa que se le pegaba al cuerpo con sangre seca y sudor. Respiraba de forma superficial y controlada para minimizar el dolor.
—Voy a cortarte la ropa —dijo con una voz más suave de lo que pretendía—. Te dolerá menos que intentar quitártela por la cabeza.
Ella asintió, un movimiento tenso que revelaba la cantidad de dolor que le causaba incluso ese pequeño gesto.
Greyson tragó saliva con dificultad y reprimió la ira que amenazaba con consumirlo al ver su sufrimiento.
La ira no serviría de nada ahora. Necesitaba manos firmes, palabras tranquilas, un tacto cuidadoso.