35. Nueve de la mañana
Greyson levantó la cabeza al oír el sonido de las botas filtrándose en el aire.
Lentamente, uno por uno, los Veyra fueron apareciendo en su campo de visión y se alinearon al otro lado del cristal mientras Mikel los seguía hasta la habitación.
Greyson supo que era él solo por su forma de estar de pie.
Dudó en la entrada apenas un segundo antes de colocarse en fila con sus hombres.
Su padre fue el siguiente en cruzar el umbral y Greyson lo miró fijamente, negándose a apartar la vista. Una nueva oleada de odio amenazó con asfixiarlo.
—Buenos días. —La voz de Maximus era agradable, casi alegre—. Confío en que hayas tenido tiempo para reflexionar sobre nuestra conversación.
Greyson no dijo nada. Su silencio era lo único que le quedaba, la única forma de desafío a la que podía recurrir estando atado a esa silla.
Maximus introdujo un código en la puerta de la celda y esta se abrió con un siseo.
Retrocedió un poco cuando le llegó el hedor de la celda.
A Greyson se le puso la piel de gallina al sentir la repentina corriente de aire cálido y el alivio lo invadió.
La puerta estaba abierta. Un paso más cerca de salir de esa condenada celda.
—Hoy es un día de alegría. —Maximus entrelazó las manos a su espalda—. La ceremonia dará comienzo dentro de tres horas. El capitán Mikel os escoltará a ti y a tu prometida de vuelta a vuestros aposentos para prepararos para esta magnífica unión.
Greyson apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los dientes.
—No olvides nuestro acuerdo —continuó Maximus mientras se acercaba a su silla, lo suficiente como para que pudiera oler la cara colonia que impregnaba su traje, un aroma que había atormentado sus pesadillas desde que era niño—.
Colaborarás sin rechistar. Dirás las palabras tal y como están escritas.
Sonreirás. —Se inclinó, su máscara dorada a escasos centímetros del rostro de Greyson—.
Y consumarás los votos, tal y como exige la tradición.
A Greyson le subió la bilis por la garganta. La consumación, el requisito final y degradante de los votos ceremoniales.
Aun así, Greyson permaneció en silencio.
—Solo he venido a desearle suerte a mi hijo en el día más importante de su vida —dijo Maximus al girarse hacia la puerta—. Recuerda: tu cooperación decidirá el destino de muchos.
No dijo nada más mientras salía de la celda, pasando junto a Mikel, quien siguió con la mirada al presidente hasta que desapareció por la puerta exterior y luego volvió la cabeza hacia Greyson.
—Soltadlo —ordenó Mikel a los guardias—. Después traed a la sanguinaria.
Un Veyra dio un paso adelante con un cuchillo en la mano.
Empezó a cortar las cuerdas que mantenían a Greyson atado a la silla, empezando por las que le rodeaban el cuello.
Cada cuerda que se rompía aliviaba la presión, pero, cuando la sangre volvió a circularle por los músculos comprimidos, el dolor estalló como fuego bajo su piel.
Greyson reprimió un gemido cuando la última cuerda cayó. Sentía las extremidades pesadas y extrañas; se negaron a responder cuando intentó ponerse de pie. El guardia lo sujetó del brazo, no con fuerza, pero sí con firmeza, sosteniéndolo mientras amenazaban con cederle las piernas.
—Despacio —le aconsejó Mikel, quien lo observaba con una intensidad que incomodaba a Greyson—. Lleva atado más de cuarenta y ocho horas.
Asimiló la información entre la niebla del dolor. Dos días. Dos días de sed, hambre y suciedad, con el llanto ahogado de Shadera en la celda contigua.
«Shadera».
Giró la cabeza en dirección a la pared que separaba sus celdas, esforzándose por oír algún sonido proveniente de ella. Nada. El silencio al otro lado resultaba más aterrador que cualquier grito.
—Sacadla —graznó mientras daba un paso tambaleante hacia la puerta. El guardia tensó la mano alrededor de su brazo para retenerlo—. Ahora.
Mikel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza al resto de los Veyra y estos se dirigieron a la celda de Shadera. Greyson oyó el pitido del código de acceso, el siseo de la puerta. Después, más silencio.
Cuando reaparecieron, dos guardias sostenían una figura entre ellos, y Greyson se vino abajo.
Los Veyra sostenían a una Shadera apenas consciente, arrastrando sus pies sobre el suelo de hormigón.
Tenía el rostro —ese rostro hermoso y desafiante— tan hinchado que apenas la reconocía; un ojo estaba cerrado por completo, y el otro era apenas una rendija entre la masa de moratones.
La sangre se le había secado en el pelo y se lo apelmazaba en mechones oscuros.
Tenía el labio partido y la barbilla cubierta tanto de sangre seca como reciente.
Pero fue su cuerpo lo que casi hizo que a Greyson le fallaran las rodillas.
Tenía la camiseta completamente rota, y dejaba a la vista trozos de piel que ya no parecían piel, sino un mapa de moratones negros, verdes, azules y amarillos.
Se sostenía como si tuviera las costillas rotas y respirar le resultara doloroso.
Por no hablar de sus manos: tenía los dedos hinchados, los nudillos abiertos, las uñas rotas y ensangrentadas.
A Greyson se le nubló la vista. La rabia que le invadió no se parecía a nada que hubiera sentido antes; era más caliente, más afilada, más intensa que cualquier ira que hubiera experimentado en su vida repleta de violencia.
Le inundó los pulmones como ácido y le quemó los ojos como metal fundido.
Eso era lo que le habían hecho mientras él estaba en su celda, alimentando su enfado, negándose a hablar con ella.
Eso era lo que ella había soportado mientras él se revolcaba en su propio dolor.
A él apenas lo habían tocado. Un par de golpes, las rozaduras de las cuerdas, la incomodidad de la sed y el hambre. Nada en comparación con lo que le habían hecho a ella.
Y la había dejado sola. Le había dado la espalda cuando más lo necesitaba.
—Shadera —susurró con voz rota.
Parpadeó con el ojo sano al oír su voz y lo enfocó durante un segundo antes de apartar la mirada. Que lo evitara le provocó a Greyson un dolor en el pecho que se volvía más grande a medida que pasaban los segundos.
—Necesita agua —dijo Mikel con voz neutra, pero Greyson percibió algo extraño en su tono—. Los dos la necesitan.
Chasqueó los dedos, y otro guardia apareció con dos botellas. Mikel las cogió y le pidió al Veyra que se retirara con un leve asentimiento; luego le entregó una a Greyson. Se acercó a Shadera con cuidado, como quien se aproxima a un animal herido, y sostuvo el agua contra sus labios hinchados.
—Bebe —le pidió con un tono más suave que antes.
A Shadera le temblaba la garganta mientras tragaba y un poco se le derramó por la barbilla y le goteó sobre la camiseta destrozada.
Greyson la observó, olvidándose por un momento de su propia sed.
Cuando Mikel finalmente apartó la botella casi vacía, Shadera se desplomó aún más entre los brazos de los guardias que la sostenían.
Greyson se llevó su botella a los labios, y el agua fría fue un choque para su sistema tras tanto tiempo sin hidratarse.
Bebió con avidez mientras una parte lejana de su mente le advertía que se detuviera, que beber demasiado rápido no le sentaría bien.
Pero las exigencias de su cuerpo se antepusieron a la cautela y vació la botella en cuestión de segundos.
—Tenemos que irnos —les apremió Mikel al echar un vistazo al reloj—. Falta poco para los votos.
La ira de Greyson regresó ante la mención de la ceremonia.
Quería revolverse, estrellar el puño contra el rostro de Mikel y el de todos los Veyra que habían presenciado cómo le daban una paliza a Shadera.
Pero no podía. No en su estado, no cuando la amenaza de destruir a los anillos pendía sobre ellos.
—¿Puede andar? —le preguntó Mikel.
Greyson asintió con un gesto brusco. Aunque notaba las piernas inestables, le funcionaban. Shadera, por el contrario, seguía entre los guardias, con la cabeza colgando hacia delante.
—Pues vamos.
Greyson clavó la mirada en la espalda de Shadera mientras salían de la prisión privada, atento a cualquier señal de que fuera a desmayarse. Cada paso que lograba dar, por torpe que fuera, por mucho que dependiera de los guardias, era muestra de una fortaleza que le resultaba imposible comprender.
Emergieron en la residencia de su padre, cuyo lujo era un contraste obsceno con las celdas que habían dejado atrás. Alfombras gruesas, muebles elegantes, arte que costaba más de lo que la mayoría de los habitantes del Perímetro verían en toda su vida.
Le pareció que tardaron una eternidad en llegar al ascensor, en llegar a su planta. Mikel deslizó una tarjeta en una cerradura que Greyson no reconoció: era nueva, de alta tecnología. Él entró primero y sostuvo la puerta abierta para que pasaran sus hombres.
Los guardias dejaron a Shadera en el sofá, y esta se hundió en él como una muñeca rota. Greyson se quedó en medio de la habitación, sin saber adónde ir, qué hacer, cómo ayudarla.
Mikel recorrió el apartamento con la mirada antes de volverse hacia Greyson, pero no dijo nada.
El silencio se alargó entre ambos, incómodo y pesado.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —le preguntó Greyson al capitán, y las palabras le sonaron extrañas: formales, distantes, nada que ver con la rabia que rugía en su interior.
Mikel lo estudió durante un segundo, y luego se volvió hacia los guardias.
—Esperad en el pasillo.
Los Veyra salieron y dejaron la puerta abierta. Él se quedó allí de pie, con las manos entrelazadas a la espalda con precisión militar.
Finalmente, se aclaró la garganta, como si despertara de un trance.
—Estaré fuera si necesitan algo —dijo en voz baja—. Vendré al mediodía a recogerles.
No dijo nada más antes de darse media vuelta y cerrar la puerta tras él con una rotundidad que resonó en el apartamento silencioso.
Greyson permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo los segundos avanzaban hacia lo inevitable. Después se volvió hacia Shadera.