Sanguinaria (El Corazón 1) 34. Siete de la mañana
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34. Siete de la mañana

Jameson observó cómo la pesada puerta metálica del refugio antiaéreo se sellaba con un golpe sordo que resonó por toda la cámara subterránea.

El último grupo de habitantes del Cardinal —madres abrazando a sus hijos, ancianos apoyándose en bastones improvisados, trabajadores que todavía llevaban puestos sus uniformes de fábrica— desapareció tras un metro y medio de acero reforzado.

En sus rostros se había reflejado una mezcla de confusión y miedo, pero habían echado a andar de buen grado en cuanto se les dijo que ese día podían caer bombas.

Nadie en el Cardinal cuestionaba la posibilidad de que el Corazón ejerciera violencia.

Llevaban demasiado tiempo viviendo bajo su sombra.

—Esos son los últimos —dijo una voz a su lado. Una de las personas de Farrow, una mujer de ojos marrones y pelo corto negro que le asomaba bajo el pasamontañas que le cubría el resto del rostro—. Todos los sectores están despejados.

El Cardinal había sido más fácil de gestionar, había menos gente y con mayor disposición a obedecer a la autoridad. Cortesía de los mandatos que el Corazón les había impuesto.

—¿Algún problema en el cuadrante del este? —preguntó al recordar al capataz de fábrica que los había amenazado con denunciarlos a los Veyra. El hombre no había vivido lo suficiente como para cumplir su amenaza, pero Jameson necesitaba asegurarse de que no hubiera dado la voz de alarma.

—Ninguno —respondió ella—. Todo despejado.

Se le vino a la cabeza la madre del Perímetro, acunando a su hijo muerto mientras le suplicaba a Jameson que se lo hiciera pagar.

Su rostro, retorcido por el dolor, había atormentado sus sueños durante las últimas tres noches.

Ese día cumpliría su promesa. Ese día, Maximus Serel y su máscara dorada caerían.

Se irguió y se volvió hacia la mujer.

—¿Cómo te llamas?

—Chandler, señor, pero mis amigos me llaman Halcón.

Se le curvaron ligeramente las comisuras de los labios ante el nombre.

—Bien, Halcón, por si no me da tiempo a decírtelo luego, gracias. No habríamos podido asegurar el Cardinal a tiempo sin ti.

—Sí, por supuesto, señor. Es un honor.

Vio cómo le brillaban los ojos cuando se apartó de ella.

—Da la señal a los equipos —le dijo antes de dirigirse al panel de acceso de mantenimiento, al final del pasillo—. Nos pondremos en marcha en cinco minutos.

Halcón se perdió de nuevo entre las sombras de los túneles, dejando a Jameson a solas con sus pensamientos.

Se agachó junto al panel para trabajar con el cierre encriptado que Callum había reprogramado días atrás.

La cubierta metálica se deslizó sin hacer ruido, dando acceso al oscuro túnel más allá.

Se le vino a la cabeza el rostro de Shadera, y pensar en lo que le ocurriría ese día le provocó una oleada de rabia tan intensa que se le nubló la visión. En su última reunión se había enterado de todo el proceso de los votos ceremoniales, y se le revolvía el estómago solo de pensarlo.

Apartó esa imagen a la fuerza. La rabia volvía descuidada a la gente. La rabia hacía que la gente muriera. Y él no podía permitirse morir, ese día no. No cuando ella lo necesitaba.

Le vibró el intercomunicador en la muñeca.

—Fantasma. —La voz de Callum le llegó baja y distorsionada—. El bucle de vigilancia está activado. La seguridad del Corazón está ciega en los sectores del Cardinal. Tienes vía libre.

—Recibido —respondió Jameson a la vez que ajustaba el auricular que lo mantendría conectado a la red rebelde durante todo el día—. Moviéndome a la posición alfa. ¿Cuál es tu estado?

—En posición en el club. Tienes dos horas para llegar al Corazón antes de que empiecen las patrullas.

—Entendido —contestó Jameson mientras la línea se quedaba en silencio.

Se incorporó e hizo girar los hombros para liberar la tensión acumulada.

A su espalda, las sombras se condensaron en personas: su equipo reuniéndose en silencio, con rostros serios.

Cien hombres y mujeres elegidos a dedo entre los soldados más cualificados del Perímetro y el Cardinal, cada uno de ellos con armas Veyra proporcionadas por Mikel, introducidas de contrabando pieza a pieza a través de las redes de Callum.

Todos estaban preparados para morir por la causa si era necesario.

Veía la determinación en sus miradas, la disposición.

Algunos tenían heridas recientes del enfrentamiento con los Veyra de hacía apenas un par de días.

Otros contaban con cicatrices más antiguas; las marcas visibles de la opresión del Corazón grabadas en carne y hueso.

Todos habían perdido algo bajo el régimen de Maximus. Todos tenían motivos para luchar.

Halcón se abrió paso entre la multitud hasta situarse frente a Jameson, ahora con la máscara bajada. Una gran cicatriz le cruzaba de oreja a oreja por la parte inferior del rostro, una sonrisa permanente que sabía que solo podía ser un regalo de los Veyra.

Era su sello para las mujeres que se negaban a arrodillarse ante ellos, que se negaban a sonreír para ellos. Si no lo hacían por voluntad propia, los Veyra lo harían por ellas.

—La unidad de Farrow está en posición —dijo al colocarse a su derecha—. Dice que han asegurado los puntos de acceso a la red eléctrica. La cortarán cuando reciban la señal.

Jameson asintió.

—¿Y los equipos de Jaeger?

—Ya están dentro del Corazón. Entraron durante el cambio de turno nocturno.

Una victoria pequeña, pero significativa.

Si los sanguinarios ya estaban en posición, sus probabilidades mejoraban considerablemente.

Los asesinos apuntarían a puntos clave de seguridad con francotiradores, aplacando a la resistencia antes de que pudiera organizarse contra la fuerza rebelde principal.

—En marcha —dijo Jameson volviéndose hacia el túnel—. En fila india hasta el primer puesto de control.

Fue el primero en bajar la escalera; activó una barra de luz química y se la colgó del cinturón. Los rebeldes imitaron sus movimientos y empezaron su último trayecto hacia el Corazón.

Volvió a pensar en Shadera, como siempre hacía cuando estaba rodeado de silencio.

La echaba tanto de menos que le costaba respirar.

Obviamente echaba de menos la intimidad de tenerla entre sus brazos, la sensación de su piel contra la suya, pero eso era lo de menos. Echaba de menos a su mejor amiga.

Era su persona incluso antes de enamorarse de ella.

La sencillez de aquel pensamiento lo hacía aún más sincero. Ella era su persona, y la echaba de menos.

Por ahora, mantendría a su unidad a salvo. Se aseguraría de que todos entraran en el Corazón. Pero esa noche, su único objetivo sería lograr que Shadera saliera de él con vida.