33. Cinco de la madrugada
Lira se encontraba de pie junto a la ventana de su apartamento, con una taza de té que se le enfriaba en las manos, mientras observaba a New Found Haven dormir sus últimas horas de ignorancia.
La oscuridad que se aferraba a la ciudad, esa que siempre la había definido, sería arrasada pronto; y no por el amanecer, sino por el fuego, la sangre y la revolución.
Su reflejo le devolvía la mirada desde el cristal, con los ojos vacíos y unas ojeras oscuras como moratones tras haberse pasado la noche en vela.
Parecía un fantasma, y quizá ese aspecto pegaba con todo lo que estaba por venir.
Las torres de platino perforaban el amanecer, sus superficies captaban el primer rayo de luz. Por las calles vacías y limpias desfilaba de vez en cuando algún que otro vehículo Veyra, cuyas luces cortaban la oscuridad persistente.
Le dio un sorbo al té e hizo una mueca por lo amargo que estaba.
Se había olvidado de echarle miel, pues no podía dejar de pensar en el día que se avecinaba.
Lo había preparado con manos firmes —ahora mismo seguían firmes—, pero la cabeza no paraba de darle vueltas; había cientos de cosas que podían salir mal.
Faltaban siete horas para los votos ceremoniales. Siete horas para que obligaran a Greyson y a Shadera a presentarse ante la ciudad como símbolos de una unidad que nunca había existido.
Después irían a las cámaras de consumación mientras sus amigos trabajaban para asegurarse de que ninguna otra mujer tuviera que soportar tales horrores. Luego comerían; una comida formal con todos los líderes de la ciudad para darles la bienvenida a la sociedad, como si no acabaran de violarlos.
Para acabar el día, a las seis en punto, volverían al cadalso, pronunciarían un discurso conjunto sobre el Corazón y les pedirían a los anillos que se sometieran a sus leyes para poder también ellos llegar a disfrutar de su lujo algún día.
Lo que no sabrían es que nadie fuera del Corazón escucharía ese discurso.
Todas las personas de los anillos no dispuestas a luchar estarían bajo tierra, en refugios antiaéreos.
Y, bajo todo ese espectáculo, el engranaje de la rebelión estaría girando, los mecanismos encajando, las hojas afilándose mientras Brooker…
«Brooker».
Se le vino a la cabeza el rostro de su hermano, pero no como lo había visto por última vez en La Boca del Lobo, endurecido por los años en los anillos, sino como era antes.
Antes de la rebelión. Antes de su supuesta muerte.
Antes de que todo cambiara. El recuerdo le provocó una punzada en el pecho; el dolor y el alivio se entrelazaron hasta que fue incapaz de separarlos.
Vivo. Había estado vivo todo ese tiempo.
Le tembló la taza de té entre las manos, traicionando la emoción que se negaba a mostrar en su rostro. Dio otro sorbo, como si el líquido caliente que le bajaba por la garganta pudiera borrar el escozor de la traición.
Callum lo sabía. Todos esos años había sabido que Brooker estaba vivo mientras ella lloraba, mientras sollozaba en sus brazos, mientras su padre se volvía más monstruoso.
«Creían que te estaban protegiendo —le había explicado Callum mientras regresaban de La Boca del Lobo. Lo había hecho con voz suave, como si la amabilidad pudiera mitigar el impacto de sus palabras—. Si lo hubieras sabido, tu padre lo habría visto en tus ojos. Habría notado que algo iba mal».
«¿Y tú? —le había preguntado sin poder mirarlo—. ¿Cuál fue tu excusa para mentirme?».
Su silencio le había servido de respuesta.
El recuerdo del rostro de Callum, la culpa en su mirada cuando lo dejó en la puerta con un frío «Buenas noches», le oprimió el pecho. Debería odiarlo por su engaño. Debería estar furiosa por haber traicionado su confianza justo cuando habían prometido dejar a un lado los secretos.
Pero ahora lo entendía. Entendía los sacrificios hechos en la guerra, la necesidad de compartimentar. El precio de mantener con vida a quienes amas.
Apuró el té y dejó la taza sobre la pequeña mesa que se encontraba a su lado.
Sobre ella también descansaban objetos que necesitaría ese día: su dispositivo de comunicación, con el canal seguro que utilizaban los rebeldes sintonizado.
Una pequeña pistola cargada y con el seguro puesto.
Un terminal portátil con todos los detalles de su plan.
Y su máscara.
Lira la cogió; el oro rosa brillaba incluso bajo la tenue luz de su apartamento.
La hizo girar entre los dedos, sintiendo ese peso que tan familiar le resultaba, el metal liso y cálido por su contacto.
¿Cuántos años se había escondido tras ella?
¿Cuántas mentiras había permitido? ¿Cuántas verdades había ocultado?
Recorrió con el dedo los remolinos decorativos que la marcaban como una Serel, como la hija del presidente, como miembro de la realeza en un reino construido sobre la subyugación.
La máscara que había empezado a formar parte de ella desde su sexto cumpleaños, dejándola sin rostro, sin nombre más allá del legado de su familia.
La máscara que había sido tanto un escudo como una cárcel.
Después de ese día, no volvería a llevarla.
Sería Lira. Solo Lira. No una Serel, ni una diplomática, ni una marioneta bailando al son de las cuerdas de su padre. Sería libre… o estaría muerta.
Era así de simple. El camino que se abría ante ella era estrecho, pero definido.
Dejó la máscara sobre la mesa y se dirigió a su escritorio.
Abrió el cajón oculto presionando la yema del dedo contra el cierre biométrico.
Dentro se encontraban las pruebas que se había pasado años recopilando.
Cientos y cientos de copias. Documentos que detallaban la corrupción de su padre.
Grabaciones de sus amenazas. Registros financieros que mostraban el desvío de recursos destinados al Cardinal y al Perímetro.
Informes de autopsias de aquellos que habían muerto misteriosamente tras plantarle cara.
Y, en el fondo, sellada en una funda protectora, la pieza final: su secreto. Su plan.
Lira acarició el borde de la funda con los labios formando una línea tensa. Nadie lo sabía; ni Callum, ni Brooker, ni Farrow, ni Jaeger, ni Jameson. Esta era su venganza personal por todo lo que Maximus le había arrebatado. Lo que les había arrebatado a todos.
Cerró el cajón, y el cierre se activó de nuevo con un suave clic. Se aseguraría de que la verdad saliera a la luz, de una forma u otra. Su padre caería. El sistema se vendría abajo. Y, si su propia destrucción era el precio a pagar, que así fuera.
Le vibró la tablet sobre la mesa, y el sonido hizo que se le acelerara el corazón. Comprobó la hora: las 5.40. La ciudad se despertaría pronto. Los Veyra cambiarían de turno, los trabajadores se prepararían para el día, los engranajes del Corazón empezarían su giro implacable.
Lira se acercó a la mesa, cogió el dispositivo y se lo llevó a la oreja.
—¿Sí?
—Están listos. —La voz de Farrow era suave—. ¿Estás segura de esto?
Lira cerró los ojos y respiró hondo para llenarse los pulmones de determinación.
—Sí.
Colgó la llamada sin añadir nada. No había nada más que decir. Ninguna declaración dramática, ningún discurso inspirador. Solo la silenciosa certeza de lo que estaba por venir.