32. Tres de la madrugada
Callum tamborileaba los dedos contra su escritorio mientras el brillo azul de las pantallas de vigilancia le teñía el rostro con una luz fantasmal. Los votos tendrían lugar ese día.
Eran las tres de la madrugada, y el silencio que envolvía al Corazón más allá de las paredes de su club era como la respiración contenida antes de una ejecución. Cada segundo que pasaba los acercaba más al amanecer. Al caos. A la salvación… o la masacre.
Tenía su tablet delante, con la pantalla oscura y en silencio. Esperando la llamada de Jameson. Esperando la confirmación que lo pondría todo en marcha.
Callum se volvió hacia el carrito de bebidas, dudó un instante y luego suspiró, apartando la mirada.
No era el día de nublarse los sentidos. Ese día necesitaba todas y cada una de sus neuronas alerta, todos y cada uno de sus instintos despiertos.
Le vibraba el cuerpo a causa de la tensión de la espera, tenía los músculos agarrotados bajo el traje.
Se levantó de la silla, incapaz de estarse quieto más tiempo, y se acercó a la ventana. El Corazón dormía a sus pies, sus torres impecables y sus calles bañadas por el resplandor artificial de las luces de seguridad.
Para cuando llegara la noche, podría estar ardiendo.
Callum apoyó la frente contra el cristal frío y cerró los ojos. El plan que habían elaborado estaba lleno de lagunas, de variables que no podían controlar.
Todo tenía que salir perfecto. Todo tenía que ocurrir con una sincronización milimétrica.
De lo contrario…
Se le vinieron a la cabeza imágenes de una masacre. De ciudadanos del Perímetro abatidos a tiros en calles que apenas habían llegado a conocer. De rebeldes en el Cardinal ejecutados allí donde se encontraban. De los asesinos de Jaeger cayendo antes siquiera de alcanzar a sus objetivos.
Pero peor, infinitamente peor, era la imagen de Lira en las manos de su padre si fallaban.
Callum apretó los puños hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
Maximus no se conformaría con matar a su hija si descubría su traición.
La muerte sería un acto de misericordia en comparación con lo que le haría.
Callum había sido testigo de la obra del presidente, por lo que sabía que la creatividad de Maximus Serel no se limitaba a su gobernanza, sino que se extendía al terreno de la tortura.
Regresó a su escritorio y se dejó caer pesadamente en la silla. Las pantallas le mostraban distintas cámaras del Corazón: la plaza donde tendrían lugar los votos ceremoniales, los puestos de control entre anillos, el acceso a la torre de Maximus. Todo tranquilo. Todo normal.
No duraría mucho.
Volvió a pensar en Lira, en el peso de su cuerpo entre sus brazos hacía apenas unos días. En el sabor de su piel, en el sonido de su respiración junto a su oído, en la forma en que su cuerpo había cedido al suyo tras cinco largos años de contención. Cinco años de anhelo.
No la había vuelto a ver desde su encuentro en el Perímetro, cuarenta y ocho horas antes. Por la forma en la que lo miró cuando la acompañó hasta su apartamento, por cómo le dijo que necesitaba tiempo para pensar… Tenía miedo. Notaba que le pasaba algo.
Acababa de recuperarla y ya la estaba perdiendo.
Sabía que era una posibilidad cuando Lira descubriera que estaba al tanto de lo de Brooker. Se había planteado dejarla en el Corazón por esa misma razón. Pero habían prometido poner fin a las mentiras, y él no estaba dispuesto a romper esa promesa.
Si fallaban hoy, Maximus la haría sufrir de formas capaces de romper hasta la voluntad férrea de Lira. Se tomaría su tiempo. Le arrancaría hasta el más mínimo detalle de la conspiración antes de dejarla morir. Y se aseguraría de que primero viera morir a quienes quería.
La respiración de Callum se volvió superficial, el pecho se le tensó con cada inhalación. Se obligó a respirar hondo, a recuperar el control. El pánico no les serviría de ayuda.
Debía concentrarse. Debía ser el hombre calculador y despiadado que había construido un imperio en el Corazón, que se había infiltrado en las esferas más altas, que había aprendido a sonreír mientras planeaba la caída de quienes confiaban en él.
Le vibró la tablet sobre el escritorio, la pantalla se iluminó con el identificador de Jameson. Se abalanzó sobre él para contestar al primer tono.
—Fantasma.
—Hecho. —Jameson hablaba con voz calmada, controlada, pero Callum percibía un deje de tensión.
El alivio lo inundó.
—¿Todos?
—Todos. Limpiamos el último sector hace veinte minutos. Los refugios están sellados.
Callum cerró los ojos un instante. Al menos el Perímetro estaría protegido. Si Maximus desplegaba sus bombas ese día, caerían sobre calles vacías, no sobre inocentes.
—¿Opusieron resistencia? —preguntó, pues sabía que convencer a los habitantes del Perímetro de que confiaran en figuras de autoridad para meterse en refugios subterráneos debía de haber sido complicado.
Hubo una pausa.
—Mínima. Los sanguinarios se las apañaron bien.
—Vale. Activaré el bucle de vigilancia para el Perímetro. Podéis avanzar hacia el Cardinal.
—Te llamaré cuando estemos de camino al Corazón.
Callum dejó la tablet sobre la mesa. El peso de lo que estaban a punto de hacer cayó sobre él y le oprimió los pulmones. Nueve horas. Nueve horas hasta que comenzaran los votos ceremoniales. Quince horas hasta que liberaran New Found Haven o lo condenaran a un baño de sangre sin precedentes.
Se volvió hacia el ordenador, los dedos volando sobre el teclado mientras hackeaba el sistema de seguridad del Corazón.
Los protocolos de seguridad se desplegaron ante él, una compleja red de transmisiones, puestos de acceso y sistemas de alarma.
Callum había invertido años en descubrir cada vulnerabilidad, cada puerta trasera.
Ahora puso en marcha el delicado proceso de crear puntos ciegos sin activar alertas: añadiendo falsas transmisiones en vivo en bucle, reduciendo las rotaciones de guardias en zonas clave, programando el mantenimiento del sistema en momentos críticos, insertando sutiles retrasos en las transmisiones de los puestos de control.
Nada obvio. Nada que levantara sospechas de inmediato. Pero todas juntas, esas pequeñas alteraciones crearían un sinfín de oportunidades cuando llegara el momento.
Las pantallas frente a él parpadearon mientras los cambios surtían efecto, las defensas del Corazón se debilitaban sutilmente bajo su toque. Fuera, el primer rayo pálido del amanecer acariciaba el cielo del este.
El día del ajuste de cuentas había empezado.