Sanguinaria (El Corazón 1) 31. En pasado
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31. En pasado

No tenían comida. Ni agua. Solo el sonido rítmico de la respiración de Greyson en la otra celda, a espaldas de Shadera.

No sabía cuánto tiempo llevaban allí. Los Veyra no habían regresado desde la visita de Maximus; no hubo más palizas, pero tampoco sustento.

Otra clase de tortura. Más lenta. Más calculada.

Shadera tenía la lengua hinchada y seca.

La sed le arañaba la garganta, como un animal desesperado tratando de liberarse.

Intentó recolocarse en la silla para encontrar cualquier posición que aliviara la presión que sentía en el cuerpo destrozado, pero las ataduras se le clavaban en la piel con cada movimiento.

Se le escapó un siseo de dolor de los labios agrietados y resonó por la celda estéril.

Levi Pierce. Informante del Corazón.

Los detalles del contrato flotaban ante sus ojos. Prioridad alta. Un traidor que vendía secretos del Cardinal.

Recordó la fotografía. Ahora entendía esa persistente sensación de que le resultaba familiar. El hombre que su mente conocía, pero en un contexto equivocado. Greyson y Levi Pierce. Greyson y Brooker.

Se había negado a juntar las piezas; la idea en sí le parecía impensable. La élite del Corazón no se quitaba las máscaras. No se adentraban en el Cardinal sin guardias, sin protección, sin los símbolos de su estatus.

A Shadera se le revolvió el estómago. Había sentido celos del sanguinario que había recibido aquel contrato y había deseado que fuera suyo.

Lo había sido todo ese tiempo, y ella no tenía ni idea.

La habían utilizado. Manipulado. Había matado a alguien que se estaba rebelando contra el Corazón, contra Maximus.

Había matado al hermano de Greyson.

Por primera vez en su vida, empezó a cuestionárselo todo: todo lo que había hecho como sanguinaria, todo lo que había defendido. Cada contrato que había cumplido, cada vida que había arrebatado en nombre de la justicia, de la venganza, del bien mayor.

¿Cuántos se habían basado en mentiras? ¿Cuántos habían sido inocentes sacrificados para mantener ficciones políticas? ¿Cuántas veces había sido un peón en un juego que ni siquiera sabía que estaba jugando?

Se había convertido en sanguinaria de niña, sin nada más que rabia y la promesa de hacer que el Corazón pagara por lo que le había arrebatado. Jaeger había visto su potencial, la había convertido en un arma, le había dado un propósito cuando no tenía ninguno.

Pero ¿qué propósito? ¿Matar cuando se lo ordenaban? ¿Eliminar objetivos sin cuestionar, sin dudar, sin plantearse siquiera que las líneas entre enemigo y aliado, entre culpable e inocente, podían estar tan difuminadas que resultaran irreconocibles?

Se había repetido que luchaba por el Perímetro, por la justicia, por un futuro mejor. Pero quizá no había sido más que otra pieza dentro de la maquinaria de opresión, solo que al servicio de otro amo.

Las lágrimas llegaron sin previo aviso, surcos silenciosos que se abrían paso entre la sangre seca que le cubría el rostro. Ni siquiera intentó detenerlas. ¿De qué le servía el orgullo ahora?

—Greyson —lo llamó con voz ronca, apenas audible. El silencio entre ambos se había convertido en otra clase de prisión, más asfixiante que las paredes de cristal que la rodeaban—. Por favor, háblame.

No obtuvo respuesta. Solo el sonido de su respiración, constante y controlada. Demasiado controlada. Conocía ese ritmo: la inhalación y la exhalación deliberadas de alguien que lucha por mantener la compostura.

El silencio procedente de su celda era peor que cualquier paliza. Estaba preparada para el dolor físico, para la tortura, para la muerte. Pero esto…, este vacío donde debería estar su voz…, la dejaba hueca por dentro.

—Sé que me odias —intentó de nuevo, y cada palabra le rascaba la garganta reseca—. Yo también me odiaría. Pero, por favor…, necesito saber qué piensas. Necesito que me hables.

—¿Qué quieres que te diga?

Su voz cortó el silencio, dura y fría como el cemento bajo sus pies. Percibió algo en ella que nunca había oído antes; no solo rabia, sino vacío. Un hueco donde debería haber emoción.

—No lo sé —admitió. El alivio y el miedo se mezclaron al oírlo—. Lo que sea. Grítame. Dime que me odias. Amenázame. Dime que vas a matarme. Solo… algo.

Él calló.

—Lo siento —susurró Shadera, dos palabras demasiado insuficientes para todo lo que había entre ellos—. No lo sabía, Greyson. Te juro que no sabía quién era.

El silencio regresó. Los minutos se alargaron hasta parecer horas, el vacío se volvió más pesado a cada segundo, el dolor que sentía en el pecho se expandió hasta amenazar con devorarla. Quería su rabia, su odio, incluso su desprecio…, cualquier cosa menos esto.

En lo más profundo de su ser, una parte de ella sintió el filo del miedo, como si pudiera perderlo, a pesar de no haberlo tenido nunca.

—Por favor —repitió de nuevo, con la desesperación tiñéndole la voz.

—Me mentiste —respondió Greyson. La rabia se abrió paso por fin a través del vacío—. Me miraste a los putos ojos y me mentiste.

—No, Greyson. No lo sabía. —Las palabras le salieron atropelladas—. Ya oíste a tu padre, usaba un alias. Nunca le había visto la cara. No sabía que era él.

—Pensé que podía confiar en ti. —A Greyson se le rompió la voz, la emoción por fin afloró—. No eres más que otra herramienta, como yo. Como todos nosotros.

A Shadera empezaron a caerle las lágrimas sin control; le escocían las heridas abiertas a causa de la sal. Se había convertido justo en lo que había jurado destruir: un arma en manos de los poderosos contra los inocentes. Toda su identidad, todo lo que había construido se derrumbaba a su alrededor.

Ya no sabía quién era. No podía separar un arrepentimiento de otro mientras todos colisionaban en su mente, un caleidoscopio de vergüenza y horror.

—Creía en lo que hacía —susurró—. Pensaba que estaba protegiendo el Perímetro, luchando contra el Corazón. Estaba totalmente ciega.

El silencio que siguió fue como un abismo abriéndose entre ellos, ensanchándose con cada exhalación entrecortada que se le escapaba. Aun así, continuó, incapaz de detener las palabras que brotaban de ella.

—Durante años he estado tan segura, tan convencida de que estaba en el lado correcto. —Se le escapó una risa amarga que se transformó en una tos dolorosa que le sacudió las costillas rotas mientras jadeaba—. Ya no sé lo que estoy haciendo. No sé quién soy.

Decir las palabras en voz alta, darles poder, hizo que algo en su mente se derrumbara.

Las ataduras se le clavaron todavía más cuando empezó a temblar con sollozos silenciosos.

La sangre rezumaba donde las cuerdas le habían desgarrado la piel, pero apenas lo sentía.

El dolor físico no era nada comparado con la agonía que le desgarraba el corazón, el alma, su propio ser.

Había pasado toda su vida luchando contra el Corazón, contra el sistema que se lo había arrebatado todo. Y, al hacerlo, se había convertido en aquello que odiaba: alguien cruel, despiadada, ciega ante la humanidad de aquellos a quienes consideraba enemigos.

—Por favor —jadeó, sin ni siquiera estar segura de qué suplicaba. ¿Perdón? ¿Comprensión? ¿Muerte?

Nunca antes se había sentido tan débil, nunca se había permitido cuestionarse, dudar, romperse. Pero allí, atada y sangrando, sin nada, ya no tenía dónde esconderse. No tenía ninguna máscara que llevar. Ningún papel que interpretar.

—Creo que estaba empezando a enamorar… —Se quedó callado y guardó silencio durante un instante antes de terminar—. Creo que empezabas a importarme.

Las palabras de Greyson la atravesaron, precisas y devastadoras.

En pasado. Ya no. No después de aquello.

A Shadera se le cortó la respiración; se le escapó un pequeño sonido herido antes de poder detenerlo. Era una confesión pronunciada como una sentencia de muerte.

—No sé si alguna vez podré volver a mirarte sin ver la sangre de mi hermano en tus manos.

Cada una de sus palabras le hacía más daño que cualquier tortura que Maximus pudiera idear. Habría preferido más golpes, más huesos rotos, más agonía física a esto; la aniquilación de algo que ni siquiera había empezado.

No se había permitido pensar en ello. Reconocer o nombrar la emoción que le crecía en el pecho cuando pensaba en él, cuando lo miraba. Cuando lo imaginaba interesándose por cualquier otra persona.

No sabía qué era el amor. No sabía cómo separarlo del deseo. Pero ese sentimiento, ese miedo de perderlo que le calaba hasta los huesos, la hacía cuestionárselo.

Algo dentro de Shadera se rompió. No fue violento, no fue explosivo, sino un chasquido silencioso, delicado e irreversible.

Greyson oyó el llanto de Shadera, y fue como si le clavaran un cuchillo en las costillas. Afilado. Persistente. El sonido resultaba extraño viniendo de ella: la asesina que nunca se inmutaba, que se había enfrentado a las amenazas de su padre con una firmeza inquebrantable.

Sus sollozos eran silenciosos, contenidos a pesar de estarse rompiendo.

No el lloriqueo fuerte y dramático al que le tenían acostumbrado los nobles del Corazón cuando se les negaba algún lujo, sino los sonidos apagados de alguien que había aprendido que la vulnerabilidad era peligrosa, que el dolor se lleva mejor en silencio.

Quería acercarse a ella, consolarla. Atraerla contra su pecho y decirle que todo iría bien. La necesidad que sentía le repugnaba casi tanto como lo consumía.

«Asesinó a tu hermano».

Lo alcanzó otro sollozo, este más débil, más entrecortado.

La imaginó atada a una silla como él, con el cuerpo destrozado por culpa de los hombres de su padre, el rostro surcado de lágrimas y sangre.

La imagen hizo que un sentimiento primitivo y protector le invadiera el pecho, tensándose contra la fría lógica de su ira.

Recordó la primera vez que la había visto vulnerable, vulnerable de verdad, no esos numeritos ideados para ganarse su confianza. La noche de la cena de su padre, cuando ella vio quién era realmente. Lo que su padre le había hecho.

Recordó cómo le habían temblado los dedos cuando le había tomado el rostro entre las manos. Cuando lo miró a los ojos y le dijo que se merecía algo mejor. Que era mejor hombre que su padre.

En aquel momento había querido abrazarla, protegerla de cualquier demonio que la persiguiera, de cualquier dolor que hubiera soportado para comprender la violencia que habitaba en él. El sentimiento había sido tan fuerte, tan inesperado, que lo había asustado.

Ahora ese mismo instinto lo invadía y le exigía que actuara, que rompiera su silencio, que la alcanzara a través del vacío que los separaba. Apretó la mandíbula mientras luchaba contra él, negándose a hablar.

Shadera no era lo que creía. No era quien creía.

La mujer que había empezado a importarle, en quien había empezado a confiar, de quien se estaba…

No existía. Era una invención, un enfoque táctico, el objetivo de una misión.

Y él era un imbécil por haberse olvidado, aunque fuera solo por un momento, de la verdad fundamental del Corazón: «Enamorarte de alguien de otro anillo es una sentencia de muerte».