Sanguinaria (El Corazón 1) 29. ¿A qué precio? #2
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29. ¿A qué precio? #2

El asco que sentía hacia sí misma le subió como bilis por la garganta.

¿Era eso lo que hacía falta para romperla, para que agradeciera las migajas de misericordia que le brindaba un monstruo?

¿Era así como se había sentido Greyson todos aquellos años bajo el yugo de su padre, soportando a saber qué degradaciones y desfiguraciones?

Pensó en Lira, en las confesiones en aquel apartamento destrozado. Los abusos que había sufrido, las heridas que había ocultado para poder sobrevivir en esa jaula dorada.

Y, por primera vez, Shadera lo entendió.

Entendió las difíciles decisiones a las que se habían enfrentado, las partes de sí mismos de las que habían tenido que deshacerse para soportar lo insoportable.

Maximus no solo había roto sus cuerpos, había roto sus almas, sus voluntades, su propia identidad.

Nadie sobrevivía al Corazón indemne. Ni la princesa en su torre, ni el verdugo en su cadalso, ni la asesina en su jaula. Todos eran víctimas de la crueldad de ese hombre, de la megalomanía de ese hombre.

Pero, cuando Maximus apartó la mirada de la celda de Greyson y se encontró con la suya a través del cristal, fría e implacable como los ojos de un tiburón, Shadera sintió que se le encendía algo en el pecho.

No era esperanza ni desafío…, sino comprensión.

Una comprensión que podía transformarse en empatía, en solidaridad contra un enemigo común.

Todos habían hecho lo necesario para sobrevivir al dominio de Maximus. Ahora, quizá, podrían hacer lo necesario para acabar con él. Si vivían lo suficiente. Si ella vivía lo suficiente.

Maximus se acercó al cristal, con el rostro inclinado en lo que pretendía ser una parodia de preocupación. Ella le devolvió la mirada, vertiendo cada gramo de odio, de desafío que pudo reunir en sus ojos hinchados.

—Que. Te. Jodan.

El sonido de las palabras de Shadera hizo que a Greyson le invadiera una sensación de alivio. Su padre se rio del odio que percibió en su voz, del desafío que todavía conservaba incluso después de recibir una paliza.

Le hizo una señal a uno de los Veyra y este apareció frente al cristal con una silla para él. Se sentó y los recorrió con la mirada a ambos.

Greyson lo miró fijamente, con los ojos llenos de odio. La sangre le goteaba de las muñecas de forma constante; las ataduras le cortaban la piel y el músculo. Apenas lo sentía.

—Qué dramático te has vuelto —exclamó Maximus—. ¿Amenazas contra mis hombres? ¿Declaraciones de venganza? —Chasqueó la lengua con desaprobación—. Creía haberte educado mejor.

—Me educaste para ser exactamente lo que soy —respondió Greyson en voz baja con tono amenazante—. Recuérdalo cuando te meta una bala entre ceja y ceja.

Maximus ignoró la amenaza.

—¿De verdad creías que no me enteraría de tus actividades rebeldes?

—preguntó con un tono familiar, como quien habla del tiempo durante el desayuno—.

¿Los medicamentos? ¿Los créditos enviados a los anillos?

—Inclinó la cabeza, y su máscara dorada reflejó la luz—.

¿Pensabas que era ciego o simplemente estúpido?

A Greyson se le tensó la mandíbula y se le cerró la garganta ante la revelación. Guardó silencio, pues se negaba a morder el anzuelo, a darle a su padre la satisfacción de obtener una reacción.

—Tu silencio es inútil —continuó Maximus mientras se quitaba la máscara y la colocaba sobre su regazo—. Lo sé desde hace meses. He rastreado todos los envíos. —Suspiró, y fue un sonido hueco—. Igual que sabía lo de Brooker.

El nombre sacudió a Greyson como una descarga. Él no tenía nada que ver con aquello, con la decisión de Greyson de ayudar a la rebelión.

—¿Qué? —La palabra le salió como un gruñido.

Maximus entrelazó las manos sobre el regazo.

—Tu hermano también era un traidor. ¿Lo sabías? —Negó con la cabeza y dejó escapar una suave risa—. Pues claro que no. Él era mucho más cuidadoso que tú. —Algo parecido al orgullo le tiñó la voz—. Más inteligente. Más paciente. Hasta que cometió un error fatal.

—Estás mintiendo —dijo Greyson, pero la duda ya había echado raíces.

Brooker siempre había sido reservado, siempre había mantenido escondidas partes de sí mismo, incluso ante él. Siempre había habido algo en su hermano, una especie de desafío que ni siquiera las lecciones más crueles de Maximus habían logrado apagar del todo.

—¿Eso crees? —preguntó su padre con suavidad—. ¿Por qué iba a mentir cuando la verdad es mucho más… instructiva ?

Se levantó y se acercó a la celda de Greyson.

—Brooker llevó una doble vida en el Cardinal durante años. Usó un alias, se hacía llamar Levi Pierce. Liberaba prisioneros de los centros de detención del Corazón. Desviaba recursos hacia los anillos. —Hizo una pausa cargada de significado—. Y se enamoró de una puta del Cardinal.

A Greyson se le cortó la respiración. No podía ser cierto.

Brooker, el hijo perfecto, el verdugo obediente…

¿Un rebelde? ¿Un traidor al Corazón? Y aun así…

tenía todo el sentido del mundo. Explicaba lo mucho que se había distanciado su hermano aquellos últimos meses, los comentarios extraños que Greyson había ignorado.

Las ausencias inexplicables, los horarios que tenía.

La forma en la que a veces lo miraba, con una disculpa, una tristeza que él nunca había llegado a comprender.

—¿Estás diciendo que era como yo? —preguntó Greyson al fin.

—Peor —respondió Maximus—. Tú solo traficas con suministros.

Tu hermano consiguió cosas importantes. Estaba organizando un levantamiento a gran escala.

Recabando información para un golpe de Estado.

—Negó con la cabeza—. Como imaginarás, no podía permitirlo.

Pero tampoco podía aceptar la vergüenza pública de desenmascarar y ejecutar en el cadalso la traición de mi hijo mayor.

Un sentimiento de comprensión inundó a Greyson y lo dejó congelado.

—Hiciste que lo mataran.

—Planeé su eliminación —lo corrigió Maximus—. En silencio. Con eficacia. A través de arreglos que nunca podrían relacionar conmigo. —Se dio la vuelta lentamente y desvió la mirada hacia la celda de Shadera—. Un encargo llevado a cabo por los sanguinarios. Por su mercenaria más talentosa.

Greyson sintió como si le hubieran echado una jarra de agua fría. Intentó girarse en la silla, intentó mirar a Shadera a través de la pared de su celda, pero lo único que consiguió fue que las ataduras se le hundieran más en la piel mientras lo retenían en su sitio.

—No —susurró, su voz apenas audible—. No, eso no… Me dijo que no fue ella.

—¿Y fuiste lo bastante estúpido como para creerla?

—le espetó Maximus antes de regresar a su silla y sentarse—.

Lo hice parecer un chivato —continuó—. Hice que pareciera que traicionaba a los mismos rebeldes con los que trabajaba.

Hice que su muerte pareciera justicia rebelde en lugar de un castigo de su padre.

—Una risa suave—. El contrato especificaba dejar su cuerpo en el centro del Corazón para que pareciera un acto brutal.

Una advertencia intencionada para aquellos ciudadanos del Corazón que se planteaban cruzar los anillos.

Tu sanguinaria realizó un trabajo impecable.

Greyson no podía respirar. No podía pensar. Shadera había matado a Brooker. Shadera había ejecutado a su hermano, había llevado a cabo el retorcido castigo de su padre.

Le había mentido.

—Estás mintiendo —repitió, pero las palabras ya sonaban vacías, un intento desesperado de convencerse a sí mismo de que aquello no era cierto. «No podía ser cierto».

—Pregúntaselo —sugirió Maximus a la vez que señalaba la celda de Shadera—. Pregúntale si recuerda la sensación de su hoja atravesándole la garganta, de su sangre calentándole las manos.

Esta vez ni siquiera intentó mirarla. No podía hacerlo.

—¿E-es cierto? ¿Lo hiciste tú?

Durante un largo instante, solo hubo silencio. Después, ella respondió.

—No lo sabía, Greyson. —Se rompió al pronunciar su nombre. Su voz, normalmente tan fuerte, tan desafiante, no era más que un susurro débil—. No sabía que era tu hermano.

Algo se rompió dentro de Greyson.

Se le escapó un pequeño sonido ahogado. Qué situación más absurda. Qué simetría más perfecta y retorcida. Era la manipulación definitiva de su padre.

—Ahí lo tienes —añadió Maximus en voz baja—. La verdad. La mujer de la que te has enamorado asesinó a la persona a la que más querías en este mundo.

«Enamorado».