29. ¿A qué precio?
Lo primero que notó Greyson fue el dolor.
Le irradiaba por el cráneo, martilleando al ritmo de los latidos de su corazón, arrastrándolo desde las negras profundidades de la inconsciencia.
Intentó levantar la cabeza, pero el leve gesto le provocó una agonía punzante en el cuello y en la columna y le arrancó un gemido de la garganta.
Notaba la lengua pesada y seca en la boca, con sabor a cobre. A sangre.
Se obligó a abrir los ojos y a parpadear contra la luz intensa que le apuñalaba las retinas.
La habitación fue tomando forma lentamente; los detalles emergían de la dolorosa claridad.
Una caja de cristal. Una sola lámpara en el techo, demasiado alta como para alcanzarla aunque lograra ponerse de pie.
Pero se dio cuenta de que no podía, ya que estaba atado a una silla.
No, atado no.
La palabra era demasiado suave, demasiado civilizada. Lo tenían amarrado. La misma cuerda roja gruesa que usaban para atar a los rebeldes le mordía las muñecas y los tobillos, inmovilizándole las extremidades. Un simbolismo retorcido, cortesía de su padre.
También la tenía alrededor del pecho, de la cintura, de los muslos; la cuerda lo mantenía soldado a la silla, como si intentara consumirlo. Sentía cómo se le formaban moratones bajo las ataduras, su piel gritando por la presión.
Comprobó la firmeza de las restricciones hasta que le ardieron los músculos y le sangró la piel.
La silla ni siquiera se movió. Echó un vistazo al suelo y se fijó en los gruesos tornillos que la mantenían sujeta al suelo de cemento.
Una silla de interrogatorio. Una silla para traidores y rebeldes, diseñada para mantener a su ocupante en ella sin importar cuánto luchara, sin importar cuánto peleara.
La ironía no le pasó desapercibida. ¿Cuántas veces había estado Greyson en salas similares, interrogando a rebeldes inmovilizados en una silla como aquella?
Siempre le había parecido que habría algo de dignidad en ello, una resolución estoica ante la muerte.
Pero se equivocaba. Allí no había dignidad, solo miedo y furia, y la creciente comprensión de su propia impotencia.
Le dolía la cabeza, y el dolor se agudizaba a medida que recobraba el sentido.
Notaba que la sangre seca que le cubría el rostro se resquebrajaba cuando apretaba la mandíbula.
Los recuerdos eran borrosos, fragmentados.
Los Veyra abalanzándose sobre ellos en el despacho de su padre.
Los dedos de Shadera arrancados de los suyos mientras los separaban a la fuerza.
Shadera.
Su nombre fue una sacudida para su sistema, un pico de adrenalina que despejó la niebla que se apoderaba de su mente. ¿Dónde estaba? ¿Le habían hecho daño? Se le arremolinaron las preguntas en el estómago, el miedo mezclándose con el ardor de la rabia.
Un sonido interrumpió sus pensamientos. Un golpe sordo, amortiguado pero inconfundible, que provenía de detrás de él. De la celda contigua a la suya. Se quedó inmóvil y agudizó el oído, apenas se atrevió a respirar.
Otro golpe. Luego otro. Después un grito, agudo y débil, cortado de golpe.
«No. No, no, no».
—¡Shadera! —gritó con la voz rota—. ¡Shadera!
La única respuesta que obtuvo fue el silencio. Silencio, y luego el inconfundible sonido de carne golpeando carne, y un gimoteo que lo atravesó como un cuchillo, inundándole las venas de terror y furia.
Le estaban dando una paliza. La afirmación se le asentó en los huesos como hielo, congelándolo de dentro hacia fuera. Estaba a tan solo una pared de distancia, soportando golpes que deberían haber sido para él.
Todo esto era culpa suya.
—¡Basta! —La palabra le desgarró las cuerdas vocales—. ¡Parad, ni se os ocurra tocarla!
Su voz rebotó contra el cristal y le devolvió un eco burlón. Inútil. Era un putísimo inútil.
—¡Estoy aquí! —gritó, y se peleó con las cuerdas hasta sentir que le cortaban la piel y le desgarraban la carne.
El dolor le recorrió los brazos, las piernas, el pecho, pero no era nada, nada comparado con la agonía que estaría sintiendo ella—.
¡Si queréis pegarle a alguien, pegadme a mí! ¡Hacedme daño a mí, malditos cobardes!
La única respuesta fue otro golpe, otro grito ahogado que rompió algo dentro de él. Se dio cuenta de que Shadera estaba intentando no gritar, intentando ser fuerte para no darles esa satisfacción.
Pero podía oír el precio que le estaba costando, cada quejido reprimido, cada jadeo sofocado. Se estaba rompiendo, agrietando, desmoronando bajo su brutalidad, y no había ni una sola cosa que él pudiera hacer al respecto.
—¡Por favor, hacedme daño a mí! —gritó con la voz rota.
No le importaba suplicar. No ahora que su dolor le resonaba en los oídos, le reverberaba en el cráneo. Se arrastraría, rogaría, se humillaría de cualquier forma que exigieran si así conseguía que se detuvieran. Si así la salvaba.
Un nuevo sonido cortó el aire: el impacto de algo más duro que un puño. El jadeo de dolor de Shadera siguió al inconfundible sonido de un hueso al romperse.
—¡Os mataré, desgraciados! —gritó Greyson mientras se desataba la furia en su cuerpo—. ¡A todos y cada uno de vosotros! ¡Os cazaré y os cortaré la garganta con mis propias manos!
Las amenazas brotaron de él, feroces y detalladas.
Describió con precisión cómo acabaría con cada uno de ellos, cómo se aseguraría de que el mundo presenciara sus muertes y las recordara.
Las palabras fluían como veneno, como sangre, como toda la oscuridad que había mantenido contenida durante tanto tiempo.
Pero sus palabras cayeron en oídos sordos. O quizá simplemente cayeron en oídos crueles, oídos que se deleitaban en su desesperación, en su angustia. Los golpes continuaron, implacables, despiadados, cada uno un nuevo infierno, una nueva lección en la profundidad de la brutalidad de su padre.
Entre sus gritos, entre los jadeos de Shadera y los golpes y la rabia que lo consumía todo, otra emoción comenzó a echar raíces en mitad del pecho de Greyson mientras oía cómo la torturaban. Una emoción que había estado negando, reprimiendo, ocultando.
Atado a aquella silla, oyendo su agonía, esa emoción exigía ser nombrada.
Aun así, se negó a hacerlo.
El llanto de Shadera se había vuelto más débil hasta diluirse en poco más que respiraciones entrecortadas y suaves quejidos rotos.
A Greyson se le encogió el corazón ante el sonido, ante el húmedo traqueteo que notaba en sus pulmones y que hablaba de daño interno, de heridas que quizá nunca sanarían.
—Shadera —susurró con voz rota—. Aguanta. Aguanta, por favor. Estoy aquí. Estoy contigo.
Los golpes finalmente cesaron y dejaron tras de sí un silencio ensordecedor. Greyson contuvo la respiración y se esforzó por oír cualquier sonido, cualquier indicio de que ella seguía respirando, de que seguía luchando.
Entonces, del terrible silencio, emergió un nuevo sonido. Pasos, lentos y medidos, resonando en el espacio más allá de su celda. El avance pausado de unos zapatos caros sobre el hormigón, cada paso una declaración de poder, de control.
Greyson conocía ese andar. Lo había oído en suelos de mármol y salones de baile de parquet, lo había sentido vibrar en sus huesos mientras se escondía en armarios cuando era niño.
Era el sonido de sus pesadillas, de sus miedos más oscuros y sus humillaciones más profundas.
El sonido de su padre.
Maximus Serel apareció ante él tras el cristal, con su máscara dorada reluciendo bajo la luz intensa.
Se detuvo frente a la celda de Greyson, con una postura relajada, casi perezosa en su arrogancia.
Cuando habló, su voz era el barítono rico y suave de un orador experimentado, un líder carismático. La personificación de una mentira.
—Oh, hijo mío.
A pesar del dolor, a pesar del miedo y de la angustia que le calaba hasta el alma, Greyson sintió cómo retraía los labios en un gruñido.
—Te voy a matar.
Shadera estaba atrapada en un mundo de sangre y dolor, cada terminación nerviosa le aullaba de agonía.
Los golpes se detuvieron de repente, la ausencia de un nuevo dolor le resultó casi tan impactante como su presencia.
Tomó una bocanada de aire temblorosa, saboreando el cobre en la lengua, sintiendo cómo le burbujeaba en los pulmones.
Parpadeó a pesar de la hinchazón que le cubría los ojos, entrecerrados a causa de la luz. Su celda fue tomando forma poco a poco; los detalles se filtraron a través de la neblina de la conmoción y de los esfuerzos de Maximus por romperla.
No se dejaría romper por el diablo.
La cuerda roja se le clavaba en la carne, tejida por todo su cuerpo en una grotesca red, atándola con tanta firmeza que no era capaz de distinguir dónde terminaba su piel destrozada y dónde empezaban las ataduras.
No era ajena al dolor, al encarcelamiento, a las crueldades que el Corazón reservaba para quienes consideraba enemigos. Pero esto…, esto era nuevo. Esto era íntimo, personal de una manera que la dejaba helada y que nada tenía que ver con el frío gélido de la celda.
Esto no era un interrogatorio. Era un mensaje. Una promesa del sufrimiento que se avecinaba, infligido no por información, sino por el puro placer de hacerlo.
Se le enfocó la vista mientras escupía sangre en el suelo. Levantó la cabeza todo lo que pudo para ver a Maximus de pie al otro lado del cristal, con la mirada clavada en el interior de las dos celdas, estudiando su cuerpo maltrecho como un artesano que admira su obra.
Y, para su horror, una parte de ella sintió alivio al verlo. Alivio de que su presencia significara una tregua, por breve que fuera, de la brutalidad. Alivio de que tal vez, solo tal vez, pondría fin a aquello, aunque solo fuera para ser él quien lo empezara de nuevo.