Sanguinaria (El Corazón 1) 28. Bienvenido a la REVOLUCIÓN #3
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28. Bienvenido a la REVOLUCIÓN #3

—Vale, pues empieza. Cuéntame todo lo que no sé.

Farrow negó con la cabeza, y un mechón de pelo le cayó sobre las facciones afiladas.

—Tenemos que esperar a los demás. Solo vamos a tener esta conversación una vez.

—¿Quiénes son los demás? —exigió saber Jameson; la frustración empezaba a apoderarse de su voz.

—Él —intervino Jaeger con una sonrisa ladeada en los labios mientras señalaba la puerta.

Jameson se volvió lentamente. Se le pusieron los pelos de punta cuando se encontró con la mirada de Callum Thane, el Intermediario. Desenfundó la pistola de inmediato y le apuntó a la cabeza. El grito ahogado de Farrow resonó a su espalda cuando Lira Serel entró en escena, sin máscara.

Lira se quedó paralizada en la entrada de La Boca del Lobo, con la mano suspendida sobre la pistola que llevaba sujeta al muslo.

Sabía a quién pertenecía cada una de las miradas clavadas en ella gracias a la vigilancia que había realizado durante años para los medios, pero se quedó mirando fijamente a una única persona: el capitán Mikel, con su impecable uniforme Veyra, sentado entre los rebeldes, como si estuviera en su propia casa.

El bar se sumió en el silencio. Hasta las luces de neón parecían contener la respiración mientras proyectaban colores sobre rasgos endurecidos tras años de supervivencia en el Perímetro.

La sangre decoraba el rostro de Jameson como pintura de guerra, tenía la ropa cubierta de manchas oscuras.

Lira reconoció la mirada que le dirigió: era la misma furia salvaje que había visto en su propio reflejo después de haberle pegado un tiro en la cabeza a Marcus Webb tan solo unas horas antes.

Callum se movió ligeramente para colocarse entre ella y el arma de Jameson. El gesto fue tan sutil, tan instintivo, que hasta Lira dudó de que él fuera consciente.

—Te aconsejo que apartes esa cosa de mí —le advirtió Cal­lum con un leve asentimiento hacia la pistola con la que le apuntaba a la cabeza. Tenía las manos a la vista, relajadas a ambos lados del cuerpo, pero Lira sabía que esas manos podían volverse un arma en cuestión de segundos.

Nadie se movió. La tensión aumentó, un hilo invisible a punto de partirse.

Callum rompió el silencio otra vez con una risotada que hizo que el aire se volviera todavía más pesado.

—Vaya, vaya, me sorprende la de traidores que estás juntando, Jaeger. —Desvió la mirada brevemente hacia Mikel—. Dime, ¿el capitán Veyra aún lleva el dispositivo de rastreo del presidente bajo la piel, o se lo quitaste antes de contarle todos tus secretos?

Mikel deslizó la mano de forma inconsciente hacia su antebrazo, donde Lira sabía que todos los Veyra de alto rango tenían implantado un dispositivo de rastreo. El gesto fue más que confirmación suficiente.

—Está limpio —respondió Jaeger—. Toda mi gente está limpia.

—Tu gente —dijo con desdén Jameson, quien seguía apuntando a Callum con la pistola—. ¿Desde cuándo la aristocracia del Corazón es tu gente, Jaeger?

—Desde que demostraron ser de mayor utilidad que tus arrebatos emocionales —intervino una voz nueva—. Baja el arma, Jameson.

Lira la reconoció de inmediato: Kestrel Farrow, la traficante de información más famosa del Cardinal. Su líder rebelde. La mujer cuyo contacto estaba en las pertenencias de Brooker.

—Parece que la princesa del reino por fin se ha animado a venir a jugar con los mayores —comentó Kestrel con una sonrisa ladeada—. Bienvenida a la rebelión, Lira Serel. Me preguntaba cuándo te pasarías al lado oscuro.

A Jameson le vaciló el arma; la confusión le cruzaba el rostro salpicado de sangre.

—¿Qué cojones está pasando aquí?

Jaeger pegó un puñetazo en la mesa, y a Lira se le heló la sangre ante el sonido, como un disparo en el silencio tenso. Una reacción condicionada, debido a los arrebatos violentos de su propio padre.

—Sentaos. Todos. Ya. —Cada una de las palabras de Jaeger cargaba con el peso de una orden, no de una petición—. No tenemos tiempo para estas gilipolleces territoriales.

A regañadientes, Jameson bajó el arma, aunque dejó el dedo cerca del gatillo por si acaso. Retrocedió hacia la mesa, pero no se sentó. Prefería tener una vista despejada de ambas entradas.

Callum animó a Lira a avanzar con un ligero toque en la parte baja de la espalda.

El contacto la ancló, la mantuvo en movimiento incluso mientras valoraba posibilidades, evaluaba peligros, preparaba respuestas.

Todo esto era terreno conocido para ella: navegar aguas sociales traicioneras, leer las corrientes de poder y las intenciones de la gente.

Lo llevaba haciendo desde que era niña en el gobierno de su padre.

La única diferencia era que se encontraba en otro escenario.

Un camarero apareció y les dejó una bebida delante a cada uno de ellos.

Lira observó que a los hombres y a Farrow les habían servido whisky , mientras que a ella le habían puesto vino.

Hasta aquí, en el borde del mundo, daban por supuestas pequeñas distinciones de clase.

Cogió la copa con cuidado y vertió el contenido sobre el suelo de hormigón.

Después, alcanzó la botella que se encontraba en el centro de la mesa y se sirvió dos dedos del líquido ámbar.

—He de admitir, Lira —dijo Farrow mientras hacía girar su bebida, sin dejar de mirarla—, que me sorprendió tu llamada.

Callum se volvió hacia ella de golpe con una expresión de sorpresa.

—¿Tu llamada? —La pregunta quedó suspendida sobre la mesa, cargada de implicaciones.

Lira le lanzó a Farrow una mirada de advertencia, que ella aceptó con una leve inclinación de cabeza. Algunas cosas todavía eran confidenciales.