Sanguinaria (El Corazón 1) 28. Bienvenido a la REVOLUCIÓN #2
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28. Bienvenido a la REVOLUCIÓN #2

A Jameson se le encogió el corazón en el pecho. Un dolor físico le irradiaba desde dentro, provocando que le doliera todo el cuerpo. Ese sonido abrió una grieta profunda en los cimientos de su ser, y la rabia llenó ese vacío mientras miraba hacia el Corazón.

Aquello era obra de Maximus Serel. El presidente que se sentaba en su torre, que ordenaba estas patrullas, que veía al Perímetro como una plaga que debía ser controlada en lugar de como personas que debían ser gobernadas.

El lamento de la madre cortó el aire nocturno, crudo y primitivo.

Era un llanto que Jameson había oído demasiadas veces en su vida, el sonido de una pérdida que no podía medirse, que no podía vengarse, que no podía sanar.

Sus lágrimas se mezclaban con la sangre de su hijo mientras lo mecía atrás y adelante, acariciándole el rostro con los dedos, como si intentara memorizarlo antes de que la muerte también le arrebatara eso.

La multitud permaneció en silencio con las cabezas inclinadas, una reverencia momentánea al dolor en medio de la violencia.

Algunos se quitaron el sombrero y se lo llevaron al pecho antes de arrodillarse junto a la madre.

Uno por uno, el Perímetro se arrodilló; la rabia hervía justo bajo la superficie, a la espera de la siguiente chispa que la encendiera.

Entonces, desde algún lugar al fondo de la multitud, una voz se alzó. Baja pero firme: el viejo himno. La canción que había iniciado todo aquello, la canción por la que tantos habían muerto para tener derecho a cantarla. Ya no era el antiguo himno prohibido.

Era la canción de la nueva rebelión.

Una segunda voz se le unió, luego una tercera. Pronto, docenas de voces cantaban juntas, llenando la calle con un sonido más peligroso que los disparos. A Jameson se le nubló la vista a medida que más voces se unían, y la música recorrió la calle como un trueno.

La madre levantó la mirada del cuerpo de su hijo, las lágrimas que le caían por las mejillas atravesando la sangre de su rostro, y añadió su voz rota al coro.

Jameson sintió que algo se abría dentro de él, una presa que había construido años atrás para contener el dolor, el miedo, la esperanza desesperada de que las cosas pudieran cambiar.

Se había convertido en el Fantasma, el contrabandista, el líder rebelde que se obligaba a ser inquebrantable por la causa.

Pero allí, rodeado por la gente del Perímetro, ensangrentados, pero no doblegados, afligidos, pero desafiantes, no podía mantener esa distancia. Aquella era su gente. Aquel era su hogar.

Las últimas notas del himno se desvanecieron, dejando tras de sí un silencio cargado de propósito. Los ojos de la multitud se volvieron hacia él, el reconocimiento visible en sus rostros. Sabían quién era. Lo que era.

Su protector.

Un hombre dio un paso adelante; tenía el rostro curtido a causa de los años expuesto al aire tóxico del Perímetro.

—Vienen a por nosotros —dijo, y su voz resonó en el repentino silencio—. ¿No es así?

—Sí —respondió Jameson, incapaz de endulzar la verdad—. El presidente está tramando algo. Algo grande. —Echó un vistazo a los coches patrulla en llamas, a los cuerpos esparcidos por toda la calle—. Y esto…, esto es solo el principio.

Al hombre se le tensó la mandíbula.

—Entonces lucharemos.

Murmullos de aprobación recorrieron la multitud. Jameson vio la determinación de sus rostros, la disposición a lanzarse contra la opresión del Corazón sin importar el coste. Sería una masacre. Ellos tenían tuberías y botellas, el Corazón tenía bombas.

—Pero no así —respondió con un tono más cortante de lo que pretendía—. No sin un plan. No sin unidad.

Los miró uno por uno para no olvidarse de sus caras: la anciana con su lanza improvisada, la joven pareja cogida de la mano, los niños observando desde las ventanas. Estas eran las personas por las que Shadera se había sacrificado. Estas eran las vidas que pendían de un hilo.

—Marchaos a casa —les pidió con más suavidad—. Atended a vuestros heridos. Llorad a vuestros muertos. Pero estad preparados. Cuando llegue el momento, y llegará pronto, os necesitaré a todos.

Dudaron, el fuego de la rebelión todavía ardiendo en sus ojos.

—Confiad en mí —añadió Jameson en un susurro—. No os dejaré luchar solos.

Lentamente, a regañadientes, la muchedumbre comenzó a dispersarse. Algunos se llevaban a los heridos, otros recogían a los muertos con manos cuidadosas. La madre permaneció arrodillada junto a su hijo, sus lágrimas ahora silenciosas, su dolor más allá de las palabras.

Jameson se arrodilló a su lado, ignorando la sangre que le empapaba los pantalones. Le acarició la mejilla y sintió cómo se le sacudía el cuerpo a causa de los sollozos mudos.

—Lo siento —dijo, pero sabía que esas dos palabras eran insuficientes.

Ella levantó la cabeza; tenía los ojos rojos y brillantes a causa de las lágrimas, pero le dedicó una mirada fría.

—Házselo pagar —susurró.

Jameson asintió una vez, una promesa solemne. Luego se levantó e hizo un gesto a dos hombres que se encontraban cerca. Ellos acudieron de inmediato.

—Ayudadla a llevar a su hijo a casa —les pidió, apoyando una mano en el hombro de cada uno—. Y aseguraos de que no entierre a su hijo sola.

Asintieron a modo de respuesta.

—Gracias —susurró Jameson mientras se daba la vuelta justo a tiempo para ocultar las lágrimas que comenzaban a abrirse paso a través de la sangre que le cubría el rostro.

Cumpliría esa promesa. Haría que pagaran.

Todos y cada uno de los líderes del Corazón.

Shadera se despertó de un puñetazo en la mandíbula; una cuerda roja la mantenía atada a la silla clavada al suelo.

Recibió otro golpe en el otro lado de la cara antes siquiera de poder recuperar la visión.

Oía los gritos de Greyson en algún lugar detrás de ella.

Creyó oír que gritaba su nombre, pero, antes de que sus palabras cobraran sentido, una porra la golpeó en la sien y le arrancó la consciencia de nuevo.

El camino que recorría Jameson para llegar a La Boca del Lobo estaba ahora despejado; las calles del Perímetro se vaciaban a medida que la noticia del enfrentamiento se extendía y la gente se retiraba a un lugar seguro.

No se molestó en limpiarse la sangre de las manos ni de la cara cuando se acercó al cuartel general de los sanguinarios. Así su aspecto hablaría por él.

Se oían los sonidos familiares del bar desde fuera del local: vasos tintineando, conversaciones en voz baja, alguna que otra carcajada. Todo normal, a pesar de que fuera el mundo se estaba desmoronando.

Empujó la puerta con el hombro y las conversaciones se cortaron de golpe. Todas las cabezas se volvieron hacia él, con los ojos muy abiertos al verlo. El silencio se extendió hasta que todo sonido se extinguió en la estancia.

Jameson dio otro paso adelante, dejando huellas de sangre sobre el suelo agrietado.

Docenas de ojos se clavaron en él: asesinos, informantes, rebeldes, todos unidos durante un breve momento en la evaluación del hombre que se encontraba ante ellos.

Lentamente, la gente empezó a levantarse de sus sillas con los vasos en alto a modo de homenaje silencioso; un reconocimiento por lo que había hecho esa noche.

Después, uno por uno, empezaron a golpear las mesas con los puños, un redoble constante que saturó el aire.

Esa noche les habían declarado la guerra. No con discursos ni proclamaciones, sino con sangre sobre el asfalto y fuego en las calles.

Jaeger se levantó para recibirlo, emergiendo de entre las sombras en su habitual mesa del rincón. Su rostro curtido permanecía impasible, pero sus ojos —esos fríos ojos grises que habían presenciado más violencia de la que Jameson jamás conocería— brillaban con orgullo.

—Bienvenido a la revolución, hermano —dijo mientras le tendía la mano a Jameson. Él la aceptó y envolvió los dedos ensangrentados alrededor de los de Jaeger.

Jameson guardó silencio al estrechársela.

Las palabras parecían insuficientes, triviales frente al peso de lo que acababa de hacer, de lo que estaba dispuesto a hacer.

El camarero dejó una botella llena de whisky frente a él en lugar del vaso habitual.

Él la abrió, le pegó un buen trago y dejó que el ardor le limpiara el sabor de la sangre.

Cuando por fin habló, tenía la voz ronca, despojada de cualquier emoción excepto la ira.

—Enviaron un convoy al Perímetro.

Jaeger asintió una vez, con firmeza.

—Lo sé, mis hombres te vieron encargarte de ello.

—¿Cuándo atacaremos?

—Pronto. —Jaeger hizo un gesto hacia la mesa, donde varios de sus hombres examinaban unos mapas y diagramas extendidos sobre el tablero—. Siéntate.

Jameson ignoró la orden; en su lugar, le dio otro trago al whisky mientras la puerta se abría a su espalda. Cuando se dio la vuelta, vio cómo aparecían armas por todo el antro como por arte de magia: pistolas, cuchillos, garrotes… Todas apuntando al recién llegado.

El capitán Mikel entró en el bar con el rostro serio, pero no le sorprendía la bienvenida. Llevaba el uniforme Veyra impecable, un marcado contraste con la sangre que cubría por completo a Jameson.

—Bajad las armas —ordenó Jaeger—. Está con nosotros.

Obedecieron a regañadientes, pero dejaron las armas a la vista; un recordatorio de que la confianza era un lujo que podrían retirarle en cualquier momento. Mikel se acercó a su mesa y se sentó a una distancia prudente de Jameson.

Kestrel Farrow entró en el bar por la puerta trasera, emergiendo de entre las sombras mientras colgaba una llamada y guardaba su tablet en un bolsillo; después, les dedicó una sonrisa.

—Hola, chicos —dijo, arrastrando las palabras a la vez que le pedía una copa al camarero—. ¿Preparados para acabar con el Corazón?

Jameson frunció el ceño y desvió la mirada hacia Mikel.

—¿Sabías que estaba metido en el ajo?

—Hay muchas cosas que yo sé y tú no, Vine —respondió ella al dejarse caer en una silla y echarla hacia atrás para balancearse sobre las patas traseras—. La rebelión del Cardinal juega un papel diferente al vuestro al encontrarse tan cerca del Corazón.

Él ignoró la pulla.