Sanguinaria (El Corazón 1) 28. Bienvenido a la REVOLUCIÓN
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28. Bienvenido a la REVOLUCIÓN

Jameson se coló por el estrecho espacio existente entre dos edificios en ruinas; las sombras lo envolvían igual que de costumbre.

Sintió cómo se le asentaba un peso en el pecho mientras avanzaba; no era miedo, no era esperanza, sino algo más oscuro que había ido cobrando fuerza desde que se había enterado de los votos.

El Perímetro olía a desesperación esa noche; el hedor habitual de residuos y vertidos industriales contaminados con miedo, con rabia. Lo notaba en el aire, presionándole la piel, filtrándose por las grietas de los muros que lo rodeaban.

Se le tensaron los dedos alrededor de la pistola enfundada bajo su chaqueta, ansiando liberarla.

«Veinticuatro horas». Veinticuatro horas desde que había estado en aquella habitación iluminada de azul, viendo a Shadera elegir el sacrificio en lugar de la huida.

Se había enfadado mucho con ella, pero ahora, tras pasear de un lado a otro, planear y destruir cosas en la privacidad de su escondite, esa ira se había convertido en respeto.

Captó un movimiento por el rabillo del ojo: un destello de luz al final del callejón. Jameson se quedó paralizado. Se pegó lo máximo posible a la pared mientras el zumbido mecánico de un vehículo se volvía más y más fuerte. Una patrulla Veyra. En las profundidades del Perímetro. A esas horas.

Aquello no estaba programado.

Se agachó detrás de un contenedor oxidado; el borde afilado del metal corroído se le clavó en la palma mientras se encogía.

El vehículo dobló la esquina y los faros cortaron la niebla infinita.

Su carrocería plateada brillaba de forma obscena contra el fondo de infraestructuras en ruinas y viviendas improvisadas.

Aparecieron otros tres vehículos y formaron un pequeño convoy que avanzaba lentamente por la calle estrecha.

A Jameson se le disparó el pulso. Cuatro vehículos implicaban la presencia de al menos treinta y dos agentes, posiblemente más.

No se trataba de una patrulla rutinaria. Era una declaración de intenciones.

El altavoz del primer vehículo cobró vida con un chisporroteo; la voz artificial resonó entre los edificios.

—Ciudadanos del Perímetro, por orden del presidente Serel, se decreta un toque de queda. Regresad a vuestras viviendas de inmediato. Se empleará fuerza letal contra aquellos que no obedezcan.

El mensaje se repetía mientras los vehículos avanzaban lentamente, el sonido resonando en la noche.

Jameson observó cómo se abrían las puertas a lo largo de la calle.

La gente no entraba, sino que salía. Primero uno, luego tres, después ya eran una docena de habitantes del Perímetro los que se encontraban fuera de los edificios, con los semblantes teñidos de algo que iba más allá de la ira.

Portaban armas improvisadas: tuberías metálicas arrancadas de las paredes, botellas rotas, bloques de hormigón.

Un hombre sostenía un machete oxidado que captó la luz del foco reflector de la patrulla, enviando un breve destello sobre la multitud reunida.

Los vehículos redujeron la velocidad.

—Dispersaos inmediatamente —ordenó la voz sintética—. Primer y último aviso.

La multitud no hizo caso. Creció, más gente emergió de entre las sombras de puertas y callejones hasta que casi cincuenta personas se plantaron en la calle. Su silencio era más inquietante que los gritos; una quietud concentrada y deliberada que hablaba de una decisión ya tomada.

Jameson reconoció las señales. El Perímetro había dejado de tener miedo.

La primera botella trazó un arco en el aire y se estrelló contra el parabrisas del primer vehículo.

El sonido fue como un disparo de salida.

La multitud se lanzó hacia delante como un solo cuerpo y se estampó contra el convoy Veyra en una ola de furia.

Las tuberías metálicas resonaban contra las carrocerías blindadas.

Los puños golpeaban las ventanas. Los cuerpos se apretaban contra las puertas para impedir que se abrieran.

El altavoz volvió a chirriar.

—¡Dispersaos ahora mismo o abriremos fuego! Es la…

Un bloque de hormigón atravesó la ventana lateral del vehículo, interrumpiendo la advertencia.

El cristal se hizo añicos y cayó sobre la calle mientras la multitud rugía.

Unas manos se colaron por la ventana para agarrar a los agentes.

El coche se balanceaba mientras más gente se apoyaba contra él hasta inclinarlo peligrosamente sobre dos ruedas, para después dejarlo caer de nuevo.

La puerta del segundo vehículo se abrió de golpe, y los Veyra salieron del interior con las armas en alto.

Los uniformes negros y los cascos reflectantes los hacían parecer insectos entre los colores apagados del Perímetro.

Uno pegó un tiro de advertencia al aire.

El estallido pareció congelar momentáneamente la escena: los Veyra en posición defensiva, la multitud quieta en su ataque.

Entonces alguien del fondo lanzó otra botella. Esta golpeó el casco de un agente y explotó en una lluvia de cristal y líquido. El Veyra se tambaleó, luego afianzó su arma y disparó directamente contra la multitud.

Una mujer se llevó las manos al pecho al caer mientras la sangre se extendía por su camisa como una flor obscena.

El rugido de la multitud se convirtió en un aullido.

Jameson se movió. Salió corriendo de detrás del contenedor mientras estallaba el caos en la calle, con su pistola ya en alto.

Los agentes Veyra se bajaban ahora de los vehículos para formar un círculo defensivo sin dejar de disparar contra la gente.

Los cuerpos caían, pero, por cada persona que se desplomaba, tres más parecían surgir de entre las sombras y se abalanzaban contra los Veyra con determinación suicida.

El agente más cercano se había separado de su unidad y retrocedía mientras tres hombres avanzaban en su dirección.

Dirigía el rifle de uno a otro alternativamente; el pánico resultaba evidente en sus movimientos bruscos.

Su espalda chocó contra la pared de un edificio; miraba en todas las direcciones de forma frenética en un intento de buscar una vía de escape.

No había ninguna. Alzó el rifle y disparó al rebelde que se encontraba más cerca.

Jameson llegó hasta él antes de que el cuerpo del hombre tocara el suelo.

Se movía como el agua a través del caos, deslizándose en el espacio entre el Veyra y el resto de sus atacantes.

El agente volvió la cabeza hacia él, pero la visera reflectante ocultó su miedo cuando Jameson presionó la pistola contra el hueco que quedaba entre el casco y el chaleco antibalas.

Jameson apretó el gatillo.

El motín devoró el sonido. Sangre y masa encefálica salpicaron la pared mientras el agente se desplomaba. Jameson ya se estaba moviendo y fijando como objetivo a su siguiente víctima con la eficiencia que le había hecho ganarse su reputación.

Un segundo Veyra se separó del grupo principal y empezó a alejarse de la multitud con su rifle en alto.

Lanzó dos disparos para derribar a un adolescente que había cargado contra él con un trozo de tubería.

El chico cayó, retorciéndose, gritando. El agente siguió disparando, bala tras bala perforando al crío caído hasta que dejó de moverse.

Eso no era protección. Era asesinato.

Ese cabrón iba a pagar por lo que había hecho.

La rabia cobró vida en el pecho de Jameson, una marea de ácido ardiente que amenazaba con explotar.

Rodeó al agente por detrás y cerró la distancia que los separaba de tres grandes zancadas.

Enroscó el brazo alrededor del cuello del Veyra y se lo giró con fuerza, poniendo todo su peso en el movimiento.

El chasquido de las vértebras separándose fue lo único que Jameson oyó mientras el crujido del hueso le recorría el antebrazo.

Dejó caer el cuerpo, en busca ya de su siguiente objetivo.

Ahora la calle estaba llena de violencia, los habitantes del Perímetro abrumaban a los agentes por pura superioridad numérica a pesar de ser estos los que contaban con armas automáticas.

La sangre oscurecía el cemento agrietado y convertía los charcos de vertidos químicos en piscinas carmesí que reflejaban las luces intermitentes de los coches patrulla.

Un tercer agente se tropezó con Jameson, sin casco, con el rostro expuesto y aterrorizado.

Cruzaron la mirada durante una fracción de segundo, tiempo suficiente para que el Veyra se percatara del frío propósito de Jameson, tiempo suficiente para que Jameson viera la súplica formándose en sus labios.

No dudó.

Deslizó el cuchillo hasta su palma, como una extensión de su brazo, y arremetió contra él en un único y fluido movimiento.

La hoja le abrió la garganta de oreja a oreja; una perfecta sonrisa carmesí le floreció bajo la barbilla.

La sangre le salpicó a Jameson en la cara, caliente y metálica.

El Veyra cayó de rodillas, con las manos alrededor de la garganta destrozada y la mirada clavada en Jameson mientras la luz de sus ojos se apagaba y se extinguía.

Cuando Jameson por fin levantó la vista, cuando apartó la mirada, vio la matanza. Vio los cuerpos de los Veyra esparcidos entre los rebeldes. Vio cómo los coches patrulla se incendiaban con cócteles molotov.

Permaneció allí quieto, en medio del caos, con la respiración agitada, la sangre deslizándosele por el rostro, las manos, empapándole la ropa. El cuchillo que sostenía brillaba rojo y húmedo a la luz del fuego.

A su alrededor, el Perímetro guardó silencio cuando una madre se abrió paso entre la multitud. La gente se apartaba mientras avanzaba en dirección a Jameson, en dirección al cuerpo que se encontraba tendido en el suelo a su lado.

En dirección a su hijo.

El grito de aquella madre fue el sonido más horrible que había oído en su vida. Su angustia resonó en la noche en llamas cuando se dejó caer de rodillas en el barro empapado de sangre y atrajo el cuerpo sin vida de su hijo hacia sus brazos.