Sanguinaria (El Corazón 1) 27. No me ha debilitado #6
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27. No me ha debilitado #6

—Como te prometí. —Le dio un beso en la sien y aspiró su aroma—. Pero ni mucho menos he acabado contigo.

Ella levantó la cabeza para mirarlo con una ceja arqueada.

—¿En serio?

—Humm. —Empezó a acariciarle la espalda con las manos, siguiendo la línea de su columna—. Tenemos que recuperar años.

El recuerdo del tiempo perdido hizo que los dos se pusieran serios. La expresión de Lira cambió mientras lo miraba a la cara, acariciándole la línea del mentón.

—Se acabaron los secretos —dijo en voz baja—. Se acabó lo de protegernos el uno al otro de la verdad.

—Se acabaron los secretos —convino él, y le cogió una mano para besarle la palma.

La tablet que había en la mesita de noche sonó, rompiendo el momento. Callum se tensó: esa alerta en concreto significaba noticias urgentes de su red. La cogió a regañadientes, consciente de que Lira lo miraba con curiosidad.

El mensaje le heló la sangre.

—¿Qué pasa? —preguntó Lira, a la vez que se incorporaba sobre un codo.

Volvió la pantalla para que ella pudiera verla y observó cómo se ponía blanca al leer el mensaje encriptado.

Verdugo y sanguinaria bajo custodia. Órdenes del presidente. Ubicación desconocida. Preparativos de los votos ceremoniales siguen adelante.

—No. —A Lira se le escapó la palabra en un susurro—. Tenemos que encontrarlos.

Callum ya se estaba poniendo los pantalones y una camiseta.

Su mente era un hervidero de posibilidades, contingencias, la red de informantes que podía activar.

Pero encontrar a unos prisioneros que el presidente quería ocultos sería casi imposible, incluso con sus recursos.

Cogió el arma que tenía escondida en el cajón de la mesita de noche y comprobó el cargador antes de guardársela en la cinturilla de los pantalones.

—Quédate aquí —le dijo, adoptando el tono frío de alguien que se estaba preparando para la guerra.

—Y una mierda —replicó Lira, que se bajó de la cama en busca de su ropa—. No pienso esconderme en tu dormitorio.

Callum quería discutir, insistir en que se quedara a salvo de la violencia que acarrearía esa noticia. Pero la expresión decidida de su cara le indicó que sería inútil. Esa era la nueva realidad entre ellos: se acabó lo de protegerse, se acabó lo de resguardarse el uno al otro.

Se colocó otra arma en una funda de tobillo y le dio a Lira una pistola más pequeña que tenía para emergencias. A Callum le vino la imagen de la cara de Marcus Webb cuando ella la aceptó y comprobó el seguro y el agarre en su mano.

—¿Seguro que sabes usarla? —le preguntó él.

Lo miró con una ceja levantada.

—¿No lo he dejado claro esta mañana? Dame una funda de muslo, que tengo que ocultarla debajo del vestido.

Callum no intentó ocultar la sonrisa que apareció en sus labios. Quizá Lira sí estaba preparada para su mundo. Sacó una funda de pistola del último cajón de la mesita de noche y se la dio antes de echar a andar hacia la puerta en busca de su equipo de vigilancia.

Se detuvo en el vano y se dio media vuelta para mirarla: su corazón, su alma, todo lo que le importaba. Sabía que, en cuanto diera un paso fuera de esa habitación, nada sería igual.

El salón estaba bañado en sombras a esas alturas, y las pantallas de seguridad proyectaban un resplandor azul sobre los muebles. Se movió en silencio por el suelo pulido, con todos los sentidos aguzados. La tablet que tenía en la mano volvió a sonar.

Reunión esta noche. Boca del Lobo. 22.00.

Ladeó la cabeza al ver el mensaje, considerando cuándo le había llegado. Una reunión de los rebeldes la misma noche que detenían a Greyson y a Shadera.

Alguien más le estaba pasando información al Perímetro.

Se guardó el dispositivo en el bolsillo, dejó la pistola en la mesa y revisó las imágenes de seguridad de la Torre Haven a doble velocidad, en busca de lo que fuera. De cualquier indicio que se le hubiera pasado por alto, de cualquier pista que pudiera indicarle adónde los había llevado Maximus.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Lira desde el pasillo, y, cuando levantó la mirada de golpe, no la vio con su vestido, sino con la ropa que él había guardado para ella en su casa, una silenciosa plegaria para que algún día pudiera ponérsela.

El corazón le dio un vuelco por la imagen.

Por ese sueño que se había convertido en realidad milagrosamente en el peor momento posible.

La miró fijamente durante un largo segundo, la forma en la que los pantalones negros se le ceñían a las curvas, la forma en la que el pelo castaño le caía sobre los hombros y la parte delantera del jersey gris de punto.

La pistola bien sujeta al lateral del muslo.

Callum carraspeó y se levantó de su mesa.

—Nos vamos a La Boca del Lobo.

Lira se quedó paralizada, mirándolo con sorpresa.

—¿A la guarida de los sanguinarios? Me matarán nada más verme.

—No si estás conmigo. —Enfundó la pistola, luego cogió un cuchillo que había en la mesa y lo guardó junto a sus otras armas—. Si Maximus cree que puede usar a nuestros seres queridos como peones, está a punto de descubrir exactamente de lo que soy capaz.