27. No me ha debilitado #5
Lira suspiró, arqueando el cuerpo hacia él mientras le rodeaba la cintura con las piernas, animándolo a penetrarla más.
—Joder. —La palabra fue un gemido que se le escapó de la garganta al metérsela hasta el fondo. Se quedó inmóvil por completo durante un instante, con los ojos cerrados para no correrse demasiado pronto, mientras ella jadeaba contra su cuello.
Después se obligó a abrir los ojos y a moverse contra ella, despacio, llegando al fondo, saboreando cada embestida.
Pegó la frente a la suya, y sus respiraciones se mezclaron en el poco espacio que los separaba.
Lira mantuvo los ojos abiertos, clavados en los suyos: una conexión más íntima que sus cuerpos unidos.
En esas profundidades azul oscuro él vio todo lo que siempre había deseado.
—Te quiero muchísimo —susurró, rozándole los labios con los suyos.
—Demuéstramelo —replicó ella, también susurrando, y Callum embistió al oír la orden.
Lira le clavó los dedos en los hombros, arañándole la piel con las uñas, mientras él marcaba un ritmo que la hacía jadear.
Cada embestida aumentaba la presión en su columna vertebral, el calor que se arremolinaba en lo más profundo de sus entrañas.
Pero se contuvo, decidido a complacerla primero, a verla estallar entre sus brazos.
Cambió el peso del cuerpo, modificando con ello el ángulo de sus embestidas, y fue recompensado con un jadeo agudo de Lira. Ella abrió los ojos, con las pupilas dilatadas por el placer, cuando alcanzó ese punto perfecto en su interior.
—Ahí —susurró ella con la voz entrecortada—. Justo ahí, no pares.
Callum aceleró el ritmo, penetrándola con fuerza controlada, con los músculos ardiendo por el esfuerzo de contener su propio clímax. Deslizó una mano entre sus cuerpos y empezó a acariciarle el clítoris con dedos expertos, al ritmo de sus embestidas.
—Más —jadeó ella, apretando los muslos a su alrededor—. Por favor.
—Córrete para mí otra vez —le pidió él con un gruñido grave en su oído—. Una vez más, amor mío. Déjame sentirte. —Rodó sobre el colchón, de tal manera que ella quedó encima sin romper la conexión.
La nueva postura le permitía verla por completo: la curva de su cintura, sus voluptuosos pechos, la forma en la que el pelo le caía alrededor de los hombros como una cascada oscura.
Lira le puso las manos en el torso, subiendo y bajando a su propio ritmo, obteniendo placer de él de una forma que le calentaba la sangre.
—Eres una diosa —susurró él, con las manos agarrándole las caderas para guiar sus movimientos—. Mi diosa.
El deje posesivo de su voz debería haberlo asustado, pero le parecía bien. Ella era suya, de la misma manera que él era suyo.
Siempre lo había sido.
La observó hipnotizado mientras ella lo montaba, mientras su cuerpo se movía con un ritmo que parecía reverberar por todo su ser. En un momento dado, lo miró, sus ojos se encontraron, y vio tal intensidad en su mirada que tuvo la sensación de que ella podía ver en lo más hondo de su alma.
Lira le clavó los dedos en el pecho a medida que empezaba a moverse más deprisa, con más urgencia. Su calor lo envolvía, lo aferraba, lo arrastraba cada vez más cerca del punto de no retorno con cada embestida.
Sintió que su control se desintegraba mientras se movía encima de él, con un ritmo implacable, llevándolo hacia un precipicio que intentaba evitar. Le apretó las caderas con las manos, clavándole los dedos en la suave carne en un intento por controlar sus movimientos, por alargar el momento.
—Todavía no —gruñó, pero ella se limitó a mirarlo con una sonrisa, una sonrisa perversa y elocuente que le encendió todavía más la sangre.
—Sí —susurró ella, y movió las caderas de un modo que le nubló la vista—. Ahora te toca a ti, Callie.
Las palabras destruyeron el poco control que le quedaba. Se incorporó y se apoderó de su boca con un beso desesperado mientras levantaba las caderas para salir al encuentro de las suyas. Lira jadeó contra sus labios, y el sonido lo atravesó mientras ella empezaba a contraerse a su alrededor.
—Así —gruñó él contra su garganta al sentir que se tensaba—. Córrete conmigo, Lira. Ahora.
Su quinto orgasmo fue demoledor. Lira gritó su nombre al tiempo que se tensaba a su alrededor en oleadas que provocaron su propio éxtasis con violencia.
La sensación de que estallara a su alrededor prolongó su placer hasta que creyó que iba a perder el sentido por la abrumadora intensidad.
Gimió contra su hombro y la penetró varias veces mientras se corría en su interior, con un placer tan agudo que rayaba en el dolor.
Se le tensaron todos los músculos antes de relajarse tan deprisa que se quedó tembloroso debajo de ella.
Se le nubló la vista mientras el éxtasis le corría por las venas, arrasando con cualquier pensamiento, con cualquier sensación que no fuera ella. Que no fuera aquello.
Se dejaron caer en la cama juntos, una maraña de brazos y piernas, sudorosos y con el corazón acelerado.
La rodeó con los brazos, pegándola a su pecho como si creyera que iba a desaparecer si los aflojaba.
Ella respiraba, jadeante, contra su cuello, y cada exhalación le provocaba escalofríos en la piel.
—Cinco —susurró ella después de unos segundos, con un deje satisfecho en la voz que le arrancó una carcajada.