27. No me ha debilitado #3
—No me importa —dijo Lira por fin, bajando la voz hasta convertirla en un susurro feroz—.
Me da igual la violencia que haya habido en tu vida, Callum.
No me importa lo que hayas hecho, a quién le hayas hecho daño, a cuántos hombres hayas torturado o matado.
—Se acercó a él con pasos lentos—. No me importa si Greyson se enfada, si mi padre lo prohíbe.
No me importa nada de eso. —Sus ojos no se apartaron de los de Callum en ningún momento—.
Porque te quiero. Te he querido durante años, mientras pensabas que me estabas protegiendo, mientras guardabas secretos, mientras contenías caricias porque lo hacías por mi bien.
Callum apretó los dientes al oír sus palabras, como si no pudiera creer que las estuviera diciendo. Que ella siguiera sintiendo lo mismo después de todos esos años.
Lira nunca había dejado de amarlo. Ni por un solo segundo. Su corazón, su cuerpo y su mismísima alma habían sufrido por él. Habían llorado por el amor perdido a causa de un hombre que tenía demasiado miedo de corresponder sus sentimientos.
En ese momento estaba tan cerca que podría tocarlo, pero no lo hizo. Todavía no. No hasta que hubiera dicho todo lo que llevaba cinco años esperando expresar.
—No soy un objeto frágil y quebradizo. No quiero que me toquen como si fuera a romperme en cualquier momento —siguió, y las palabras fluían sin pausa a esas alturas—.
Soy una mujer en un sistema diseñado para reducirnos a la nada, para despojarnos de nuestro valor, nuestra dignidad y nuestros derechos.
He sobrevivido a él y no me ha debilitado, no me ha sometido, me ha enfurecido .
Tanto que a veces casi ni puedo respirar.
—Hizo una brevísima pausa y enderezó los hombros—.
Las mujeres somos la columna vertebral, los cimientos, la fuerza inquebrantable que no flaquea ni siquiera cuando los hombres se suben a nuestra espalda para hacerse con el poder.
Así que no, Callum, no soy frágil. Las grietas de mi alma no son roturas: son venas unidas por la rabia.
Y hará falta algo más que las manos de unos hombres para matar mi espíritu o para quebrar mi voluntad.
—Por fin se acercó a él y le rodeó una muñeca con los dedos, sintiendo que se le aceleraba el pulso bajo su tacto—.
No necesito tu protección. Necesito tu sinceridad.
Necesito tu confianza. Te necesito a ti por entero: al despiadado dueño del club, al hombre amable que sé que eres, al informante rebelde. Todo.
El silencio que siguió fue electrizante, cargado de un potencial que se había estado acumulando entre ellos durante años.
Callum examinó su rostro como si la viese por primera vez.
Como si la viese de verdad, no la máscara que llevaba por el Corazón, no la chica a la que tenía que proteger, sino la mujer que había sobrevivido y se había hecho más fuerte gracias a sus cicatrices.
Levantó la mano despacio, titubeante, para acariciarle una mejilla.
Su contacto fue distinto en esa ocasión; ya no era cuidadoso, sino honesto en su vulnerabilidad.
—Eres lo único que siempre he deseado —dijo por fin, con voz ronca y tono rudo—.
Lo único sincero que hay en mí es lo que siento por ti.
—Por un momento, las palabras flotaron entre ellos, temblorosas y vivas.
Su voz, siempre un instrumento cuidadoso, era descarnada, desnuda.
No había en ella cálculo, ni actuación, ni intento de seducir o de desviar la atención.
Parecía casi pequeño, casi asustado, como si al expresar la profundidad de sus sentimientos se arriesgara a que lo consumiesen—.
Lira, eres… —Tomó una bocanada de aire para recomponerse—.
No te merezco. Después de todo lo que te he hecho pasar, no te merezco y lo sé.
Pero necesito que sepas que eres la razón por la que sigo luchando, la razón por la que creo que quizá todavía hay algo en este mundo que merezca la pena salvar.
Porque si alguien como tú puede existir, si alguien tan amable, tan valiente y tan valiosa como tú puede seguir manteniéndose erguida después de todo lo que ha soportado, entonces quizá todavía haya esperanza para el resto.
Lira sintió como si su cuerpo flotara en algún lugar por encima de ella mientras escuchaba sus palabras. El pulgar de Callum le rozó el pómulo, secándole una lágrima que no se había dado cuenta de que había resbalado.
—Te admiro muchísimo. Admiro tu resiliencia, tu inteligencia, tu capacidad de amar en un mundo que te ha demostrado tan poco amor. Eres una puta fuerza de la naturaleza, y yo solo soy un hombre con la suerte de estar en tu presencia.
Lira sintió que le ardían los ojos y que la emoción le oprimía la garganta.
—No quiero seguir escondiéndome de ti —susurró él, sin apartar la mirada de la suya—.
Quiero dejar de fingir que no estoy enamorado de ti hasta el tuétano.
Quiero que lo conozcas todo de mí, incluso las partes de las que me avergüenzo, incluso esas que pensé que alejarían a una mujer como tú.
Porque tienes razón: no eres frágil. Eres la persona más fuerte que he conocido en la vida.
Y te confío mi verdad, mi corazón, lo que soy.
—Se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la suya.
Su aliento se entrelazó con el de ella. Apenas si había distancia entre sus labios—.
Te quiero —susurró, y sus palabras fueron como un juramento, una plegaria—.
Siempre te querré, en esta vida y en la que venga después.
Eres mi principio y mi fin, Lira Serel, y lo siento.
—Tomó una bocanada de aire entrecortada—.
Siento muchísimo no habértelo dicho hace cinco años y haberte hecho perder tanto tiempo.
En ese momento, con esas palabras y la última luz del día desvaneciéndose a su alrededor, Lira sintió algo en lo que había dejado de creer hacía mucho tiempo. Esperanza.
—Te quiero, Callie.
Esas tres palabras se filtraron en el pecho de Callum y sus labios se estrellaron contra los de Lira antes de que pudiera pensárselo dos veces, antes de que el hábito de la contención pudiera reafirmarse.
El beso no demostró ni un ápice de su habitual control.
Fue desesperado y voraz. Años de deseo vertidos en un único punto de contacto.
La boca de Lira se abrió debajo de la suya mientras le enterraba los dedos en el pelo y lo acercaba a ella con una fuerza que desafiaba la suya.
Atrás había quedado la delicadeza que siempre le había demostrado, sustituida por el anhelo descarnado que llevaba tanto tiempo manteniendo a raya.
Le buscó la cintura con las manos, atrayéndola hacia él con una urgencia que igualaba los latidos acelerados de su corazón.
Callum le devoró los labios, un ansia liberada después de años de privación.
Había imaginado ese momento innumerables veces —había soñado con él, lo había anhelado—, pero la realidad eclipsaba la fantasía de formas inimaginables.
El suave jadeo que se le escapó a Lira cuando la empujó contra la pared hizo que una descarga le corriera por las venas.
Cinco años. Cinco putos años desperdiciados en nobles intenciones y protección mal entendida.
La levantó, deslizándole las manos por debajo de los muslos mientras ella le rodeaba la cintura con las piernas. Su peso y el calor de su cuerpo contra el suyo le hicieron sentir como si volviera a casa después de toda una vida de exilio.
—Lira —susurró contra sus labios, poniéndole fin a regañadientes al beso para mirarla. Necesitaba verle la cara, necesitaba saber que aquello era real, que ella era real, y no otro sueño tortuoso del que despertaría solo y dolorido—. ¿Estás segura?
Ella lo miró a los ojos, con las pupilas dilatadas por el deseo y los labios hinchados. Verla así, despeinada, ansiosa, contemplándolo con un anhelo tan descarnado, hizo que le flaquearan las rodillas.
—Nunca he estado tan segura de nada —contestó ella también susurrando mientras empezaba a desabrocharle la camisa con gestos frenéticos, impaciente, exigente.
Él volvió a apoderarse de su boca, incapaz de resistirse más a su atracción. Lira terminó de abrirle la camisa y sus dedos le dejaron un reguero de fuego en el torso mientras exploraban cada plano de sus músculos, como si se lo estuviera grabando en la memoria.
La llevó hacia el dormitorio, renuente a separarse de ella ni siquiera esa corta distancia. La casa se difuminó a su alrededor: el lujoso mobiliario, las pantallas de seguridad, las pruebas de su doble vida… Nada de eso importaba ya. Solo importaba ese momento, solo importaba Lira.
La puerta del dormitorio se estampó contra la pared cuando la abrió de una patada, sin importarle la marca que iba a dejar.
Los últimos rayos del atardecer se filtraban por las ventanas, bañando la habitación con una luz dorada que se le reflejaba a Lira en el pelo y se lo iluminaba como una corona de fuego.
La dejó con suavidad en la cama, sin apartar los ojos de los suyos mientras se quitaba la camisa y la tiraba a un lado.
—Eres preciosa —murmuró, devorando la imagen de ella tumbada entre sus sábanas, con el pelo extendido a su alrededor como una llama oscura contra la tela—. Tan guapa que a veces duele mirarte.
Le puso las manos en las caderas. La confianza que vio en los ojos de Lira hizo que algo se retorciera en su interior.
Después de todo (los secretos, la distancia, los años de medias verdades), Lira seguía mirándolo como si fuese digno de ella.
Como si fuese algo más que la sangre que le manchaba las manos y las mentiras que tenía en la lengua.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella, incorporándose sobre los codos. La preocupación empezaba a reemplazar el deseo en su cara, y eso no podía soportarlo.
—Tengo miedo —admitió él, y las palabras le dejaron la garganta en carne viva—. Miedo de que, una vez que te tenga de nuevo, nunca pueda permitir que te marches.