Sanguinaria (El Corazón 1) 27. No me ha debilitado #2
75%

27. No me ha debilitado #2

—Nadie se interpondrá en mi camino. Ni los anillos.

Ni mis enemigos. Ni mi propia sangre. —Rodeó la mesa con paso tranquilo y se detuvo justo delante de ella—.

Y mucho menos una escoria de los sanguinarios como tú, Shadera Kael.

—Su voz se redujo a un susurro para añadir—: ¿Crees saber lo que es el poder?

¿La crueldad? Todavía no has visto nada.

Cuando esto termine, cuando hayas cumplido tu propósito, morirás como todos los demás, como ejemplo para todos los que se atrevan a desafiarme.

La puerta doble se abrió de golpe a sus espaldas. Mikel entró, flanqueado por otros seis Veyra, con las armas desenfundadas.

—Padre… —dijo Greyson con una furia ardiente en la voz.

—Lleváoslos —ordenó Maximus, que retrocedió un paso—. Celdas separadas. Sin contacto hasta la ceremonia.

Los Veyra se abalanzaron sobre ellos como lobos.

Shadera sintió unas manos agarrándole los brazos, separándola a la fuerza de Greyson.

Se aferró a su mano, luchando de forma instintiva.

Le dio un codazo en la garganta a uno de los hombres y lo oyó atragantarse mientras trastabillaba hacia atrás.

A otro le asestó una patada en las corvas.

—¡Shadera! —La desesperada voz de Greyson atravesó los atronadores latidos de su corazón—. No luches contra ellos, te harán daño.

Sintió un golpe entre los omóplatos que la postró de rodillas.

Alguien le enterró las manos en el pelo y le dio un tirón para echarle la cabeza hacia atrás mientras separaban sus dedos de los de Greyson.

Y en ese momento lo sintió, un miedo real y agudo mientras se aferraba frenéticamente a él con las uñas.

Vio a Greyson forcejeando contra tres hombres, con la mirada clavada en la suya incluso cuando lo tiraron al suelo. La rabia se reflejó en sus ojos cuando la golpearon con la culata de un rifle en el centro del abdomen.

Se encogió, y el aire se le escapó de los pulmones, ahogándose mientras intentaba respirar.

—¡No la toquéis! —rugió Greyson justo cuando le asestaban un puñetazo en la mandíbula.

El crujido de su nariz al romperse llenó el aire mientras a ella le colocaban una bolsa negra en la cabeza, sumiéndola en la oscuridad.

Gritó, un sonido sin palabras de puro odio, forcejeando contra las manos que la inmovilizaban.

Y luego gritó el nombre de Greyson, frenética y aterrorizada, mientras sentía que la levantaban del suelo y se la llevaban.

Su propio nombre le llegó como un eco, cuando la voz de Greyson atravesó la tela mientras ella extendía las manos a ciegas en la oscuridad, buscando con los dedos algo, a alguien, a él.

Lira vio que la luz del atardecer se filtraba a través de los ventanales del piso de Callum, dibujando largos dedos dorados sobre el suelo pulido. Las sombras se habían alargado desde que llegó, extendiéndose hacia ella como un reloj amenazante.

Ni una palabra de Greyson ni de Shadera, ni un mensaje…

, solo las huecas palabras de tranquilidad que Callum le ofrecía cada vez menos convencido a medida que pasaba el tiempo.

Recorrió con el dedo el borde de su vaso de whisky, que no había probado siquiera, concentrándose en el tacto frío del cristal contra la yema para desentenderse del pánico que le atenazaba el estómago.

—Están bien —le dijo Callum desde el otro lado del salón, sin levantar la mirada de las imágenes que supervisaba en su tablet—. A tu padre le gusta hacer esperar a la gente. Es una demostración de poder.

—Eso no lo sabes —replicó Lira, con voz inexpresiva, mientras clavaba los ojos en su propia máscara, que descansaba en la mesita del sofá—. Hay algo en todo esto que no me cuadra.

Callum dejó la tablet con un suspiro y se pasó una mano por su abundante pelo castaño. Llevaba un rato paseándose de un lado para otro, revisando sus redes, pidiendo favores para reunir migajas de información… Todo en vano.

—Todavía es pronto —insistió, aunque la tensión de sus hombros delataba su preocupación—. Si hubiera pasado algo, ya nos habríamos enterado. Al Corazón le encantan los cotilleos.

Lira no replicó. Su padre era muchas cosas, pero no podía decirse que fuera predecible. Ya no. No desde que el creciente malestar en los anillos había empezado a corroer su control, su poder. Un animal acorralado era más peligroso cuando sentía que le estaban arrebatando su territorio.

Callum se sentó a su lado en el lujoso sofá, lo bastante cerca como para que ella pudiera sentir su calor, pero sin tocarla.

Se había mostrado cauteloso con ella desde por la mañana; desde que le metió una bala en la cabeza a Marcus Webb, desde que la verdad sobre su pasado salió de sus labios como si estuviera librándose por fin de un veneno.

La cautelosa distancia que ahora los separaba era nueva, desconocida, como si temiera que ella pudiera hacerse añicos con su tacto.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le preguntó de repente en voz baja. La pregunta que había estado flotando entre ellos todo el día, pero que no se había formulado hasta ese momento.

Los dedos de Lira apretaron más el vaso.

—¿Qué habrías hecho si te lo hubiera contado?

Callum se quedó en silencio durante un buen rato.

—Los habría matado.

—Exacto. —Se volvió para mirarlo a los ojos—. Habrías acabado en ese cadalso, y no podía arriesgarme a perderte también.

—Eras una cría —dijo él con las palabras atascadas en la garganta—. ¡Una cría , Lira! Y se suponía que yo debía protegerte. Todos debíamos protegerte.

—¿Protegerme? —Se le escapó una carcajada amarga—. Ese nunca fue tu trabajo, Callum. Ese era el deber de mi padre. El deber de mi madre. Y fallaron.

Algo parecido a la culpa apareció en el rostro de Callum, y ella se dio cuenta de que se estaba culpando a sí mismo por no haberlo visto, por no haberlo sabido. Por no haberla salvado de un horror que había ocurrido incluso antes de que se hicieran íntimos.

—Ni se te ocurra —dijo con voz áspera—. No tengo fuerzas para consolar tu vergüenza masculina. —Hizo una pausa y luego suspiró antes de añadir con un tono más suave—: No cargues con una culpa que no te corresponde. Tú tienes tus propias pesadillas por sobrevivir en este lugar.

—Lo siento —susurró él—. Durante todos estos años he pensado que te estaba protegiendo de las feas realidades del Corazón, de la violencia y de la corrupción.

He pensado que necesitaba protegerte de las cosas que he hecho, de las decisiones que he tomado.

—Apretó los puños contra los muslos—. Y, durante todo este tiempo, eras tú quien me protegía a mí.

Lira dejó el vaso en la mesa.

—¿Por eso me mantuviste alejada todos estos años? ¿Por qué nunca me has contado nada de lo que haces para la rebelión? ¿Porque pensabas que necesitabas protegerme de la verdad?

—Sí —admitió él después de una pausa—. Por eso y… porque no quería que tuvieras que elegir. Entre tu familia y yo. Entre tu deber para con el Corazón y yo.

Lira lo miró fijamente, sintiendo que el pecho le ardía de repente por una intensa ira.

—Creía que había encontrado a un hombre en quien podía confiar —dijo, pronunciando cada palabra con precisión y dureza—.

Alguien que me veía como a una igual, no solo como a una hija de los Serel a la que usar o proteger.

Y ahora me entero de que me has estado ocultando la mitad de tu vida, tomando decisiones sobre lo que yo era capaz de soportar, sobre lo que debía saber.

—Meneó la cabeza—. Estoy enfadada, Callum. Estoy cabreadísima.

—¿Conmigo? —le preguntó él, sin apartar los ojos de los suyos.

—Con todos —respondió Lira—. Con el puto mundo en el que vivimos. —Su voz se endureció—. Y contigo también, sí. Por pensar que era demasiado frágil para soportar tu verdad.

—Nunca se me ocurrió que tú… —protestó Callum, pero lo interrumpió.

—¿No se te ocurrió? —Se puso en pie, alejándose de él, porque necesitaba espacio mientras las palabras brotaban de su boca—.

Me has tratado como si fuera de cristal desde que nos conocimos.

Siempre muy cuidadoso, muy controlado en relación conmigo.

Sin dejarme ver nunca al hombre capaz de torturar a Marcus Webb esta mañana, al hombre que se deshace de cadáveres sin pensárselo dos veces.

—Se volvió para mirarlo—. ¿Pensabas que saldría corriendo entre alaridos?

¿Pensabas que era tan ingenua como para no darme cuenta de lo que haces en tus clubes?

Callum se puso en pie, dejando entrever su propia ira.

—¿Crees que quería ocultarte mi verdadero yo? ¿Que he disfrutado haciéndolo? —Se acercó a ella—. Intentaba ofrecerte un puto rincón en esta ciudad que no estuviera empapado de sangre y de traición, Lira. Una relación que no se basara en la violencia y el miedo.

—Así que, en cambio, la construiste sobre mentiras. —Las palabras salieron de su boca más alto de lo que pretendía—. Nunca quise ser ese objeto precioso y perfecto que guardabas en un estante, ajeno a la suciedad de tu vida real.

—¡Y yo nunca quise ser el hombre que se sumara a tus pesadillas! —gritó él, perdiendo por fin el control—. ¿Sabes lo que siento cuando pienso en lo que te sucedió? ¿Cuando pienso que he pasado años en esta casa contigo, hablándote, deseándote, y sin sospechar siquiera el dolor que arrastrabas?

La cruda honestidad de su voz la detuvo. Lo miró fijamente y vio la angustia en sus ojos, el odio hacia sí mismo. Se quedaron el uno frente al otro, cada uno en un extremo del salón, dos personas que habían pasado años sorteando una verdad que ninguno de los dos había tenido el valor de nombrar.