Sanguinaria (El Corazón 1) 27. No me ha debilitado
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27. No me ha debilitado

Shadera sintió el peso de la mirada de Maximus Serel a través de su máscara mientras los conducían a Greyson y a ella al impecable despacho en lo alto de la Torre Haven.

Los ventanales del suelo al techo ofrecían una vista propia de un dios de la ciudad que se extendía más abajo.

Su ciudad. Su gente. Su propiedad. Mantuvo la espalda recta pese al agotamiento que le lastraba las extremidades.

El presidente estaba sentado a su mesa, con la máscara dorada reflejando la luz de la tarde que se filtraba a través del cristal antibalas. Incluso sentado, incluso en silencio, dominaba la estancia.

Mikel salió del despacho, y la puerta se cerró detrás de ellos con un suave siseo neumático, dejándolos encerrados con el monstruo que gobernaba esa ciudad.

El cuerpo de Greyson era una línea rígida a su lado, presa de una tensión que notaba brotar de él en oleadas.

También notaba la rabia que él luchaba por contener con cada respiración mesurada mientras miraba fijamente a su padre.

—Sentaos —les ordenó Maximus, y esa única palabra vibraba de desdén.

Dos sillas esperaban delante de la enorme mesa. Greyson se movió primero, colocándose un poco por delante de ella, a modo de sutil escudo contra su padre. El gesto no le pasó desapercibido a Maximus, que ladeó la cabeza ligeramente.

Mientras se sentaban, Greyson se inclinó hacia ella, rozándole un hombro con el suyo. Un pequeño gesto. Una promesa. Estaban juntos en eso, les gustara o no.

—He oído rumores —dijo Maximus, dejando sobre la mesa la tablet que había estado examinando cuando entraron.

Hablaba con voz suave, casi agradable, lo que de alguna manera hizo que a Shadera se le erizara el vello de la nuca más rápido de lo que lo habría hecho cualquier amenaza—.

Rumores sobre actividades nocturnas que me preocupan.

Ninguno de los dos habló. El silencio se prolongó hasta convertirse en algo tenue, frágil.

Se oyó una risilla detrás de la máscara dorada, un sonido hueco y artificial.

—Una de mis unidades Veyra no se presentó después de su misión de anoche. Ocho hombres que desaparecieron… sin más. —Empezó a tamborilear sobre la mesa con los dedos—. ¿Me lo explica alguno de los dos?

Shadera mantuvo una expresión neutra detrás de la máscara, con la mirada fija en un punto justo por encima del hombro de Maximus.

No le daría la satisfacción de reaccionar, no traicionaría el recuerdo que acababa de pasarle por la mente: la sangre salpicando las baldosas de la cocina; su dedo apretando el gatillo; las manos de Greyson recorriéndole el cuerpo.

A su lado, Greyson se inclinó hacia delante y ella sintió que se le cortaba la respiración. Greyson iba a mentir. Tenía que mentir.

«¡No me jodas, miente, por favor!», pensó.

—Los maté.

Las palabras cayeron en la estancia a plomo, como los cuerpos de los rebeldes en el cadalso. Shadera giró bruscamente la cabeza hacia él, paralizada por la incredulidad. ¿Qué coño estaba haciendo?

Maximus se quedó completamente inmóvil.

—Los mataste tú —repitió despacio el presidente—. ¿A los ocho?

—Sí. —La voz de Greyson era inexpresiva, carente de toda emoción. La voz de un verdugo.

—¿Solo? —La pregunta tenía un tono peligroso.

—Solo.

La estaba protegiendo.

Maximus se acomodó en su sillón. La máscara dorada proyectaba reflejos centelleantes que bailaban sobre su mesa.

—Qué raro. Mis fuentes me dicen que hubo dos personas enzarzadas en el enfrentamiento. No una.

—Tus fuentes se equivocan —replicó Greyson con serenidad.

—¿Y te encargaste tú solo de ocho Veyra entrenados? —preguntó Maximus, y cada palabra rezumaba escepticismo.

—Tu entrenamiento me fue muy útil, padre. —La voz de Greyson adquirió un tono cruel que igualaba al de Maximus—. ¿O se te han olvidado las lecciones que tanto disfrutabas enseñándome?

El golpe dio en el blanco. Shadera lo vio en la sutil tensión de los hombros de Maximus, en su forma de curvar los dedos contra la superficie pulida de su mesa.

—Admites haber matado a esos hombres —dijo Maximus al cabo de un momento, midiendo cada palabra—. ¿Entiendes lo que eso significa, Greyson? Incluso para el verdugo, incluso para mi hijo, eso es traición. La traición se castiga con la muerte.

—Irrumpieron en mi casa, amenazaron a mi prometida —adujo él, manteniendo un tono firme—. Estaba protegiendo lo que es mío.

«Mío».

La palabra hizo que Shadera se estremeciera, pero ocultó su reacción, consciente de lo que él estaba haciendo. Estaba interpretando el papel que su padre esperaba de él: el privilegiado miembro de la élite del Corazón defendiendo su territorio, su posesión.

—Lo que es tuyo —repitió Maximus, observando a Shadera, que sintió su mirada recorriendo su cara y su cuerpo, evaluándola de tal forma que le puso los pelos de punta—. Es curioso que te hayas vuelto tan protector con la mujer que enviaron para matarte.

—Ya es casi como si fuera mi esposa. —Greyson posó la mano en el muslo de Shadera, un gesto relajado, pero intencional. Una reivindicación—. Entrar en mi casa sin permiso fue una tontería. Pensé que tal vez era un equipo enviado para rescatarla y actué en consecuencia.

Maximus se mantuvo en silencio un buen rato. Cuando volvió a hablar, su voz tenía otro tono.

—Quizá debería traer a tu hermana para interrogarla; parece estar al tanto de los entresijos de tu vida. Tengo entendido que Callum Thane y ella estuvieron en tu apartamento esta mañana temprano.

Shadera sintió que el cuerpo de Greyson se tensaba y que flexionaba los dedos sobre su muslo al mencionar a Lira. Una palabra equivocada, un movimiento en falso podría matarlos a todos. Le cogió la mano y le rodeó los dedos con los suyos para darle un apretón.

—Los votos ceremoniales tendrán lugar dentro de tres días —dijo ella, obligándose a hablar con voz tranquila, aunque el corazón le latía con fuerza en el pecho—.

Callum y Lira llegaron para ayudarnos con los preparativos.

Greyson me llevó al Corazón anoche para celebrarlo. Yo… me pasé con la bebida.

Greyson giró la mano y entrelazó los dedos con los suyos. Entendía lo que ella pretendía y le estaba siguiendo el juego.

—Callum se ofreció a aumentar la seguridad para darnos intimidad —siguió ella, mintiendo con facilidad—. Para que pudiéramos conocernos de verdad antes de la ceremonia.

La mirada de Maximus se posó en sus manos entrelazadas, y una risa ahogada brotó de detrás de su máscara.

—Qué tierno —replicó, y sus palabras rezumaron condescendencia—.

La mercenaria y el verdugo, encontrando puntos en común.

—Miró a Greyson de nuevo—. Siempre has sido imprudente, hijo mío.

Impulsivo. Rápido para enfadarte. Anoche volviste a demostrarlo.

—Se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en la mesa—.

Por eso nunca he confiado plenamente en ti para el futuro del Corazón.

—Nunca he querido tu confianza —le aseguró Greyson, con la voz todavía serena, aunque su fachada de calma empezaba a resquebrajarse—. Ni tu futuro.

—Y, sin embargo, aquí estás —replicó Maximus, señalando la estancia que los rodeaba y la ciudad que se extendía al otro lado de los ventanales—. Desempeñando tu papel. Aceptando los votos. Cumpliendo con tu deber para con el Corazón, para con nuestra familia.

Greyson apretó con más fuerza la mano de Shadera, con la ira atrapada entre sus palmas.

—Dadas las circunstancias —siguió Maximus, con un fingido tono de arrepentimiento—, me temo que debo insistir en ciertas precauciones hasta la ceremonia.

—¿Qué precauciones? —preguntó Greyson con evidente recelo en la voz.

—Dado que estáis tan desesperados por conoceros, os mantendré en cuarentena juntos hasta los votos ceremoniales. Incomunicados con el exterior. Sin visitas. —Maximus unió las yemas de los dedos delante de su máscara dorada—. Todo por protección, por supuesto.

—No dejaré que me enjaulen. —La voz de Greyson se redujo a un gruñido al pronunciar esas palabras.

—En ese caso, a lo mejor el segundo intento de asesinato de los sanguinarios tuvo más éxito que el primero. —La amenaza flotó en el aire entre ellos—. Quizá ella te haya vuelto contra tu familia, contra el Corazón. Quizá ambos seáis amenazas que deben ser eliminadas.

—Esto es una puta ridiculez —masculló Greyson al tiempo que se ponía en pie—. No puedes…

—Sí que puedo —lo interrumpió Maximus, endureciendo la voz—.

Puedo y lo haré. Mataste a ocho de mis hombres, Greyson.

Agradece que te deje seguir con vida, que te permita continuar con la ceremonia.

Agradece que no arrastre a esta arpía al cadalso para meterle una bala en la nuca como hice con sus padres.

—Se inclinó despacio sobre la mesa, hacia su hijo—.

No olvides que tu hermana tiene un útero en perfecto estado.

Los herederos son reemplazables. Aunque los hijos no lo sean.

Algo se rompió dentro de Shadera al oír sus palabras, al oír la despreocupada crueldad con la que amenazaba su vida, las vidas de todos ellos . Se puso de pie junto a Greyson, con la mano todavía entrelazada con la suya y los ojos atravesando con su furia la máscara dorada de Maximus Serel.

—Algún día —dijo ella en voz baja y letal—, pagarás por todos los crímenes que has cometido. Contra mis padres. Contra los anillos. Contra tu hijo. —Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran hondo—. Contra tu hija.

Maximus se quedó rígido. La temperatura pareció bajar diez grados en un instante.

—¿Eso es una amenaza, señorita Kael? —le preguntó, con una voz que era seda sobre veneno.

—Es una promesa —respondió ella—. El Corazón caerá . Tú caerás. Y yo estaré allí para verlo.

Maximus se levantó despacio de la silla, y su altura y corpulencia acentuaron el poder que ejercía.