26. Once #6
—Gracias —replicó Greyson, aunque las palabras no bastaban para expresar lo que sentía de verdad. Gratitud, sí, pero también un profundo alivio por no tener que seguir cargando él solo con sus secretos.
Cuando Callum echó a andar hacia la puerta, unos golpes secos los dejaron a todos paralizados.
El sonido resonó por todo el ático, tres golpes precisos contra la madera que transmitían la inconfundible autoridad de un mando Veyra.
Los ojos de Greyson se encontraron con los de Callum desde el otro extremo de la estancia y se transmitieron un mensaje silencioso: peligro.
—Máscaras —masculló Greyson mientras buscaba la suya. Los demás se movieron a toda prisa, colocándose las máscaras con una eficiencia ensayada. Shadera le rozó los dedos con los suyos al entregársela, y el breve contacto le mandó una descarga indeseada por todo el sistema nervioso.
Los golpes volvieron a oírse, esta vez con más insistencia.
Greyson respiró hondo y se obligó a adoptar la máscara inexpresiva del verdugo incluso antes de que la máscara física le cubriera la cara.
Les hizo un gesto con la cabeza a los demás, que ocuparon posiciones estratégicas por la estancia: Callum junto a la isla de la cocina, con la mano descansando con gesto tranquilo cerca de su arma oculta.
Lira junto al ventanal, con una postura de indiferencia aristocrática.
Shadera justo detrás de él, una sombra letal.
Greyson abrió la puerta, colocando el cuerpo de tal forma que ocultase la mayor parte posible del apartamento.
El capitán Mikel estaba en el pasillo, con su impecable uniforme Veyra y la máscara sobre el rostro.
Greyson podía sentir su forma de mirarle el torso desnudo mientras ladeaba la cabeza para asomarse por encima de su hombro y ver a los demás.
—Verdugo —dijo Mikel con un tono formal, pero con un deje tenso que Greyson nunca había percibido antes—. Espero no estar interrumpiendo una reunión social.
—¿Qué quieres, Mikel? —preguntó Greyson, sin molestarse en disimular el tono cortante de su voz. Cambió de postura, bloqueando todavía más la vista de Mikel de los destrozos del interior, del pasillo que conducía a la sala de armas donde el cuerpo de Marcus todavía estaba caliente.
—Me manda su padre —contestó él con sequedad.
—Di lo que tengas que decir —ordenó Greyson sin moverse de la puerta mientras una frustración ansiosa le ardía en el pecho.
Mikel se quedó callado un momento, con la cabeza ladeada de nuevo, mientras se movía despacio, como si estuviera tomando notas mentales.
Shadera se plantó al lado de Greyson, bloqueando por completo la vista del capitán, y, por primera vez, Greyson se sintió infinitamente agradecido por la presencia de esa mujer.
Cuando Mikel volvió a hablar, su voz había adquirido un tono oficial que sugería que estaba recitando unas palabras ensayadas.
—El presidente ha ordenado que vaya a la Torre Haven con la sanguinaria de inmediato —anunció, pronunciando de un modo preciso e inexpresivo cada palabra—. Solos.
La exigencia se coló entre ellos mientras Greyson se obligaba a mantener la respiración acompasada.
Las convocatorias inmediatas al despacho del presidente siempre terminaban con una advertencia, con una amenaza.
Se dio cuenta de que Shadera se acercaba más a él, y su calor corporal se extendió como si intentara calmarlo.
—¿De qué se trata? —preguntó Greyson, ganando tiempo mientras su mente barajaba las posibilidades, ninguna de ellas buena.
—No lo ha dicho —respondió Mikel—. Solo que se requiere su presencia sin demora. —Hizo una pausa y luego añadió, haciendo hincapié en cada palabra—: La de ambos.
Greyson sintió, más que vio, la tensión que se apoderaba del cuerpo de Shadera.
No les estaban pidiendo que fueran. Era una orden respaldada por toda la autoridad del Corazón.
Negarse no era una opción, no sin levantar sospechas de inmediato, sin provocar una respuesta instantánea.
Sin importar lo que quisiera su padre, tendrían que afrontarlo sin más.
—Vamos a necesitar un momento para prepararnos —dijo Greyson con voz tranquila pese a las alarmas que sonaban en su cabeza.
Mikel asintió con un gesto brusco de la cabeza antes de retroceder un paso, dejando que Greyson cerrase la puerta. En cuanto se oyó el clic, Greyson se volvió hacia los demás.
—Podría ser una trampa —indicó Shadera en voz baja, expresando lo que todos pensaban.
Greyson se volvió hacia ella, sorprendido al darse cuenta de que tenía miedo.
No por sí misma (dudaba que Shadera hubiera temido jamás por su propia vida), sino por lo que el hecho de que los descubrieran, si eran o no capaces de engañar a su padre, podía significar para los anillos, para los miles de personas cuyas vidas pendían de un hilo.
—Lo sé —susurró Greyson mientras se pasaba una mano por la cara—. Vamos a acabar de una vez con esto. —Miró a Callum—. Esta noche. En tu casa. Si por alguna razón no estamos allí, traza un plan. Sigue adelante con o sin nosotros.