26. Once #5
—Once —contestó Lira con voz firme pese a su espantosa revelación—.
Once Veyra a lo largo de tres meses, antes de que madre se enterase y le pusiera fin.
—Miró a Greyson—. Amenazó con suicidarse si padre seguía haciéndolo.
Ha sido la única vez que la he visto plantarle cara, y el presidente no podía permitirse la mancha en su reputación que supondría una esposa débil.
Greyson dio un paso hacia su hermana, extendiendo los brazos, pero ella retrocedió.
—No —dijo ella—. No me toques. Ahora no.
Shadera levantó una mano ante la desesperación de su voz.
Los dedos de Lira se aferraron a ella, rodeando los de Shadera con tanta fuerza que Callum vio que se le ponían blancos los nudillos.
Shadera se levantó despacio, se puso delante de Lira y empezó a limpiarle la sangre de la cara con la mano libre.
Cuando terminó, tomó a Lira de la barbilla para obligarla a mirarla a los ojos.
—Bien hecho. —Shadera habló con voz seca, fuerte—. Se merecía esa bala, y te prometo que te ayudaré a hacer lo que sea necesario para meterles una a los otros diez.
Callum se quedó paralizado, incapaz de asimilar la magnitud de lo que acababa de descubrir.
Durante todos esos años creyó que estaba protegiendo a Lira.
Durante todos esos años creyó que ella necesitaba que la protegiera de la espantosa realidad que era la estructura de poder del Corazón.
Pero ella ya lo había visto, sabía mejor que él lo cruel que podía ser.
Y durante todo ese tiempo ella estuvo cargando con ese peso sola, con ese trauma inimaginable infligido por su propio padre.
Una rabia candente se abrió paso en el pecho de Callum, como un ser vivo con garras que amenazaba con destrozarlo desde dentro.
Pensó en la sangre del guardia derramándose por el suelo de la sala de armas, en el único disparo que había acabado con su vida, y solo sintió satisfacción al pensar que había sido Lira quien había apretado el gatillo.
Era un pequeño acto de justicia, insuficiente frente a la enormidad del crimen, pero era algo.
Su mirada se encontró con la de Lira al otro lado de la estancia y en ese momento hizo un juramento silencioso, el de destruir todo el podrido edificio del gobierno del Corazón. Derribarlo piedra a piedra hasta que no quedara nada del legado de Maximus Serel salvo cenizas.
Greyson estaba de pie en medio de su salón, con la sangre crepitando por sus venas como un ruido que le llegaba de fondo mientras veía a Shadera hablar con su hermana.
Sin embargo, no oía sus palabras, no oía nada salvo la rabia que le consumía la mente.
Las palabras de Lira flotaban en el aire como veneno, impregnando cada rincón de la estancia, cambiándolo todo.
Su padre había vendido a Lira. La había vendido.
«Va a pudrirse en el puto infierno por eso».
La parte lógica de su cerebro tomó el control, desterrando las emociones de forma instintiva, como siempre hacía. Un síntoma de sobrevivir a un monstruo.
—Tenemos que poner todas las cartas sobre la mesa —dijo con voz áspera y distante, incluso para sus propios oídos—.
Se acabaron los secretos entre nosotros.
Se acabó lo de protegernos los unos a los otros con silencio.
—Los miró uno a uno: a Callum, que seguía sentado con la pistola en la mano; a Shadera, que lo observaba con esos penetrantes ojos verdes; a Lira, salpicada de sangre y con la mirada ausente, pero sin dejarse doblegar—.
Si queremos tener la más mínima oportunidad contra mi padre, necesitamos una sinceridad absoluta. Una confianza absoluta.
Las palabras le dejaron un regusto raro en la lengua.
La confianza era un lujo en New Found Haven, algo mucho más escaso y más valioso que cualquier otra cosa en el Corazón.
Durante años había funcionado con la suposición de que el aislamiento era seguridad, de que compartir sus planes solo crearía vulnerabilidades.
En ese momento, sabiendo lo que planeaba su padre (y con la voz de su hermana describiendo los horrores que había padecido en silencio), se dio cuenta de que el aislamiento solo servía a los intereses de Maximus.
—Es una bonita idea —dijo Shadera, rompiendo el silencio que siguió a la declaración de Greyson. Se dejó caer en el sofá, con los brazos cruzados por delante del pecho—. Pero quizá este sitio, donde acabamos de matar a ocho Veyra por espiarnos, no es la ubicación más acertada.
—Tiene razón —apuntó Callum, que por fin se guardó el arma antes de pasarse una mano por la cabeza—. Pues en mi casa —sugirió al tiempo que se levantaba—. Esta noche. Tengo medidas de seguridad que ni siquiera la tecnología de tu padre puede penetrar.
Greyson asintió con la cabeza, y su expresión se suavizó al volverse hacia Lira.
—¿Te viene bien unirte a nosotros esta noche? Nos vendría bien tu experiencia con los medios y la percepción pública.
—Allí estaré —contestó su hermana sin más—. Sé cosas sobre su círculo más cercano que podrían ayudarnos. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Y quiero participar en su fin.
El veneno en su voz hizo que a Greyson se le erizara el vello.
Lira, la voz de la razón de la familia Serel, había sido sustituida por una mujer más dura, una mujer forjada en el dolor y una rabia enterrada durante mucho tiempo.
Se preguntó cuánto de la hermana que creía conocer había sido una fachada cuidadosamente construida, un mecanismo de supervivencia en un hogar gobernado por la crueldad.
—¿Y qué pasa con ella? —preguntó Callum, señalando con la cabeza a Shadera—. ¿Puede arriesgarse a salir del apartamento otra vez después del reguero de cadáveres?
Greyson y Shadera respondieron a la par:
—Joder, claro que voy.
—No pienso perderla de vista.
El recuerdo de que había estado a punto de escapar seguía demasiado fresco, seguía ardiendo en la mente de Greyson.
—Va donde voy yo.
Callum se levantó, alisándose la ropa manchada de sangre lo mejor que pudo.
—Les ordenaré a mis hombres que terminen de limpiar —dijo, señalando las pruebas de violencia que todavía quedaban—. Nunca encontrarán los cuerpos.