Sanguinaria (El Corazón 1) 26. Once #4
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26. Once #4

Lira se estremeció al oír esas palabras, y los hombros se le tensaron por debajo de su elegante vestido.

Dio un paso atrás desde la puerta para permitirles salir al pasillo.

Callum fue el último en moverse, deteniéndose a su lado con palabras de explicación o consuelo en la punta de la lengua.

Sin embargo, cuando se encontró con sus ojos a través de los huecos de su máscara, las palabras murieron en su boca.

Ninguna explicación que pudiera ofrecerle borraría lo que había visto, y no habría consuelo que no pareciese una mentira.

El salón todavía conservaba vestigios de violencia.

Aunque los cadáveres ya no estaban y habían levantado los muebles y barrido los cristales, su equipo de limpieza seguía trabajando metódicamente, eliminando las manchas de sangre de todas las superficies.

Un trabajador estaba sustituyendo con cuidado un espejo destrozado mientras otro frotaba las manchas oscuras del suelo de la cocina.

Evitaron mirarlos cuando entraron en el salón.

La formación que habían recibido garantizaba que nada de lo que presenciaran se sabría jamás fuera de esas paredes.

Callum se acomodó en un sillón, consciente de repente de la sangre seca que tenía en la ropa y debajo de las uñas.

Lira eligió el asiento más alejado de él, sentándose en el borde de un sofá como si estuviera lista para huir en cualquier momento.

Greyson permaneció de pie, muy rígido, mientras Shadera eligió sentarse en el brazo de un sillón cerca de él, con una actitud que irradiaba indiferencia pese a la tensión que flotaba en el ambiente.

—El apartamento estaba lleno de guardias Veyra cuando llegamos anoche —dijo Greyson sin preámbulos, con voz controlada—. Nos hemos ocupado de ellos.

Callum se percató de que la postura de Lira cambiaba con la explicación.

—¿Y la tortura? —preguntó ella, volviéndose hacia su hermano—. ¿Fue idea tuya?

—Fue mía —respondió Callum antes de que Greyson pudiera contestar—. Necesitábamos información. Sobre los planes de tu padre.

Greyson volvió la cabeza hacia él con un movimiento brusco y repentino.

—Hablando de planes —dijo con un deje peligroso en la voz—, ¿cuándo ibas a decirme que has estado ayudando a la rebelión?

La pregunta quedó suspendida en el aire entre ellos, años de amistad atrapados de repente en sus secretos.

Callum no contestó de inmediato, sino que sopesó con cuidado su respuesta.

La verdad era que nunca había planeado decírselo a Greyson.

No porque no confiara en él, sino porque saber cosas era peligroso en el Corazón.

Lo que Greyson no sabía no podía confesarlo…

ni por voluntad propia ni de otra forma.

—No me jodas, mira quién fue a hablar… —soltó Shadera con una carcajada seca.

Lira se volvió hacia ella.

—¿Qué significa eso?

Shadera miró a Greyson, que se quedó inmóvil. Se hizo un silencio pesado, como una presencia física que le oprimía el pecho a Callum. Los miró, percibiendo algo tácito en esa mirada.

—Ni se te ocurra —dijo Greyson por fin en voz baja.

Esta vez, la carcajada de Shadera fue amarga, cortante.

—¿Cómo va a confiar alguien en vosotros si no confiáis los unos en los otros? —Se puso en pie y empezó a pasearse de un lado para otro del salón con nerviosismo—. Todos vosotros, la élite del Corazón, los Veyra, los hijos del privilegio… ocultándoos secretos como si fuera vuestro puto trabajo.

—Shadera —le advirtió Greyson, pero ella lo ignoró.

—Tu hermano —siguió ella al tiempo que se volvía hacia Lira y señalaba a Greyson— ha estado metiendo mercancías de contrabando en los anillos. Medicamentos. Comida. Suministros. Todo delante de tus narices… y de las de tu padre.

Callum tuvo la sensación de que el suelo se abría bajo sus pies. Clavó la mirada en Greyson, en busca de que lo confirmara o lo negase. Su cara no revelaba nada, pero su silencio era respuesta suficiente.

—¿Es eso cierto? —preguntó, incapaz de ocultar la conmoción en su voz.

Greyson asintió con un gesto breve y seco de la cabeza.

—Sí.

Algo cálido e inesperado prendió en el pecho de Callum: orgullo, comprendió. Orgullo por su amigo, que había encontrado el valor para actuar, para resistirse. Durante todo ese tiempo, mientras él dirigía sus operaciones, Greyson había estado librando su propia guerra en silencio.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le preguntó Callum, inclinándose hacia delante—. Podría haberte ayudado. Podríamos haber coordinado nuestros esfuerzos.

—Por la misma razón por la que tú no me contaste nada de tus actividades —repuso Greyson—. Cuanta menos gente lo supiera, más segura sería la operación.

Lira se puso en pie de repente, con movimientos bruscos, y se quitó la máscara para dejar a la vista la emoción que le demudaba la cara.

—Vosotros … —dijo con la voz trémula por la rabia—. Vosotros dos habéis estado arriesgando vuestras vidas, cometiendo traición, ¿y a ninguno de los dos se le ocurrió confiarme la verdad? —Se volvió hacia Greyson—. Soy tu hermana. Te habría ayudado. Te habría protegido.

—Precisamente por eso no te lo conté —dijo Greyson con un tono más suave—. Los Veyra te vigilan de cerca debido al puesto que ocupas, a tu acceso a los medios de comunicación y a la percepción pública. Si te hubieran pillado ayudándome…

—Pero ni siquiera me contaste la verdad —protestó Lira con voz más seca—. Aunque no me dejaras ayudarte, no confiaste en mí lo bastante como para decirme la verdad.

—No era una cuestión de confianza —insistió Greyson, dejándose caer en el sofá junto a Shadera, que se había sentado—. Lo decidí por seguridad. Cuanta menos gente se vea involucrada, menos muertes habrá cuando nuestro padre descubra por fin lo que he estado haciendo.

Callum observó a los hermanos, sintiendo un dolor familiar en el pecho.

¿Cuántas veces había querido contarle a Lira la verdad sobre sus propias actividades?

Pero había guardado silencio por la misma razón que Greyson: para protegerla, para mantenerla al margen de la violencia y la traición en la que se había convertido su vida.

—Deberíamos volver con nuestro invitado —dijo en un intento por aliviar la tensión—. Webb podría tener más información que nos sirva.

Lira se quedó completamente inmóvil, con el cuerpo congelado a mitad de movimiento.

—¿Qué has dicho? —preguntó, su voz de repente apagada.

Callum frunció el ceño y se enderezó al percibir la tensión en su voz.

—Deberíamos interrogar al guardia de nuevo…

—Su nombre —lo interrumpió Lira—. ¿Cómo se llama?

Algo en su tono hizo que a Callum se le helara la sangre.

—Webb —repitió—. Marcus Webb, de las fuerzas Veyra.

Lira permaneció en silencio durante un buen rato, con la respiración cada vez más superficial y agitada. Cuando volvió a hablar, su voz era tan tranquila que resultaba violenta.

—Dame tu arma, Cal.

La petición hizo que se quedara inmóvil y, durante un momento, se limitase a mirarla fijamente.

—¿Qué has dicho?

—Tu arma —repitió ella, extendiendo la mano—. Dámela.

Callum no titubeó ante su petición y sacó el arma de la funda que llevaba en el hombro para ponérsela a Lira en la mano extendida. Ella cerró los dedos alrededor de la pistola con una familiaridad sorprendente.

La Lira que él conocía no era la mujer que tenía delante.

—Lira… —empezó Greyson, pero ella lo interrumpió con un gesto de la mano.

—Ahora mismo vuelvo —dijo con voz desapasionada mientras se daba media vuelta y se dirigía hacia la sala de armas.

Los tres permanecieron inmóviles en el salón. Un acuerdo tácito los mantuvo sentados mientras Lira desaparecía por la puerta. El corazón de Callum latía con fuerza contra sus costillas, invadido por la aprensión.

La voz de Marcus se alzó presa del pánico desde la otra habitación.

—Espera… Por favor… Te conozco… No quería… Me obligaron…

Sus súplicas se vieron interrumpidas por un único disparo. El sonido retumbó por el apartamento como un trueno, seguido de un silencio más absoluto que cualquier otro que Callum hubiera vivido jamás.

Greyson se levantó de su asiento, pero, antes de que pudiera dirigirse hacia la sala de armas, Lira reapareció en la puerta.

La sangre le salpicaba la cara y la parte delantera del vestido, un carmesí brillante sobre el azul claro.

Su mano, que todavía sostenía el arma, colgaba flácida a un lado de su cuerpo.

Atravesó el salón con pasos tranquilos y le devolvió el arma a Callum. Él la aceptó de forma automática mientras su mente luchaba por asimilar lo que acababa de pasar.

—¿Por qué? —dijo, incapaz de formular una pregunta más coherente.

Lira lo miró fijamente con una expresión vacía y distante.

—Era uno de ellos —contestó con voz inexpresiva—. Uno de los hombres a los que mi padre me entregó cuando tenía catorce años.

Las palabras tardaron un momento en calar. Cuando lo hicieron, Callum sintió como si le succionaran el aire de los pulmones. Greyson se había quedado completamente rígido, su rabia palpable sin moverse siquiera.

—¿Se puede saber de qué hablas? —preguntó este último, con voz apenas audible.

Lira se volvió hacia su hermano, y algo se rompió en su aplomo.

—¿Nunca te preguntaste por qué era tan obediente?

¿Por qué nunca cuestioné las órdenes de nuestro padre como lo hicisteis Brooker o tú?

—Soltó una carcajada, un sonido carente de humor—.

Necesitaba la lealtad de los Veyra. Necesitaba asegurarse de que lo siguieran sin cuestionar. Así que les dio algo valioso. A mí.

Callum sintió que la bilis le subía por la garganta. El presidente había entregado el cuerpo de su propia hija para asegurarse la lealtad de sus agentes. Les había permitido violarla, que la usaran, para conseguir lo que quería.

—¿Cuántos? —logró decir Callum, con las palabras arañándole la garganta hasta dejarla en carne viva.