26. Once #3
—No lo sé —susurró con la voz quebrada—. Juro por el Corazón que no lo sé.
Callum suspiró, dándole vueltas al martillo entre las manos.
—Qué pena. Davish Cross fue mucho más comunicativo.
Marcus levantó la cabeza de golpe al oír el nombre, y el miedo se reflejó en su cara.
—¿Cross? Tú… ¿interrogaste a Cross?
—Sí. —Callum rodeó la silla—. Tenía mucho que decir sobre los recursos desviados de los anillos Cardinal y Perímetro.
Sobre las cadenas de suministro desaparecidas.
Sobre los envíos de alimentos que nunca llegaron.
—Hizo una pausa y se puso detrás del Veyra, inclinándose para decirle al oído—: No sabes lo bien que gritó cuando le arranqué las uñas una a una.
—La mentira le salió con facilidad. Davish Cross no necesitó más persuasión durante su segundo interrogatorio que la amenaza de más dolor para revelar lo que sabía.
Sin embargo, Marcus no tenía por qué estar al tanto.
—Por favor —susurró el guardia—. Me limito a seguir órdenes.
—¡Ah, la eterna excusa de los que son moralmente corruptos!
—replicó Callum, volviendo a colocarse en su campo de visión—.
Pero, a ver, eso no me basta. No cuando esas órdenes significan que hay niños muriéndose de hambre en el Perímetro.
—Volvió a bajar el martillo, en esa ocasión sobre el codo derecho del oficial.
El crujido del hueso fue seguido de otro grito, más agudo, más desesperado.
Callum miró a Greyson, buscando alguna reacción, pero el verdugo estaba inmóvil, observando.
¿Qué pensaría Greyson si conociera el alcance total de sus actividades?
Llevaba años caminando al límite, utilizando su posición para reunir información, para filtrarla después junto a los suministros a los rebeldes.
Greyson sabía algo del tema (los hombres y las mujeres de los anillos inferiores a los que les había dado trabajo para ayudarlos a escapar de la pobreza y alimentar a sus familias, la comida que ocasionalmente «desaparecía» de sus clubes), pero no estaba al tanto de las implicaciones más profundas, de las reuniones secretas por las noches con los líderes rebeldes, de los mensajes cifrados transmitidos a través de su red de informantes.
—Respuestas, Marcus.
—No…
El martillo cayó sobre la muñeca izquierda del oficial. La sangre salpicó el pecho de Callum, manchando de carmesí el negro inmaculado de su camisa.
—Esto se está alargando —dijo Callum, mientras se limpiaba una gota de sangre de la tela—. Y hoy tengo una agenda muy apretada.
Shadera habló en ese momento, sin apartarse de la mesa.
—Quizá necesite más motivación —dijo con un tono cruel que provocó un escalofrío en la estancia—. Puedo empezar a cortarle partes del cuerpo. ¿Las orejas primero, tal vez?
Callum sonrió. Esa mujer le gustaba más de lo que esperaba en un principio. Había algo refrescante en su franqueza, en su naturalidad.
—Una sugerencia excelente —contestó, asintiendo con la cabeza, y vio que Marcus se quedaba muy pálido—. Aunque yo estaba pensando en pasar a objetivos más grandes. —Le acercó el martillo a la mandíbula, ejerciendo la presión justa para prometer dolor.
—¡Espera! —exclamó el guardia con voz quebrada—. Espera, por favor… No conozco los detalles. Es información clasificada para los rangos inferiores de los Veyra.
—Pero sí conoces los planes generales —insistió Callum.
—Sí. —Marcus bajó la cabeza, con la derrota patente en el encogimiento de sus hombros—. Ajuste de población. No sé nada más.
—Mientes —dijo Callum en voz baja, levantando el martillo.
—No estoy…
El martillo se estrelló contra la otra rótula de Marcus con una fuerza demoledora.
El grito que le arrancó fue salvaje y desgarrador mientras su cuerpo se convulsionaba contra las ataduras.
El suelo se llenó de sangre y fragmentos de hueso, algunos de los cuales aterrizaron en las botas de Callum, que ni se inmutó por la visceral muestra de violencia.
Había hecho cosas peores, mucho peores, en habitaciones similares a esa a lo largo y ancho del Corazón.
—Tienes más dedos, otro codo y otras extremidades con las que trabajar —dijo una vez que los gritos se redujeron a gemidos—. ¿Cuánto de ti mismo estás dispuesto a sacrificar por Maximus Serel?
La cara del guardia estaba grisácea por el dolor y tenía gotas de sudor en la frente.
—No lo entiendes —jadeó—. Matará a mi familia si hablo.
—Él matará a todo el mundo si no lo haces —intervino Shadera, bajándose de la mesa y señalando con la cabeza a Callum. Se acercó a la silla y se agachó para mirar a Marcus a los ojos—. Incluida tu familia.
En realidad, Callum no haría eso. Tenía un estricto código moral, aunque fuese imperfecto. Ni niños, ni mujeres. Pero, si eso los ayudaba a obtener información, dejaría que Shadera usara esa amenaza.
—Sabemos lo de las bombas. Danos detalles —añadió Shadera, presionándole la rodilla destrozada.
Marcus siseó de dolor mientras los ojos de Callum se clavaban en ella. Sabía lo de las bombas. Él se había enterado el día anterior, durante el interrogatorio a Davish. ¿Qué más sabía Shadera?
—Las… bombas… —Marcus respiraba entre jadeos—. No son normales. Están diseñadas específicamente para los anillos.
Callum sintió un nudo en el estómago.
—¿De qué tipo son?
—De gas. Son bombas de gas. —Las palabras le salían a borbotones, después de que el dolor y el miedo le aflojaran la lengua—.
El presidente dice que los anillos están demasiado poblados, que así es imposible manejarlos.
Las ha estado probando con los trabajadores del Cardinal…
P-por eso no han vuelto a casa. Están muertos.
Todos están muertos. Lo llama «la Purga».
La Purga.
Callum apretó con fuerza el mango del martillo hasta que le dolieron los nudillos.
—¿Cuándo? —preguntó Greyson, dando un paso hacia el Veyra—. ¿Cuándo está previsto que comience esta purga?
—N-no lo sé. Solo sé que va a suceder. Qu-que han perfeccionado el gas.
—¿Y el plan de despliegue? —insistió Callum—. ¿Qué sectores son los primeros objetivos?
El oficial titubeó y su mirada voló entre los tres.
—Todos. El gas se creó con moléculas de mapeo. Está diseñado para detenerse en la frontera del Corazón.
Los ojos de Callum se encontraron con los de Greyson, y el miedo se transmitió entre ellos. Eso era peor de lo que esperaba, peor de lo que podría haber imaginado. Se trataba de cientos de miles de personas. Hombres, mujeres y niños.
—¿Por qué? —preguntó Shadera con voz tensa—. ¿Por qué va a hacer eso?
Marcus apretó los dientes.
—Está haciendo sitio para algo.
Greyson se quedó completamente inmóvil, irradiando una energía peligrosa.
Callum abrió la boca para pedir más detalles, con el martillo en alto y listo para golpear, pero lo interrumpió una voz que llegó desde la puerta.
—¿Qué coño estáis haciendo? —Apenas fue un susurro, el horror evidente en cada una de las sílabas. Se quedó paralizada, mirando al suelo salpicado de sangre, al Veyra atado y maltrecho, al martillo en la mano de Callum.
Los tres la miraron fijamente, atrapados en esa estampa de violencia.
Callum bajó el martillo despacio, sintiendo una vergüenza ardiente porque lo hubieran descubierto así.
No por la tortura en sí misma (hacía tiempo que se había resignado a la necesidad de ese tipo de actos), sino porque fuera Lira, precisamente ella, la que viera esa faceta de su persona.
Esa faceta que tanto se había esforzado por mantener alejada de ella.
—Lira. —Greyson fue el primero en recuperarse y dio un paso adelante—. ¿Cómo has entrado?
Ella levantó un manojo de llaves, con la mano temblorosa.
—He usado mi llave. No hubo respuesta cuando llamé al timbre y luego golpeé la puerta, pero sabía que estabais en casa. —Sus ojos se desplazaron de Greyson a Shadera, y luego se detuvieron en Callum, fijándose en la sangre que le manchaba la ropa, las manos, la cara—. ¿Qué es esto?
Callum no podía soportar su forma de mirarlo, como si viera a un desconocido con la cara de alguien en quien confiaba. Dejó el martillo sobre la mesa, deseando poder borrar las pruebas de lo que había estado haciendo, de lo que era capaz de hacer.
—Necesitábamos información —respondió, con una voz más firme de lo que se sentía—. Información que puede salvar miles de vidas.
Los ojos de Lira se dirigieron hacia Marcus, que parecía estar perdiendo la conciencia, con la cabeza caída hacia delante y un charco de la sangre que le manaba de las rodillas destrozadas extendiéndose por el suelo.
—¿Torturando a un Veyra en casa de mi hermano? —preguntó ella, alzando ligeramente la voz.
—Li… —comenzó Greyson, pero ella lo interrumpió con un gesto brusco.
—No me llames «Li». ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? ¿Cuánto tiempo lleváis…? —Señaló la escena que tenía delante, al parecer incapaz de encontrar las palabras adecuadas para describir lo que estaba viendo.
Callum sintió que algo se rompía en su interior.
El muro que había construido con tanto esmero entre su vida como Callum Thane, el encantador propietario de los locales de ocio en el Corazón, y su otra vida (llena de sangre, información y medidas desesperadas) se desmoronaba delante de sus ojos.
Y, con él, también se derrumbaba la esperanza de que Lira pudiera verlo como algo más que el monstruo que realmente era.
El peso de su mirada lo atravesaba mientras se limpiaba las manos con un paño; la sangre se extendía en vez de desaparecer, una metáfora muy adecuada para el momento. El silencio se prolongó entre ellos, roto solo por la respiración entrecortada del Veyra atado a la silla.
—Deberíamos ir al salón —sugirió Callum, con una voz excesivamente tranquila dadas las circunstancias. Miró a Greyson, en busca de confirmación, de alguna indicación. Su amigo se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Y él? —preguntó Shadera, señalando al guardia ensangrentado con un gesto de la barbilla.
—No va a ir a ninguna parte —respondió Greyson con tono totalmente inexpresivo.