Sanguinaria (El Corazón 1) 26. Once #2
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26. Once #2

Asintieron, dejando a su cautivo a cargo de Callum antes de recorrer el ático para evaluar los daños y comenzar su trabajo. Callum le dio un tirón al Veyra para que echara a andar mientras seguía a Greyson hacia el pasillo.

Shadera los acompañó, más curiosa que preocupada.

—¿Por qué lo has traído aquí en vez de matarlo?

—Información —respondió Callum sin más—. Los muertos no sirven de mucho, pero los vivos pueden ser bastante locuaces con la motivación adecuada.

Los gemidos del guardia se intensificaron hasta convertirse en sollozos mientras lo obligaban a andar por el pasillo.

—Por favor —jadeó a través de la capucha—. Por favor, solo he seguido órdenes. Tengo familia…

—Shhh —lo tranquilizó Callum, dándole una palmadita suave en el hombro—. No te vamos a hacer daño. Bueno, no mucho. No si cooperas.

La mentira le salió con facilidad. Como siempre.

Habían manipulado la sólida puerta de hierro.

Se veían arañazos alrededor de la cerradura electrónica.

Callum esbozó una sonrisa burlona, mirando a Shadera con aire cómplice mientras Greyson tecleaba el código y luego colocaba la palma de la mano sobre el escáner.

La puerta se abrió para dar paso a una habitación de paredes de acero con estantes repletos de armas de fuego, cuchillos y equipo más especializado, conformando un cubo perfecto de posibilidades letales.

En el centro había una mesa metálica con dos sillas y una solitaria lámpara de techo que iluminaba la escena como si fuera un quirófano. Greyson no se molestó en cerrar la puerta cuando entraron.

—Si no te conociera bien —dijo Callum, que empujó al guardia hacia una silla—, pensaría que eres un asesino en serie.

—Eso lo dice el del maletín de tortura —replicó Greyson con sequedad al tiempo que señalaba con la cabeza el maletín que Callum llevaba en la mano.

Él sonrió y dejó el maletín en la mesa con cuidado.

—No es tortura, es interrogatorio mejorado. Y es una forma de arte.

Greyson aseguró las muñecas y los tobillos del Veyra a la silla usando bridas de forma rápida y eficaz. A Callum se le olvidaba a veces que, bajo el aire taciturno y los conflictos morales, su amigo seguía siendo un Serel. Lo habían entrenado desde que nació en el uso de la violencia.

Callum se tomó su tiempo para prepararse.

Al fin y al cabo, el teatro constituía la mitad del interrogatorio.

Se remangó despacio, asegurándose de que cada pliegue fuera exquisito.

Se quitó los anillos uno a uno y los colocó en una línea perfecta sobre la mesa metálica.

Sus superficies reflejaron la luz del techo.

El maletín se abrió con un suave clic. En el interior, sus herramientas yacían en huecos de espuma hechos a medida; martillos de varios tamaños, alicates, bisturís y otros instrumentos que había coleccionado a lo largo de los años. Había también algunas innovaciones propias.

Vio que Shadera estaba sentada en el borde de la mesa, balanceando ligeramente las piernas.

Greyson se había apoyado a su lado, lo bastante cerca como para que sus codos se tocaran.

Ninguno hizo ademán de apartarse. De hecho, parecían ajenos al contacto, como si sus cuerpos hubieran desarrollado su propia gravedad, independientemente de las protestas de sus mentes.

Fascinante.

Mientras se volvía hacia el Veyra, se preguntó si Greyson se había fijado alguna vez en esos mismos detallitos entre Lira y él. Si también había archivado preguntas que nunca había formulado.

Apartó ese pensamiento de su mente y volvió a concentrarse.

Alargó un brazo y le quitó al Veyra la capucha de la cabeza, mostrando a un hombre de unos cincuenta y cinco años.

En cuanto se vio libre de la capucha, el guardia abrió los ojos y recorrió frenéticamente la habitación con la mirada, posándola en las tres caras sin máscara que lo miraban.

—En fin —comenzó Callum, seleccionando un pequeño martillo de su colección y comprobando su peso en la palma de la mano—, vamos a establecer unas reglas básicas.

Yo hago preguntas. Tú respondes con sinceridad.

Cada mentira, cada negativa te costará algo.

—Se golpeó la palma de la mano con el martillo para enfatizar sus palabras—. Cada verdad te dará tiempo.

Vio que Greyson cruzaba los brazos por delante del pecho, con la mirada fija en el Veyra, como si estuviera analizando el miedo que se acumulaba en sus ojos.

El Callum que tenían delante era una versión de su persona que pocos habían visto.

Una versión sin máscara que revelaba la criatura calculadora que había debajo.

El Intermediario, el coleccionista de secretos, el hombre que sabía extraer información incluso de la fuente más resistente.

—Vamos a empezar por algo sencillo —dijo, acercando una silla para sentarse justo delante del hombre—. ¿Nombre y unidad?

—Ma-Marcus Webb, señor. División Especial de Seguridad.

—Bien. —La voz de Callum fue cálida, en señal de aprobación—. Muy bien. ¿Y quién te ordenó vigilar al verdugo, Marcus?

El guardia tragó saliva con dificultad y se le movió la nuez.

—El capitán Mikel. Órdenes directas del…, del presidente.

No era ninguna sorpresa. Maximus se estaba volviendo paranoico, como les sucedía a muchos reyes moribundos.

—¿Y qué buscabas exactamente? —continuó, acomodándose en su silla con aire despreocupado.

Marcus titubeó, y miró fugazmente a Greyson antes de volver a mirarlo a él.

—Pruebas de… deslealtad.

—Deslealtad —repitió Callum, saboreando la palabra—. Muy bien. ¿Qué tipo de deslealtad le preocupaba a Maximus?

Otro titubeo, más largo en esa ocasión. Callum suspiró, y su cara expresó una decepción exagerada. Se movió sin previo aviso, y el martillo impactó en el nudillo del dedo anular derecho de Marcus. La articulación se hizo añicos con un crujido, y su grito reverberó en las paredes metálicas.

—Ya te he explicado las reglas —le recordó Callum con suavidad, volviendo a su postura relajada—. Voy a preguntártelo otra vez. ¿Qué deslealtad en concreto buscaba Maximus?

—Lealtades divididas —jadeó Marcus con los dientes apretados—. Dijo que las prioridades del verdugo podrían acabar comprometidas por la puta sanguinaria.

Callum vio con el rabillo del ojo que Shadera se tensaba y cómo Greyson se inclinaba hacia delante, casi para protegerla.

No necesitó ver más.

El martillo volvió a caer, esa vez sobre el índice derecho, astillando el hueso mientras otro grito brotaba de la garganta de Marcus. Callum se mantuvo inclinado hacia delante en esa ocasión, con los codos apoyados en las rodillas.

—No sé si conoces este rasgo de mi personalidad, pero detesto la misoginia. —Su voz era más fría—. Esa «puta sanguinaria», como la has llamado, tiene un nombre. Y si la tensión que reina en esta habitación deja algo claro es que no se prostituye.

Callum miró a Shadera y vio la sonrisa satisfecha que se dibujaba en sus labios mientras asentía de forma sutil con la cabeza a modo de aprobación. Acto seguido, miró de nuevo a Marcus.

—El equipo de anoche —dijo—. ¿Cuáles eran sus órdenes?

—Instalar un sistema de vigilancia actualizado —se apresuró a responder Marcus, claramente ansioso por evitar más dolor—. Reemplazar los dispositivos de audio y vídeo defectuosos en todo el apartamento. Informar directamente sobre sus interacciones.

—¿Estaban autorizados a usar fuerza letal? —intervino Greyson.

El oficial tragó saliva de nuevo, con la mirada oscilando entre el martillo de Callum y la cara de Greyson.

—N-no.

—Entonces ¿por qué lo hicieron? —preguntó Callum.

—Se asustaron. No esperaban que el Verdugo volviera tan pronto. —A esas alturas, el sudor le caía a chorros por las sienes.

Callum se volvió hacia Greyson.

—Bueno, lo de anoche parece un desafortunado malentendido. Debería ser fácil de explicar, ya que estaban en tu casa, donde ahora mismo custodias la posesión más preciada del Perímetro. Fue un caso de defensa propia.

—Eso si-significa que me dejaréis libre. Eso significa que ya pu-puedo irme a casa —dijo Marcus con voz suplicante. Un deje tan patético que le revolvió el estómago a Callum.

Los Veyra solo eran niñatos a los que les gustaba el poder de un arma en la mano, pero, cuando les llegaba el momento de ser hombres, fracasaban en todos los sentidos.

—No. —La voz de Callum había perdido toda calidez—. Tengo más preguntas que hacerte.

Greyson se enderezó y Shadera dejó de mover las piernas.

Había cosas que su mejor amigo no sabía de él.

Cosas que había mantenido ocultas para que, si lo pillaban, Greyson y Lira no terminaran involucrados.

Miró a Greyson, con las palmas de las manos sudorosas de repente.

Quería creer que lo conocía lo bastante bien como para saber que lo que iba a oír a continuación no lo llevaría al cadalso.

—A ver, Marcus, las siguientes preguntas serán más difíciles.

No querrás contestarlas, pero vas a hacerlo.

Vas a hablarme de la base militar. De lo que están haciendo allí.

Del motivo por el que retienen a los trabajadores del Cardinal.

—El martillo giró despacio entre sus dedos—.

O pasaré a otros huesos de tu cuerpo que te causarán mucho más dolor. Tú decides.

Marcus abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir. No salió ningún sonido.

El martillo cayó con precisión quirúrgica.

El grito de Marcus llenó la sala de armas, reverberando en las paredes mientras la rótula golpeada se partía por la mitad.

El hueso sobresalía a través de la piel y de la tela, y la sangre empezó a acumularse y a extenderse por el suelo de hormigón pulido conformando un patrón que Callum ya había visto en incontables ocasiones.

—Vamos a intentarlo otra vez —dijo Callum, con la voz volviendo a un tono ligero y coloquial pese a la violencia de sus actos—. La base.

El guardia respiraba entre jadeos entrecortados, con el pecho agitado debajo del uniforme Veyra salpicado de la sangre que le goteaba del labio partido, un recordatorio de su captura.