Sanguinaria (El Corazón 1) 26. Once
69%

26. Once

La consciencia llegó como un invitado indeseado, martilleando las sienes de Shadera y prendiéndole fuego a su garganta.

Gimió al tiempo que hundía más la cara en la almohada mientras los recuerdos de la noche anterior la asaltaban en fragmentos irregulares empapados de whisky.

El club, Jameson con el uniforme Veyra apareciendo para liberarla.

Sangre. Cristales rotos. Cuerpos. La boca de Greyson sobre la suya, sus manos en el pelo, en la garganta, entre las piernas, su peso contra ella en la encimera de la cocina.

Se llevó los dedos de forma inconsciente a los labios y los notó sensibles e hinchados.

—Joder —susurró, y la palabra le arañó la garganta seca.

Se obligó a incorporarse, ignorando las protestas de todos los músculos de su cuerpo. La habitación dio varias vueltas antes de centrarse de nuevo. La luz matinal se colaba por los huecos de las cortinas, trazando duras líneas sobre la cama y aumentando el martilleo entre sus oídos.

Salió de la cama como pudo y se fijó en la venda que se había puesto en el muslo, borracha y enfadada, en mitad de la noche.

La herida no era profunda, solo un rasguño.

Ya había dejado de sangrar, pero la zona alrededor estaba magullada y sensible.

Otra cicatriz que añadir a su colección.

Otra marca que Greyson Serel le había dejado en el cuerpo.

Le escocía con cada paso que daba, ya que la camiseta de Greyson que llevaba puesta le rozaba los bordes de la herida.

Necesitaba conseguir ropa propia, joder.

La voz de Greyson llegó desde el pasillo cuando abrió la puerta, y titubeó un instante, retrocediendo un paso hacia la habitación. No quería enfrentarse a él. No después de…

No. Meneó la cabeza.

Necesitaba café y no iba a dejar que él le quitara eso también.

Que la viera así: ensangrentada, desaliñada, sin máscara en todos los sentidos. Que viera lo que se habían hecho el uno al otro.

El salón tenía peor aspecto a la luz del sol.

Los agujeros de bala perforaban las paredes, los muebles estaban volcados, los fragmentos de cristal brillaban desperdigados por el suelo como estrellas perversas.

La sangre se había secado en manchas oscuras en el suelo, en las paredes blancas, en el sofá.

Los cuerpos yacían donde habían caído, empapados en su propia sangre.

Recorrió la estancia con la mirada antes de desviarla hacia Greyson.

Estaba de pie junto a la ventana agrietada, con las persianas bajadas para protegerse de la luz de la mañana y la tablet pegada a la oreja.

Llevaba solo unos pantalones de chándal, con el torso desnudo, dejando a la vista la extensión del daño bajo la calavera que se extendía por su espalda.

La herida superficial reciente de su bala se le curvaba por el costado, de un rojo vivo en la piel.

Por encima, la herida más antigua, del día que se conocieron, todavía se estaba curando, con la piel rosa y arrugada.

Hablaba en voz baja por la tablet, y Shadera dio un paso hacia él en un intento por enterarse de con quién estaba hablando.

Greyson se dio media vuelta cuando ella pisó con los pies descalzos un trozo de cristal, y su siseo y la retahíla de tacos que siguió anunció su presencia.

Se miraron a los ojos a través del destrozado salón y, durante un momento, ninguno de los dos se movió.

La llamada siguió su curso, y Greyson bajó todavía más la voz, pero mantuvo los ojos clavados en ella. Observándola. A la espera.

Shadera se sentía expuesta, vulnerable cuando el recuerdo de esas manos en su cuerpo, de esa boca sobre su piel, le inundó la mente al verlo sin camiseta allí delante. El silencio se extendió entre ellos, cargado e incómodo, hasta que ya no lo aguantó más.

—Que sepas —dijo con la voz ronca por el sueño y el licor— que tienes que aprender a esquivar. Ya te he disparado dos veces. Empiezo a ver un patrón.

Los labios de Greyson se curvaron mínimamente, sin llegar realmente a sonreír.

—Ven y punto —dijo Greyson, y luego colgó sin esperar respuesta y dejó la tablet sobre lo que quedaba de la mesita del sofá—. Quizá deberías aprender a usar las palabras como una adulta en vez de limitarte a dispararme.

Ella se dio media vuelta para ocultar la sonrisa que amenazaba con aflorar a sus labios y echó a andar hacia la cocina. Café. Necesitaba café para lidiar con lo que fuera eso, necesitaba distanciarse de su piel desnuda y de los recuerdos que le evocaba.

El cuerpo que había quedado en el suelo de la cocina la noche anterior era el único que había sido movido, creando un camino hacia la cafetera que, milagrosamente, seguía intacta después del violento ataque.

Se sirvió una taza de café, solo, lo bastante fuerte como para usarlo de decapante.

El primer sorbo le quemó, perfecto en su amargor.

Se dispuso a subirse a la isla, pero se quedó paralizada.

La isla.

Las imágenes acudieron en tropel: las manos de Greyson en su garganta, ella rodeándole la cintura con las piernas, el ansia voraz de su beso. Sintió que empezaba a arderle el cuello y se apresuró a alejarse, y se recostó contra la encimera mientras apartaba esos pensamientos de su mente.

—Sobre los cuerpos… —dijo, porque necesitaba llenar el silencio con algo, lo que fuera.

Greyson suspiró mientras se pasaba una mano por el pelo. El gesto fue espontáneo, cansado.

—Callum viene de camino con sus hombres. Ellos se encargarán.

—¿Cómo exactamente?

—Pues como se encarga de todo. Con eficiencia. Y discreción. —Se acercó a ella y se detuvo en el otro extremo de la encimera, sin acercarse del todo, pero sí lo suficiente como para que ella pudiera ver el agotamiento en su mirada—. Deberíamos hablar de lo de anoche.

—No.

—Shadera…

—Estaba borracha. —Pronunció las palabras demasiado deprisa, con demasiada brusquedad—. Pasara lo que pasase, ya lo he olvidado. Se ha borrado. Por completo. Una maravilla médica, la verdad.

Él la miró fijamente, y ese intenso escrutinio parecía ver a través de todas las mentiras que había contado en la vida.

—¿En serio?

—En serio. —Lo miró a los ojos—. Y, como intentes tocarme otra vez, te mato. Pero de verdad. Nada de heridas superficiales.

La amenaza quedó suspendida entre ambos, hueca incluso para ella. Ya le había disparado en dos ocasiones, y eso solo parecía ponerlo cachondo. No tenía claro qué decía eso de los dos.

Algo cambió en la expresión de Greyson, que esbozó una media sonrisa elocuente.

—No me refería a eso, pero me alegra ver que lo tienes tan en mente.

Shadera abrió la boca para replicar, para negarlo, para amenazar, para hacer algo, pero llamaron a la puerta.

Tres golpes secos. Medidos. Deliberados.

La actitud de Greyson cambió de inmediato.

La sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión alerta.

Se llevó una mano a la base de la espalda para empuñar el arma que llevaba en la cinturilla de los pantalones.

Se acercó a la puerta con cuidado, manteniéndose a un lado, alejado de la línea de tiro directa.

—¿Quién es? —preguntó con voz neutra.

—Callum —fue la respuesta—. Abre la puta puerta antes de que alguien me vea aquí plantado como un pasmarote.

Greyson relajó los hombros. Echó un vistazo por la mirilla y luego descorrió el pestillo, con el arma medio oculta detrás de una pierna mientras abría la puerta.

Callum estaba en el pasillo con un maletín en la mano, ataviado con un traje impecable pese a lo temprano que era, sin un solo pelo fuera de su sitio, como si hubiera salido de una revista en vez de haber aparecido para limpiar una masacre.

Entró en el apartamento y se quitó la máscara antes de darse cuenta de que Shadera lo miraba fijamente, sorprendida. Claro. Todavía no lo conocía lo suficiente como para comprender que le importaban una mierda las normas sobre el uso de las máscaras.

—Buenos días, querido —le dijo a Greyson, sin apartar la mirada de Shadera mientras evaluaba su aspecto—. ¿Una noche dura?

—No tienes ni idea —masculló ella con la vista clavada en su café.

La mirada de Callum recorrió el ático de nuevo, reparando en la sangre, en los agujeros de bala y en los muebles destrozados. Levantó un poco las cejas.

—En fin, todo muy festivo. Muy vanguardista. Muy «chic mortal».

—¿Te acompañan tus hombres? —le preguntó Greyson, ignorando su comentario.

—Ya vienen. Pero primero… —Callum los miró un instante a uno y a otro, y vio algo en la postura de ambos, en la cuidada distancia que mantenían, en la tensión que crepitaba en el ambiente—. Detecto una expresión culpable…

—Cal… —empezó Greyson.

—Lo sé, lo sé, hay cosas mucho más importantes de las que preocuparse que el polvo que hayáis echado en una habitación llena de cadáveres. —Le guiñó un ojo a Greyson—. Pero ya te aviso de que vamos a retomar el tema luego.

—No hemos… —protestó Shadera.

Callum levantó la cabeza mientras se le escapaba una risilla.

—No he venido a juzgar vuestros preliminares asesinos.

Sus hombres aparecieron a su espalda nada más pronunciar esas palabras, arrastrando a un Veyra encapuchado.

—Lo hemos encontrado en la azotea de la Torre Haven —explicó Callum, viendo cómo Greyson y Shadera se tensaban—. Tenía todo un equipo montado. Audio de largo alcance, vigilancia visual, un rifle de francotirador, todo lo necesario. Todo apuntando hacia aquí.

Las miradas culpables se intensificaron.

¡Ah, allí había gato encerrado, no le cabía duda!

El aire entre ellos prácticamente crepitaba con esa tensión típica que surge del sexo o de una pelea, y, conociendo a esos dos, seguro que se debía a ambas cosas.

Archivó el descubrimiento para mortificarlos después.

—¿Dónde? —preguntó Greyson, con un tono de voz que adquirió el matiz frío que Callum sabía que significaba que alguien estaba a punto de tener un día espantoso.

—En la sala de armas —sugirió Callum—. Está insonorizada. —Se volvió hacia sus hombres—. Empezad a limpiar. Quiero todo esto impecable en tres horas.