Sanguinaria (El Corazón 1) 25. Demuéstramelo #3
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25. Demuéstramelo #3

Sus bocas chocaron, un torbellino de dientes, lenguas y furia.

Ella le mordió el labio con tanta fuerza que lo hizo sangrar, y él gimió mientras la empujaba contra la pared.

Su cuerpo la inmovilizó mientras le enterraba las manos en el pelo y le echaba la cabeza hacia atrás para dejar al descubierto su garganta.

Le mordió la delicada piel de esa zona, arrancándole un jadeo que convirtió su sangre en un torrente de fuego.

«Esto es un puto error —le advirtió una voz en lo más recóndito de su mente—. El peor error posible».

A su cuerpo no le importaba. Le ardía la sangre por la necesidad de poseerla, de reclamarla, de hacerla suya de la forma más primitiva posible.

Shadera le arañaba la espalda, clavándole las uñas en la piel a través de la tela rasgada de la camisa.

El dolor solo sirvió para avivar su deseo, un contrapunto agudo al placer de sentir el cuerpo de ella pegándose al suyo.

Era una equivocación. Eso era lo que le gritaba la mente mientras su cuerpo respondía al de Shadera con una intensidad que rayaba en la violencia.

Ella le desgarró la camiseta y le arañó el pecho con las uñas, y se le olvidó por qué aquello era una mala idea mientras Shadera se la quitaba por la cabeza.

—Joder —susurró ella cuando Greyson le rozó una clavícula con los dientes—. Esto no… Esto no cambia nada.

—Cállate —gruñó Greyson contra su piel mientras bajaba las manos hacia sus muslos para levantarla.

Ella le rodeó la cintura con las piernas, arqueando la espalda mientras la presionaba con más fuerza contra la pared y deslizaba una mano hasta su garganta para rodearle el delicado cuello y presionar un poco.

Sabía lo que ella quería, lo que le gustaba.

Y le daría todo lo que necesitaba. Shadera parpadeó por el contacto y se le escapó un gemido que lo derritió.

El poder de ese sonido —su vulnerabilidad, su rendición— era embriagador.

La llevó hasta la isla de la cocina y tiró al suelo con un brazo las botellas y los vasos, que se hicieron añicos a sus pies, sumándose a la destrucción que los rodeaba.

La sentó en el borde de la encimera, sin apartar la boca de la suya mientras le metía las manos por debajo de la camiseta para descubrir la cálida piel que había debajo.

Era la puta perfección. Músculos tersos y curvas suaves, fuerza y feminidad combinadas en un paquete letal que encajaba contra él como si la hubieran creado para sus manos.

Trazó con los dedos el contorno de sus pechos, rozando esos pezones duros, y el gemido que vibró a través de su torso estuvo a punto de postrarlo de rodillas.

Cuando ella le mordió el hombro con tanta fuerza que le dejó una marca, pensó que estaba a punto de perder la puta cabeza.

No pudo contenerse más. Le desabrochó el botón de los pantalones y luego le bajó la cremallera. Los latidos de su corazón le atronaban los oídos mientras deslizaba los dedos por debajo de la tela, y gimió contra su cuello al descubrirla ya empapada por el deseo.

Estaba mojadísima, y todo eso era para él.

—Joder —susurró entre dientes mientras empezaba a acariciarle el clítoris con los dedos, arrancándole un sinfín de gemidos.

Era el sonido más bonito que había oído en su puta vida.

Se quedó parado un momento antes de apoderarse de nuevo de su boca y pasarle otra vez la lengua por el labio inferior, tras lo cual le metió dos dedos.

Un grito brotó de la garganta de Shadera mientras se los introducía y se los sacaba despacio, penetrándola cada vez más con cada movimiento.

Sus músculos internos lo apretaban con fuerza, succionándolo hacia el fondo, y a Greyson se le escapó un jadeo ronco por la sensación.

Todo se volvió borroso cuando ella empezó a moverse sobre su mano, bajando las caderas hacia él y frotándose.

Iba a follársela. Y no iba a ir con cuidado.

Le acercó la boca a la oreja mientras le hundía los dedos hasta el fondo.

—Necesito que me digas que quieres esto. Necesito oírte decirlo o que me pidas que pare ahora mismo. Porque no voy a ser cuidadoso contigo. Voy a conseguir que grites para mí, Shadera.

Su respuesta fue un demoledor movimiento de caderas y un gemido, seguido de las palabras:

—Joder, principito, pues demuéstramelo.

A Greyson se le escapó un gruñido al oírla y se le puso más dura antes de meterle otro dedo.

Le recorrió el cuerpo con los labios y ella le enterró las manos en el pelo.

Le dejó un reguero ardiente con la lengua y los dientes por el cuello, la clavícula y la curva de los pechos por encima de la camiseta.

Greyson le levantó la prenda con la mano libre, dejándole al descubierto el abdomen, los duros y tensos músculos que contrastaban con la suavidad de su piel.

Le lamió los pezones por encima del encaje y se los mordisqueó.

A Shadera se le entrecortó la respiración mientras se arqueaba más hacia él y se le escapaba un gemido de entre los labios.

Él siguió bajando por su cuerpo, deslizándole la lengua por la cinturilla mientras le sacaba los dedos a regañadientes para quitarle los pantalones.

Agarró la tela y ella levantó las caderas, pero se le cayeron dos cosas del bolsillo.

Ambos se quedaron paralizados.

Greyson clavó la mirada en la fotografía. Eran Brooker y él, sin máscaras, sonriendo. La foto de su dormitorio. La que había escondido. La que nadie más debería tener.

Se echó hacia atrás, apartándole las manos del cuerpo mientras se agachaba para recoger los objetos.

—¿De dónde has sacado esto? —Su voz se había vuelto fría; toda la pasión se había evaporado en un instante.

Ella se bajó de la isla, colocándose la ropa.

—¿Importa?

—¿De dónde has sacado esto? —repitió él, y la rabia sustituyó cualquier otra emoción.

Ella lo miró fijamente a los ojos.

—¿Quién es?

Greyson retrocedió un paso, aumentando la distancia entre ellos con cada latido del corazón. El recuerdo de lo que ella era, de quién era, lo golpeó con una fuerza insoportable cuando miró la foto antes de levantar la cabeza.

Sin decir una palabra más, dio media vuelta y se dirigió a su dormitorio, con la fotografía y la tablet en la mano. Sentía esos ojos verdes en la espalda mientras dejaba atrás los cuerpos y los destrozos del ataque, pero ella no lo siguió, no lo llamó.

Cerró de un portazo a su espalda antes de pegarle un puñetazo a la pared lo bastante fuerte como para dejar la marca en la escayola. El dolor le subió por el brazo, devolviéndolo a la realidad, despejándole la mente del deseo, del alcohol.

Apoyó la frente en la puerta, con la respiración agitada, con el sabor de Shadera todavía en la lengua, con el recuerdo de su cuerpo contra él grabado a fuego en la piel. ¿Se podía saber en qué había estado pensando? ¿Se podía saber qué había estado a punto de hacer?

¿Se podía saber qué coño le pasaba?

El vehículo patrulla traqueteaba debajo de Jameson. Su cuerpo estaba allí (vestido con los colores del enemigo, rodeado de su equipo, volviendo al Perímetro), pero su cabeza seguía en aquella sala iluminada con luz azul. El casco Veyra robado le pesaba más que antes, la armadura lo oprimía más.

Nadie hablaba. El fracaso de la misión flotaba en el ambiente como si fuera gas venenoso, colándosele en los pulmones, nublándole la mente.

Siete de ellos habían entrado en el Corazón.

Siete regresaban. Las cifras deberían haber sido un éxito: sin bajas, sin heridas más allá de unos cuantos rasguños.

Pero el espacio vacío donde debería haber estado Shadera hacía que las estadísticas carecieran de sentido.

Jameson miró a su equipo a través de la visera reflectante del casco.

Exploradora se estaba limpiando la sangre de debajo de las uñas con precisión mecánica.

Brecha se miraba las manos, con las palmas hacia arriba, como si leyera un futuro en el que ya no estaba Shadera.

Comunicaciones vigilaba las frecuencias de los Veyra, tamborileando con un ritmo nervioso sobre su muslo.

Tirador, Rastreador y Doc demostraban la serenidad perfecta de los asesinos, conservando energía, asimilando el fracaso.

Y Jaeger… Jaeger lo observaba desde detrás de su propia visera, a la espera.

A través de la mampara, Jameson veía la tensa línea de los hombros del capitán Mikel mientras se abría paso por las calles que los llevarían de vuelta al puesto de control.

La traición de Mikel al Corazón debería parecerle una victoria.

En cambio, le revolvió el estómago; una complicación más en un mundo tan fracturado que era irreconocible.

—¿Lo sabías? —Las palabras rompieron el silencio como un disparo, con su voz amplificada dentro del casco.

Nadie se movió, pero sintió que aumentaba la tensión colectiva. El casco de Jaeger se giró hacia él.

—¿Lo sabías? —repitió Jameson, cada palabra puro hielo—. ¿Sabías que se había comprometido con Serel?

Jaeger no contestó de inmediato. En cambio, volvió la cabeza hacia la mampara, hacia Mikel, que seguía concentrado en la carretera que tenían delante. Se produjo una evaluación silenciosa entre ellos, apreciable solo por el sutil cambio de postura.

—Sí. —El monosílabo cayó entre ellos, pesado y definitivo.

La rabia que recorrió las venas de Jameson fue tan potente que tuvo que apretar los puños para no sacar su arma. De repente, la pared metálica que tenía al lado le pareció el blanco perfecto para su furia, pero se mantuvo quieto, contenido, peligroso.

—Lo sabías. —Su voz se había reducido a un susurro—. Lo sabías y, aun así, no me detuviste. Me dejaste entrar en el Corazón creyendo que podría traerla a casa.

—Creí que…