25. Demuéstramelo #2
Ella se tensó bajo su cuerpo y luego se quedó completamente inmóvil al percibir el sonido de un movimiento dentro del apartamento: pasos suaves, el crujido de una tela, el clic casi imperceptible de un seguro.
—No estamos solos —susurró ella, y él sintió su aliento cálido contra la oreja.
La mente de Greyson se aceleró, con la adrenalina disipando la neblina del alcohol. El apartamento debería haber estado protegido, con el sistema de seguridad activado. Alguien había anulado sus protocolos, lo que solo podía significar una cosa: los Veyra.
Se apartó de Shadera y la empujó contra la pared mientras desenfundaba su arma.
Ella tenía los ojos muy abiertos, pero alerta, y su respiración era controlada. No estaba asustada, estaba calculando.
—Dame un arma —le exigió con voz firme.
—No. —Greyson comprobó el cargador y luego introdujo una bala en la recámara.
—¿Has perdido la puta cabeza? Nos están atacando y no vas a…
—Apáñatelas. —La miró a los ojos, vio la furia y la incredulidad en ellos y le regaló una sonrisa burlona—. Eres una mujer de recursos.
Antes de que ella pudiera replicar, se alejó para abrir la puerta de la terraza y disparó dos veces hacia la posición del francotirador. El fuego enemigo fue inmediato.
El apartamento se sumió en el caos.
Los Veyra salieron de sus escondites. Estaban detrás de los muebles, detrás de los armarios, en su puto dormitorio. Estaban allí. Esperándolos. Con las armas preparadas y las caras ocultas detrás de las viseras reflectantes.
—No dispare. Por orden del presidente Serel —dijo el oficial al mando—, tenemos el deber de…
Greyson no esperó a que terminase. Disparó dos veces, alcanzando al hombre en el centro del pecho. El Veyra se tambaleó hacia atrás, y su frase acabó en un gorgoteo húmedo mientras la sangre brotaba por debajo de su visera.
Los cuatro restantes abrieron fuego simultáneamente, y el estruendo de los disparos fue ensordecedor. Greyson rodó hasta colocarse detrás de la mesa de centro y la volcó para parapetarse. Las balas hicieron saltar las astillas de la madera de inmediato.
Con el rabillo del ojo, vio a Shadera moverse.
Una sombra letal que aprovechaba el caos con agilidad.
Se arrastró por el suelo, cogió una escultura metálica decorativa de una mesita auxiliar y la lanzó con precisión hacia el Veyra más cercano.
Le dio en la visera, agrietándola y cegándolo momentáneamente.
Durante esa fracción de segundo, se abalanzó sobre él, envolviendo su torso con las piernas y aprovechando el impulso para derribarlo. Le arrebató el arma mientras caían, retorciéndosela en la mano, y le disparó en la garganta, tras lo cual se alejó rodando del chorro de sangre arterial.
Greyson derribó a un segundo guardia Veyra con un disparo certero en la cabeza a través del casco, que le voló la parte posterior del cráneo.
La sangre salpicó la pared blanca que tenía detrás, creando un violento test de Rorschach en la inmaculada superficie.
El tercero logró disparar una bala que pasó silbando junto a la oreja de Greyson antes de recibir dos balas en el pecho cuando apuntó a Shadera.
El cuarto fue más cauteloso y se alejó hacia la cocina, donde podía protegerse mejor.
—¡Verdugo! —gritó el hombre con la voz distorsionada por el casco—. Ríndete. Son órdenes del presidente.
—Que le den al presidente —replicó Greyson, haciéndole una señal a Shadera con la mano libre. Ella asintió una vez para indicarle que lo había entendido.
Greyson disparó tres veces más para mantener al Veyra inmovilizado mientras ella rodeaba la zona y se acercaba a él por el lado opuesto.
El hombre, concentrado en Greyson, no la vio hasta que fue demasiado tarde.
Shadera le disparó dos veces, y las balas encontraron huecos en su armadura, en el cuello y en una axila.
Se derrumbó, y el arma cayó al suelo con un estruendo.
Otros dos Veyra entraron por la puerta de la terraza mientras Greyson estaba distraído, y uno de ellos se abalanzó sobre él antes de que pudiera reaccionar. Lo derribó contra el mueble de la entrada, y el espejo se hizo añicos cuando ambos cayeron al suelo.
Shadera rodó por detrás de la isla mientras los disparos resonaban sobre ella, pero siguió avanzando y se abalanzó contra las piernas del segundo Veyra. Cayeron juntos en una maraña de extremidades.
Greyson no pudo hacer nada, ni siquiera mirar cuando el puño del Veyra impactó en su mandíbula, haciendo que se golpeara la cabeza contra el suelo.
Vio estrellitas por detrás de los párpados, pero el instinto lo mantuvo en movimiento.
Levantó una rodilla para golpear al hombre entre las piernas, arrancándole un grito de dolor.
Al aflojarse el agarre del guardia, aprovechó para darse la vuelta e invertir sus posiciones.
No tenía el arma, ya que había salido disparada de una patada durante el ataque.
Le dio un codazo al Veyra en la garganta con una fuerza aplastante y sintió que el cartílago cedía bajo el impacto.
El hombre abrió mucho los ojos y sus manos arañaron desesperadamente la cara de Greyson, sus brazos, cualquier cosa a la que pudieran llegar.
Greyson volvió a golpear. Una y otra vez, hasta que las manos se apartaron. En ese momento lo agarró por la cabeza y le rompió el cuello de un solo movimiento. El cuerpo que tenía debajo quedó inmóvil.
Su atención regresó de inmediato a Shadera, y vio cómo apuntaba con un arma al guardia por debajo del casco y apretaba el gatillo.
Sus ojos captaron un movimiento detrás de ella: un Veyra herido se puso de rodillas, con la sangre brotándole del cuerpo a chorros, y la apuntó con un arma a la espalda.
—¡Al suelo! —gritó Greyson, lanzándose a por su pistola.
Shadera se tiró al suelo al instante, y la bala del Veyra atravesó el espacio donde antes estaba su cabeza. Greyson agarró su pistola con los dedos, rodó por el suelo para acercarse a ella y disparó.
Una. Dos. Tres veces.
El pecho del Veyra se tiñó de rojo, mientras las balas desgarraban su carne. Se mantuvo erguido solo un segundo antes de desplomarse de espaldas y caer al suelo con un ruido sordo.
Se hizo el silencio, solo roto por su respiración entrecortada. Greyson se puso en pie, examinando el apartamento en busca de cualquier amenaza restante. Siete atacantes. Todos muertos.
Shadera estaba en medio de la carnicería, con la cara y la ropa salpicadas de sangre, y la pistola robada todavía agarrada con fuerza en una mano. Tenía un aspecto salvaje y hermoso, con los ojos desorbitados y el pecho agitado por el esfuerzo y la adrenalina.
—¿Hay más? —preguntó con mirada evaluadora.
—No —respondió Greyson, pero luego se detuvo, indeciso—. Quizá. No estoy seguro.
Sus miradas se cruzaron sobre el suelo ensangrentado, ambos ebrios y desorientados por el ataque, ambos conscientes de lo cerca que habían estado de la muerte.
Algo cambió entre ellos, una corriente de energía en el aire que no tenía nada que ver con el peligro y todo que ver con la supervivencia, con estar vivos cuando deberían estar muertos.
El brazo de Shadera se levantó despacio y la pistola apuntó directamente al pecho de Greyson. Tenía la mano firme pese al alcohol en su organismo.
—Suéltala —masculló él, sin levantar su propia arma en respuesta.
—¿Por qué debería hacerlo? —replicó Shadera en voz baja y peligrosa—. Dame una razón para no meterte un balazo ahora mismo, cumplir mi contrato y salir por esa puerta.
Greyson dio un paso hacia ella, sin inmutarse mientras el arma seguía sus movimientos.
—Porque nunca pasarías del primer control.
—Inténtalo de nuevo.
Otro paso.
—Porque, si me matas, mi padre reducirá el Perímetro a cenizas.
—No es suficiente. —El arma no vaciló.
Dio un último paso, lo bastante cerca ya como para que el cañón del arma se le clavara en el esternón.
Sentía su aliento en la cara, veía el pulso agitado en su garganta y se le crisparon los puños a los costados.
El deseo corrió por sus venas al admirar la obra maestra que tenía delante, cubierta por las consecuencias de la violencia que habían compartido.
—Si me disparas —dijo con la voz reducida a un susurro ronco—, solo conseguirás que quiera follarte.
Los labios de Shadera se entreabrieron ligeramente y sus pupilas se dilataron. Se humedeció los labios, y esa imagen hizo que se le pusiera dura mientras ella mantenía la pistola firme contra su pecho y, después, de forma lenta y deliberada, le quitaba el seguro.
—Atrévete siquiera a pensarlo y te mato.
Greyson sonrió, con una expresión salvaje y voraz.
—En ese caso, soy hombre muerto.
Ella contuvo el aliento por sus palabras y, durante un instante, ninguno de los dos se movió.
Hasta que Shadera apretó el gatillo.
El arma se descargó con un chasquido amortiguado justo cuando Greyson se giraba, y la bala le rozó el costado, rasgando la tela y la piel.
El dolor se extendió, abrasador y punzante, pero, en vez de caer hacia atrás, se abalanzó hacia delante, disparando su propia arma por instinto.
La bala le rozó el muslo a Shadera, dejando una línea roja sobre la tela negra de sus pantalones.
—Me has disparado —jadeó ella, y se miró la pierna con incredulidad antes de levantar los ojos hacia su cara.
—Tú me has disparado primero —replicó él, presionando con la mano libre la herida de su costado, que se tiñó de rojo.
Se miraron fijamente, ambos sangrando, ambos respirando con dificultad, mientras la tensión que se había ido acumulando desde que ella entró en su vida cargaba el ambiente.
Pasó un segundo. Dos.
Greyson no estaba seguro de quién se movió primero cuando chocaron con la fuerza de dos tormentas que se encuentran.
Su pistola cayó al suelo con un ruido sordo mientras le tocaba la cintura, la espalda, el pelo.
Shadera dejó que su arma cayera junto a la otra mientras le clavaba los dedos en los hombros, en el cuello, y lo acercaba a ella de un tirón con una fuerza desesperada.