25. Demuéstramelo
La botella pesaba en la mano de Greyson.
El caro licor le quemaba la garganta, pero no lograba apaciguar la rabia que le latía debajo de la piel.
El interior del coche parecía engullirlo, y era demasiado reducido como para controlar tanto su furia como a la mujer sentada a su lado.
Ella no había dicho ni una palabra desde que Jameson dejó el club.
Él tampoco. Las palabras parecían inútiles después de lo que había pasado, después de lo que ella había estado a punto de hacer.
Shadera iba sentada con el cuerpo girado hacia el otro lado y una pierna doblada debajo del cuerpo, dejando toda la distancia posible entre ellos.
Se llevó la botella de whisky que tenía en la mano a los labios, y él vio el movimiento de su garganta al tragar.
Su máscara reflejaba las cambiantes luces del exterior, y las sombras danzaban en los ojos huecos de la calavera mientras atravesaban las iluminadas calles del Corazón.
Greyson bebió otro sorbo, permitiendo que el ardor lo distrajera de las imágenes que insistían en pasarle por la mente: Shadera en los brazos de Jameson, pegada a su cuerpo; sus dedos demorándose sobre él. Su puta forma de mirarlo.
Los ojos de Chapman se desviaron hacia el espejo retrovisor y se apartaron deprisa. Un tío inteligente. Llevaba el tiempo suficiente a su servicio como para saber en qué momento el silencio era la opción más segura.
Greyson apretó los dientes cuando el coche se sacudió al pasar por un pequeño bache, haciendo que su hombro tocara brevemente el de Shadera.
Ella se apartó todavía más y se pegó a la puerta.
Había estado dispuesta a marcharse. A salir de aquel local con el Fantasma y a perderse en la oscuridad de la noche, a sabiendas de lo que eso supondría.
A sabiendas de lo que su padre les haría a los anillos, a Lira y a Callum.
A sabiendas de lo que le haría a él mismo.
La constatación le había dejado un regusto amargo en la boca que ni siquiera el alcohol podía borrar. Shadera prefería arriesgarlo todo, y a todos, antes que quedarse con él. Esa certeza le clavó las garras en el pecho, despedazando algo que no podía nombrar. Que no quería nombrar.
Bebió otro trago, en esa ocasión con más ganas.
Al otro lado de la ventanilla, la Torre Serel se alzaba delante, con sus agujas de platino apuntando al cielo como dedos acusadores.
Su hogar. O lo más semejante a un hogar en ese momento.
Aunque ya no se lo parecía; no con ella allí, provocando el caos en su existencia cuidadosamente ordenada.
No con su traición todavía sangrando entre ellos.
El coche entró en el garaje privado situado bajo la torre; la transición quedó marcada por el cambio en la iluminación.
Chapman detuvo el vehículo con suavidad, y Shadera salió antes de que él pudiera abrirle la puerta, dirigiéndose a grandes zancadas hacia el ascensor sin esperar a nadie.
Greyson la siguió, con movimientos controlados a pesar de que el alcohol le emborronaba la visión periférica.
El trayecto en ascensor se le hizo eterno; el silencio fue total salvo el zumbido mecánico mientras subían.
Shadera se mantuvo en un rincón, todavía aferrada a su botella, con la máscara bien colocada.
Él podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo pese a la distancia que los separaba.
Podía oler la mezcla del humo del club y de su piel.
Podía oír cada una de sus respiraciones controladas.
Las puertas del ascensor se abrieron, y sintió los ojos de Shadera en su espalda mientras metía la llave en la puerta del apartamento y entraba. Ella pasó a su lado, avanzando con decisión hacia el pasillo, hacia su dormitorio…, alejándose de él. Alejándose de la conversación que debían mantener.
—No —dijo él en voz baja mientras la seguía al interior, sin molestarse en encender las luces.
Ella se detuvo de golpe, pero no se dio media vuelta.
—No te alejes de mí. —Greyson dejó la botella en el mueble de la entrada con tanta fuerza que el líquido se derramó por el borde.
Los hombros de Shadera se alzaron y bajaron con una respiración profunda antes de volverse para mirarlo. Su máscara lo observaba fijamente, impasible y fría.
—Quítatela —le ordenó Greyson mientras retiraba la suya. La máscara se desprendió con un suave sonido, y el aire fresco del apartamento le rozó la piel desnuda.
Por un momento, pensó que Shadera iba a negarse. Sin embargo, vio que buscaba el borde de la máscara con los dedos y se la quitaba de la cara con cuidado. Sus ojos verdes se encontraron con los de él, desafiantes, preciosos e irradiando odio.
—¿Qué quieres que te diga? —le preguntó ella sin inflexión alguna en la voz.
Algo se rompió dentro de Greyson. El control que había mantenido desde que salieron del club, la moderación que se había impuesto durante el trayecto…, todo se derrumbó bajo el peso de la indiferencia que veía en ella.
—¿De verdad te resulta tan fácil? —Las palabras le salieron a borbotones, con la voz ronca por el alcohol—. ¿Traicionarme por un capricho?
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Traicionarte? No puedo traicionar a alguien a quien, para empezar, no le soy leal.
—Teníamos un acuerdo.
—Teníamos una amenaza —lo corrigió ella al tiempo que se acercaba y le señalaba el pecho con un dedo—. La amenaza de tu padre. No confundas eso con lealtad ni con capacidad de elección.
Dando un paso adelante, Greyson acortó aún más la distancia entre ellos.
—¡Joder! Ibas a irte de verdad, a sabiendas de lo que les pasaría. A los anillos. A Lira. A Callum.
—Ni se te ocurra —replicó ella en voz baja y peligrosa—. Ni se te ocurra intentar hacerme responsable de los actos de tu padre.
—Pero tú eres responsable de los tuyos —replicó él—. Y, si yo no hubiera aparecido, habrías elegido dejarnos a todos atrás, sabiendo que moriríamos por tu decisión.
—¡Quiero salir de aquí! —La botella que tenía en la mano se balanceó al gesticular, y el líquido cayó al suelo—. Quiero salir de esta puta prisión a la que llamas hogar. Quiero dejar de jugar a las casitas con el verdugo del Corazón.
Greyson se negó a inmutarse por sus palabras.
—¿Eso es lo que estamos haciendo? ¿Jugar a las casitas?
—¿Cómo lo llamarías tú? —Se rio, pero fue un sonido áspero y chirriante—. Aunque me llames «prometida», no dejo de ser tu prisionera. Nunca seré otra cosa.
Greyson se acercó todavía más, y su altura la obligó a echar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
—¿Y él también era eso para ti? ¿Por ese motivo lo dejaste en el Perímetro sin más? ¿Otro carcelero que mantenía atada a la infame Shade? ¿O sentías algo por él cuando lo traicionaste y lo mandaste a la mierda?
Algo destelló en los ojos de Shadera; sorpresa, quizá, por los celos evidentes en su voz.
—Nunca lo he traicionado —siseó en respuesta—. No sabes nada de él, ni de nosotros.
—Sé lo suficiente. —La voz de Greyson se endureció—. Sé que estaba dispuesto a que te mataran. A arriesgarlo todo en una puta misión suicida que habría acabado con los dos muertos.
—Por lo menos estaba dispuesto a intentarlo —replicó ella con aspereza, levantando la voz—. Por lo menos estaba dispuesto a luchar por mí.
—¿Y yo no? —le preguntó Greyson—. ¿Qué coño crees que he estado haciendo desde que llegaste?
¿Disfrutando del espectáculo mientras comía palomitas?
Tengo que luchar todos los días contra mi padre, contra el Corazón, contra todo este puto sistema, solo para mantenerte a salvo. Para mantener a todos a salvo.
Ella torció el gesto.
—Mientras sigues obedeciéndolo. Mientras sigues jugando a ser el verdugo. —Bebió otro trago sin apartar los ojos de él—. ¿Y qué hay de tu pequeño reencuentro con Maya? No me hables de Jameson cuando tú no dudaste en largarte arriba con ella.
La acusación le arrancó una carcajada áspera.
—¿Eso es lo que te pareció? ¿Estás celosa, sanguinaria?
—No te hagas ilusiones —contestó Shadera, y su voz rezumaba veneno—. Me da exactamente igual con quién folles.
—No me la estaba follando —le soltó Greyson—. Estaba recabando información. Sobre los planes de mi padre, sobre la base militar, sobre las bombas que amenaza con lanzar sobre tu querido Perímetro. Maya oye cosas en esos clubes.
—Qué conveniente —se burló ella—. Estoy segura de que toquetearte por todos lados formaba parte del intercambio.
—Cuidado, Shade —le dijo él, y su voz adoptó un tono peligroso—. Empieza a parecer que te importa.
A esas alturas estaban muy cerca, casi se tocaban. Greyson olía el whisky en su aliento y veía el rubor extendiéndose por sus mejillas, así como el pulso acelerado en su cuello. La ira palpitante que irradiaba era tangible, un reflejo de la que él sentía.
—Lo único que me importa es sobrevivir —replicó ella, bajando la voz para igualar la suya—. Salir viva de esto.
—¿Por eso te guardaste la tablet? —preguntó él—. ¿La que llevas en el bolsillo trasero? ¿O es solo para mantenerte en contacto con tu amante?
La vio abrir los ojos por la sorpresa un instante, pero se recuperó rápidamente.
—Usaré cualquier herramienta a mi alcance.
—¿Y qué pasa conmigo? —Greyson alzó la mano hacia su pelo, sin llegar a tocárselo, y la dejó levantada en el espacio cargado de tensión que había entre ellos—. ¿Solo otra herramienta que puedes usar?
Shadera contuvo la respiración y bajó la mirada un instante hacia sus labios antes de volver a levantarla. El momento se prolongó entre ellos, tenso y eléctrico.
Y en ese instante apareció un punto rojo en la pared junto a ellos.
Greyson reaccionó por instinto, agarrando a Shadera y tirándola al suelo justo cuando el cristal de la ventana más cercana se agrietaba como una telaraña por el impacto.
—Quédate agachada —masculló, cubriéndola con su cuerpo mientras buscaba con una mano la pistola que llevaba enfundada al hombro.