24. El puto Jameson Vine #4
—Ah, ¿no? —respondió ella en voz baja—. ¿No es eso lo que siempre hemos hecho el uno por el otro?
El peso de la situación inundó a Shadera hasta los huesos.
Tal vez fuera la última vez que se veían.
Solo de pensarlo notó una punzada de dolor en el pecho tan fuerte que estuvo a punto de jadear.
Después de todo lo que habían pasado juntos, después de todas las misiones, las veces que estuvieron a punto de morir, las noches de alcohol y risas y sostenerse el uno al otro cuando acudían las pesadillas, su historia no podía acabar con la muerte de él solo porque ella tenía el deseo egoísta de vengarse.
—Tienes que irte —repitió en un tono más amable—. Vuelve al Perímetro. Prepáralos para lo que está por venir.
Jameson apartó la mirada, su perfil marcado en la tenue luz. Shadera podía ver en sus ojos los cálculos mentales, su parte estratega sopesando opciones, buscando soluciones cuando no había ninguna.
—Lo siento —soltó ella de repente. Las palabras se le escaparon antes de que pudiera contenerlas—. Siento no haber escuchado cuando me dijiste que no aceptara el contrato. Siento haber desencadenado todo esto. Siento…
Jameson volvió a girar la cabeza hacia ella. De pronto, sus ojos eran feroces. Se movió antes de que Shadera terminase, le sostuvo la cara con los dedos, extendiéndolos por sus mejillas con una delicadeza que no cuadraba con la intensidad de su mirada.
—Shadera Kael —dijo en voz grave y cargada—, nunca te disculpes por tu rabia.
Ella se quedó sin aliento ante la absolución inesperada.
—Te adentraste en el Corazón sabiendo que tal vez no podrías volver, no solo por lo que su familia le hizo a la tuya, sino porque creías que podrías marcar la diferencia.
Así eres tú. Así has sido siempre. —Sus pulgares rozaron sus pómulos con una caricia reverente—.
La mujer que lucha incluso cuando la victoria parece imposible.
La mujer que antepone a los demás a sí misma, aunque no se dé cuenta de que lo está haciendo.
Las lágrimas que había estado conteniendo amenazaron con derramarse. Shadera parpadeó deprisa, negándose a que cayeran, negándose a que esta despedida fuera más dura de lo que ya era.
Jameson le soltó la cara y se llevó la mano al cinturón, de donde sacó un objeto pequeño y plano.
—Toma —dijo, colocándoselo en la mano—. Llévalo encima siempre que puedas. Es una tablet encriptada. Podremos coordinar los próximos pasos.
Shadera bajó la vista al dispositivo, que no era más grande que su mano, liso y negro. Una conexión con el mundo exterior, con Jameson, con la libertad. Se lo metió en el bolsillo junto a la foto y rezó para que Greyson no la cacheara al volver a su apartamento.
—Hay poca cobertura —explicó Jameson bajando un tanto la voz, en un tono más urgente—. Pero se conectará a nuestra red una vez al día, a las tres de la madrugada. Escóndelo. Úsalo para informarnos de lo que pasa, de dónde caerán las bombas si la cosa se tuerce.
Shadera asintió; tenía la garganta demasiado cerrada para pronunciar palabras. El reloj avanzaba, estaban a punto de acabar sus tres minutos, el regreso de Greyson era inminente. Esta despedida tendría que valerles, tendría que mantenerlos unidos durante lo que estaba por venir.
La radio del cinturón de Jameson volvió a restallar, y la voz de Jaeger se abrió paso con una urgencia inconfundible.
—Fantasma, se está cerrando la ventana de salida. Sal ahora mismo.
Shadera dio un paso al frente, lo envolvió con los brazos y enterró la cara en su cuello mientras él la estrechaba contra su cuerpo.
—Lo superaremos —murmuró Jameson en su cabello, rozándole la sien con los labios—. Como siempre.
Finalmente, Jameson se apartó. Sus manos permanecieron sobre los hombros de Shadera como si no quisiera romper el contacto por completo.
—Te quiero —dijo, unas palabras simples y sin adornos—. Siempre te querré, pase lo que pase.
La declaración quedó flotando entre ellos, simple y honesta.
Shadera siempre lo había sabido, lo había visto en sus ojos miles de veces, en cómo la miraba cuando pensaba que ella no se daba cuenta.
Pero nunca lo había dicho, no directamente, no así.
Las palabras eran un regalo y una carga, preciosas y terribles en esa situación.
Jameson buscó su casco y se lo colocó de nuevo en la cabeza.
La visera reflectante cayó, ocultando su expresión, transformándolo de nuevo en un Veyra.
Anónimo. Intocable. Cogió la máscara de donde la había dejado y se la entregó a ella con una amabilidad que le hizo sentir una punzada de culpa en el pecho.
Una sonrisa triste asomó a los labios de Shadera cuando pasó la vista de la máscara a Jameson. Cuando este se dirigió a la puerta, le dedicó sus propias palabras. Las mismas que ella había oído cuando se marchó del Perímetro.
—No mueras, Fantasma.
Jameson dejó escapar una risilla cuando echó la vista atrás.
—Lo intentaré, pero no prometo nada.
Y entonces se fue, adentrándose en la multitud que había al otro lado. La música retumbante se coló por la puerta mientras esta se cerraba tras él.