Sanguinaria (El Corazón 1) 24. El puto Jameson Vine #2
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24. El puto Jameson Vine #2

—Por favor —dijo, mirando directamente a Greyson—, déjanos marchar.

Sé que no quieres tenerme prisionera. Sé que no eres como tu padre.

—Las palabras sonaron demasiado íntimas, demasiado reveladoras del complicado entendimiento que se había desarrollado entre los dos, pero siguió hablando—: No tienes por qué hacer esto.

Greyson permaneció totalmente quieto mirándola fijamente a los ojos. Algo cambió en lo más profundo, un destello de emoción que reprimió de inmediato.

—Has tomado una decisión, Shadera —contestó al fin—. Cuando aceptaste mi contrato, cuando accediste a los términos de mi padre, pusiste en marcha una serie de consecuencias que no pueden revertirse.

—¿Qué términos? —exigió saber Jameson, con la voz impregnada de una rabia cada vez mayor—. ¿De qué cojones está hablando, Shade?

—Cuatro días —respondió Greyson—. En cuatro días estaremos en el cadalso y tomaremos los votos delante de toda New Found Haven. —Se giró hacia Jameson—. Las pantallas de todos los anillos lo retransmitirán. La sanguinaria y el verdugo, unidos en sagrado matrimonio.

La carcajada de Jameson fue áspera, incrédula.

—Eso jamás sucederá. Los anillos saben lo que hizo. Los rebeldes están luchando con ella, por ella , por lo que sucedió en prisión.

Shadera se giró hacia él, absolutamente desconcertada.

—¿De qué estás hablando? No hice nada en esa prisión salvo conseguir que asesinaran a la gente.

Jameson la miró con el ceño fruncido.

—¿De verdad no lo sabes? —Negó con la cabeza—. Tu intento de asesinato se ha extendido por los anillos como un incendio forestal.

A Shadera se le cerró la garganta.

—Supongo que el Corazón no te ha permitido saber lo que está pasando en los anillos —espetó Jameson mirando a Greyson—.

Los rebeldes están cantando el himno, todo el mundo en los anillos.

—Su voz se suavizó con algo parecido al orgullo—.

Se ha convertido en la canción de la rebelión.

Te tienen como un símbolo, Shade. La sanguinaria que se plantó contra el Corazón.

—Yo no quiero nada de eso —repuso ella inmediatamente, las palabras desgarradas—. No quiero ser un símbolo. Solo quiero irme a casa.

No era un puto símbolo. Era una mercenaria, una asesina a sueldo. No era una heroína ni una líder ni el rostro visible de una rebelión fracasada.

—No puedo dejar que te marches —dijo Greyson con un deje de disculpa.

—¿No puedes o no quieres? —le retó Jameson, acercándose a él—. Porque, tal como yo lo veo, pareces un hombre que disfruta de tener una prisionera con la que jugar.

Shadera vio que Greyson tensaba los hombros, que apretaba los puños a los costados. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido toda calidez.

—No puedo —contestó. Las palabras parecieron costarle algo a Greyson, arrancadas de algún lugar profundo, de mala gana—. Si se marcha, si no toma los votos, morirá gente. Gente que… —Se calló, pensándoselo mejor—. Gente que no ha hecho nada para merecerlo.

—¿Quién? —exigió saber Jameson.

—Callum. Mi hermana. —Los ojos de Greyson se dirigieron de nuevo a los de Shadera—. Sabes que ellos son inocentes.

—Nadie en el Corazón es inocente —siseó Shadera, a pesar de las imágenes que empezó a recordar, a pesar de conocer la brutalidad del presidente.

—¿Entonces vas a mantenerla prisionera para protegerlos a ellos? —La voz de Jameson rezumaba desdén.

—Sí. —Greyson ni se inmutó por la acusación—. Se quedará conmigo para protegerlos. Haré lo que sea necesario para mantenerlos con vida. —Hizo una pausa cargada de algo que no llegó a decir—. ¿Por qué no le cuentas lo que le sucederá a él y a los anillos si te marchas?

La pregunta aterrizó como una granada entre ellos. Jameson se quedó inmóvil y buscó los ojos de Shadera con gesto interrogativo.

—El presidente lo sabe todo —repuso ella en voz baja—.

Maximus te ha estado vigilando. Sabe dónde vives, dónde está el cuartel general de los rebeldes, las clínicas.

—Las palabras le supieron a veneno en la lengua—.

Hay drones siguiéndote desde que me marché.

Tiene bombas, Jay. Si no obedezco, las lanzará. Empezando contigo.

Algo pareció encajar en la expresión que se formó en la cara de Jameson, como si la última pieza del puzle hubiese encontrado su sitio de repente. Rápidamente pasó a la furia.

—¿Y tú te lo has creído? ¿Crees que el Corazón se arriesgaría a bombardear a los anillos? Nos necesitan. Necesitan nuestro trabajo, nuestro…

—Le da igual —lo interrumpió Shadera—. Maximus está perdiendo el control. Prefiere quemarlo todo que perder el control.

La radio en el cinturón de Jameson crujió al encenderse y la voz de Jaeger cortó la tensión.

—Fantasma, informa. ¿Qué ha pasado? Nos quedamos sin tiempo.

El cuerpo de Greyson se puso en alerta y se centró en la radio.

—¿Está Jaeger Nolin en el Corazón? —La pregunta era una orden perfilada de puro odio—. ¿Dónde está?

Jameson llevó la mano a la radio y la silenció.

—Eso no es de tu puta incumbencia.

—¿Dónde está? —repitió Greyson, acercándose un poco más, hasta que los dos hombres estuvieron a centímetros de distancia.

—¿Qué pasa, verdugo? —lo provocó Jameson—. ¿Te da miedo que el Lobo envíe a otro sanguinario a por ti?

Shadera inspiró una fuerte bocanada del aire cargado.

La lámpara holográfica parpadeó entonces, haciendo que la máscara de Greyson adquiriese un contraste marcado, y, por un instante, pareció sonreír con maldad bajo la luz azulada.

Ella jamás había temido a Greyson, no de verdad, a pesar de todas sus amenazas y promesas.

Sin embargo, ahora que lo veía junto a Jameson, que veía cómo se medían el uno al otro, calculando debilidades y planeando ataques, ahora sí que tenía miedo.

No de lo que Greyson pudiera hacerle, sino de lo que estos dos hombres podían hacerse entre ellos.

—Dime dónde está —insistió Greyson, bajando la voz a un tono peligroso.

—Vete a la mierda —respondió Jameson, que no retrocedió un centímetro.

Shadera se puso en marcha sin pensarlo y se colocó entre los dos, con las manos en sus torsos, obligándolos a separarse.

—Basta —ladró—. Los dos.

La radio volvió a restallar, esta vez con más urgencia.

—Fantasma, se nos acaba el tiempo. Treinta minutos para el encuentro.

Jameson bajó la vista a Shadera.

—Tenemos que irnos. Ahora mismo.

Greyson estiró la mano y la agarró de la muñeca con una presión cuidadosa pero inamovible.

—No va a irse a ninguna parte.

—Ya lo creo que sí —gruñó Jameson, tirándole del otro brazo.

Shadera se encontró literalmente atrapada entre ambos, cada uno sujetándole un brazo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a soltarla. La situación habría sido sumamente absurda si no hubiera sido tan peligrosa.

—No soy propiedad de ninguno de los dos —les espetó, zafándose del agarre de ambos—. Necesito pensar un puto momento.

—No hay nada que pensar. Nos marchamos —discutió Jameson.

—Tiene razón. No soy su dueño —repuso Greyson despacio—, pero sí que controlo lo que te sucede a ti y a tu insignificante rebelión.

Shadera dirigió la mirada a Greyson e inmediatamente después a Jameson.

—¿De qué cojones estás hablando?

La comprensión apareció lentamente en los ojos de Jameson y se extendió por su expresión como una mancha. Greyson aprovechó esa ventaja, ignorando la pregunta de Shadera.

—¿Quién crees que metía cosas de contrabando en los anillos con el código de barras de los Serel?

—preguntó, con la voz teñida de ironía retorcida—.

Los medicamentos para vuestras clínicas, las vacunas para los niños, los antibióticos que mantienen a vuestra gente con vida… ¿De dónde creías que salían?

Shadera abrió mucho los ojos al oír esta revelación. Su cuerpo se puso en tensión y el oxígeno quedó atrapado en sus pulmones. Las palabras de Greyson resonaron en su cabeza y, de repente, lo comprendió todo.

«Desde esta posición puedo hacer cosas que no podría hacer desde la tumba».

Todo ese tiempo. Todo ese tiempo había estado trabajando para ambos bandos del conflicto, ayudando a los anillos.

La mente de Shadera empezó a dar vueltas frenéticamente mientras colocaba las piezas en su sitio y recordaba todo lo que había dicho, todo lo que le había visto hacer.

—Mientes —dijo Jameson, aunque había inseguridad en su voz.

—Ah, ¿sí? —replicó Greyson—. Todos los códigos de barras empiezan por SIG02. Industrias Serel, mi inicial, segundo hijo. Es mi número personal.

Shadera contempló cómo Jameson cambiaba de postura al comprender la verdad. Casi veía su mente trabajando a la misma velocidad que la suya, recalculando los riesgos, reevaluando al hombre que tenía delante.

—Si quieres que esos medicamentos sigan llegando a los anillos —continuó Greyson—, te marcharás ahora, sin Shadera. Por lo que ha dicho Jaeger, tienes veinte minutos para salir con vida del Corazón. Te sugiero que te pongas en marcha.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Shadera miró a los dos hombres, con la mente desbocada.

Si lo que decía Greyson era cierto, si todo ese tiempo había estado enviando medicamentos a los anillos, entonces no era exactamente el monstruo que Jameson creía que era, que ella misma había creído que era.

Pero seguía siendo el verdugo. El hijo de Maximus.

—Me quedo —dijo Shadera al fin, tomando la decisión por Jameson para que no sintiera la culpa de elegir a los anillos antes que a ella.

Y lo haría, Shadera lo sabía. Sabía que, a fin de cuentas, por mucho que se preocupara por ella, no arriesgaría la vida de miles de inocentes solo para mantenerla a ella con vida, y menos ahora que estaba al tanto de las consecuencias—.

No podemos arriesgarnos a que bombardeen los anillos.

Necesitan los medicamentos. Encontraré otra forma de escapar.

—¿Con él? —preguntó Jameson sin dar crédito—. ¿Con el puto verdugo?

Shadera miró de reojo a Greyson, analizó la línea rígida de sus hombros, la forma en la que permanecía totalmente quieto, aguardando su respuesta. Se giró hacia Jameson.