24. El puto Jameson Vine
El mundo de Shadera se redujo al sonido de esas cinco palabras.
A una voz. Su voz . El licor de sus venas se volvió eléctrico mientras miraba la visera reflectante; su propio reflejo distorsionado le devolvió la mirada.
El tiempo se estiró y contrajo a su alrededor mientras su mente trataba de procesar lo que su corazón ya sabía.
Jameson estaba allí. En el Corazón. En la guarida de la bestia.
Algo se rompió en Shadera, una presa quebró para liberar un aluvión de emociones tan potentes que apenas podía respirar.
Jameson se quitó el casco, y ella se lanzó sobre él sin pensarlo dos veces, rodeándole el cuello con los brazos y pegándose a su cuerpo.
Jameson le envolvió la cintura con los brazos y la levantó del suelo estrujándola contra la dureza poco familiar de la armadura Veyra.
A Shadera no le importó. Debajo estaba él.
Era Jameson.
—Estás aquí —jadeó contra su cuello, inhalando su olor—. Eres idiota de remate, pero estás aquí de verdad.
Él estrechó los brazos alrededor del cuerpo de Shadera y deslizó una mano hasta su nuca mientras la risa escapaba de sus pulmones.
—¿Creías que no vendría a por ti?
Shadera se apartó lo justo para verle la cara y le sostuvo la mandíbula con las manos como si quisiera confirmar que era real, sólido, presente. No era una especie de alucinación provocada por el alcohol. Los ojos de Jameson la buscaron a través de la máscara, absorbiéndola con el mismo alivio.
—¿Cómo…? —preguntó Shadera sin creerlo aún del todo—. ¿Cómo tienes este uniforme? Los puestos de control, la seguridad…
—Es una larga historia —repuso Jameson, trazando círculos con el pulgar en la zona baja de su espalda, como si no pudiera dejar de tocarla ahora que la tenía entre los brazos—. Te lo contaré todo cuando salgamos de aquí. No tenemos mucho tiempo.
Sus palabras la trajeron de vuelta a la cruda realidad. Todavía estaban en el Corazón, seguían rodeados de enemigos y corrían un peligro inminente. La alegría de verlo quedó inmediatamente ahogada por el miedo por su bienestar.
—¿Estás herida? —le preguntó él con voz tensa—. ¿Te han…? ¿Él te ha…?
—Estoy bien —lo interrumpió Shadera, aunque las palabras le supieron un poco a mentira—. Tienes que irte —dijo, posando los pies en el suelo y echándose hacia atrás, aunque mantuvo las manos en sus hombros, incapaz de romper el contacto por completo—. Si te pillan, si Greyson te ve…
—¿Greyson? —Jameson dejó las manos quietas en su cintura y la apretó con los dedos imperceptiblemente—. ¿Ahora tienes confianza con el verdugo?
Había algo en su tono que no supo identificar. Tal vez fueran celos, o sentimiento de traición. No tenía tiempo de analizarlo.
Ignoró la pregunta y se zafó de su abrazo. La pérdida del contacto fue como escapar de la calidez del hogar en una mañana de invierno.
—Tienes que irte. Te pillarán si…
—No lo harán —replicó con absoluta certeza—. Contamos con una vía de escape. Una muy buena. Pero tenemos que irnos ya.
La mente de Shadera iba a toda velocidad, repasando posibilidades, riesgos, variables.
—Hay al menos treinta guardias de seguridad en el club. Fuera hay más. Patrullas Veyra en las calles. Puestos de control en todos los sectores.
—Hemos diseñado un plan —insistió Jameson, metiendo una mano en un compartimento de su bolsa para sacar un fardo pequeño de tela negra y un casco—. Pero tienes que cambiarte. Rápido.
Lo desdobló y le mostró otro uniforme Veyra de su talla. Shadera lo miró fijamente y comprendió el plan con una claridad gélida. Iban a hacerse pasar por agentes Veyra, a esconderse a plena vista, a usar la autoridad del Corazón en su contra.
Era una puta genialidad.
—¿Jaeger ha venido? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Solo Jaeger se atrevería a hacer algo así.
Jameson asintió.
—Y seis más. Pero se nos acaba el tiempo. Tenemos que irnos.
Shadera miró de reojo la puerta, pensando en Greyson, que estaría en algún sitio de la planta superior, ajeno a que su prisionera estaba a punto de escapársele de entre los dedos.
Algo complicado se retorció en su pecho: no era exactamente culpa ni alivio, sino una emoción que desafiaba una categorización tan simple.
—Shade. —La voz de Jameson se suavizó, sus manos le enmarcaron el rostro, sus dedos bordearon la máscara—. Vuelve a casa. Por favor, vuelve a casa.
Aquellas palabras la deshicieron. Cualquier confusión que sintiese por Greyson, cualquier emoción compleja que hubiese desarrollado en el tiempo que había pasado con él, palidecía al lado del ruego que vio en los ojos de Jameson.
—Sácame de aquí —dijo, cogiendo el uniforme.
La sonrisa que se extendió por la cara de él era de puro alivio, de un hombre que miraba a una mujer que había temido no volver a ver.
Su sonrisa desapareció.
La puerta a su espalda se abrió con un siseo y la mirada de Shadera se posó en unos ojos azul claro muy abiertos. Se quedó inmóvil, su cuerpo convertido en piedra.
Greyson estaba en la puerta; sus anchos hombros ocupaban todo el espacio. La máscara le devolvía la mirada, vacía e inexpresiva. Pero ella conocía la cara que había debajo, conocía la mirada de esos ojos que la observaban a través de los huecos.
Él entró en la habitación y la puerta se cerró a su paso con un siseo neumático leve, dejándolos aislados.
De nuevo, el mundo exterior quedó amortiguado y distante.
Greyson se apoyó en el marco de la puerta en actitud relajada, pero Shadera se percató de la tensión de sus hombros, de la forma en la que su cuerpo se preparaba para saltar como un resorte.
Jameson agarró a Shadera por la cintura y la colocó a su espalda, girándose lentamente hacia Greyson, con la mano sobre el arma que llevaba en un costado.
El uniforme Veyra hacía que la escena fuese aún más surrealista: dos hombres ataviados como agentes del orden del Corazón enfrentados a cada lado de una línea invisible que había pillado a Shadera en medio.
La habitación pareció empequeñecer a su alrededor, las paredes se acercaban a cada aliento.
El ambiente se notaba más cargado, más pesado en sus pulmones, y el corazón de Shadera latió con más fuerza.
El único foco holográfico proyectaba sus sombras contra la pared: tres siluetas oscuras que se estiraban distorsionadas, superponiéndose y separándose al moverse.
Unos depredadores rodeándose en una jaula demasiado pequeña para contenerlos.
Los ojos de Shadera no sabían adónde mirar, examinando el espacio cada vez más desesperada.
Paredes insonorizadas. Sin ventanas. Una sola puerta.
Ninguna escapatoria. El alcohol de su cuerpo, que unos minutos antes le había proporcionado calidez y confort, ahora le ardía en el estómago y la mareaba.
Esta sala estaba diseñada para la privacidad, para las conversaciones secretas y las interacciones clandestinas. Ahora parecía una tumba.
Una risilla grave y amenazante escapó de los pulmones de Greyson, un sonido que hizo estremecer a Shadera como si fuera hielo, poniéndole el vello de punta.
La había oído antes, en su apartamento después de que intentara matarlo y la noche anterior cuando su padre le había disparado.
Era el sonido que hacía cuando se mostraba más impredecible, cuando el cuidadoso control que mantenía se le escapaba.
Ladeó levemente la cabeza, un movimiento depredador, calculador, y sus ojos pasaron de la cara de Jameson a sus manos, que seguían agarrando los brazos de Shadera.
—El puto Jameson Vine. Creo que tienes las manos encima de mi mujer —dijo con una voz engañosamente amable.
Semejante declaración prendió fuego en los nervios de Shadera.
Vio cómo Greyson apretaba la mandíbula por debajo del borde de su máscara, cómo flexionaba las manos a cada lado, apretando los puños para después estirar los dedos unos centímetros por encima de su arma.
Era un gesto insignificante pero cargado de violencia.
Lo conocía de sobra para saber lo mucho que le costaba contenerse, el control que estaba ejerciendo para no disparar.
—Greyson… —empezó a decir para que mantuviera la calma.
—No. —Esa única palabra cortó el aire como un cuchillo—. No digas más.
La orden activó su odio.
—No soy tu puta mujer —le espetó, separándose de la postura protectora de Jameson—. Nunca seré de tu propiedad.
Las palabras sonaron más duras de lo que pretendía, afiladas como una cuchilla, y absolutas.
Vio que Greyson ladeaba más la cabeza, un movimiento ínfimo y familiar que le indicó que había metido el dedo en la llaga.
Bien. Que sintiera algo de lo que ella sentía, de esa trampa asfixiante que la estaba cercando.
El cuerpo de Jameson se tensó junto al suyo. Se giró un poco; la línea rígida de sus hombros dejaba claro el desconcierto, al igual que la forma en la que los miraba a ella y a Greyson alternativamente.
—¿De qué está hablando? —La pregunta era para ella, pero sus ojos estaban fijos en Greyson, registrando cada mínimo cambio de su postura, cada posible indicación de ataque.
Antes de que Shadera pudiera responder, Greyson se apartó del marco de la puerta y dio un solo paso hacia el interior de la habitación. Era un movimiento demasiado sosegado, casi lánguido, pero Shadera reconoció la intención letal tras la fachada de tranquilidad.
—¿De verdad que no me reconoces? —preguntó Greyson en un tono que le resultó extraño, un deje entre la burla y el desdén, o ambas cosas.
La respuesta de Jameson fue inmediata.
—Pues claro que sí. Eres el puto verdugo. —Su voz se endureció en la última palabra, cargada de todo el odio, todo el sufrimiento que ese título había infligido en los anillos.
—Interesante. —Greyson asintió levemente—. Pensé que mi voz, o al menos mi presencia, sería más memorable.
Shadera dio un paso adelante de repente, y su voz pasó de la rabia a algo más cercano a la súplica.