Sanguinaria (El Corazón 1) 23. Cuatro horas #5
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23. Cuatro horas #5

A pesar de la distancia y el abotargamiento propio del alcohol, Shadera se percató de que era guapa.

Su vestido, azul marino y tan escotado por delante que rayaba en lo escandaloso, se ajustaba a un cuerpo perfecto.

La tela brillante reflejaba la luz cada vez que se movía y su pelo oscuro le acariciaba los omóplatos.

Se interpuso en el camino de Greyson y posó una mano en su pecho con familiaridad. Alzó la vista hacia él y esbozó una amplia sonrisa con sus labios carnosos. Lo que fuera que le dijese consiguió que Greyson se detuviera y cambiara levemente de postura al responder.

La mujer deslizó la mano de su pecho a su hombro y, después, le rodeó la nuca. Era una caricia suave y posesiva. Ella se inclinó un poco más; se adaptó a él como una flor en busca del sol. Había historia en ese gesto, en la forma en la que reclamaba su espacio sin miramientos.

Shadera apretó con fuerza la botella, sintiendo un calor inoportuno en el pecho. No eran celos, era imposible. Eso implicaría que le importaba, y a ella no podría darle más igual a quién tocaba Greyson o quién lo tocaba a él.

Sin embargo, mantuvo la mirada fija en ellos, observando los dedos de la mujer, que se deslizaban por su cuerpo, trazando círculos en el brazo de Greyson mientras sus carcajadas se oían levemente por encima de la música.

Él no se había apartado, no había puesto distancia entre ellos, pero tampoco la había tocado ni se había acercado a ella.

Entonces Greyson giró la cabeza y sus ojos encontraron a Shadera entre la multitud. Ella apartó la vista rápidamente, se llevó la botella a los labios y dio un buen trago.

Cuando se arriesgó a mirar de nuevo, la mujer se había agarrado del brazo de Greyson y lo guiaba escaleras arriba. Desaparecieron tras una esquina. Shadera apretó los dientes.

—¿Quién era esa mujer? —preguntó, inclinándose sobre la barra para que la camarera la oyera sin tener que gritar—. La que estaba con el verdugo.

La camarera no se molestó en mirarla mientras exprimía un limón para una copa.

—Maya, una de las chicas de Thane. Trabaja para él.

—Maya —masculló Shadera entre dientes, y se giró hacia el gentío. El nombre le sabía amargo. Dio otro trago.

Se apartó de la barra con la botella en la mano y se dirigió a la pista de baile.

Los clientes parecían vibrar con la música, como una entidad viva de caras enmascaradas y cuerpos balanceantes.

Podría desaparecer entre ellos, buscarse a alguien para ella, alguien que la ayudara a olvidar, aunque solo fuera por un instante, la pesadilla en la que se había convertido su vida.

Había dado dos pasos hacia la pista de baile cuando alguien la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás con una fuerza inesperada. Shadera se dio la vuelta, girando sobre sus pies, y el alcohol se derramó sobre su mano mientras se preparaba para desatar el infierno…

Sin embargo, las palabras se le atascaron en la garganta y notó la lengua pastosa debido al alcohol cuando se descubrió mirando la visera reflectante de un Veyra.

El corazón se le paró y, acto seguido, se desbocó.

Los Veyra no deberían estar aquí. Greyson le había dicho que los hombres de su padre no tenían permitido entrar en los clubes de Callum.

Antes de que tuviera oportunidad de hablar, el agente la apartó de la multitud y la condujo hacia una puerta con una lucecilla roja: una habitación antiescáner, donde la élite del Corazón llevaba a cabo sus negocios sin miedo a la vigilancia.

Shadera se resistió a su agarre, pero él la sujetó con más fuerza, clavándole tanto los dedos en la carne como para dejarle moratones.

—Suéltame —siseó ella entre el ruido de la música, que ahogaba su voz bajo su ritmo incansable.

No llevaba ningún arma. No tenía nada con lo que protegerse. Tendría que escapar luchando.

Nadie pareció percatarse o preocuparse. Para ellos, no era más que otra clienta a quien seguridad acompañaba a la puerta. Nadie intervendría, no contra un Veyra, y menos por una mujer con una máscara de calavera que la señalaba como algo que se salía de su perfecto y organizado mundo.

El agente la empujó para que atravesara la puerta de la sala antiescáner y la siguió.

La puerta se cerró a su paso con un siseo neumático, dejando atrás el ruido del club y sumiéndolos en una quietud relativa.

La habitación era grande, con paredes insonorizadas y una única luz empotrada que lo inundaba todo de un suave brillo azulado.

Shadera se giró hacia el Veyra; la furia había sustituido al miedo. No pensaba caer en silencio, no pensaba ser otra víctima de la brutalidad de los Veyra contra las mujeres. Si quería tomarla, tendría que matarla.

—Si me tocas otra vez, te arrancaré la puta garganta —rugió, adoptando una postura de combate.

El agente ladeó levemente la cabeza y la observó a través de esa visera inexpresiva. Entonces, para su sorpresa, soltó una risilla. Un sonido familiar que hizo que se le parara el corazón.

Lo siguiente que oyó fue la voz de Jameson.

—¿Me has echado de menos?