23. Cuatro horas #4
—Fantasma, tú te encargas de traerla. Entra y sal. Sin hablar con nadie.
—¿Y si no puedo evitarlo a él? —preguntó Jameson, incapaz de contener el tono mordaz.
—Entonces haz lo que veas necesario —respondió Jaeger—. Pero recuerda: esto es una extracción, no un asesinato. Tu prioridad es Shade. Lo demás da igual.
Salieron del vehículo en parejas, sincronizando movimientos para parecer una patrulla normal a los ojos de cualquiera que los viese. Jameson siguió a Jaeger por las sombras entre los edificios. Las luces brillantes del distrito del ocio iluminaban la zona más adelante.
—Manteneos en contacto —informó Jaeger cuando se prepararon para separarse—. Informad cada diez minutos. Si algo se tuerce…
—Nada se torcerá —le interrumpió Jameson.
El casco de Jaeger se inclinó hacia un lado. De alguna forma, su visera inexpresiva le transmitió un gesto de desaprobación.
—Si algo se tuerce —repitió—, el punto de reencuentro es el túnel de mantenimiento al este. Esperaremos treinta minutos, después nos marcharemos, con o sin vosotros.
La dura realidad de la situación se clavó en las entrañas de Jameson. Los superaban en número, estaban en territorio enemigo y trabajaban con tiempo prestado e identidades robadas. Las probabilidades de que salieran de allí con vida descendían a pasos agigantados.
—Entendido —contestó Jameson.
—Pues ve a por nuestra chica —le instó Jaeger, agarrándole brevemente del hombro antes de desaparecer en la penumbra.
Jameson se giró hacia las luces intermitentes del club Thane; cada paso lo acercaba más a Shadera. El uniforme Veyra le resultaba más pesado a cada zancada; el peso del disfraz, de la misión y del miedo palpitaba por sus venas.
La encontraría. La llevaría a casa. Y nada en el Corazón lo detendría.
El club estaba animado. El ritmo de la música recorría el cuerpo de Shadera como si buscara algo que despertar.
Estaba sentada a la barra con la quinta copa en la mano.
El alcohol ahogaba la llama de sus venas, la conciencia de que los ojos de Greyson estaban posados en ella, a pesar de encontrarse a unos pasos de distancia.
Por detrás de la máscara, Shadera observó a la élite bailando, riendo y bebiendo; su ropa cara y sus máscaras ornamentadas creaban un mar de riqueza que podía ahogarla.
Nadie se acercó a ella, pues nadie se atrevía.
La futura esposa del verdugo no debía tocarse, ni siquiera allí, en ese supuesto santuario del placer.
Allí el licor era puro, mucho mejor que el que había bebido en el apartamento de Greyson.
Hasta sus vicios eran superiores, fabricados y regulados con sumo cuidado, mientras que en los anillos se apañaban con los brebajes venenosos que lograran destilar de los residuos industriales.
Shadera apuró lo que le quedaba de copa; la quemazón bajó por su garganta. Se giró para ojear el bar.
Cada pocos segundos, sus ojos barrían la sala, tomaban nota de salidas y entradas, contaban guardias, medían distancias.
Las costumbres que la habían mantenido con vida en el Perímetro se habían convertido en algo tan automático como respirar.
Dos salidas principales, muy bien vigiladas.
Cuatro puertas de emergencia con sistemas de alarma.
Veintitrés empleados de seguridad a la vista ubicados por todo el club, todos vestidos de negro con auriculares discretos que delataban su trabajo.
Quince guardias de seguridad más vestidos como clientes.
Seis cámaras visibles en la sala principal, y probablemente docenas más escondidas.
Y ni un solo camino despejado hacia la libertad.
La camarera, una mujer esbelta, mantenía las distancias y solo se acercaba cuando a Shadera se le acababa la bebida. El resto de los clientes hacían lo mismo, creando una burbuja de aislamiento a su alrededor que le resultó tan protectora como sofocante.
—Intenta divertirte un poco. —La voz de Greyson se materializó tras ella mientras le pasaba el brazo por encima del hombro y le dejaba otra copa delante—. Parece que estás planificando una masacre en vez de disfrutar de una noche fuera.
No se molestó en mirarlo.
—Tal vez así sea.
—¿Vas a ir a por alguien en concreto? —Había una ligereza en su tono al que Shadera no estaba acostumbrada, casi burlón. Greyson se deslizó junto a ella y se apoyó en la barra con gesto despreocupado.
—Todavía no me he decidido —respondió Shadera aceptando la bebida—. Pero ten por seguro que tú estás en la puta lista.
A Greyson se le escapó un sonido…, una carcajada.
Una carcajada auténtica. La cadencia de su risa le resultó tan cálida que Shadera tuvo que alzar la vista para mirarlo.
La máscara que llevaba parecía menos amenazadora bajo aquella luz, sus sombras quedaban suavizadas por la iluminación de ambiente del club.
También había cambiado la postura y había perdido parte de la rigidez de sus hombros.
—¿Estás borracho? —preguntó con un asombro evidente.
Greyson ladeó la cabeza.
—¿Qué pasa si lo estoy?
—Pues menos mal que tienes chófer, porque yo no estoy ni mucho menos sobria.
Y otra vez. Esa puta risa.
—Voy a buscar a Callum —dijo, acercándose más para que lo oyera por encima de la música—. Estará en su despacho o en el apartamento que tiene sobre el club. ¿Estarás bien unos minutos?
Shadera enarcó una ceja, a pesar de que él no podía verla.
—Creo que puedo vérmelas con esta panda de idiotas borrachos.
Greyson le posó la mano en la espalda al descubierto cuando se inclinó sobre la barra, y ella se quedó petrificada.
Ni siquiera parecía haberse percatado de que la estaba tocando, como si fuera algo que hiciera siempre, algo natural entre ambos.
Shadera tragó saliva y se contuvo de recrearse en la caricia, de disfrutar de la calidez que sus dedos le transmitían a lo largo de la columna.
Greyson sacó una botella del otro lado de la barra y la dejó delante de ella.
—Creo que la camarera te tiene miedo, y yo te prometí que podrías beber hasta hartarte.
Apartó la mano, y Shadera agradeció a los dioses que se alejara de ella antes de que pudiera protestar por la pérdida.
Nueva regla después de esta noche, pensó para sí mientras apuraba el líquido de su copa y desenroscaba la botella: prohibido beber si Greyson Serel estaba presente.
Lo observó marcharse, colándose entre la multitud con facilidad.
La gente se apartaba de él, el miedo al reconocerlo le abría camino hacia las escaleras de la parte posterior del bar.
Antes de que pudiera subir, una mujer apareció de entre el gentío y lo interceptó con la confianza de quien sabía que pertenecía a su órbita.