Sanguinaria (El Corazón 1) 23. Cuatro horas #3
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23. Cuatro horas #3

El puesto de control era una fortaleza dentro de una fortaleza: mecanismos triples, estaciones de escaneado y, como mínimo, veinte agentes Veyra de servicio.

Unas barreras de hormigón obligaban a los vehículos a ponerse en fila de a uno, creando cuellos de botella donde podrían acabar con ellos fácilmente en caso necesario.

A Jameson se le secó la boca. Nunca había estado en superficie tan cerca del Corazón; había estado en los túneles, en el alcantarillado y en los conductos de mantenimiento, pero jamás imaginó que le haría frente de cara, y mucho menos que intentaría cruzarlo al aire libre.

—Se acerca el primer puesto de control —anunció Mikel, y su postura cambió casi imperceptiblemente; enderezó los hombros mientras se concentraba en su papel—. Que nadie hable a no ser que se le interpele. Dejad que yo maneje esto.

El vehículo se detuvo al llegar a la primera barrera. Un guardia se acercó, con la mano descansando sobre el arma relajadamente. Mikel bajó la ventanilla y le dedicó un saludo militar escueto.

—Capitán Mikel, unidad de patrulla número ocho. Regresamos de un barrido del sector Cardinal.

El guardia se enderezó al oír el nombre.

—Señor —dijo, inclinando la cabeza e imitando el saludo de Mikel—. Las credenciales, por favor —añadió, señalando el escáner que había en el poste junto al vehículo.

Mikel acercó su tarjeta a la pantalla. Se iluminó de color verde, aceptando su identidad sin vacilación. El guardia miró los resultados del escáner en la tablet que tenía en la mano y se asomó a la parte trasera del vehículo, mirando con interés a los demás.

—¿Ronda completa esta noche? —preguntó con un deje de curiosidad.

—Órdenes del presidente —se limitó a responder Mikel—. Después del incidente en agricultura, hemos aumentado la presencia en Cardinal.

El guardia negó con la cabeza y habló con voz más seria.

—Ya era hora. Si ahorcamos a unos cuantos ladrones más, lo mismo ayuda a que el resto recuerde cuál es su lugar.

Jameson apretó la mandíbula por debajo del casco, pero se mantuvo quieto y en silencio.

El guardia los dejó pasar la primera barrera y Mikel dirigió el vehículo hacia delante, hacia el puesto de revisión principal.

Allí tenía lugar la verdadera prueba: un escaneo completo del vehículo que comprobaría no solo las credenciales, sino el peso, las armas y cualquier tecnología no autorizada.

—Quedaos quietos —murmuró Mikel cuando los llevó al punto exacto—. El escáner está calibrado para los equipos Veyra. Todo lo demás activará las alarmas.

El escáner en forma de arco se activó cuando pasaron por debajo y bañó al vehículo de una luz azul claro.

Jameson contuvo la respiración, absolutamente consciente de todos los objetos no autorizados que llevaba encima: la daga escondida en la bota, el arma en la parte baja de la espalda, que no era reglamentaria; el dispositivo de comunicación instalado en su oído, modificado por los tecnólogos del Perímetro.

Los segundos se alargaron una eternidad hasta que el escáner completó el barrido. Después, afortunadamente, la luz cambió de azul a verde y la barrera de delante se levantó.

—Pase por el último puesto de control —anunció una voz robótica desde un altavoz instalado en el arco.

Mikel siguió adelante, moviéndose pausadamente a pesar de la tensión que irradiaba su cuerpo. El último puesto de control estaba lleno de oficiales de alto rango, aquellos con autoridad para invalidar los sistemas automáticos si sospechaban que algo iba mal.

Cuando se acercaron, acudió un comandante con la mano alzada para pedir que se detuvieran. Mikel obedeció al instante y volvió a bajar la ventanilla.

—Credenciales —dijo el comandante en tono cortante y frío.

De nuevo, el capitán Mikel entregó su tarjeta. Esta vez, el comandante la cogió y la examinó personalmente antes de escanearla con un dispositivo portátil. Se dirigió a la parte trasera del vehículo.

—Quiero ver las credenciales de todos los agentes —ordenó.

El corazón de Jameson martilleaba contra su caja torácica cuando se estiró hacia delante como los demás, entregándole la tarjeta por la ventanilla que se abría en la puerta trasera.

El comandante las recogió todas y las fue escaneando una por una.

Ladeó levemente el casco cuando llegó a la de Jameson, un gesto que podría ser de confusión o sospecha.

Jameson posó la mano en su arma y envolvió los dedos alrededor de la empuñadura, por debajo del asiento. Si los descubrían ahora, tendrían segundos para reaccionar antes de que los refuerzos se les echaran encima.

El comandante habló por su intercomunicador en un tono demasiado bajo para entenderlo. Jameson se puso en tensión, el único signo de preparación en caso de que fuera necesario. El resto del equipo permaneció totalmente quieto, esperando la señal de ataque.

Por fin, el comandante regresó a la ventanilla de Mikel y le devolvió la pila de credenciales.

—Le pido disculpas por el retraso, capitán. Hemos mejorado los protocolos de seguridad debido a una mayor agitación en los anillos.

—Lo entiendo —respondió Mikel—. ¿Algo de lo que deba estar al tanto?

El comandante miró a su alrededor antes de acercarse.

—Rumores de un intento de secuestro.

A Jameson se le heló la sangre en las venas.

—¿De la puta del Perímetro que el presidente tiene encerrada? —preguntó Mikel en un tono despreocupado mientras sonsacaba la información.

—No. —El comandante negó con la cabeza—.

Aunque me sorprende que no lo hayan intentado ya.

Por supuesto, es poco probable que lleguen tan lejos.

Esos animales jamás han conseguido colarse, ni siquiera en el perímetro exterior.

—Bajó la voz—. Los rumores hablan de alguien a quien por radio llaman Sierpe.

Nadie sabe quién es, pero parece importante para los anillos.

Al otro lado de Jameson, Jaeger se puso en tensión al oír ese nombre, y el alivio que había sentido se vio ahogado por la sospecha.

Mikel asintió manteniendo la compostura en todo momento y contestó con el mismo tono desdeñoso del comandante.

—Escoria desagradecida. Si trabajaran la mitad de lo que se esfuerzan por causar problemas, tal vez vivirían en mejores condiciones.

El comandante se rio, un sonido agudo y feo.

—Cierto. Bueno, siga adelante, capitán. El Corazón perdura.

—El Corazón perdura —repitió Mikel. La respuesta tradicional salió de sus labios sin dudar.

La barrera se elevó y Mikel condujo hacia delante. El vehículo cruzó la última valla y se adentró en el Corazón. Nadie habló hasta que estuvieron bien lejos del puesto de control. La tensión en el compartimento trasero era tan densa que Jameson apenas podía respirar.

—Por los pelos —comentó finalmente Mikel con voz tensa—. Tenéis que hacer esto lo más rápido posible. Están alertas.

—¿Quién es Sierpe? —preguntó Jameson manteniendo firme la voz.

Cuántos secretos. Cuánta información dividida entre los anillos, entre la gente. Demasiados intereses ocultos entorpeciéndose entre sí.

—Alguien que yo pensaba que había abandonado la rebelión hace mucho tiempo —respondió Jaeger, y Jameson creyó oír tristeza en su voz.

—¿Formas parte de los planes para sacar a esa persona? —insistió Jameson cada vez más nervioso.

Jaeger se giró hacia él y levantó la visera del casco para mirarlo a los ojos.

—No. Y no permitiré que me pongas en duda. Has venido por deferencia a la relación que tienes con Kael, que no se te olvide. Yo no cuestiono cómo lideras a los rebeldes y no te permitiré que cuestiones cómo lidero a mi gremio.

Jaeger no le dio ni un segundo para responder antes de bajarse la visera y girarse hacia Tirador para preguntarle algo que Jameson no logró captar. Se mordió la lengua y se volvió hacia el parabrisas.

Ante ellos se extendía el Corazón. Su opulencia resultaba obscena después de la mugre industrial del Cardinal.

Los resplandecientes edificios de platino y cristal se estiraban hacia el firmamento nocturno, sus fachadas vivas con las pantallas holográficas cambiantes.

Las calles estaban pavimentadas con baldosas en vez de ser de hormigón resquebrajado.

Había árboles, árboles de verdad, a cada lado de las avenidas; sus ramas envueltas en luces brillaban como estrellas en cautividad.

Era precioso. Era detestable. Estaba construido sobre las espaldas rotas de los anillos.

—Tengo una patrulla a pie de dos horas —anunció Mikel cuando se acercaron al distrito del ocio—. Voy a aparcar el coche donde acordamos. Estad allí cuando regrese o buscaos la vida para salir.

—Entendido —respondió Jaeger.

El vehículo empezó a frenar al entrar en una calle lateral tranquila y se detuvo en un aparcamiento pequeño reservado para coches patrulla. El motor se apagó y los sumió en un silencio tan solo interrumpido por la vibración distante de la música de los clubes que había a unas manzanas de distancia.

—El club Thane está a tres manzanas al este —explicó Mikel girándose en su asiento para mirarlos—.

En la entrada principal habrá muchos hombres, pero hay una puerta de servicio lateral que solo usa el personal.

Dejarán entrar a unos Veyra, pero alertarán a Thane de inmediato, por lo que tenéis que ir rápido.

Jameson asintió y se aprendió esas instrucciones de memoria.

—Cuando la tengáis —siguió Mikel, que buscó con la mirada a Jameson a pesar de la visera reflectante que ocultaba sus rasgos—, traedla de vuelta aquí por el mismo camino que habéis tomado.

La estarán vigilando y se alertará a todos los Veyra en cuanto se den cuenta de que ha desaparecido.

Si se pone el uniforme, ganaremos algo de tiempo, pero no mucho.

—En marcha —instó Jaeger al acabar la explicación.

Se giró hacia el equipo y dio órdenes con rapidez y precisión—.

Brecha, Tirador, asegurad el perímetro. Comunicaciones, pincha los canales Veyra por si nos mencionan.

Exploradora, Doc, Rastreador, estableced rutas de huida por si la principal queda comprometida.

Por último, se volvió hacia Jameson.