Sanguinaria (El Corazón 1) 23. Cuatro horas #2
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23. Cuatro horas #2

Pero los enemigos no deberían recibir balazos por sus hermanas ni desafiar a sus padres. No deberían exponer sus vulnerabilidades ni compartir su dolor. No deberían tener espaldas llenas de cicatrices del mismo sistema que imponían.

Este club, esta noche, era una distracción, nada más. Una oportunidad de recopilar información, ver mejor la distribución del Corazón, para planear una escapatoria cuando llegase la oportunidad.

«Cuando», no «si». Tenía que creerlo.

Shadera abrió cajones hasta que encontró algo adecuado. La selección era limitada: la mayoría era ropa que Lira le había enviado y camisetas de Greyson. Camisetas de Greyson.

«Por el amor de Dios, concéntrate».

Sacudió la cabeza y se decantó por un par de pantalones negros y un top verde oscuro con la espalda abierta. La tela le pareció demasiado fina entre las yemas de los dedos, pero al menos los colores ayudarían a camuflarla entre las sombras si era necesario.

Se desnudó deprisa, tiró la camiseta al suelo y cogió la nueva. Cuando la estaba sacando del cajón y metiéndosela por la cabeza, algo aleteó hasta el suelo y cayó boca abajo junto a sus pies. Una foto.

La foto.

Shadera se quedó inmóvil, con el top a medio poner, y echó un vistazo a la puerta antes de volver a mirar el papel de foto desgastado. Terminó de ponerse el top y, después, se agachó para recoger la fotografía.

Ahora tenía más tiempo para analizarla que cuando la encontró.

Los dos hombres de pie, uno al lado del otro, con los brazos echados despreocupadamente sobre los hombros del otro.

Uno era Greyson, aunque más joven, tal vez estuviera en la veintena; su rostro desenmascarado sonreía de una forma que jamás había visto.

La expresión lo transformaba, erradicaba la dureza con la que asociaba sus rasgos y la sustituía por algo que ya no existía en su interior.

Solo de pensarlo se le encogió el pecho, saber que esa luz se la habían arrebatado a palos.

El otro hombre debía de ser Brooker.

El parecido era indiscutible: tenían la misma mandíbula marcada y el mismo cabello oscuro.

Sin embargo, mientras que Greyson siempre estaba en tensión, este hombre parecía relajado, seguro de sí mismo de una forma que le indicaba que nunca había tenido que cuestionarse su lugar en el mundo, ni siquiera sin la máscara.

Estaban en lo que parecía un jardín; el horizonte de platino del Corazón se vislumbraba a sus espaldas.

Shadera giró la foto. No había inscripción ni fecha. Solo una imagen de sus rostros sin máscara, congelada en el tiempo. Una sola foto que, en las manos equivocadas, podría costarle la vida a Greyson.

Le dio la vuelta y observó más detenidamente la cara de Brooker. Al mirarlo, una extraña sensación trepó por su espalda, una especie de déjà vu que no logró identificar. Había algo en el ángulo de su sonrisa, en la forma en la que se erguía…

Nunca había visto a un élite en el Perímetro. Ningún miembro de la familia Serel se atrevería a entrar en el anillo exterior, y menos sin máscara. Pero, por algún motivo, reconocía su rostro.

Oyó que llamaban con fuerza a la puerta y salió de su ensimismamiento. Se sobresaltó, sorprendida, y a punto estuvo de tirar la foto al suelo.

—¿Shadera? —La voz de Greyson le llegó del otro lado de la puerta—. ¿Estás lista?

—Ahora mismo salgo —respondió con una voz más firme de lo que se sentía.

Rápidamente, dobló la fotografía y se la metió en el bolsillo trasero, dándole un toquecito para asegurarse de que estaba a salvo.

Deslizó los dedos por su máscara, trazando los bordes antes de cogerla del soporte y ponérsela sobre la cara.

El peso se asentó sobre su piel, una barrera entre ella y un mundo al que no pertenecía. Entre ella y Greyson.

Aquella noche necesitaría esa barrera.

El vehículo patrulla olía a limpio más que cualquier sitio de los anillos.

Jameson fue el último en subirse y se acomodó en el banco duro enfrente de Jaeger; el peso extraño del uniforme le restringía los movimientos.

Eran ocho personas apretadas en el compartimento trasero del coche, respirando el mismo aire reciclado, con los corazones latiendo al unísono.

Nadie habló. Se jugaban demasiado para parlotear sin sentido, se arriesgaban demasiado para malgastar aliento en nada que no fuese necesario.

El motor cobró vida con un temblor, una sutil vibración que se extendió por el suelo metálico hasta los huesos de Jameson.

Por un momento, la claustrofobia estuvo a punto de superarle: el espacio cerrado, las viseras idénticas que le rodeaban, saber que iban directos al corazón del territorio enemigo con el más mínimo de los disfraces para protegerlos.

La mampara de separación se abrió y dejó entrever el perfil desenmascarado del conductor. Jameson levantó el arma y lo apuntó sin dilación, sin pensarlo dos veces.

—Estarás de puta coña —rugió Jameson al tiempo que Jaeger lo contenía.

—Baja el arma, Fantasma —le ordenó Jaeger, pero Jameson no le hizo caso. Su dedo se acercó al gatillo.

—¿Este es el agente infiltrado? ¿Él? —jadeó Jameson, atenuando la voz hasta alcanzar ese tono que empleaba para calmarse antes de disparar.

—Que. Bajes. El. Arma. Joder —le ordenó de nuevo Jaeger, esa vez rodeando el cañón con la mano y empujando la pistola hacia abajo.

—Controla a tu perro —siseó el capitán Mikel desde el asiento delantero.

Jameson dejó escapar un gruñido desde lo más hondo de su garganta.

Era la mano derecha de Maximus Serel. El hombre que mantenía a raya a todos los Veyra.

El hombre que acompañaba a Greyson Serel en el cadalso.

Había visto su foto sin máscara en el mercado negro suficientes veces como para reconocerlo.

Fulminó a Jaeger con la mirada, sintiendo la rabia estallar en sus entrañas. Era una trampa, debía de serlo.

—¿Vas a confiarle nuestras vidas a este hijo de puta? ¿La vida de Shade?

—Ya te lo he dicho —ladró Jaeger, clavando la palma de la mano en el hombro de Jameson para empujarlo de vuelta a su sitio contra la pared—. Todo el mundo tiene un precio.

El pecho de Jameson subía y bajaba agitadamente mientras miraba a Mikel y a Jaeger alternativamente, sopesando sus opciones. El silencio se alargó durante un minuto interminable, pero Mikel habló de nuevo.

—Las credenciales —anunció, sin quitarle ojo a Jameson mientras le entregaba a Jaeger un montoncito de tarjetas metálicas—.

Son auténticas pero solo os valdrán durante un tiempo.

Os darán acceso durante cuatro horas; después, si las pasáis por cualquier puesto de control se activará un cierre de seguridad.

Jaeger cogió el montón y lo repartió entre el equipo.

Jameson aceptó la suya y pasó un pulgar sobre la superficie fría.

La tarjeta se encendió una sola vez con una luz azul, reconociendo la huella de su guante, y mostró su identidad temporal: Agente Tanis Vrell, unidad de patrulla número 8, sector Cardinal, nivel de autorización 3.

—¿Cómo has conseguido credenciales auténticas? —preguntó Exploradora examinando su propia tarjeta con escepticismo.

—Cortesía de los uniformes que lleváis puestos —respondió Mikel—. Son de agentes que han muerto en servicio. A veces, sus muertes no se actualizan de forma inmediata.

Jameson contuvo un bufido.

—¿No tienes lealtad a tus propios hombres? Me pregunto qué significa eso para nosotros.

Mikel se giró del todo para mirarlo de frente, mostrándole su rostro al descubierto por completo.

—Mi lealtad no es asunto tuyo. Tengo algo en juego en esta rebelión y pienso salvarlo.

—¿Dónde está el objetivo? —intervino Jaeger antes de que Jameson pudiera contraatacar.

Mikel volvió a girarse hacia delante y posó los ojos en el espejo retrovisor, donde encontró el casco reflectante de Jaeger. Después se colocó su propio casco.

—La última vez que la vieron estaba entrando en el club Thane, en el distrito del ocio, hace unos ochenta minutos, con él.

Con él .

Esas dos palabras se hundieron en las entrañas de Jameson como una hoja serrada. No necesitó que le explicara de quién estaba hablando. El verdugo. El hombre que había secuestrado a Shadera, para pasearla por el Corazón como si fuera un trofeo.

Apretó la mano alrededor de la credencial con tanta fuerza que el borde metálico se le clavó en la palma, a pesar de los guantes.

El dolor le puso los pies en la tierra, un claro contrapunto a la rabia que amenazaba con enturbiarle el juicio.

No habían venido por Serel. Habían venido por Shadera.

Para sacarla de allí. Para llevarla a casa.

—¿Y la seguridad del club? —inquirió Jaeger.

—La habitual para los establecimientos marginales para élites del Corazón —respondió Mikel mientras conducía el vehículo por las carreteras tenuemente iluminadas que atravesaban el sector industrial del Cardinal—.

Seis guardias en la entrada principal, dos en cada salida de emergencia.

Pero dentro no sabría decirte. Thane tiene sus guardias de seguridad y su propio sistema de vigilancia en todos sus clubes, y los va cambiando a cada hora.

—Muy conveniente —masculló Brecha.

—Al Intermediario no le agrada que haya agentes Veyra dentro de sus establecimientos —añadió Mikel—. Así que será mejor que seáis discretos y estéis preparados. Si os pone las manos encima, desearéis que se tratara de Maximus.

Jameson guardó esa información. No confiaba en el capitán, pero acabaría igual de muerto que todos ellos si los pillaban, y eso le daba cierta seguridad.

Se obligó a concentrarse en lo que veía por el parabrisas cuando se acercaron al primer puesto de control.

El grueso muro que separaba el Cardinal del Corazón se alzaba más allá, iluminado por unos focos potentes que erradicaban todas las sombras.

Las torres de vigilancia aumentaban su altura cada tanto y, en lo más alto, había unas armas fijas que podían reducir el coche a cenizas en cuestión de segundos.