23. Cuatro horas
La Boca del Lobo apestaba a licor barato, un hedor que se adhirió a la ropa de Jameson en cuanto puso un pie dentro. El neón del bar proyectaba colores en movimiento por las mesas desgastadas donde los sanguinarios ahogaban sus miserias una copa tras otra.
Revisó la sala. Sus ojos se ajustaron al humo de tabaco que llenaba el ambiente, hasta que localizaron una mesa en una esquina del fondo en la que Jaeger estaba sentado con seis de sus mejores sanguinarios: las únicas personas de New Found Haven lo bastante locas para probar suerte con esta misión.
Por pura costumbre, Jameson echó mano del arma que llevaba en la parte baja de la espalda; era un peso que le reconfortaba. Cruzó el bar.
Jaeger no alzó la vista mientras se acercaba; una vez más, estaba haciendo girar la misma puta moneda entre los dedos de una mano.
El viejo estudiaba un mapa que había extendido delante de sus narices y con la mano que tenía libre repasaba los puestos de control marcados con una atención meticulosa.
—Llegas tarde —dijo, aún sin levantar la vista.
—Los puestos de control del Cardinal han redoblado efectivos —respondió Jameson, mientras se dejaba caer en la silla vacía—. Tuve que ir por las alcantarillas en tres sectores.
Entonces Jaeger alzó los ojos, grises y nítidos.
—Si no puedes escabullirte de un par de patrullas, tal vez no seas el hombre indicado para esto.
—Soy el único indicado para esto —replicó Jameson, justo cuando el camarero aparecía tras su hombro y le dejaba un whisky delante.
Jaeger asintió. Sus labios esbozaron una sonrisa, y señaló una enorme bolsa de viaje que había detrás.
—Pues empecemos.
El equipo reunido alrededor de la mesa observó con la tranquilidad inquietante que caracterizaba a todos los sanguinarios.
Jaeger había elegido bien: todas las caras mostraban las arrugas marcadas de la supervivencia, las expresiones vacías de quienes han asesinado demasiadas veces para llevar la cuenta.
Tenían nombres, pero Jameson nunca había llegado a saberlos.
Había trabajado con todos ellos por separado y solo los conocía por sus puestos: Tirador, Brecha, Rastreador, Exploradora, Comunicaciones, Doc.
Eran especializaciones, no personas. Así se sobrellevaban mejor las pérdidas inevitables.
Jaeger abrió la bolsa de viaje y metió la mano dentro; la mesa crujió con el movimiento. Cuando sacó la mano, sujetaba un uniforme perfectamente doblado que les resultó inconfundible: el azul y negro de los patrulleros Veyra.
—Poneos esto —dijo, colocándolo en la mesa antes de sacar siete más. La tela se deslizó por la madera gastada con un susurro que sonó a ejecución.
Jameson contempló el uniforme con un vacío en el estómago.
—¿De dónde coño has sacado esto?
—Sabes que es mejor no hacer ese tipo de preguntas —contestó Jaeger, que siguió colocando los uniformes delante de cada miembro del equipo—. Digamos que algunos Veyra decidieron que ya no los necesitaban.
Exploradora, una mujer con media calavera tatuada en el lado derecho del rostro, cogió el uniforme que tenía delante.
—Con esto no pasaremos los puntos de control. Revisan las credenciales.
—Lo que nos lleva a cómo vamos a entrar —repuso Jaeger, dedicándole un asentimiento a Comunicaciones, que sacó una tablet pequeña de la chaqueta.
Una pantalla holográfica cobró vida sobre la mesa y mostró un mapa de las divisiones de sector entre el Cardinal y el Corazón. Unos puntos rojos palpitaban en cada punto de control, como heridas en la piel de la ciudad.
—Puesto número 37. —Jaeger señaló uno de los puntos—. Nuestro Veyra infiltrado ha aceptado el turno de noche de la patrulla.
Jameson entornó los ojos.
—¿Y crees que puedes confiar en ese Veyra?
—Todo el mundo tiene un precio —dijo Jaeger, encogiéndose de hombros.
—Hará que un coche patrulla Veyra cruce el puesto de control —continuó Comunicaciones con voz monocorde—. Entraremos vestidos de agentes, como si regresáramos de patrullar por Cardinal.
—¿Y si comprueban el horario de patrullas? —preguntó Brecha. Sus enormes manos hacían que el uniforme que sostenía resultara minúsculo.
—Ya me he encargado de eso —se limitó a decir Jaeger, que metió la mano en la bolsa por última vez.
Sacó un noveno uniforme, más pequeño que los demás, y lo dejó sobre la mesa con una suavidad no acorde con sus movimientos habituales.
—Este es para ella —anunció mirando directamente a Jameson—. En cuanto la tengamos, deberá cambiarse rápidamente. Un civil, aunque sea del Corazón, que viaja con agentes Veyra activará las alarmas.
Los dedos de Jameson rozaron la tela, un material rígido y más pesado de lo que parecía. Solo de pensar en llevar ese uniforme, ese símbolo de todo contra lo que luchaban, se le contraía el pecho. Pero el rescate de Shadera, su supervivencia, merecía todas las transigencias.
Doc, una mujer, la única de ellos sin cicatrices visibles, habló por primera vez:
—¿Cuál es el plan si algo se tuerce?
—Intentamos salir con vida —replicó Jaeger con gesto impasible—. Cambiaos —ordenó al tiempo que se ponía en pie—. Nos vemos atrás en dos minutos.
El equipo se levantó al unísono, cogió sus uniformes y se dirigió a las habitaciones privadas de la parte posterior del bar.
Jameson los siguió. El peso de la ropa doblada que llevaba en las manos se incrementaba a cada paso.
Había planeado esta misión desde el mismo instante en el que la secuestraron, la había ideado de cientos de maneras diferentes, pero, ahora que iba a suceder de verdad, el miedo le subía por la columna.
La trastienda estaba abarrotada y olía a moho.
Solo tenía una única bombilla que proyectaba una luz amarillenta y enfermiza sobre el papel pintado desgastado.
Jameson se desnudó rápidamente, con movimientos mecánicos, y cambió la comodidad familiar de su equipo táctico por el uniforme de los Veyra.
La tela negra se deslizó por su piel como si quisiera estrangularlo.
Las placas de blindaje integradas en el torso y la espalda le resultaron extrañas, demasiado rígidas en comparación con la protección flexible que solía usar.
Todas las partes se unían con un chasquido: grebas, avambrazo, cuello.
Era como ensamblar una nueva identidad, convertirse en el enemigo pieza a pieza.
Cuando ajustó el último cierre, Jameson se vio en el reflejo de un espejo resquebrajado que había en la pared.
Se quedó petrificado. El uniforme lo transformaba, lo desproveía de su identidad y mostraba únicamente el lienzo en blanco de la autoridad del Corazón.
Apenas se reconocía más allá de las líneas rígidas y los ángulos marcados del uniforme Veyra.
¿Esto era lo que le estaba sucediendo a Shadera en el Corazón? ¿Esta lenta erosión de su persona, esta recomposición de identidad hasta que no quedara nada de lo que había sido?
A su espalda, la puerta se abrió y entró Jaeger, totalmente vestido con su uniforme de agente. La transformación resultaba aún más completa en él: a pesar de su edad, vestía el uniforme Veyra con una naturalidad inquietante, como si hubiera nacido con él puesto.
—¿Preocupado? —preguntó Jaeger al percatarse de cómo miraba fijamente su propio reflejo.
—Aterrorizado —admitió Jameson, apartando la mirada del espejo—. No de morir. De fallarle a Shadera.
Jaeger atravesó la pequeña habitación y ajustó el cuello de Jameson con unos dedos expertos.
—Le he enseñado a Shade todo lo que sabe.
Esa chica es como una hija para mí. —Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, brillaron con algo que Jameson casi nunca había presenciado: una emoción auténtica—.
Pero tú, Fantasma, eres el único por el que ella lucharía para regresar.
No hagas que me arrepienta de haberte dejado venir.
Las palabras eran tanto una amenaza como una bendición, lo más parecido a la aprobación que Jaeger podía ofrecerle.
—No me iré sin ella —prometió Jameson.
—Lo sé —contestó Jaeger—. Eso es lo que me preocupa.
Le entregó a Jameson la última pieza del disfraz: un casco Veyra con su característica visera reflectante.
A diferencia de las máscaras decorativas de la élite, los cascos eran algo funcional, diseñados para esconder la identidad al mismo tiempo que proveían de información importante a través de la pantalla interior.
—Recuerda —dijo Jaeger cuando Jameson aceptó el casco—. Entrar y salir. Sin heroísmos, sin venganza contra el verdugo, por muchas ganas que tengas. La encontramos y la sacamos.
Jameson asintió, con el corazón retumbándole en la caja torácica con tanta fuerza que pensó que se le partiría la armadura. Se colocó el casco en la cabeza y la pantalla interior cobró vida, llenándose de datos que ni entendía ni le hacía falta entender. La transformación se había completado.
Shadera estaba delante del espejo. Sus dedos rozaban el lugar de su cuello que Greyson había tocado. La presión fantasma de su pulgar contra su pulso seguía presente, como si la hubiera marcado. Shadera había permitido que la tocase. Y, lo que era peor, había respondido a su tacto.
La furia se abrió paso por su garganta. Hacia él, hacia ella misma, hacia esta situación que lentamente iba derribando todo lo que alguna vez había defendido.
—Puto Corazón —masculló, apartándose del espejo y llevándose las palmas de las manos a los ojos.
Había matado a hombres por menos de lo que Greyson Serel representaba, por pecados más insignificantes de los que él había cometido con sus propias manos.
Aun así, cuando la tocó, no pensó en la sangre en sus manos ni en el odio que sentía por él.
No pensó en nada en absoluto; el mundo se redujo a ese único punto en el que la piel de él rozaba la suya.
Shadera se apartó las manos de los ojos y frunció el ceño cuando notó que su visión había quedado emborronada.
—Recomponte —siseó mientras se agarraba al borde de la cómoda para no perder el equilibrio—. Es el puto verdugo. Es el enemigo.