22. Todo es personal #4
En ese momento suspendido en el tiempo, observando cómo las luces de la ciudad danzaban en su piel, Greyson reconoció una verdad.
Había aspectos de Shadera que estaba empezando a amar.
No de forma romántica o sexual, sino algo más fundamental: su resiliencia, su furia, su negativa a doblegarse.
Greyson, a lo largo de su vida, no había hecho más que doblegarse al Corazón, su lealtad no residía en nadie ni en nada, pero ella…
Ella sabía quién era y no sentía vergüenza por ello.
Durante un instante feroz y desquiciado, se permitió imaginar que la alejaba de todo aquello. No solo a ella, también a su madre, a Lira, a Callum. Que encontraba una forma de ir donde el Corazón no pudiera encontrarlos, más allá de la propia New Found Haven.
La fantasía se disolvió tan rápido como se había formado. No se podía huir del Corazón, de su padre. No había escapatoria. No había camino que no acabase en sangre. La única forma de avanzar era mediante la obediencia o la resistencia, y Greyson estaba harto de obedecer.
—Esta noche deberíamos salir —dijo de repente, poniéndose de pie. Sentía la necesidad de ofrecerle algo, lo que fuera.
Shadera se giró hacia él; la confusión se abrió paso por su expresión entumecida.
—¿Qué?
—Salir. Por el Corazón. Al distrito del ocio. Deberías ver algo más que este apartamento. Tener algo antes…
—¿Antes de que pase a ser de tu propiedad? —dijo con sequedad.
—Antes de que perdamos toda nuestra libertad —la corrigió con amabilidad—. Podemos ir a los clubes de Callum. Están a salvo de la vigilancia de mi padre. Podrás emborracharte hasta perder el sentido y yo podré echarle un ojo a Lira.
Shadera lo miró fijamente. La cautela se debatía con la curiosidad.
—¿Por qué me ofreces algo así?
«Porque quiero verte viva antes de que maten tu espíritu. Porque quiero verte libre mientras sea posible. Porque odio formar parte de esto, lo que te estoy haciendo».
—Porque —respondió en cambio— la última vez que te emborrachaste aquí, estuviste a punto de quemar el edificio hasta los cimientos. Me gustaría que nuestra casa siguiera intacta.
«Nuestra casa».
No pretendía decir eso. Era su casa, no de los dos.
Una sonrisa asomó a los labios de Shadera, aunque apareció y desapareció tan rápido que Greyson no estaba seguro de que hubiese sucedido de verdad. Ella miró la botella que tenía en la mano y la dejó a un lado.
—Está bien —concluyó, desdoblando las piernas bajo su cuerpo—. Pero primero tengo que cambiarme.
Hizo amago de levantarse, pero se tambaleó un poco cuando el alcohol recorrió su cuerpo. Greyson se movió sin pensar y estiró una mano para sujetarla. Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, y el contacto provocó una descarga inesperada por su sistema nervioso.
Los dos se quedaron inmóviles, con las manos entrelazadas. Ninguno se retiró. La piel de Shadera era cálida, callosa, marcada por las cicatrices de toda una vida de violencia. Muy distintas de las manos suaves y cuidadas de las mujeres del Corazón. Eran rea les .
Greyson deslizó el pulgar por sus nudillos, trazando los bordes de los números que tenía tatuados. El contacto no debería haber resultado tan íntimo. No era nada, solo un instante de equilibrio, de apoyo. Pero su mano se negaba a soltarla y, además, ella no se retiraba.
En un instante, los dedos de Greyson se movieron hacia arriba, siguiendo la línea de sus tatuajes, la rugosidad de sus cicatrices.
Cada marca era una historia; cada cicatriz, un momento de supervivencia.
La tocaba de forma superficial, dándole la oportunidad de retirarse, de apartarlo de un empujón.
Pero no lo hizo.
Sus dedos alcanzaron el hombro de Shadera y se detuvieron en el borde de una vieja herida. De bala, tal vez, o de un cuchillo. Después siguió su camino hacia arriba, por la curvatura de su cuello, donde notó su pulso martilleando bajo la yema de sus dedos. Rápido pero potente. Como ella.
Los dedos de Greyson se flexionaron alrededor de su cuello y Shadera cerró los ojos. Algo oscuro y voraz se desplegó en el pecho de él al verla, al darse cuenta de que tal vez compartiera su preferencia por el trato brusco. Por el límite del dolor con el placer.
Con el pulgar presionó ligeramente en el hueco bajo la mandíbula, probando, y Shadera contuvo el aliento.
No por miedo; Greyson conocía de sobra el miedo, percibía su sabor en el aire cuando estaba presente.
Era otra cosa. Algo parecido a su propia sed contenida.
En contra de su voluntad, notó que se le ponía dura cuando su pulso reaccionó a sus caricias, a pesar de todo lo que había entre ellos.
—Deberíamos irnos —se obligó a decir con una voz áspera por la contención.
Por un instante, pensó que tal vez Shadera mantendría el contacto, que reconocería esa corriente que fluía entre ellos. Sin embargo, ella abrió los ojos de golpe y se apartó.
Se aclaró la garganta sin mirarlo a los ojos.
—Voy a cambiarme —anunció de forma cortante y fría al pasar a su lado. Entró a zancadas en el apartamento y cerró la puerta de cristal tras ella con más fuerza de la necesaria.
Greyson se quedó plantado donde estaba. Su cuerpo vibraba con el deseo involuntario, con el asco hacia sí mismo, con el desconcierto.
Echó mano a la botella de vodka abandonada y le dio un buen trago, dejando que el alcohol le quemara la garganta, con la esperanza de que cauterizara la herida que acababa de abrirse entre ellos.