22. Todo es personal #2
—Esto no es personal. —Una verdad a medias.
—Todo es personal cuando estás viendo cómo muere tu gente.
—Farrow se reclinó en el asiento, analizándolo—.
Pero tal vez sea lo que necesitamos. Alguien lo bastante estúpido y valiente como para presionar el gatillo de una vez.
—Se quedó callada—. Todo el mundo sabe lo que hizo ella.
No se habla abiertamente, pero todo el mundo lo corea. Todo el mundo lo susurra.
—Lo sé —repuso Jameson suspirando.
—¿Qué plan tienes para ella? —preguntó Farrow masajeándose el cuello.
Jameson tensó los músculos de la mandíbula.
—Vamos a ir esta noche. Jaeger y yo, acompañados de una unidad reducida de sanguinarios.
—Eso es un puto suicidio, Jay. —Fue incapaz de ocultar la sorpresa de su expresión—. Estarás muerto antes de llegar al primer puesto de control del Corazón.
—Estoy harto de discutir de esto con todo el mundo —replicó Jameson molesto—. Está decidido. He esperado tres días. No permitiré que se pudra en el Corazón.
—Qué conmovedor. —Su tono al contestar fue seco, pero algo en su expresión se suavizó un poco—. Me pensaré tu proposición de alianza. Si sobrevives a la estupidez de esta noche, hablaremos de las condiciones.
Se puso en pie y se dirigió a la puerta.
—Intentaré enviar más cargamentos al Perímetro mientras tanto. Comida, medicinas, agua. Pero no prometo nada.
Jameson se puso en pie y miró su reloj. Faltaban seis horas para la extracción. Para que recuperase a Shadera o muriera intentándolo.
—Kes. —Ella se detuvo al oír su voz—. Gracias.
—No me las des todavía. Si mueres esta noche, tendré que trabajar con Rook y ninguna de las dos queremos eso.
—Mantuvo la puerta abierta mientras Jameson sonreía por el comentario.
Ellas dos nunca se habían llevado del todo bien, ni siquiera cuando recorrían juntas las calles décadas atrás—.
Ten cuidado. El Corazón está cambiando. Cada vez es menos predecible.
—Suele pasar con las bestias moribundas —contestó él, y pasó a su lado para marcharse.
Los jardines de la azotea de la Torre Serel representaban un contrapunto que desafiaba la fealdad sobre la que se alzaban.
Greyson estaba sentado en un banco entre hileras perfectamente cuidadas, observando los drones de vigilancia que sobrevolaban en círculos predecibles.
Los contó por costumbre: diecisiete visibles desde el punto privilegiado donde se encontraba, otros treinta escondidos entre edificios.
Posó la mirada en sus botas, aún salpicadas de sangre tras sus obligaciones de la mañana.
Flexionó las manos, sintiendo el peso fantasma del arma, oyendo el eco de su voz al pronunciar las sentencias.
Tres familias más destrozadas. Tres razones más por las que los anillos celebrarían su muerte.
El uniforme le rozaba la herida del hombro, la tela era rígida y dura.
Debería haberse cambiado, pero, cuando bajó del cadalso, cuando vio cómo desaparecía la luz de los ojos de esos hombres, necesitó aire. Necesitó distancia de su mundo.
Aquello era lo más lejos que podía ir.
Greyson cerró los ojos e intentó apartar de la mente la imagen del joven que apenas era más que un adolescente, ejecutado por «asociación con facciones disidentes». No había pruebas. No se permitió defensa alguna. No fue más que otro cuerpo que cayó al suelo del cadalso cuando apretó el gatillo.
Lentamente, se obligó a abrir los ojos de nuevo y se concentró en los jardines en lugar de en sus pensamientos. Al igual que él, existían en un entorno artificial, sustentados por recursos que robaban a otros.
No había hablado con Shadera desde que le limpió la herida, desde que sus dedos trazaron la marca del verdugo de su espalda, desde que vio las pruebas de las lecciones de su padre por su piel.
Aún perduraba el recuerdo de su caricia, indeseado pero persistente.
La amabilidad de esas manos que habían intentado matarlo.
«Te mereces un padre mejor».
Las palabras se habían clavado en su piel, habían encontrado apoyo en lugares que pensaba que hacía mucho que habían muerto.
Shadera le había hablado con tal convicción, como si pudiera ver una versión de él que no existía.
Se había pasado la noche solo en su despacho, enfrentándose a lo que ese momento le había revelado.
Su debilidad, su necesidad desesperada de que alguien lo viera como algo más que el verdugo.
Un dron voló más cerca de lo habitual; su cámara lo enfocó un instante antes de seguir patrullando. Una advertencia de que esa privacidad era una ilusión, incluso para un Serel.
Sobre todo para un Serel.
El sol empezaba a inclinarse en el horizonte cuando Greyson decidió ponerse en pie.
No podía evitarla para siempre. Tenía que contarle algunas cosas.
Verdades que harían trizas el frágil entendimiento que había tomado forma entre ellos.
Solo de pensarlo, de imaginar su cara cuando descubriera lo que conllevaban de verdad los votos, se le encogía el pecho.
Se pasó una mano por el cabello y tomó una última bocanada de aire en el jardín antes de obligarse a encaminarse al ascensor. Si tenía suerte, Shadera terminaría con su sufrimiento en cuanto se enterase de lo que estaba por venir.
El descenso de la azotea a su apartamento tardó exactamente tres minutos y cuarenta y cinco segundos.
Los contó uno a uno tratando de calmar los nervios que ardían en su sistema.
Contó los segundos, se centró en los números y apartó todo lo demás de su mente.
Cuando llegó a su apartamento, un miedo bien conocido le calaba hasta los huesos.
La cerradura emitió un chasquido al abrirse, y Greyson encontró el apartamento en silencio al entrar.
Se quitó la máscara de la cara y la posó en el mueble de la entrada sin hacer ruido, esforzándose por escuchar algún signo de la presencia de Shadera.
Un suave arañazo metálico llegó a sus oídos desde el pasillo.
Greyson se movió en silencio, siguiendo el sonido, que lo condujo hasta la puerta de su almacén de armas.
Shadera estaba arrodillada delante de la puerta, con la punta de la lengua entre los labios, concentrada.
Había diseñado una especie de ganzúa con lo que parecía una horquilla rota y estaba forzando el mecanismo electrónico.
—¿Vas a intentar colarte en sitios nuevos cada vez que te deje sola? —preguntó él, manteniendo la voz calmada, a pesar de la punzada de diversión que le provocaba su insistencia.
Shadera se puso en tensión, pero no se sobresaltó ni mostró sorpresa cuando alzó la vista para mirarlo sin remordimientos.
—Sí.
Greyson se descubrió a sí mismo conteniendo las ganas de sonreír ante su franqueza.
—Esta puerta en particular requiere tanto de autenticación biométrica como de un código de doce dígitos que cambia cada seis horas.
—Lo habría conseguido con más tiempo —repuso ella, levantándose y enderezando los hombros.
—Me lo creo, sí. —Dio un paso atrás para dejar espacio entre ambos—. Tenemos que hablar.
Shadera no respondió. Se limitó a mirar la sangre de sus botas, de su uniforme. Por primera vez, no hizo ningún comentario sobre su trabajo, sobre llevarlo a cabo, y, por algún motivo, eso era peor.
—Vamos al salón. —Señaló con la cabeza y le dio la espalda, oyendo que ella le seguía a poca distancia.
El apartamento había recuperado el orden en su ausencia: se habían sustituido los muebles, se habían llevado el cristal roto y habían barrido el desastre. Chapman trabajaba deprisa. No quedaba ninguna prueba del arrebato violento de Greyson, salvo la capa extra de inquietud que los cubría a ambos.
Se sentaron en extremos opuestos del sofá. Greyson se quitó la chaqueta, la dobló con cuidado y la dejó sobre la mesita de café. Después se remangó.
—Los votos son dentro de tres días —comenzó, obligándose a mirarla a los ojos—. Tienes que entender lo que va a pasar.
—Lo entiendo perfectamente. Me pasearéis delante de la élite del Corazón, delante de toda New Found Haven, como un trofeo de cómo domar a la escoria del Perímetro. —Su voz estaba impregnada de su tono burlón habitual, pero no dejaba de frotarse los dedos, lo cual delataba su nerviosismo.
—Es más complicado que eso. —Greyson se inclinó hacia delante, colocó los codos sobre las rodillas y buscó unas palabras que no encontró. ¿Cómo explicar el horror construido sobre generaciones de tradición, un ritual diseñado para deshumanizar y controlar?
—Dilo de una puta vez, Serel —le exigió ella después de esperar un minuto.
—La ceremonia será pública y se llevará a cabo en el cadalso —dijo finalmente, observando su rostro con cautela—. Se retransmitirá en todo el Corazón y en los dos anillos.
La expresión de Shadera no cambió, pero Greyson notó que se le marcaba un músculo en la mandíbula.
—Nos colocaremos delante de un altar velado.
Tú irás de blanco, ya que la tradición dicta que la novia debe ser pura.
—La ironía de esa tradición en concreto no se le pasó por alto—.
Pronunciaremos los votos. Nos retiraremos la máscara brevemente.
Nos veremos las caras y nos pondremos de nuevo las máscaras antes de levantar el velo y girarnos hacia el público.
—De forma inconsciente, Greyson se llevó la mano a la cara, a pesar de que ya se había quitado la máscara—.
Simboliza el acto de la unión, la intimidad de ver el rostro del otro.
—¿Qué sentido tiene hacer esta ceremonia? Ya nos hemos visto las caras. Ya estamos aquí atrapados juntos, ¿por qué no hace tu hermana un comunicado de que has tomado los votos en privado? —Sus palabras sonaban frustradas y algo erráticas. Cruzó los brazos delante del pecho.
—Mi padre busca el simbolismo. Eres importante para los anillos y quiere que todo el mundo que nos vea entienda que puede ponerte de rodillas.
—¿Y si me niego? ¿Y si no pronuncio los votos?