22. Todo es personal
Las botas de Jameson no hacían ruido alguno al pasar por el pasillo de servicio, cada paso preparado para la posibilidad de ser descubierto.
El aire apestaba a aceite industrial y a cable quemado, incluso a través de la bandana; era el aroma característico del anillo Cardinal.
Había dejado atrás su equipo antibalas habitual para llevar un mono de trabajo anodino, de los que hacían que las miradas se deslizaran más allá de él sin reparar en su presencia.
El cuartel general de los rebeldes del Cardinal estaba encajado entre un taller de reparación de drones y una fábrica textil abandonada.
La entrada quedaba oculta tras una unidad de eliminación de residuos averiada.
Jameson se caló el sombrero y se echó la capucha un poco más sobre la cabeza cuando se acercó.
Había tres cámaras de vigilancia en este bloque: dos modelos reglamentarios del Corazón instalados en edificios cercanos y uno más pequeño escondido detrás del canalón del tejado.
Anunció su llegada con tres dedos pegados al pecho.
Dos toques largos seguidos de uno corto.
La puerta se abrió hacia dentro y dio paso a una oscuridad interrumpida únicamente por el tenue brillo de las pantallas de los equipos. Jameson se coló en el interior y, automáticamente, echó mano al arma que llevaba escondida en la parte baja de la espalda.
—¿No te han seguido? —Una voz se materializó en la penumbra antes de ver de quién provenía.
—Sé cómo moverme por esta ciudad —contestó Jameson mientras sus ojos se adaptaban a la escasa luz—. A pesar de que tu anillo está cada vez más vigilado.
Kestrel Farrow emergió de la negrura al apartarse del umbral de la puerta que había a su espalda y encenderse un cigarro.
Había adelgazado desde la última vez que la vio; sus pómulos estaban más pronunciados y las sombras bajo sus ojos más oscuras.
El anillo Cardinal había pasado factura hasta a su hija más resiliente.
—Sígueme —dijo Kestrel, haciendo un gesto con la cabeza al tiempo que se giraba y lo conducía al fondo de la habitación.
El espacio era un caos organizado: equipos de comunicación amontonados junto a contenedores de comida, partes de armas desmontadas sobre un banco de trabajo, tablets encriptadas cargándose en hileras.
A través de la ventana mugrienta, el brillo estridente de los anuncios holográficos de las vallas publicitarias lo teñía todo de sombras azules y rojas que proyectaban tintes sucesivos en la cara de Farrow, dándole aspecto de fantasma febril.
Empujó con la punta de la bota la puerta que daba a su despacho improvisado y le indicó que se sentara. Se hundió en su silla, al otro lado de una mesa oxidada, y le dio una buena calada al cigarro.
—Cuéntame qué está pasando en el Cardinal —le pidió Jameson, mientras cogía la silla que ella le había indicado para moverla a un punto desde donde podía ver claramente a Kestrel y la salida. Los viejos hábitos nunca morían y él sabía que lo mejor era no subestimarla.
Ella se reclinó en su silla, puso los pies sobre la mesa y suspiró.
—Maximus nos está dividiendo. Metódica y deliberadamente.
—El gesto de Farrow se transformó, algo oscuro apareció en sus ojos—.
El Corazón está apretando la soga. Publicaron reglas nuevas hace tres días.
Cualquier trabajador del Cardinal que cumpla con las cuotas de producción obtiene una ración extra de agua y comida.
Los que informen de actividades sospechosas reciben el doble.
—Os está volviendo los unos contra otros.
—Y funciona. —Kestrel se sacó una tablet pequeña del bolsillo y la deslizó al otro lado de la mesa. La pantalla cobró vida y mostró unos vídeos de seguridad granulados—. Pero eso no es lo peor.
Jameson observó cómo diez figuras eran arrastradas hasta el centro de la imagen; llevaban el uniforme del Cardinal destrozado y las caras ensangrentadas.
La cúpula agrícola se extendía a sus espaldas, aquella ventana a la abundancia que se burlaba de todo lo que soportaban los anillos exteriores.
Los Veyra trabajaban con eficiencia, pasando una serie de sogas rojas por encima de las vigas del techo.
—Los pillaron intentando vender semillas de contrabando —explicó Farrow sin emoción alguna—. Ni siquiera era comida, solo semillas. Posible comida futura.
—Puto tirano —masculló Jameson entre dientes mientras veía el vídeo. Tensó la mandíbula cuando los trabajadores fueron izados; pataleaban en el aire y se aferraban con las manos a las sogas que tenían alrededor del cuello.
—Los dejaron ahí colgados cinco días —siguió Farrow—. Hicieron que todos los turnos los vieran pudrirse mientras trabajaban. Diez ciudadanos del Cardinal, ahorcados como advertencia. Mi gente, Fantasma. Mi gente .
La rabia de su voz era comedida, limada hasta convertirse en algo tan afilado que cortaba. Jameson lo reconoció: era la misma rabia que le carcomía por dentro desde niño.
—Nuestra gente —la corrigió, mirándola a los ojos.
—Y no es solo eso. —Se inclinó hacia delante y sus pies aterrizaron en el suelo con un golpe quedo.
Bajó la voz—. El Corazón no se está limitando a controlar con más ahínco las raciones.
Se están preparando para algo. Algo gordo.
La presencia de los Veyra se ha redoblado en todos los puestos de control.
Los trabajadores del Cardinal asignados a la fabricación de armas de la base hace diez días que no regresan a casa.
Nunca los habían obligado a quedarse por las noches.
—¿Sabemos si siguen con vida? —preguntó Jameson.
—Sí. —Sus ojos se desviaron a la ventana y volvieron a Jameson—.
Mis fuentes dicen que están desarrollando algo nuevo, algo que no quieren que nadie sepa, así que los tienen allí encerrados hasta que esté terminado.
—Tragó saliva—. Pero sospecho que jamás saldrán de esa base con vida, pues han visto lo que sea eso con sus propios ojos.
Jameson se quedó callado un buen rato, observando cómo Kestrel aplastaba lo que le quedaba de cigarro.
—Cardinal tiene que unirse a nosotros —dijo al fin, volviéndose para mirarla a la cara—.
Tu anillo tiene acceso a cosas que a nosotros nos faltan: puntos de entrada al Corazón, conocimiento técnico, números.
Eso combinado con la fortaleza del Perímetro y nuestra red de contrabandistas… —Dejó la frase en el aire.
—Estás hablando de una rebelión abierta. —La voz de Farrow sonaba neutra, pero sus ojos castaños brillaban, evaluándolo.
—Estoy hablando de supervivencia. —Jameson le mantuvo la mirada—.
¿Cuánto tardarán en volver contra nosotros lo que sea que hayan construido en esa base?
¿Cuántas ejecuciones públicas más estamos dispuestos a soportar?
El Perímetro lleva décadas plantándoles cara, pero lo hemos hecho solos.
Imagínate lo que podríamos conseguir juntos.
Un anuncio holográfico de ocio aprobado por el Corazón se iluminó con especial insistencia y, por un momento, los bañó a ambos en una luz diurna artificial.
En ese destello, Jameson vio claramente hasta dónde llegaba el cansancio en el rostro de Farrow.
Era guapa. El dorado cabello rubio que le caía sobre los hombros, piel olivácea espolvoreada de pecas, cicatrices que cubrían su cuerpo al igual que a todos los demás.
Esa belleza era lo que la hacía peligrosa, entre otras muchas cosas.
Sabía cómo aprovecharse de ello para entrar en las habitaciones necesarias, para manipular a los hombres en su beneficio.
Sin embargo, ahora, debajo de esa belleza lo único que Jameson veía era el dolor escrito en la postura de sus hombros, la extenuación de llevar el peso del sufrimiento de su anillo. Eso era algo que tenían en común.
—Hay algo que puedes añadir a lo que ya sabes —dijo él, metiendo la mano en el bolsillo y dejando un objeto pequeño sobre la mesa: un chip de dron más pequeño que su pulgar.
Farrow lo cogió y lo examinó de cerca.
—Tecnología del Corazón. Aunque nunca he visto uno tan pequeño.
—Porque es de un nuevo tipo de dron. Se pliega sobre sí mismo para colarse en lugares estrechos.
Están mapeando el Perímetro —explicó Jameson—.
Empezaron a seguirme hace tiempo y los veo todos los días desde entonces.
Todos los que hemos derribado tienen los mismos datos.
Están catalogando los edificios, los túneles, los pasadizos secretos.
Quieren crear un mapa tridimensional de los dos anillos.
—¿Con qué objetivo?
—Esa es la pregunta que me desvela todas las noches. —Jameson se pasó una mano por la cara—. Nadie mapea un territorio tan concienzudamente a menos que esté planeando hacer algo con él. Supongo que lo que están creando en esa base tiene algo que ver con esto.
Ella permaneció en silencio.
—Tenemos que hacer algo. —Jameson se inclinó un poco más, el tono urgente patente en su voz—.
Juntos tendremos una oportunidad. Una coordinación real, no solo una resistencia en paralelo.
Tus trabajadores podrían sabotear las líneas de producción, provocar una escasez que el Corazón no pueda ignorar.
El Perímetro podría atacar a los patrulleros y las rutas de suministros, al igual que los puestos de control.
Los obligaríamos a romper la cadena de abastecimiento.
Farrow ladeó la cabeza. Ese gesto propio de un pájaro significaba que le estaba prestando atención de verdad.
—¿Y qué te hace pensar que el Perímetro te seguirá en esto? Los sanguinarios tienen sus propios objetivos.
—Porque el Corazón ha secuestrado a uno de los suyos.
—Ah. —Los labios de Farrow se curvaron en algo que no llegaba a ser una sonrisa—. La famosa Shade. La nueva adquisición del Corazón que resulta ser tu… ¿cómo debería llamarla? ¿Amante? ¿Compañera? ¿Debilidad?
—No sigas por ahí. —La advertencia quedó patente en su voz.
Ella levantó las manos fingiendo rendición.
—Solo estoy señalando que las venganzas personales no suelen ser buenos cimientos para la revolución.