Sanguinaria (El Corazón 1) 21. Tengo un plan #3
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21. Tengo un plan #3

—Por cierto, Elara. —Esperó a que sus ojos lo miraran, hasta que estuvo seguro de que lo escuchaba—. Recuerda que Lira tiene edad de tomar los votos. No me gustaría que necesitara una instrucción similar para sus deberes como esposa.

La amenaza surtió efecto. Lo vio en la forma en que se tensó su cuerpo, la forma en la que sus dedos se cerraban como puños alrededor de su ropa sucia. Instinto maternal; otra debilidad, aunque esta era útil si se empleaba como era debido.

Maximus subió las escaleras sin prisa, dejando atrás los sonidos que generaba Miranda en su labor de auxilio.

Cada paso lo alejaba más de las necesidades de abajo y de vuelta a los espacios refinados donde se llevaban a cabo los asuntos del Corazón.

La transición fue perfecta. La había hecho cientos de veces.

El capitán Mikel le aguardaba en su despacho, en posición de firmes a pesar de haber esperado durante más de una hora. Un buen soldado, leal a la institución más que al hombre. La mejor herramienta posible.

—Presidente —le saludó Mikel con un asentimiento vigoroso.

Maximus se acercó a su escritorio y se acomodó en la silla de cuero con un leve suspiro.

Los esfuerzos de las últimas veinticuatro horas habían sido más agotadores de lo esperado.

La edad empezaba a hacerse notar en pequeñas cosas: el dolor en las rodillas al ponerse de pie, la fatiga que sentía más rápido que antes.

Sin embargo, su mente seguía lúcida y su voluntad, inquebrantable.

—Informe —ordenó, cogiendo la tablet que contenía los sumarios informativos de la noche.

—El verdugo y la sanguinaria regresaron a casa sin incidentes. Parece que siguieron caminos separados en cuanto entraron en la residencia. Las ejecuciones programadas para esta mañana se han sucedido sin interrupciones ni vacilaciones.

Maximus se limitó a asentir.

—La señorita Serel acudió anoche a la residencia de Callum Thane —continuó Mikel—. Hasta donde tengo entendido, sigue allí.

Que Greyson decidiera enviar a su hermana con el Intermediario en vez de mantenerla cerca le resultó interesante. Nunca la enviaba lejos.

—Redobla la vigilancia en la residencia de mi hijo —ordenó Maximus, abriendo el cuadrante de seguridad en su tablet—. Quiero que los vigilen ininterrumpidamente a los dos. Audio, imagen y térmico. Quiero el espectro completo.

—Señor, esa unidad de vigilancia ha estado sufriendo dificultades técnicas…

—Pues arréglalo. —Las palabras sonaron cortantes, cargadas de amenaza—. No me importa si tienes que cambiar todas las cámaras y micrófonos del edificio. Quiero tenerlos vigilados en todo momento.

Mikel inclinó la cabeza y tomó nota en su propio dispositivo.

—¿Quiere que les asigne un equipo de vigilancia físico?

—Pero discreto. Nada que les alerte sobre nuestro interés. —Maximus se reclinó con los dedos entrecruzados, considerando todo lo que aquello implicaba—. Mi hijo ha arriesgado más de lo que yo pensaba. La influencia de esa mujer me… preocupa.

Y eso era quedarse corto. Lo de anoche le había demostrado lo bajo que había caído Greyson, lo profundamente que había enraizado la corrupción.

Levantarse contra su padre, interrumpir la línea de castigo, enviar a su hermana lejos en vez de mantener unida a la familia.

Todos esos actos señalaban una independencia peligrosa que no podía tolerar.

—También tenemos el asunto de los votos —se atrevió a decir Mikel—. Hay que concluir las cuestiones de seguridad para que pueda emitirse en directo.

—Triplica las contingencias habituales —decidió Maximus—. Y quiero tiradores ubicados en todos los puntos elevados. Si la mujer intenta hacer algo durante la ceremonia o alguien pretende intervenir de alguna forma…

—Entendido, señor. ¿Autoriza la fuerza letal?

—No —respondió Maximus al instante—. Para todos los demás, sí. Pero para ella no. Esta ceremonia pública es una forma de mostrarles a los anillos que el Corazón está en condiciones de unificar hasta lo peor que tienen. No podemos arriesgarnos a emitir su ejecución.

El capitán tomó nota también. Su eficiencia era un contraste agradable respecto a la progenie inútil del presidente. Así era como debían funcionar las cosas: jerarquías claras, obediencia inmediata, ni rastro de contaminación emocional que nublase el juicio.

—En unas horas me marcharé a la base militar y estaré incomunicado hasta mañana por la mañana —informó Maximus a Mikel mientras se levantaba del asiento—. Hay cuestiones que requieren de mi atención en persona. Tienes órdenes. No me decepciones.

—Nunca, señor.

Maximus salió de su despacho; su mente pasó rápidamente al siguiente desafío.

La base militar le provocaba otras preocupaciones: había rumores de disidencia entre los oficiales más jóvenes que rayaban en la insubordinación, dudas sobre las armas que estaban construyendo allí y sobre cómo las usarían.

Estos también requerirían corrección, aunque de distinta clase a la que había administrado en la sala del sótano.

El Corazón exigía orden. El orden exigía control. El control, en última instancia, exigía disposición a ejercer la fuerza necesaria para mantenerlo.